M u l t i n a t i o n a l - B l o g - o f - A r t - a n d - L i t e r a t u r e - f r o m - D e n v e r

Tuesday, February 12, 2019

Los triunfos de un taxidermista (cuento) H.G. Wells



He aquí algunos de los secretos de la taxidermia. Me los contó un taxidermista en estado de euforia, entre el primero y el cuarto whisky, cuando se ha dejado de ser cauteloso y todavía no se está borracho. Estábamos sentados en su guarida, exactamente en la biblioteca, que era a la vez sala de estar y comedor. Una cortina de cuentas la separaba, por lo que al sentido de la vista se refiere, del maloliente rincón donde ejercía su oficio.

Estaba sentado en una hamaca y, con los pies, en los que llevaba puestas, a modo de sandalias, las reliquias sagradas de un par de zapatillas, daba golpecitos a los carbones que no ardían bien o los quitaba de en medio poniéndolos sobre la chimenea, entre la cristalería. Los pantalones, dicho sea de pasada pues no tienen nada que ver con sus triunfos, eran del más horrible amarillo de tela escocesa, de los que hacían cuando nuestros padres llevaban patillas y había miriñaques en el país. Además tenía el pelo negro, la cara rosada y los ojos de un marrón fiero, y su chaqueta consistía fundamentalmente en grasa sobre una base de pana. La pipa tenía una cazoleta de porcelana con las Tres Gracias, y llevaba siempre las gafas torcidas de forma que el ojo izquierdo, pequeño y penetrante, le fulminaba a uno desde su desnudez, mientras que el derecho aparecía oscuro, engrandecido y suave a través del cristal.

Se expresaba en los siguientes términos:

—No hubo jamás un hombre que disecara como yo, Bellows, jamás. He disecado elefantes, he disecado polillas, y todo lo que he disecado parecía mejor y más animado que al natural. He disecado seres humanos, principalmente ornitólogos aficionados, aunque también disequé una vez a un negro. No, no hay ninguna ley que lo prohíba. Lo hice con todos los dedos extendidos y lo utilicé como percha para sombreros, pero ese tonto de Homersby tuvo una pelea con él una noche, ya muy tarde, y lo estropeó. Fue antes de que nacieras. Es muy difícil conseguir pieles, si no haría otro.

«¿Desagradable? No lo creo. A mi entender, la taxidermia es una prometedora tercera alternativa a la inhumación y a la cremación. La gente podría mantener a su lado a los seres queridos. Chucherías de ese tipo distribuidas por la casa harían tan buena compañía como la mayor parte de la gente, y mucho más barata. Se les podría poner mecanismos para que hicieran cosas. Por supuesto habría que barnizarlos, pero no tendrían que brillar más de lo que mucha gente brilla por naturaleza. La cabeza calva del viejo Manningtree… De todos modos, se podría hablar con ellos sin que interrumpieran. Incluso las tías. La taxidermia tiene un gran futuro por delante, ya lo verás. Están también los fósiles…»

De repente se quedó en silencio.

—No, creo que no debería contarte eso -chupó pensativo la pipa-. Gracias, sí. No demasiada agua. Desde luego, se entiende que lo que te cuente ahora no saldrá de aquí. ¿Sabes que he hecho algunos dodos y una gran alca? ¡No! Evidentemente no eres más que un aficionado a la taxidermia. Mi querido amigo, la mitad de las grandes alcas que hay en el mundo son tan auténticas más o menos como el pañuelo de la Verónica, como la Sagrada Túnica de Tréveris. Los hacemos con plumas de somormujo y cosas así. ¡Y también los huevos de la gran alca!

—¡Santo cielo!

