M u l t i n a t i o n a l - B l o g - o f - A r t - a n d - L i t e r a t u r e - f r o m - D e n v e r

Sunday, September 25, 2016

Erótica poética vs poética erótica en Ropaje de Alberto Hernández


—reseña María Luisa Angarita;
fotografía Alberto H. Cobo—


El erotismo, esa parte de la vida que trasciende entre la ilusión, la seducción y el sentir concreto de la sexualidad, esa parte de la poesía que siempre nos deja una sensación de añoranza. En Ropaje (2012)[1] de Alberto Hernández el erotismo toma la palabra nuevamente para trasladarnos a un mundo de sensaciones, un espacio donde el encuentro y la vida misma se conjugan en el cuerpo del otro.

La poesía de Alberto ya nos ha mostrado con anterioridad cómo se puede conjugar en perfecta armonía la palabra y el acto erótico, no obstante en Ropaje divisamos un sentir nuevo. Más que la palabra reflejando lo erótico encontramos lo erótico en plena acción construyendo el poema. Octavio Paz (1993) lo expresa del siguiente modo:

“La relación entre erotismo y poesía es tal, que puede decirse, sin afectación que el primero es una poética corporal y que la segunda es una erótica verbal.”[2]

En esta poética de Hernández lo vemos condensado, una combinación perfecta de oposiciones. La poética construye la erótica a su vez que la erótica construye y se hace poema. Entre imágenes visuales verdaderamente gráficas por las fotografías de Alberto H. Cobo y la riqueza de imágenes poéticas de Hernández, este poemario se nos hace cuerpo, piel y deseo, mientras el deseo mismo y el sentir construyen cada página.

Desde el primer poema nos encontramos esta mixtura, Piel es el título y entre paréntesis, como para que no olvidemos que es un trabajo escritural nos dice: “(ejercicio para retornar a una mujer)”, como advirtiendo al lector que apenas se inicia un esbozo, un acercamiento a ese viejo arte de amar desde las letras:

“Nos hace en la medida del deseo// Crece con nosotros,/ nos descubre:// Somos piel en el tacto del juicio, en la pérdida de la memoria.// Si hablo de la tuya, //designo con el miedo los poros que te siembran.”

Realmente es un acercamiento al otro, a esa piel que describe las ansias. Encontramos un desdoblarse, un reconocerse primero piel y parte obligatoria del encuentro para luego iniciar el camino hacia ese otro cuerpo que se anhela.

Luego del primer acercamiento, sigue el primer paso hacia el encuentro, Rasgaduras lo presenta:

“Entre las almohadas /la piel estira el significado de una guerra.//La pasión, ese instante, / ese paisaje seco entre los ojos.” (p. 6)

No se trata de un desbocarse sobre el sentir, es más bien un caminar pausado hacia el goce, después de un instante nada queda más que el poema.

Hay un ritmo entre estos textos, lo iremos viendo a lo largo del libro, el caminar pausado de la pasión que se agita hasta el clímax para luego descender de nuevo pausadamente hasta el inicio del nuevo encuentro. Así lo revela el siguiente poema:

"Ombligo" ©Alberto H. Cobo
Te toco: “Te toco para empezar a vivir: // debajo de tus gritos/ del sudor que ahoga el universo/del juego/ y sus revelaciones alevosas// debajo del tiempo que te ocupa// el envoltorio de la angustia/ el barro/ el tejido de escombros/ el cuerpo en el ocaso: // Te toco para terminar de vivir.” (p.7)

La vida inicia al roce del tacto, no hay mayor certeza de estar vivo que sentirse y sentir al otro. Aquí la pasión se mantiene calma, pero se reconoce necesaria y existente, gritos, sudor, tiempo que ocupa a los que aman, todo lo propio del sentir transita este poema y con él la vida, tocar para vivir y morir, la plenitud de la existencia en el contacto físico, en la entrega de dos cuerpos.

Si bien lo erótico va más allá de la descripción exacta del hecho para centrarse en un juego metafórico y sensorial, la vida y la muerte también forman parte latente de la eroticidad, ese juego entre alcanzar la vida plena por medio de la concreción de ese acto que también, en cierto modo, conduce irrefrenablemente a la muerte. Eros y Tánatos se hacen presentes siempre en el arte erótico, no hay forma de acercarse al ser amado sin ese encuentro, que a la vez que permite reivindicar la existencia, no implique igualmente una colisión con la muerte. No necesariamente la muerte física, pero si el fin de un camino, de una sensación, de un amor, de un goce espiritual que culmina en delirio.  En el poema Pieles encontramos este morir en forma de desgaste:

“Un cuerpo grávido, tendido bajo la noche // El agua lo recorre de tentaciones // Un delta en los pliegues cercanos al deseo // La piel sabe lo que hace, nos desgasta. “ (p.11)

El cansancio, esa extraña forma de morir luego de haber experimentado intensamente el goce. La voz poética nos descubre la rudeza de amar y sus tormentos.

