M u l t i n a t i o n a l - B l o g - o f - A r t - a n d - L i t e r a t u r e - f r o m - D e n v e r

Wednesday, April 3, 2019

Rafael Reyes-Ruiz: La trilogía de Roppongi


—por Gregory Zambrano [*]—

La trilogía "El cruce de Roppongi”, del escritor colombiano Rafael Reyes-Ruiz, está integrado por las novelas Las ruinas (Ediciones Alfar, Sevilla, 2015), La forma de las cosas (Ediciones Alfar, 2016), y El samurái (La Pereza Ediciones, Miami, 2018). El conjunto tiene que ver con diversas búsquedas: viajes, espacios exóticos, extravíos, desencuentros amorosos y una exposición cruda de los vaivenes humanos convertidos en obsesión: el tráfico ilegal de personas.

En Las ruinas, Tomás Rodrigues, un profesor colombiano de origen portugués, encuentra por azar a una joven mujer que es el retrato vivo de Mónica, su antigua amante. Este ejercicio de doppelgänger encaja perfectamente en dos destinos que se habían bifurcado y que ahora parecen encontrarse: la antigua relación amorosa, que de repente vuelve al presente confuso del narrador, y la traducción de un documento portugués del siglo XVI, que lleva a Tomás por otros caminos a encontrarse consigo mismo, pero por una vía impensada.

El marco de esta historia, en principio cosmopolita, recala en hechos históricos sobre la llegada de los portugueses a Japón, en el siglo XVI. Pero también acerca de la trata de personas en Tokio, los mundos oscuros de la gran ciudad, con una mirada antropológica que va indagando en distintas capas de la sociedad japonesa: la inmigración, la industria del sexo, los bajos fondos del barrio de Kabukicho, la “zona roja del distrito de Shinjuku”. Es una historia trepidante, de intrigas, de laberintos engañosos, que se resuelve a manera de un policial juntando las piezas de un rompecabezas.

La segunda novela, La forma de las cosas, narra los avatares de Javier Pinto, un hombre poseedor de un talento natural para narrar y que aspira convertirse en escritor. Mientras divaga en lo que será la elección de su vida laboral, se topa con su destino, pero a través de otra forma de relacionarse con el lenguaje: la traducción. Y el paso entre lenguas es también un viaje entre geografías remotas: Tailandia, Japón, India, Macao. Una historia palpitante que involucra secretos sórdidos, de personas, familias y linajes, que se van revelando con giros de tuercas e inesperadas conexiones.

La historia de los personajes atraviesa también por traumas y revelaciones, a través mundos oscuros, detrás de una aparente normalidad, donde el tráfico de personas, identidades ficticias y simulaciones, van sumergiendo al lector en un mundo cerrado, y al mismo tiempo fascinante, por el modo como se solapan las pistas falsas, las conjeturas y la búsqueda de certezas que mueven a sus personajes, todos desarraigados, y que se problematizan en medio de las coyunturas de su condición migrante.

El samurái completa la trilogía. El narrador está en San Francisco, California. Allí le acompaña Elena, su novia, que vive obsesionada por conocer la identidad de su padre, un japonés de quien apenas tiene algunos datos, pues su madre se ha cuidado de enterrar el pasado. Convive en un entorno amistoso, con antiguos compañeros de estudio, y otras parejas, como Felipe y Lydia, Lisa y Verónica. Ella planea ir algún día a Japón en busca de respuestas relacionadas con su origen. Pero un hecho fortuito ocurre una noche, cuando ve a un hombre que se parecía al personaje del samurái, interpretado por Alain Delon en una película homónima (Dir. Jean Pierre Melville, 1967, exhibida en español como El silencio de un hombre), le produce una “corazonada”. Su intuición le hace pensar que ese hombre podría ser su padre.

Con un discernimiento policiaco, comienza a juntar los retazos del rompecabezas, las imágenes de la infancia; una vieja fotografía de un set cinematográfico y los rasgos confusos de un actor allí retratado, se convierten en las pistas que ha de seguir hasta llegar a Japón con lo que entonces cree que son certezas.

Aquí entra en acción Javier Pinto, un personaje que atraviesa la trilogía. Pinto vive en Yokohama, es periodista y trabaja en la oficina de Hajime Ogawa, contratista de una importante escuela de idiomas, de relaciones un tanto oscuras y misteriosas, pero que mantiene nexos laborales en distintos países. De alguna manera Pinto funciona como un disparador de la consciencia espacio-temporal que, en esta novela, funciona como un engranaje en las búsquedas y anhelos de los personajes y sus derroteros alucinantes.