—Sí, los hacemos de porcelana fina. Te aseguro que merece la pena. Llegan a valer… uno llegó a trescientas libras justo el otro día. Ése era realmente auténtico, según creo, pero desde luego nunca se está seguro. Es un trabajo muy fino, y posteriormente hay que envejecerlos porque ningún poseedor de estos preciosos huevos comete jamás la temeridad de limpiarlos. Eso es lo bonito del negocio. Incluso cuando sospechan de un huevo no les gusta examinarlo demasiado detenidamente. En el mejor de los casos es un capital tan frágil…

«No sabías que la taxidermia alcanzara semejantes cimas. Pues, amigo mío, las ha alcanzado mayores. Yo he rivalizado con las manos de la mismísima Naturaleza. Una de las grandes alcas auténticas —su voz se convirtió en un susurro—… una de las auténticas, la hice yo.

«No. Tienes que estudiar ornitología y descubrirlo por ti mismo. Es más, una agrupación de comerciantes me ha planteado poblar con especímenes uno de los inexplorados islotes rocosos al norte de Islandia. Quizá lo haga… algún día. Pero en estos momentos tengo otra cosita entre manos. ¿Has oído hablar del Diornis?

«Es uno de esos grandes pájaros que se han extinguido recientemente en Nueva Zelanda. Comúnmente se les llamamoa, justo porque están extinguidos: no hay ningún moavivo. ¿Comprendes? Bueno, se conservan huesos, y en algunas marismas han aparecido incluso plumas y fragmentos secos de la piel. Pues bien, yo voy a… bueno, no hay por qué ocultarlo, voy a falsificar un moa disecado completo. Conozco a un tipo por ahí que pretenderá haberlo encontrado en una especie de ciénaga antiséptica y dirá que lo disecó inmediatamente porque amenazaba con hacerse pedazos. Las plumas son muy peculiares, pero he logrado un método sencillamente maravilloso de trucar trozos chamuscados de pluma de avestruz. Sí, ése es el nuevo olor que has notado. Sólo pueden descubrir el fraude con un microscopio y difícilmente se molestarán en hacer pedazos un bonito espécimen para eso.

«De esta manera, como ves, aporto mi empujoncito al avance de la ciencia. Pero todo esto es pura imitación de la Naturaleza. En mi carrera profesional he hecho más que eso. La he… vencido.»

Quitó los pies de la chimenea y se inclinó confidencialmente hacia mí.

—He creado pájaros -dijo en voz baja—. Pájaros nuevos. Mejoras. Pájaros jamás vistos.

En medio de un silencio impresionante recobró su postura.

—Enriquecer el universo, realmente. Algunos de los pájaros que hice eran clases nuevas de colibríes, y eran animalitos muy bonitos, aunque alguno era simplemente raro. El más raro creo que fue el Anomalopteryx Jejuna. Del latín jejunus-a-um, vacío, se llamaba así porque realmente no tenía nada, era un pájaro totalmente vacío, salvo el disecado. El viejo Javvers es el que lo tiene ahora, y supongo que está casi tan orgulloso de él como yo mismo. Es una obra maestra, Bellows. Tiene toda la estúpida torpeza de tu pelícano, toda la solemne falta de dignidad de tu loro, toda la desgarbada delgadez de un flamenco con todo el extravagante conflicto cromático de un pato mandarín. ¡Qué pájaro! Lo hice con los esqueletos de una cigüeña y un tucán, y un montón de plumas. Para un verdadero maestro en el arte, querido Bellows, esa clase de taxidermia es puro gozo.

«¿Que cómo se me ocurrió? De manera bastante sencilla, como ocurre con todos los grandes inventos. Uno de esos jóvenes genios que nos escriben Notas Científicas en los periódicos se hizo con un folleto alemán sobre los pájaros de Nueva Zelanda, y tradujo parte de él a base de diccionario y de sentido común —con lo poco común que es este sentido—, y se hizo un lío con el Apteryx vivo y el Anomalopteryx extinto. Hablaba de un pájaro de cinco pies de altura que vivía en las selvas de la Isla del Norte, raro y asustadizo, cuyos ejemplares eran difíciles de obtener, y cosas así. Javvers, que incluso como coleccionista es una persona terriblemente ignorante, leyó esos párrafos y juró que conseguiría el ejemplar a cualquier precio. Acosó a los comerciantes con pesquisas. Eso muestra lo que puede hacer un hombre persistente, el poder de la voluntad. Ahí estaba un coleccionista de pájaros jurando que conseguiría un espécimen de un pájaro que no existía, que nunca había existido, y que a causa de la mismísima vergüenza de su propia y blasfema inelegancia probablemente no existiría en estos momentos de haber podido impedirlo. Y lo consiguió. Lo consiguió.