La poesía erótica contiene siempre una dura carga de tormentos, el anhelo marcado por el deseo del que observa, la tentación como forma de lucha y seducción constante, el encuentro, esa cercanía con el cuerpo amado aun cuando quizás sólo sea imaginaria, y el olvido, esa especie de limbo al que se reduce todo una vez concluye la experiencia. El poema Olvido retrata esta sentencia:

“Una vez fuimos piel/ Rotos por el tiempo; arena y olvido // En la memoria, en lo que nos queda de silencio/ El cuerpo levita entre las manos// Escritura, dedos para el revuelo// La piel es la vigencia de la memoria.” (p. 13)

"Oculta" ©Alberto H. Cobo
La piel se vuelve aquí el centro del recuerdo, impresa  en un olvido que sabe a tinta y por lo tanto inolvidable. La piel es la representación de esa vida que somos y que nos contiene, no hay otro modo de existir si no es desde la piel, esa piel que se hace también lienzo y palabra. En este poema vemos también como la voz poética siempre retorna al juego escritural, esa especie de arte poética que nos recuerda que todo en la vida surge y vuelve a la palabra.

La vida va y viene entre los versos, en el cuerpo desnudo de esa mujer que se hace poema. El poema Muelle dibuja esta realidad, el espacio perfecto de resguardo y auxilio, la razón misma de sobrevivencia radica en ese cuerpo:

“Esta semana/ el país atracó entre tus piernas// te toco y te compruebo// aún quedan trincheras donde salvar la vida.” (p. 17)

no hay nada más, no importa nada más, entre esas trincheras se resguarda la vida, no se necesita de otro tiempo ni espacio, ese cuerpo es el lugar perfecto para todo, para contener la existencia.

No puedo evitar encontrar en la poesía de Alberto la constante presencia de lo femenino ligado a la poética, mujer y palabra confluyen siempre entre sus líneas, más que un juego, es una constante de su creación, la mujer musa u objeto del deseo, termina siempre por volverse palabra, se inscribe en el poema para crearlo, lo hace suyo mientras se entrega. De tal modo lo apreciamos en Ardiente:

“Imagino el instante: la mujer que camina / Bajo la luna insomne. // La imagen dormida / Envuelta entre mis sueños. // Pero la siento imposible, alejada. // Sólo cuerpo que miro y anhelo. // Imagino el instante: ella se deshace en mi boca / Y vuelve a ser cuerpo // Y después la muerdo y en la lengua la pierdo. // Ella se abre en las páginas. Vibra en el poema. // La nombro ardiente sin nombre. // La imagino y la regreso al papel / Sorbida por la noche.” (p. 34)

Mujer y palabra se conjugan, se hacen una en el poema que las absorbe, son a la vez lo creado y lo que le crea, en un confluir erótico que las humaniza.

Lo erótico es constructo de la imaginación, aunque remite directamente al amor de pareja, se enlaza con la forma como los amantes imaginan y ejecutan su encuentro, Octavio Paz nos lo recuerda:

“El erotismo es la dimensión humana de la sexualidad, aquello que la imaginación añade a la naturaleza.”[3]

y de ese modo lo encontramos en la poesía de Alberto, mujer y poema, erotismo e imaginación, en un arte poética que transciende a la palabra y a la sexualidad para volverse meramente imagen, creación literaria, esencia de aquello que se condensa en los versos. En este construir de lo erótico desde la palabra encontramos el poema Pecado, de por sí ya su título nos prefigura su sentido:

“Será una herejía no tocarte. / No desearte. / No tenerte en la mira. / No calumniarte. / No ofender tu silencio. / No naufragar en medio de ti. / No andar de puntillas sobre tus pezones. // Sería un pecado dejar de mojarme en tus pliegues. / No comerte.” (p. 58)

Lo erótico se hace presente aquí desde lo prohibido, o desde lo que sería un absurdo dejar de hacer, la voz poética no vislumbra otro modo de existencia que el encuentro con el ser objeto de sus afanes. La imagina y construye en su realidad, en el mismo espacio donde le palpa y le aprisiona.

Poesía y erotismo se bifurcan en este poemario de Alberto Hernández, una depende de la otra en una relación dicotómica y armónica, la palabra poética construye y erotiza al encuentro y la imagen que se transfunden en el poema. En el poema Poética vislumbramos una vez más este converger de realidades:

"Espera" ©Alberto H. Cobo
“Desde cualquier ángulo / Desatas el deseo. // Las palabras se ahogan en la almohada / Y el perfil de tu rostro define / La frase que nos une: / Alguien nos observa y se retira. / El espejo cierra los ojos y nos oscurece.” (p. 71)

Los amantes y su encuentro recrean la realidad del poema ¿o es el poema quien los recrea?, igualmente el que observa y se retira pareciera ser el lector, que de tanto andar por estos versos, cierra el libro y se aleja con la reminiscencia de las imágenes grabadas en su alma.