El narrador de El samurái, Ricardo, es un colombiano, cuya prima, Adriana, se había insertado laboralmente en la comunidad japonesa como enfermera, pero siempre está presente la sombra de la sospecha de que hubiera podido ingresar para trabajar como prostituta.

Una oficina de abogados de San Francisco investiga la trata de mujeres en Tailandia, Macao, Singapur, Colombia, Chile y México. El contrato de trabajo que acaba de obtener Ricardo, lo pone en contacto con una interesante mujer: Miryam, quien lleva a cabo las investigaciones. Y allí se conectan los caminos que ponen en contacto dos búsquedas paralelas: la del narrador a su prima Adriana, y la de Elena a su padre. En ambos casos, la búsqueda funciona como un Leit motiv que lleva a los protagonistas a Japón.

Poco a poco se van revelando los mundos oscuros de la trata, y desfilan personajes secundarios, bastante oscuros. Margarita es una colombiana, víctima de la trata, llevada a Japón desde Bogotá, pero que pretende ocultar detalles de su vida en el interior de la mafia: el papel de las “manillas", como se dice de quienes se ocupan de controlar directamente a las mujeres obligadas a trabajar como “damas de compañía”, o en los centros de prostitución. Margarita también es un personaje clave, en el que convergen tanto la historia de Adriana como la de Hiroki Ibuke, conocido en los bajos fondos como Ibuke-san, el supuesto padre de Elena.

La trama revela las sospechas de cómo Adriana pasó de ser una posible víctima de la trata a victimaria, al convertirse en "manilla", después de atravesar las vicisitudes del negocio. Es una persona que no quiere ser encontrada y menos aún rescatada: “Todos vamos armando nuestro rompecabezas a nuestra manera, buscando aquí y allá el terreno que conocemos o podemos ver".

Todas las pistas apuntan hacia el nombre de Ibuke-san, pero en el transcurso de la historia, aparece otro hombre, Toro-san, quién tal vez sería el rostro no oficial de Ibuke-san. Su alter ego, o tal vez, un desdoblamiento de padre-hijo.

¿Será Ibuke-san al mismo tiempo el padre de Elena y el responsable de la trata de mujeres? ¿Será el mismo actor fracasado, y productor cinematográfico frustrado, convertido ahora en un exitoso traficante de personas? ¿Será el mismo hombre que vive en escenarios paralelos y donde tuvo esposa e hija, que no quiso reconocer? ¿Hay una triangulación entre un litigio que se sigue en Macao, un negocio de turismo sexual en Tailandia y el tráfico de mujeres en Japón? ¿Ibuke-san tenía otra vida en Tailandia, se habría casado y tenía dos hijos adolescentes?

El rompecabezas finalmente hace coincidir las piezas: descriptivamente, todo conduce al mismo destino y el mismo hombre, pero aún faltan respuestas que lector tendrá que encontrar para resolver los acertijos. No vamos a exponer los “spoilers” de esta trama, pero ahí están algunos de los elementos determinantes de las historias cruzadas, para los lectores sabuesos.

En el cruce de Roppongi, en Tokio, Ricardo ve a un hombre que podría ser su doble. No alcanza a hacer contacto con él, pero su memoria se activa y maneja un cúmulo de posibles coincidencias. Poco tiempo después, en un encuentro fortuito con este mismo personaje, se despliega una trama paralela de búsquedas, de retazos afectivos, de personas que fueron importantes en el pasado y cuyas vidas, efectivamente, se habían cruzado en un punto geográfico distante, Goa, en India, espacio ya diluido entre los recuerdos.

El samurái hurga en la memoria, en las suposiciones, indaga en la fortaleza de las relaciones amistosas y en la fugacidad del amor. En todo caso, muestra al hombre que se busca a sí mismo, llegado a un punto de la vida en el que los recuerdos personales se funden con los recuerdos de los personajes, y de pronto nos encontramos frente una meta-novela que se está escribiendo ante nuestros ojos. La historia queda suspendida, abierta, y tenemos la certeza, como el narrador, de que “para continuar tendría que tomar el hilo de otras historias, de otras vidas, y eso significaría abrir otras puertas, y seguir otros caminos”.