«—¿Un poco más de whisky, Bellows?» —preguntó el taxidermista despertándose de una pasajera contemplación de los misterios del poder de la voluntad y de las mentes de los coleccionistas. Y una vez llenados de nuevo los vasos, procedió a contarme cómo había montado la más atractiva de las sirenas, y cómo un predicador ambulante que no podía atraer a la audiencia por culpa suya la hizo pedazos en Burslem Wakes diciendo que aquello era idolatría o algo peor. Pero como la conversación de todas las partes implicadas en esta transacción, el creador, el presunto conservador y el destructor no es uniformemente adecuada para la publicación, este jocoso incidente debe permanecer sin imprimir.

El lector no familiarizado con los tortuosos procedimientos de los coleccionistas puede que se incline a dudar de mi taxidermista, pero por lo que respecta a los huevos de la gran alca y los falsos pájaros disecados me he encontrado con que tiene la confirmación de distinguidos escritores de ornitología. Y la nota sobre el pájaro de Nueva Zelanda ciertamente apareció en un periódico matinal de inmaculada reputación, pues el taxidermista tiene un ejemplar que me ha enseñado.

FIN





Saturday, January 26, 2019

EL NERVIO POÉTICO: LA PALABRA NÓMADA.



—por José Ygnacio Ochoa—

foto:letralia.com
“El nervio poético” de Alberto Hernández (Premio XVII Concurso Anual Transgenérico 2017 de la Fundación para la Cultura Urbana) es un entramado de sustancia verbal que reúne a dos poetas de la vanguardia venezolana.

“El nervio poético” es un libro que refleja el conocimiento que tiene Alberto Hernández de la poética venezolana en Eugenio Montejo y José Barroeta. Los dibuja como poetas y los des-dibuja como personajes porque las palabras redimensionan los mundos de los hombres-poetas. Es como que importara poco el tiempo-espacio y se universalizan desde la otra escritura, no desde poema, no, porque cada poema tendrá la existencia que le confiera el lector, sino la transfiguración que el escritor Alberto Hernández, como poeta que es también, les revela “Una sonrisa apareció en el rostro de los hombres que guardaban luto por los ausentes”.

Hernández re-escribe a los poetas desde un mundo ficcionado, entonces se configura como el narrador que cuenta, valga la insistencia, el narrador los abre, no los cierra con el análisis académico. Los desacraliza para que el lector los digiera con la otra realidad, desde lo humano, lo frágil y lo comprensible. Los expone, no los guarda en los anaqueles o en las páginas de los libros, no. Los redimensiona desde la crítica-poema-narrativa:

Serán entonces poetas/personajes o personajes/poetas importa poco, en todo caso es la consonancia con la palabra escrutada por otro poeta que respira el gran poema conformado por la dualidad Montejo/Barroeta.

Los poetas no se encuentran con Dios, Dios exalta la eternidad del texto, dice el narrador, que no es Alberto Hernández pero sí el otro, el narrador, insistimos. En tanto los poetas configuraron con sus poemas otro universo creativo. Juan Cristóbal Castro plantea en el “Alfabeto del caos: Crítica y ficción en Paul Valéry y Jorge Luis Borges” que: “La poesía, por el contrario, va a ser el lugar de la posibilidad. En ella caben los juegos y los retos, las diferentes modalidades de enunciación y enunciado. Es en su seno donde la letra se abre a distintas formas y experimentaciones, y así se hace protagonista del texto. No queda de esa manera sujeta a la necesidad de mostrar una verdad; es ella misma, la “verdad”, y en sus nuevas disposiciones va a ir labrando una experiencia inédita de sentido”. Entonces si el poema es una verdad, los poetas le confieren ese rol protagónico a la palabra para que esta, la palabra se convierta en el argumento del poeta. Es la palabra en constante movimiento o mutación. Es la relación íntima entre poema hecho libro con el lector que asume la herencia dada por el poeta y expresada por el escritor Alberto Hernández en El nervio poético en donde: “CADA POEMA ES ÚNICO. En cada obra late, con mayor o menor grado, toda la poesía. Cada lector busca algo en el poema...” Creemos que todo es emoción. En El nervio poético las palabras adquieren independencia desde que el escritor las ubica en el texto. El texto único en constante mutación, cada lectura es un cambio. La palabra por sí sola es cuerpo y significado, la palabra con sus múltiples combinaciones es alma y significante.