Así transcurre Ropaje de Alberto Hernández, cargado de una eroticidad única, lleno de imágenes que se construyen a sí mismas en la intimidad de los versos, en la imaginación de aquél que escribe en complicidad con quien lee. La constante de lo femenino y lo erótico amatorio, junto al arte poética como objeto de recreación de lo imaginario, confluyen en este poemario sin temor alguno a descubrir lo que hay más allá de lo amoroso.



_________________________
1 Alberto Hernández (2012) Ropaje. Ediciones Presagios. Cancún. México.
2 Octavio Paz (1993) La llama doble. Amor y Erotismo. Seix Barral. Biblioteca Breve. Colombia. (p. 10)
3 Octavio Paz (1993) La llama doble. Amor y Erotismo. Seix Barral. Biblioteca Breve. Colombia. (p. 117)





Tuesday, September 6, 2016

ANA ISABEL, UNA NIÑA DECENTE QUE ROMPE FRONTERAS


—por Gregory Zambrano—

Acaba de aparecer la traducción al inglés de Ana Isabel, una niña decente, la emblemática novela de Antonia Palacios (1904-2001), publicada en Buenos Aires por la Editorial Losada, en 1949. Ahora, con traducción de RoseAnn Mueller, profesora emérita del Columbia College de Chicago, alcanzará otros horizontes y nuevos lectores.

En la Caracas de los años veinte, que todavía no comenzaba a transformarse —gracias al petróleo— en la urbe moderna que un día fue, una niña soñaba con hadas y un príncipe que la desposara. La ciudad entrañable, vista desde el espacio enmarcado de La Candelaria, se ha quedado como un recuerdo, como una tarjeta postal, que revive en los gráciles trazos que Palacios imprimió en su breve e intensa novela.

En aquel rincón caraqueño la economía casera se basaba en la elaboración de dulces tradicionales, los niños combinaban su educación, prácticamente doméstica, con los juegos infantiles, las rondas y canciones, no había mayor distracción. En ese contexto crecía la pequeña Ana Isabel, entre los rigores de la familia y, hasta cierto punto, sometida a las limitaciones que le imponía su condición femenina. Entonces tenía ocho años y comenzaba un viaje interior que acaba en su pubertad. El marco de la novela es aún la Venezuela rural sometida al silencio y a una espera postergada bajo la mirada de una dictadura que se hacía eterna, la de Juan Vicente Gómez.

Ana Isabel, una niña pobre pero decente, sueña mientras vive su tránsito de la infancia a la adolescencia. La niña que jugaba ya no es la misma después de una enfermedad que le descubre su cuerpo y su sensibilidad. Es éste el momento en que se define su conocimiento del yo y se afirma en ella la subjetividad femenina. En el camino descubre las injusticias, la sombra del poder, el miedo al pecado y a la muerte.

La novela reconstruye poéticamente el viaje a los alrededores de Caracas, la excursión al campo, las faenas del campesino, los juegos infantiles y las riñas entre niños, todo esto marcado por una fuerte tensión social.

Antonia Palacios, escritora venezolana
En su introducción la traductora establece relaciones de correspondencia entre la obra de Antonia Palacios y la de Teresa de la Parra. Memorias de Blanca y en parte Ifigenia, en su carácter semiautobiográfico, muestran de manera irónica el crecimiento de las niñas en una Venezuela que se prepara para afrontar cambios sustanciales al devenir la explotación petrolera.

En las condiciones en que crecían las mujeres, todavía estaba muy fuertemente marcado el carácter conservador de la sociedad patriarcal. En la analogía de filiación histórico-literaria entre Palacios y Teresa de la Parra, la traductora advierte cómo se produce una transformación en el enfoque crítico de Ana Isabel… y también cómo en el aspecto formal, se evidencia la tensión poética del lenguaje consustanciado con la expresión narrativa, condición dada por ser Antonia Palacios una autora que habría de ofrecer importantes frutos poéticos en libros como Viaje al frailejón y Textos del desalojo. Esta condición, según Mueller, transfiere a su novela un lenguaje espontáneo y lírico.

El mundo de Ana Isabel está marcado por las diferencias raciales, y su consecuente praxis de discriminación. Ella vive este mundo con una mirada perpleja, pero poco a poco va reconociendo las injusticias y desmontándolas con un razonamiento crítico que desdice de su inocencia.

En medio del dolor y las carencias familiares se cuela su mirada cuestionadora de la injusticia social, su proceso de crecimiento y maduración le va permitiendo, de manera muy consciente, asimilar los cambios de su cuerpo y también los factores que rodean su vida.

La traductora hace notar que en todo este proceso aparece una fuerte carga de melancolía en la protagonista. Esta melancolía viene dada por la asunción irremediable de las carencias que circunscriben sus condiciones de vida. También por el hecho de que ella está perfectamente consciente de la realidad que vive, gracias a su inteligencia y su sensibilidad, que la muestran como un ser crítico, mientras que la mayoría de los personajes que le rodean parecían ajustarse a las fatalidades del presente.