Esta trilogía describe diversas crisis del sujeto contemporáneo. Sus frustraciones, la inconformidad, la soledad, la necesaria búsqueda de mejores condiciones de vida que obligan a la migración. También son constantes las referencias a los medios audiovisuales, las redes sociales, el cine y la fotografía, el arte plástico, la literatura y la música, todo ello matizado por sutiles referencias a la historia pasada y contemporánea, elementos que enriquecen la dinámica de la narración.

Con estas tres novelas, su autor, Rafael Reyes-Ruiz cierra un ciclo que lo ha llevado a explorar las potencialidades del lenguaje ficcional. A su trabajo como antropólogo, suma su labor como editor en revistas especializadas, en geografías disimiles como Japón, los Emiratos Árabes y Estados Unidos. Esta nueva faceta de su trabajo intelectual  lo revela como un excelente narrador, que aprovecha elementos de su propio tránsito por estas distantes geografías y combina muy bien situaciones ficticias, pero absolutamente verosímiles, para llevarnos como testigos de la búsqueda de distintos seres que por avatares del destino tuvieron que salir de su país y se reencuentran con situaciones inesperadas, a veces absurdas, a veces paradójicas, pero siempre sugestivas, que nos permiten una mirada distinta sobre la vida de latinoamericanos inmersos en lo más exótico de los mundos orientales.

Tokio, marzo, 2019



[*] Gregory Zambrano (@gregoryzam) es crítico literario, profesor e investigador en la Universidad de Tokio.





Crónicas del Olvido “LA CASA DE LOS ÁBILA”, DE JOSÉ RAFAEL POCATERRA

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—por Alberto Hernández—

“Esta novela fue escrita hace veinticinco años. Quedó en precarios borradores mucho tiempo. Manos devotas e inolvidables que consumió la muerte copiaron aquella escritura borrosa y atormentada cuyo mísero papel se iba en pedazos. Ni la época ni el horror de los días que la gestaron y nutrieron han tenido el poder de reflejarse en ella: ¿llanto? ¿sangre? ¿sudor? –líquidos repulsivos e incongruentes: además, son pegajosos. Y el lector de ahora ya tiene bastante con sus conflictos por devorar para que le ofrezcamos de pasto los de generaciones pasadas.
Reclamaban los Ábila, desde el cajón de un mueble o
viajando en el fondo de una maleta por las más extrañas latitudes, su “espacio vital”. Y como eran de aquí, aquí he venido a traerlos y a dejarlos para siempre. Es absurdo! No hemos querido sembrar sino cosechar; apenas si enterramos a los muertos…Y Juan de Ábila no es cadáver de importación. Pertenece a su patria, es de ella: fatal, inexorablemente”.
El autor (J.R.P.)
Caracas, diciembre de 1946.

1.-
He querido comenzar con esta nota como epígrafe, suerte de epílogo, que José Rafael Pocaterra trazó al cierre de esta novela (pero que se siente como parte de la misma historia), poco citada por la crítica y por los lectores que una vez tuvo, y cuyo contenido nos representa desde un tiempo lejano, opaco, que no deja de ser éste que hoy vivimos. “La casa de los Ábila” fue escrita en la celda número 42 de la terrible mazmorra gomecista de La Rotunda entre 1920 y 1921. En el volumen de la Editorial Élite (1946), de 370 páginas, nuestro narrador dejó plasmada la Venezuela que no hemos podido superar como ciudadanos, la que aún se mantiene con una camisa de fuerza sometidos sus habitantes por el caudillismo de un republicanismo parroquial, porque si bien es verdad que logramos superar algunos escollos políticos, culturales y educativos durante 40 años del siglo XX, también es cierto que la semilla de la dispersión, de una genética sospechosa, nos ha retrocedido a la Venezuela que José Rafael Pocaterra dibuja en esta imprescindible historia.