En esa composición se centra Alberto Hernández en El nervio poético y el narrador en primera persona es quien materializa el universo de significantes:

“LAS PALABRAS ME BROTAN DE LAS MANOS. Emergen silenciosas por los ojos y se posan sobre la pared que me mira y me dicta con una voz casi inaudible lo que ahora no puedo colocar en el papel.”

el escritor Alberto Hernández.foto:contrapunto.com
Es como el árbol en comunión con el resto de la naturaleza, las raíces llegan al interior, al alma de lo supuestamente invisible a los ojos y las hojas van en el exterior como alcanzando las alturas: “Hojas de árbol alfabético”. Dialéctica permanente entre cuerpo y alma. Es la permanente creación de un algo que sólo el lector desentrañará en su comunión con la lectura. Entonces, quién libera a quién, quién es el espejo del otro redescubierto en el lenguaje. Los textos: diálogos, narraciones, entrevista y crítica van en búsqueda de un mundo propio de reflexiones y concepciones teórica (quizás, lo menos importante).

Las palabras puestas en El nervio poético son una rebelión de las formas establecidas y aunque ya lo habían aplicado Paul Valéry y Jorge Luis Borges, en este caso, Hernández lo redimensiona con los poetas Montejo/Barroeta. Es una apuesta válida. Hernández no separa, en todo caso une con la palabra las diferentes formas discursivas y producto de ese ejercicio obtiene un libro polifónico, pues los sonidos del ensayo, crítica, narrativa y poesía se conjugan en El nervio poético. Es la suma de su experiencia sensible por la escritura que transmite una suerte de ondas continuas dispuestas a llegar a un destino: el lector.

La palabra (no es de él, jamás, es de los lectores) es dignidad espiritual. La palabra no vacila, es transgresora y valiente: El poema respira y funda otra realidad tanto en espacios como en momentos puntuales en la historia de los poetas y en consecuencia en una Venezuela que respira literatura. Facilita el cuadro dialógico entre los poetas en primera instancia y luego une las historias no solo de estos dos poetas referenciales, sino que mueve y escruta a otros poetas.

Hernández une poetas como espacios en su memoria, ríos con sus caudales y puntos geográficos (Mérida o la Cordillera de los Andes, La Culata, Valencia, Patanemo o Puerto Cabello, el Delta del Orinoco, Trujillo, Caracas, Catia, Margarita, Pampanito o un decadente burdel de Maracay, Choroní, Puerto Malo, París, Galicia, Islas Canarias, Barcelona, Salamanca, Madrid, Las Malvinas, México entre otros). Lugares que parecieran disímiles, pero el poder de la palabra acorta tales distancias: “EL MAR DE LISBOA va y viene en los ojos del hombre que advierte la presencia de Güigüe en la mirada perdida.”

Sucede entonces que en la vida acontecen situaciones que marcan a sus protagonistas como la muerte, viajes o separaciones, pues, acontece igual con las palabras, ellas, las palabras contienen una clave y ello está en su aplicación. La palabra se redescubre constantemente con la presencia de la polisemia como rasgo fundamental. La palabra se reinventa en cada lectura. La palabra tendrá un sentido especial en el libro de El nervio poético porque el poeta-escritor se deja conmover por un caudal de nuevas significaciones. El libro se va haciendo y las palabras se van convirtiendo en una figura nómada, recorren distancias, lugares y memorias de las ciudades y de los poetas y sobre todo se fusionan ideas y formas discursivas como el país. Los poetas entonces van por el mundo, como se afirmó antes, pero regresan al país:

“VENEZUELA ES UN PAÍS AGRESIVO, amoroso, duro y blando. Engreído y sumiso. Levantisco y pacífico. Loco y desmemoriado. Venezuela es el poema que nunca ha dejado sobre la mesa. El trópico es absoluto, radical y embustero, breve y largo, eterno y temporal. Venezuela es una planta a punto de secarse, pero también una semilla que brota.”