Para la traducción, comenta Mueller, fue necesario consultar con personas familiarizadas con el entorno de la novela, o acudir a asesores filológicos quienes le permitieron esclarecer el sentido de algunos venezolanismos, muchos de ellos prácticamente en desuso. Como solía hacerse en publicaciones de aquella época, se consideraba a un potencial lector fuera de las fronteras nacionales, que necesitaban algunas orientaciones para comprender mejor los giros del lenguaje o las particularidades del léxico, a veces marginal por su condición de ruralidad, o a veces citadino pero circunscrito a ciertas regiones del país. Esto sin duda aportaba un valor agregado a la edición, y hacía más comprensible la obra. En ese sentido, para la traducción de esta novela aprovecha la edición que hiciera en 1969 Monte Ávila Editores, la cual incorpora un glosario de venezolanismos, donde se explica el nombre de plantas, animales y alimentos. Esta traducción igualmente la incluye, acompañada de una bibliografía y una cronología de Antonia Palacios. Oportuno homenaje a la escritora venezolana, quien presidió el Primer Congreso Venezolano de Mujeres en 1940 y fue la primera mujer en recibir el Premio Nacional de Literatura en 1976. Por supuesto, la traducción de Ana Isabel, una niña decente al inglés es el reconocimiento a su autora y a esta novela inolvidable, una de las más sutiles y entrañables de la literatura venezolana del siglo XX.

RoseAnna Mueller enseña sobre arte y literatura latinoamericana. En 2002 vivió en Venezuela como investigadora y profesora, adscrita a la Universidad de Los Andes, en Mérida. En 2012 publicó en inglés Teresa de la Parra: A Literary Life. Aquí los datos de su traducción: Antonia Palacios. Ana Isabel a respectable girl. Translated by RoseAnna Mueller, Montreal, Universitas Press, 2016.



©Gregory Zambrano, 16 de julio de 2016





Saturday, August 27, 2016

Una carta que nunca llegó a Rusia - Vladimir Nabokov


—cuento completo de Vladimir Nabokov—

Mi adorable, mi muy querida y lejana, me imagino que no habrás olvidado nada en los más de ocho años que dura ya nuestra separación, si es que aún consigues recordar a aquel guarda canoso con su librea azul que ni se molestaba siquiera en mirarnos cuando hacíamos novillos para encontrarnos en aquellas mañanas heladas de San Petersburgo, en el Museo Suvorov, tan polvoriento, tan pequeño, tan semejante a una suntuosa caja de rapé. ¡Con qué ardor nos besábamos a espaldas de aquel granadero engominado! Y más tarde, cuando por fin nos liberábamos de aquellas antigüedades polvorientas y salíamos a la luz, cómo nos deslumbraba el resplandor de plata del parque Tavricheski, y qué extraño resultaba oír los gruñidos alegres, ávidos, profundos de los soldados, que se lanzaban unánimes a las órdenes de su comandante, resbalando por el suelo helado, embistiendo con su bayoneta a un muñeco de paja con casco alemán en medio de una calle de San Petersburgo.

Sí, ya sé que en otra de mis cartas te he jurado que no volvería a mencionar el pasado, especialmente las naderías de nuestro pasado en común, porque se supone que nosotros, los escritores exiliados, tenemos una especie de pudor altanero en nuestra forma de expresarnos y sin embargo aquí estoy, despreciando, desde la primera línea de mi carta, el derecho a toda sublime imperfección y destrozando con epítetos vanos el recuerdo, ese recuerdo que tú rozabas con tanta gracia y ligereza. Pero no es del pasado, mi amor, de lo que quiero hablarte.

Es de noche. Por la noche se percibe con especial intensidad la inmovilidad de los objetos: la lámpara, los muebles, las fotografías en sus marcos sobre mi mesa. De cuando en cuando, el agua borbotea y chasquea en sus tuberías ocultas como si una serie de lamentos subiera por las paredes de la garganta de la casa. Por las noches salgo a dar un paseo. Los reflejos de las farolas rezuman brillos intermitentes sobre el helado asfalto de Berlín cuya superficie parece una película de grasa negra en cuyas arrugas se hubieran recostado los charcos. Aquí y allá, una luz granate brilla sobre alguna alarma de incendios. Una columna de cristal, llena de una líquida luz amarilla, se yergue junto a la parada del tranvía, y, por alguna extraña razón, experimento una sensación tan melancólica, tan placentera, cuando, de noche, ya tarde, pasa por delante un tranvía a toda velocidad, vacío, con un chirrido al tomar la curva. A través de sus ventanas se ven con toda claridad las filas de asientos marrones iluminadas entre las cuales se abre camino, a contramarcha, un revisor solitario, con su negra cartera colgando al costado, tambaleándose ligeramente, como si estuviera un poco borracho.