Pocaterra es ponderado por muchos académicos, historiadores, profesores, escritores y lectores, pero dificulto que esta novela suya haya tenido el nombre y apellido de alguien que la haya puesto en el lugar que realmente merece. Es una obra extraordinaria, de una prosa que si bien está apegada a una época, registra una belleza y exactitud magistrales. El lector que la busque y la encuentre no podrá despegarse de esta pasión narrativa. Espacio, tiempo, personajes, diálogos: la tensión se mantiene hasta el final. Es una novela que relata nuestras vidas pasadas, las de los que nos precedieron en bondades y pecados, en éxitos y fracasos. Es una novela venezolana, como los cuentos, ensayos y reflexiones del autor valenciano de Carabobo. Es la novela de una sociedad atada a convencionalismos sociales, culturales, religiosos y políticos. Es la novela de todas las caras de aquellos días de sombríos comportamientos, sobre todo de una emergente burguesía que se amparaba en el poder militar. Es la novela de la desintegración familiar por la conducta desviada de sujetos corrompidos, cómodos, vividores, desleales, confirmados luego por la ruina en que ellos mismos se convirtieron y convirtieron a parte del país. Es la novela de la Caracas emergente, entre el clima rural y el aspaviento urbano. Es la novela de la tierra, de la profunda tierra que Gallegos y otros también descubrieron luego. Pero es una novela que va más allá de los arquetipos. Es una novela psicológica, sociológica, política, que deriva en total por la complejidad de la misma realidad contada. Es una novela realista, amparada en un discurso bien trazado, con hermosos pasajes poéticos. Es una novela que pide lectores hoy, sobre todo aquellos lectores que están atascados en el país de este instante, disminuidos por la “presentidad”, alejados de su pasado histórico y cultural. Es una novela –considerada vieja- que se renueva con la mirada de un lector cuya agudeza vaya más allá de cánones o celos académicos. Es una novela lineal con saltos temporales en los que se puede avizorar la novela futura. Novela que contiene rasgos estructurales de muchas excelentes novelas europeas.

2.-
Subrayar, encontrarse con tantos temas, momentos, perfiles, decisiones de lectura que tomar para acercarse al legado ideológico/ narrativo de Pocaterra.

Ese afán personal de subrayar, marcar la lectura, sincopar el momento y dejar que personajes y asuntos guíen la búsqueda, el placer de saberse imbuido en una historia, en ser también como lector protagonista o testigo de tragedias, convulsiones, revelaciones. En esta novela se juntan muchos de esos tiempos y espacios que enmarcan un país, ese país al que retornamos mientras nos quedamos instalados en las páginas de una novela, de esta específicamente.

Destaco en esta nutrida historia del autor venezolano, el humor, la ironía política. Van algunos ejemplos para ilustrar la calidad de su trabajo:

“Sólo la vieja Anastasia clavó su Virgencita de Lourdes en la cabecera de su catre, entre un retrato del “mocho” Hernández y el daguerrotipo en latón del niño Juan Domingo con el pipí de caracolito” (p. 97).

“Y Papá-Teo con un litro de brandy en las rodillas, escorchándolo aconsejó risueño: -Por el momento ya éste es un ser bebiente!” (p. 161).

“…temió que su papá, enfrascado en una discusión de óperas por allá, con otros viejos filarmónicos, se percibiera de algo…” (p. 133).

“…esa primera estupidez de los sentidos que tanto se confunde con la admiración…” (p. 112).

“…y el que lo diga puede soplarse un rotundazo…” (p. 262).

La mujer como tema:

“Porque para mí el único defecto que tienen las mujeres venezolanas es que se parecen demasiado a los hombres…” (p. 164).

La tragedia, la muerte en el personaje Florita, traduce el dolor desde la sintaxis honda de quien ve de cerca la anécdota del desgarramiento:

“Hubo un alarido horrible…Al pasar Florita junto al trapiche, resbaló con las melazas, metió el brazo para apoyarse en la caída y el engranaje había hecho presa en la manga arrastrándola hacia la trituración formidable de las masas.

El grito de horror de los que metían la caña respondió al de ella; y en la confusión del instante quedáronse todos, peones y maquinistas y fogoneros, mirando aterrados cómo de aquel pobre montón de carne, de cabellos y de zaraza hacían las muelas un lío sangriento, salpicando de sangre a diez varas…” (p. 187).

Las imposturas, poses y cursilería de una sociedad inflada de dobleces forma parte de muchas de las páginas de esta novela, en personajes que dibujan a cierta “casta” criolla que aún pervive en sujetos adosados al poder, cuando muestran una riqueza mal habida a través de extraños negocios con los dineros públicos:

“-Lo mismo que el entierro –dijo Inés- por ese lado estoy contenta: es el más bonito y mejor que ha habido en Caracas.

El fotograbado del túmulo apareció en las revistas: “Nuestra Necrópolis monumental y aristocrática. Mausoleo de la familia de Ábila.

Se organizaron excursiones especiales con “los íntimos” para ir al cementerio a contemplar la obra”, y sin falta alguna, el adulante de turno:

“-Se acabó la tumba de Crespo…” (p. 256).