Estos poetas, insistimos, recorren su país de origen pero igual transitan por el mundo y vuelven para instalarse en otro mapa, un mapa único porque no es una mera enumeración de acontecimientos. Es una mirada sin ambigüedades donde “coexisten los instantes del pasado y del presente.” Es una mirada que se trastoca, se pelea y se reconcilia: “parezco un animal surrealista. Tengo cara picassiana. Cara de rombo. Cara de culo. Cara de infame. Las palabras pelean, se golpean unas a otras. Aparecen dientes, uñas, rasguños, heridas inmortales, sangre cuajada sobre unos ojos marchitos. El poema ronda la alcantarilla de la próxima cuadra.” La palabra, ella misma se critica y se cuestiona, se vomita y luego se lame para buscar su esencialidad:

“Cierro el libro y tomo rumbo a casa. Con esas palabras me calmo. Me reconcilio con lo que veo. Con lo que espanta mi espíritu. Sigo hasta el ruido de otros mundos.”

foto:JuanMartins.@estivalteatro
La unidad del libro no está en el argumento, (aunque este se reescribe) ni en la historia, (aunque estas se reinventan), ni en el final (este “gira alocado”), la unidad del libro está en la propia palabra y el poeta-escritor (Alberto Hernández) propone un diálogo con los lectores y los poetas. Es un acto amoroso entre autor y lector, el escritor recopila e hilvana datos biográficos y los redimensiona con el compás musical de la palabra. Posibilita el vuelo de los poetas. Suerte la nuestra al conseguirnos con los Montejo/Barroeta en este desborde de ecos con la naturalidad de su cadencia.

Nos atrevemos a afirmarlo en este instante El nervio poético es el Ars Poética de Alberto Hernández, el hombre que anda y desanda con sus duendes. Entonces la palabra en Hernández alcanza la transparencia, la emotividad y su independencia y en consecuencia su autonomía de significantes: el sonido vital de la palabra.

Alberto Hernández es como el músico que marca el compás o la clave para que luego: “la poesía recupera el todo y lo hace visible”, entonces en “El nervio poético” la tonalidad emotiva invade los sentidos del lector para hacerlo parte de su juego amoroso.





Saturday, October 20, 2018

PAPIROS AMOROSOS de Eugenio Montejo


Crónicas del Olvido por Alberto Hernández—

foto:EdVanDerElsken
I
Vocación secreta llama Antonio López Ortega el afán heterónimo de Eugenio Montejo. Tal afirmación continúa su paso sereno por varios libros que el autor de Adiós al siglo XX ha dejado en, por ejemplo, El cuaderno de Blas Coll, pero más allá del carácter múltiple de esta personalidad poética, Montejo es el poeta de la densidad, el escritor que ha fijado, con ojo profundamente interior, los trazos de una pasión que no necesita de adornos para imponerse. A este ritmo, rostros y nombres bajo la duda si se trata del Otro que lo empuja a decir para ser el que tantas veces se repite en tonos disímiles, Eugenio Montejo escribe Papiros amorosos, su primer libro dedicado a tan espinoso tema, en el que quien entra no sale ileso, por muchas las marcas que ha dejado en la escritura y en el alma.

Publicado en España por la editorial Pre-textos, los lectores venezolanos sentíamos su ausencia. Finalmente, Bigotteca, hermosa aventura de la Fundación Bigott, nos lo entrega para beneplácito de quienes sólo lo conocíamos de oído ajeno.