Mientras paseo por alguna calle silenciosa y oscura, me gusta oír cómo algún hombre regresa a casa. El hombre no resulta visible en la oscuridad, y nunca sabes de antemano qué puerta se abrirá a la vida y condescenderá a dejarse penetrar por el chirrido de una llave, para después girar, y detenerse luego, retenida por el contrapeso, para acabar cerrándose de golpe; la llave chirriará de nuevo desde dentro, y, en las profundidades al otro lado del cristal de la puerta, un débil resplandor se rezagará durante un minuto maravilloso.

Pasa un coche sobre columnas de luz húmeda. Es negro, con una raya amarilla bajo las ventanillas. Irrumpe ronco con su bocina en los oídos de la noche y su sombra cruza bajo mis pies. Ahora la calle está totalmente desierta, salvo por un gran danés cuyas patas rascan la acera mientras pasea con una bella joven distraída y sin sombrero que lleva un paraguas abierto. Cuando pasa bajo la farola granate (a su izquierda, sobre la alarma de incendios), sólo una parte, negra y tensa, de su paraguas se ilumina de húmedo rojo.

Y más allá de la curva, sobre la acera —¡y de qué forma tan inesperada!—, la fachada de un cine se arruga con diamantes. Dentro, en su pantalla rectangular y pálida como la luna, se ve a unos mimos más o menos hábiles: la inmensa cara de una joven, con trémulos ojos grises y labios negros cruzados verticalmente por grietas relucientes, se acerca desde la pantalla, y no deja de crecer mientras detiene sus ojos contemplando la nada de la sala oscura, y una maravillosa lágrima, brillante y larga se desliza por una de sus mejillas. Y en alguna ocasión (¡momento celestial!) aparece incluso la vida de verdad, ignorante de que está siendo filmada: un grupo de gente que asoma por azar, unas aguas que brillan, un árbol que cruje silenciosa aunque perceptiblemente.

Más lejos, en la esquina de una plaza, una prostituta corpulenta vestida con pieles negras pasea despacio, deteniéndose de cuando en cuando delante de un escaparate ferozmente iluminado, donde una mujer de cera muy pintarrajeada expone a los paseantes de la noche sus enaguas de papel esmeralda y la seda brillante de sus medias color de melocotón. Me gusta observar a esta plácida puta de mediana edad, mientras se le acerca un hombre maduro con bigote que llegó por la mañana de Papenburg en viaje de negocios (primero pasa por delante y luego se vuelve a mirarla un par de veces). Ella le llevará sin apresurarse hasta una habitación del edificio cercano, que, a la luz del día, apenas se distingue de los otros edificios, igualmente ordinarios. Un viejo portero, educado e impasible, hace guardia toda la noche en el vestíbulo de entrada apenas iluminado. En lo alto de una empinada escalera otra mujer igualmente impasible, abrirá con sabia despreocupación una habitación desocupada y recibirá su pago por ello.

¡Y no sabes qué maravilloso es el estruendo con el que el tren todo iluminado, y riéndose por las ventanillas, atraviesa el puente por encima de la calle! Probablemente no vaya más allá de los suburbios, pero en ese preciso momento la oscuridad bajo el vano negro del puente se llena con una música tan poderosamente metálica que no puedo sino imaginarme las tierras soleadas hacia las que partiré en cuanto me haya procurado esos marcos extras que anhelo con tanta ligereza y despreocupación.

Me encuentro tan alegre que a veces me gusta ir a ver a la gente que baila en el café de mi barrio. Muchos de mis compañeros exiliados denuncian con indignación (una indignación no exenta de un punto de placer) las abominaciones de la moda, entre las que incluyen los bailes actuales. Pero la moda es una criatura de la mediocridad humana, de un cierto nivel de vida, es la vulgaridad de la igualdad, y denunciarla significaría admitir que la mediocridad puede crear algo (ya sea una forma de gobierno o un nuevo tipo de peinado) por lo que merezca la pena preocuparse. Y ni qué decir tiene que estos llamados bailes modernos nuestros son cualquier cosa menos modernos: la moda y la locura de los mismos se remonta a los días del Directorio, porque entonces como ahora los vestidos de las mujeres se llevaban pegados al cuerpo y los músicos eran negros. La moda respira a través de los siglos: la crinolina en forma de bóveda, de moda a mediados del XIX, no era sino la máxima inhalación del aliento de la moda, seguida por una exhalación: faldas estrechas, bailes apretados. Nuestros bailes, después de todo, son muy naturales y bastante inocentes y, a veces —en las salas de baile de Londres—, absolutamente elegantes en su monotonía. Todos recordamos lo que Pushkin escribió acerca del vals: «Monótono y loco». Todo viene a acabar en lo mismo. En cuanto al deterioro de la moral… Esto es lo que leí en las memorias de D’Agricourt: «No conozco nada más depravado que el minué y sin embargo nadie se opone a que se baile en nuestras ciudades».