Por supuesto, la política, el enjambre de “notables” que hicieron posible la presencia del último caudillo y luego del único que se mantuvo solo en el poder, Gómez. La geografía, el mapa que ha comenzado a ser repartido De esa sociedad emergen matrices como esta:

“-Pero, ¿y los ingleses en Guayana, chico?

Tiró encendido el fósforo y concluyó vivamente:

-Era una región lejana, deshabitada; muy pocos conocían la importancia de las bocas del Orinoco entonces; el asunto cayó enun mundo declamatorio, encendido de controversias políticas. Se consideró el punto sobre un plano sentimental, romántico; ese misticismo que en la vida de ciertos pueblos y de ciertos hombres les hacía asumir una actitud interesante, quejumbrosa, melenuda y que hablaba de la “pérfida Albión” en política internacional como del “hado adverso” en literatura. En el fondo no les dolía un carrizo ni les duele. Nuestra eterna y empírica cuestión exterior con los dos o tres grandes países que importan es la modalidad falsa de nuestros desastres en casa…” (p. 155).

Y luego:

“Ese remedio, querido, cuando los que están ya preparando el terreno se metan aquí, cojan lo positivo y nos dejen recitar versos y ocuparnos en hacer revoluciones o sufrir largas dictaduras, siempre, naturalmente, poniendo coronas a los próceres y hablando de Bolívar…(p. 156).

“…Del pueblo soberano morían como moscas. Una cosa infinitesimal, invisible, su majestad el bacilo, asumió la dictadura (…) A los muertos “decentes” los desentierran cuando se van los deudos y luego revenden la urna (…) Porque las urnas estaban carísimas. No había economía dirigida, ni médicos en servicio suficiente…” (p. 344).

No podía faltar el perfil del venezolano, tan diestro en tratar de encubrirse:

“-Ten calma. ¡Mira que el gran defecto de los venezolanos es que nunca sabemos “empezar”!...

Ahora comprendía el sentido de aquel “empezar”. (p. 302)

Un guiño, el petróleo:

“-A propósito de “El mene” –recordó de repente- ¿es muy lejos de aquí?

-Sí; está retirado…

-Es que tengo mucho interés…quisiera ver eso (…)

-¿Y tú crees que eso tan hediondo sirva para algo bueno. (p. 303).

3.-
La narración precisa, directa, a veces metafórica, muestra una belleza inusitada. Nuestro autor en sus “Cuentos grotesco” es poco sutil. Precisamente, su “grotesquidad” tiene la intención de mostrar el lado más oscuro del ser.

En toda su obra creativa, Pocaterra devela la condición humana del venezolano de la época que le tocó vivir. En muchas ocasiones se valió de la poesía para sumarle a su labor el lado transparente de su talento verbal.

Algunos ejemplos:

“A la lumbrarada distinguíanse miserables, como negras hormigas, aquel puñado de hombres que iban a combatir el elemento formidable en una soberbia de luz y de color. (p. 200).

“Le hubiera sacado los ojos a ella; pero contestó a su saludo con una sonrisa tetánica…” (p. 261).

“Había a ratos un profundo olor a violetas, a mujer desnuda” (p. 269).

“Treparon alegres, trochando, la otra ladera; atravesaron un bosquecillo, y ante ellos, bajo las últimas ramas, como tras de una viñeta, se extendía, inmensa, la línea verde-gris de las llanuras…Por ellas marchan hasta el anochecer (…) El amarillo se torna luego ocre; más oscuro el verde, más gris el zafiro; la bruma lejana comienza a ennegrecer; y en un espacio limpio revienta el botón de un lucero que cae temblando en las lagunas…”. (p. 283).

4.-
La gran metáfora de esta novela es Venezuela en la casa de una familia adinerada caraqueña que cayó en la miseria. Como en la mayoría de sus escritos, Pocaterra se vale de la historia para recrear su ficción. En este caso, una pequeña porción de venezolanos que habiendo sido opulentos, “safriscos”, arrogantes y soberbios, logran arruinarse por el dispendio de placeres y vanidades. Juan de Ábila, el joven protagonista, en no amado por la familia, el tonto como lo calificaban, el que se dedicó a trabajar la tierra de su padre, en medio de tragedias y esfuerzos, sacó de la miseria la casa, abandonada, sola, luego de la muerte de quienes la había destruido.

Esta es la novela de nuestras verdades y mentiras. Es la novela que debe ser leída en estos momentos cuando la casa que habitamos ha sido invadida por quienes la han exprimido hasta convertirla en una ruina.