Y si esa vocación secreta forma parte de una misión, como deja escrito López Ortega, ciertamente nuestro poeta ha hecho un recorrido en el que cada libro es un incendio, la perfección de ese adentro medido con la sensibilidad de quien sabe que el mundo no es sólo saberlo allí sino descubrirlo, ocultarlo y entregarlo con el sonido de su precisa expresividad.

II
Papiros amorosos es el libro del cuerpo amado, del cuerpo tocado, presentido. Es el libro del cuerpo de mujer, el que anda en el otro, el que entra y sale del cuerpo de quien lo nombra y lo acerca. De los cuerpos que se buscan y se encuentran, pero también de los que se alejan en el desencuentro. “Cuerpo que pasas con el tiempo dentro,/ henchido de horas en las venas,/ de incontables minutos llenándote la manos/ para asir tu deseo”. Tiempo y deseo, ambos en la propiedad de quien lo dice y lo define.

En este poemario, Montejo se desnuda frente al otro cuerpo, el cuerpo que, ajeno, pasa a ser de quien lo desea y ubica en el tiempo. Libro intemporal, Papiros amorosos verbaliza el amor en el papel, es el tomo de un viejo tema que en nuestro autor resulta novísimo, ajustado a la permanente aventura del deseo hecho voz.

El cuerpo es una constante. En todos los poemas está o al menos su referencia. En Montejo no hay amor si no hay cuerpo: de la materia carnal emerge el espíritu, el tocado, el capaz de sudar y habitar bajo la bóveda celeste y perderse en su efímera esencia. “Sólo quise estar vivo para amarte/ en la tierra veloz. Aquí, a tu lado,/ siguiendo el vuelo de esta esfera que gira/ detrás de un sol demasiado remoto./ Sea lo que alcance el tiempo que nos dieron/ los dioses o el azar, sea lo que quede/ de lumbre en nuestra lámpara indecisa,/ mi deseo está aquí, no en otro mundo,/ junto a tus manos, tus ojos y tu risa,/ junto a los árboles y el viento/ que acompañan tu paso por el mundo./ Sea quienquiera que apure las estrellas/ y nos haga nacer o desnacer,/ sea quienquiera que junte nuestros cuerpos,/ aunque no dure nada este relámpago/ y la tierra veloz nos borre el sueño”.

III
El lector de Papiros amorosos siente que el sujeto amado se desplaza ante los ojos. Es un nombre que no se dice y recorre las páginas como calles bajo la lluvia. Es un cuerpo en un paisaje interior, abrigado por los elementos. “En otro cuerpo va mi amor por esta calle,/ siento sus pasos debajo de la lluvia,/ caminando, soñando, como en mí hace ya tiempo.../ Hay ecos de mi voz en sus susurros,/ puedo reconocerlos...”

Quien habla, el que escribe, es sujeto del cuerpo del sujeto amoroso. Y es, también, imagen del mundo, dentro y fuera de él. “Cuerpo lleno de barcos”, de viajes, de miradas. Cuerpo que se aleja a lugares extraños, desconocidos.

Preocupa al amante el cuerpo ajado, la vejez, la pérdida de la belleza que sólo es eterna un instante. “La vejez de la carne es la peor máscara/ que los dioses nos tejen./ Con invisible estambre y rueda fría,/ con su nocturna aguja irrefutable,/ sin percatarnos, casi de puntillas,/ voz y cuerpo nos cambian...”.

Papiros amorosos se nos antoja un solo poema, un solo cuerpo a través del papel. Cuerpo que desemboca en un “solo amor”, anillado a la necesidad de no dejarlo ir. “Un solo amor para salvarlo todo,/ lo que se fue, lo que ha partido y ya no vuelve,/ los naufragios que emergen del olvido/ y nos persiguen al fondo de algún sueño...”.

Y si es cuerpo, “polvo enamorado”, como dijo el otro del amor hispano universal, también un solo poema para decirlo, colmarlo de tiempos y lugares, pese a su ubicuidad, en un sueño, en la derrota, el polvo, la angustia, los sollozos, “lo que nació para no ser y fue un instante”. Así, con todo el cuerpo y todos los adentros.