Y así me divierto observando, en los cafés damants de aquí, cómo las parejas «desaparecen veloces ante mis ojos», por volver a citar a Pushkin. Los ojos maquillados de formas divertidas brillan de pura satisfacción, con alegría sencillamente humana. Los pantalones negros se tocan y se enredan con las medias ligeras. Los pies giran hacia un lado y se vuelven hacia el otro. Y mientras, al otro lado de la puerta, me espera mi fiel noche, noche solitaria, con sus reflejos húmedos, sus coches ruidosos, y sus corrientes de viento enfebrecido.

En una noche de ésas, en el cementerio ortodoxo ruso que está a las afueras de la ciudad, una anciana de setenta años se suicidó en la tumba de su marido recientemente fallecido. Fui allí por puro azar a la mañana siguiente, y el guarda, un veterano mutilado de la campaña de Denikin, que caminaba con muletas que crujían al mínimo movimiento de su cuerpo, me enseñó la cruz blanca de la que se había colgado la anciana, y los jirones amarillos que se habían quedado prendidos en el lugar donde los cabos de la soga («totalmente nueva», dijo amablemente) se rozaban. Pero lo más misterioso y encantador de todo, sin embargo, eran las huellas en forma de medialuna de sus tacones, diminutas como las de un niño, abandonadas en la tierra húmeda junto a la losa. «Pisoteó un poco el césped, pobrecilla, pero por lo demás no ha estropeado nada», observó el guarda tranquilamente y, mirando aquellos jirones amarillos y aquellos lugares en que la tierra estaba un poco hundida, me di cuenta de repente de que se puede distinguir una sonrisa inocente incluso en la muerte. Probablemente, mi amor, la razón principal por la que te escribo esta carta es para contarte este final tan fácil, tan dulce. La noche de Berlín quedó así resuelta.

Escucha: soy feliz, absoluta o idealmente feliz. Mi felicidad es una especie de desafío. Mientras deambulo por las calles y plazas y por los caminos junto al canal, sintiendo distraído los labios de la humedad a través de mis suelas gastadas, llevo orgulloso sobre los hombros mi inefable felicidad. Los siglos pasarán uno tras otro, y los escolares bostezarán ante la historia de nuestras revoluciones y miserias; todo pasará, pero mi felicidad, mi amor, mi felicidad permanecerá, en el reflejo húmedo de una farola, en la curva precavida de los escalones de piedra que descienden hasta las aguas negras del canal, en la sonrisa de una pareja que baila, en todo aquello con lo que Dios tan generosamente circunda la soledad humana.

FIN





Saturday, July 16, 2016

15 POETAS ECUATORIANAS (1900–1960) Selección Ana Cecilia Blum


Selección de Ana Cecilia Blum (*)

AURORA ESTRADA Y AYALA
ILEANA ESPINEL CEDEÑO
SARANELLY DE LAMAS
ANA MARÍA IZA
NELLY CÓRDOVA AGUIRRE
VIOLETA LUNA
VICTORIA TOBAR FIERRO
SONIA MANZANO
SARA VANÉGAS COVEÑA
CATALINA SOJOS
MARITZA CINO ALVEAR
CARMEN VÁSCONES
CAROLINA PORTALUPPI
MARGARITA LASO
MARÍA FERNANDA ESPINOSA


AURORA ESTRADA Y AYALA
PUEBLOVIEJO (1902–1967)

FATUM

Siempre fui triste
i me sentí extranjera
en todas partes.
Ardía mi lámpara
i sigue ardiendo:
azul...
violeta...

¡Me quema toda
con su antigua llama,
creciendo i marchitándose
en diferentes tallos!

Me dobla la nostalgia
sobre ignorados mapas.
Quiero escarbar perdidos cementerios
i abrir cinéreas ánforas
con mis pálidas manos.

Como siempre, estoy triste
bajo el alegre vuelo de los pájaros.
I ciega voy
con mi agonía tremante
hasta el borde del día.

¡Bajo una lenta lluvia de lágrimas azules
yo muero cada noche!


ILEANA ESPINEL CEDEÑO
GUAYAQUIL (1933–2001)

HACIA ADENTRO

Yo, no te aclamo, no, vida mía que sufres;
tampoco me envilece tu soledad de estrella.
Tan sólo te contemplo como algo tan ajeno
que más que propia vida eres mi ausente muerte.

Me dejo ir en todo
dejo que el cerco nimio
me arrastre al torbellino del temporal rebaño.
Diríase que lucho. Diríase que asciendo.
Diríase que me hundo. Diríase que... nada.

Y yo, antigua sangre rondando entre las piedras,
tan sólo te contemplo, absorta enamorada.

Y junto a tu verdad de ardiente sima,
diríase que canto. Diríase que muero.


SARANELLY DE LAMAS
RIOBAMBA (1933–1992)

BALANCE

Si de repente Dios —que ciertamente existe—
llamándome por mi nombre me dijera
es hora de liquidar el sueño;
haría simplemente un balance.

Más de una hiel en horas sin medida
pero a cambio, espejos y abalorios
para adornar el rostro de la herida;
un prisma casi ingenuo
para apresar la magia de las cosas
y un simple azul por todo lo creado.

De cuanto real establecido contemplé;
he amado más lo irreal que no poseo;
luego me conservé fiel a la fe:
creer tan sólo en aquello que no podemos ver.
Si tropecé y caí,
mi fe en el ser humano
jamás tuvo caídas.
No quise ver la perfección jamás;
apenas la limpieza necesaria.

Todo cuanto amasé fue nada entre las manos
monedas que se gastan al contacto del día.
Y mi culpa mayor —que me exime de culpa—
elegir un camino de herradura
para llegar al sueño.

Nada me asombraría si de pronto
la única palabra que no existe
me fuera a solas revelada.


ANA MARÍA IZA
QUITO (1941)

CARTA A MÍ MISMA

¿Recuerdas
cuando era el teléfono un pájaro
cantando en el alambre...?

Nunca creíste
que sólo se trataba de un vil artefacto.

Eras insoportable.
Por eso hasta quisiste un lunes
regalarte.

Tenías la mirada llena de barcos.
Dabas de comer
a los perros del parque
y te sabías de memoria el número
de árboles,
a fuerza de ser viento,
de ser hoja,
de husmear
no sé qué estrella entre las ramas.

Eras
un raro espécimen,
una degeneración futura,
un grifo siempre yéndose,
ya ni sé qué decirte,
eras
algo bastante feo que me gustaba.

Te pregunto,
por preguntarte,
porque sí,
porque llueve
y algún entrometido te ha empujado:
¿Qué harías si te dejara libre,
si de un manotón quitara la montaña ...?

De ley
irías a refugiarte en la ternura,
a estrellarte en el borde de un retrato.
A escarbar en el suelo un sucio anillo
del que nacieron rosas,
lombrices,
telarañas.

Tú,
siempre serás tú.

No habrá abracadabra que te cambie.
No habrá
reencarnación que te libre del lodo de los sueños.
No habrá forma
de librarse de ti
ni estrangulándote.

Oye:
no vayas
a suicidarte.
Me es indispensable tu presencia:
triste,
desafiante.

Terminada en punta
—como una hoja—
detrás de la ventana.


NELLY CÓRDOVA AGUIRRE
SAN GABRIEL (1942)

porque es día de feria

que te venda
que te venda mi fibra mis afanes mi cardo mi camisa  estera y
manta
mi arado mi aire y agua  mi guacho y mis raíces
que ahora sea yo quien ponga precio
porque es día de feria

que mida por pulgadas mis fatigas
por onzas que te pese mis mañanas  que en pondos para vos
madure lunas

que quién soy  cómo soy
cómo y qué  para qué

que cuanto valgo yo en pocas palabras

si te vendo mis cargas mis costillas a qué espaldas iría
este cansancio

a qué otra cicatriz iría mi insomnio
a qué ojo mi barranco
a qué fiesta mi tiesto mis bostezos mi taja de zapallo

yema yo  yuca yo  yuyo yo
ajo ají  ya te vi  no te dí  si te dí

¡que está mi pueblo en feria…!

que ahora sea yo quien ponga precio
a mi costal de cosas
no mezcladas


VIOLETA LUNA
GUAYAQUIL (1943)

HOY TE CIERRO LAS PUERTAS

Hoy te cierro las puertas corazón
para pensar a solas,
fríamente pensar
hasta vaciar la lógica
y el silogismo pálido.
La poesía es libre.
Las cosas en azul son poesía.
Por tanto mis monólogos son libres.
Y en esta libertad de puerta adentro
resuelvo mis conflictos,
repito y analizo,
recuerdo y rectifico.
Estudio cada cosa y consecuencia
y limpio las ideas.
La mente es una máquina
que suele registrar las decisiones,
contar las pertenencias y los fraudes.
Y mientras pasa el día
y acechan fríos monstruos en mi cueva
me falta el sol y el fuego.
Espera corazón,
quiero abrirte la puerta nuevamente.


VICTORIA TOBAR FIERRO
AMBATO (1943)

DEFINITIVAMENTE NO

Hoy despertaron mis dedos
con ganas de hablarle al mundo.
Hay un recuerdo tuyo en las falanges,
un deseo de ser nuevamente
En las pequeñas cosas.

No, definitivamente no.
No voy a suicidarme esta semana.


SONIA MANZANO
GUAYAQUIL (1947)

CADÁVERES DE FLORES

Flores en mis tobillos
flores alrededor de mis muslos
flores brotando desde todos los orificios de mi cuerpo

Flores anales
vaginales
lacrimales
flores de turbios colores seminales

Flores perfumando el vino en que sumerjo
trozos de carne floja que morirán conmigo

Flores regadas por mi habitación vacía
confundidas con mis prendas interiores

Flores colgando del hacha del verdugo
flores orlando las sienes del desvelo

Flores que venderé a la entrada de un cine
y que arrojaré desde una rueda moscovita
Flores de plumas
flores de pelos
flores saliendo en procesión
desde un pubis despoblado

Flores adornando la montura
de la jinetera más joven
flores de vientos encontrados
flores de vientres encontrados

Flores colgando de la solapa de un gángster
flores de tallos largos
y corolas hambrientas

El día en que me ahogue para siempre
tendré repletos los bolsillos
con cadáveres minúsculos de flores


SARA VANÉGAS COVEÑA
CUENCA (1950)

CIUDAD

ciudad de los mil tejados y las mil aguas
ciudad de los puertos quemados en el aire
y los unicornios extintos
de los mil ojos y las mil fauces
todo este tiempo he intentado amarte
como amo el vuelo iridiscente de los ángeles caídos
la tarde roja de los mares
el momento en que las naves zarpan…
he intentado amarte siempre
en tus amaneceres fríos / en tus calles
largas como el insomnio
esperando a que se aquiete la luna
o se detenga el tráfico de sombras
yo, escondida tras tu más dura silueta
habitante de tu soledad insoportable
quise cantarte cuando tiritabas con la lluvia
cuando ascendías con tus montañas lunares
para protegerte de tus hijos y de la tristeza
y aquí me tienes, ciudad de los mil aleros
con la boca oscurecida besando tus rincones
recreando tu nombre entre mis nombres
ebria de torres amargas y horizontes…


CATALINA SOJOS
CUENCA (1951)

CANTOS DE PIEDRA Y AGUA
(Fragmentos)
CANTO PRIMERO

¿quién mira dentro de ti
ciudad celeste y sola
sola
ciudad de frío?

te escribo
y dejo que el alma se me vaya
en la noche desnuda

sembrado
entre el barranco y la magnolia

mi corazón
es fruto
ya
maduro
¿quién espía
debajo de tu angustia?

ya puedes amorosa
devorarme

porque colgada estoy
a tu silencio

abre tus labios
llámame
tu voz
será una gota de sangre

en mi pecho difunto


MARITZA CINO ALVEAR
GUAYAQUIL (1957)

DUELO

Hundirse en la mudanza      
En piezas menudas subterráneas    
Y regresar al vientre del caos
Al onírico destino de la fábula        
Escapar del solitario pasadizo
Aderezando la pesadez del fango      
Concebir la urgente prisa de mudarse
Apareando la excitación del duelo    
Al onírico vientre de la fábula.


CARMEN VÁSCONES
SAMBORONDÓN (1958)

El enigma anticipó su existencia y desciframiento
existió antes que la misma esfinge y el adivinador
descansa sus pies en el orificio de la ilusión
mientras profesa desde la oscuridad
la única oportunidad de los mortales
la del tropiezo y del retorno

Me predijo
el deseo será el fantasma de su voz
de su verbo y de su alma
donde la tragedia no será su destino

Hablo con mi espectro
desde su boca y en mi cuerpo
al mismo tiempo
nos anunciamos el lugar de la evanescencia
me toca y lo toco
se corporiza

Me extingo en el sentido de su roce.


CAROLINA PORTALUPPI CASTRO
GUAYAQUIL (1963)

HAY SILENCIOS AZULES
enredados en las algas.
Silencios en blanco y negro
que poco a poco
van ocupando su lugar.

Mi silencio,
al que sirvo y me derrota,
tiene el color del miedo
es una sombra.


MARGARITA LASO
QUITO (1963)

un ceibo que cuida el horizonte
tiene menos orgullo que el que orilla tus piernas

un ceibo en tus piernas africanas
matará mi deseo

la cadera cruje como un cangrejo

un crujido en la tenaza de mis huesos
matará mi deseo

trago de ardienteagua
un ceibo te orilla los crujidos
una huella de hollín
los vellos y tobillos
y una equis que enrosca mi cintura

una equis matará mi deseo


MARÍA FERNANDA ESPINOSA
QUITO (1964)


POÉTICA

Lo temporal está en nosotros
como en las ranas su metamorfosis.

Atados a la escritura
para no morir
nos enlazamos verbales
jungláseos
lianas buscando el eco.

Así el pasado permanece
empoemado.


_________________
(*) Ana Cecilia Blum; Guayaquil (1972), es licenciada en Ciencias Políticas y Sociales por la Universidad Laica Vicente Rocafuerte. Posgrado en Lengua Española, Universidad Estatal de Colorado. Participó en el taller de la Casa de la Cultura Núcleo del Guayas. Realizó estudios sobre teoría literaria en la Universidad Católica de Guayaquil y sobre autores contemporáneos en la Universidad Andina de Quito. Entre sus textos publicados se encuentran Descanso sobre mi sombra, poesía (1995); I Am Opposed, poesía (2003); Donde duerme el sueño, poesía (2005); En estas tierras, poesía y prosa (2006); La que se fue, poesía (2008); y Libre de espanto, poesía (2012). Sus textos poéticos han sido incluidos en diversas antologías. Actualmente reside en EE.UU. donde ejerce la enseñanza del español, dirige la gaceta literaria Metaforología, coordina el Fondo poético para las Américas y realiza investigación literaria en el campo de la poesía ecuatoriana escrita por mujeres.