M u l t i n a t i o n a l - B l o g - o f - A r t - a n d - L i t e r a t u r e - f r o m - D e n v e r

Sunday, April 26, 2015

Intensidad dramática del desamor: INVISIBLE de PAUL AUSTER (1949, New Jersey)

-por Juan Martins-


Paul Auster en su novela Invisible coloca pensamiento y política en el lugar de la lectura. El personaje Adam Walker es un joven poeta, pero es también la posibilidad de situar el estadio de las ideas: su relación con la literatura con el contexto del escritor. De modo que el lector se arroja a la aventura del personaje, construcción del ejercicio del lector, de la novela como placer. Desde allí se inicia la pasión por leer a Auster, el desenvolvimiento con el narrador. El personaje, un escritor que vive por encima de su entorno como eje de atracción para el lector al introducirse en el pensamiento político que lo compromete ante una ética cuyo componente emocional viene de la comprensión de su realidad y aquel contexto de lo narrado. Y todo, hecho literatura, es decir en el nivel de la ficcionalidad. Así que el narrador usa estos aspectos para constituir el relato mediante su noción del país, en tanto componente cultural y humano que le servirá de artificio para decir de las emociones de sus personajes, como tiene que suceder en un buen texto narrativo: la construcción de una poética que ya le es propia.

«Adam Walker» es heredero de ese político de los 60, pero también de la construcción de una subjetividad. La necesidad de edificar una visión de mundo para el lector a partir de esa pasión política y social. Esto es, la sensibilidad por la lectura sobre la condición de aquellas relaciones del individuo con su entorno. Lo erótico entonces conduce el aspecto sensual y aprehensión de la vida. Tal vez aquel alter ego del autor, pero sin reducirlo a lugares comunes, prefiero decir, la voz con la que su autor se identifica para desplazar el discurso de lo que se entiende por literatura y vida como técnica escritural, además, movimiento de aquel pensamiento del escritor que ahora subyace en la voz del narrador. De allí el carácter biográfico de la novela (al menos en su desfragmentación para el lector). El lector adquiere, mediante el ritmo de la escritura, su encuentro con la sensualidad que le produce la lectura. Aún así es el lector un encuentro con la vida en tanto el enunciado nos pertenezca. Esta relación con la literatura se arroja en el lector mediante el uso de lo narrativo. De algún modo nos desplazamos hacia esta formalidad de la voz que le otorga discurso. Lo disfrutamos y no soltamos el libro a objeto de leer la novela de un tiraje si fuere posible. Y claro que lo sería en la medida que se sostenga el placer de leer una buena novela por el estímulo de lo erótico como eje de atracción al lector. Por ejemplo, la relación de lo incestuoso de parte de Adam Walker es el mecanismo de esta interioridad narrativa que induce al lector a mantener la novela entre sus manos. Y Auster lo consigue en procura de ficcionar la realidad a partir de una, si se me permite el término, ética de lo erótico, sobre la búsqueda de sexualidad en un contexto social y político:

[…] y por primera vez en tu vida te dijiste a ti mismo: estoy tocando los pechos desnudos de una chica. […], tanto como lo estaba tu pene desde el momento en que te pusiste encima de tu hermana desnuda…

y transgredir los elementos de uso social del sexo, su compresión en la sensibilidad humana: la disponibilidad del amor desde la concepción del personaje para acentuar el atractivo al lector, pero no por la fuerza mediadora de una narrativa frágil y de fácil lectura, todo lo contrario, el discurso está cuidado sobre el rigor y la disciplina en la voz del narrador o en la formalidad del relato.

Invisible, un encuentro con el lector por su eficacia en la prosa, placer por la escritura y su acto de fe en la literatura como medio conceptual y de definición social en el funcionamiento pragmático del lenguaje, en tanto que lo social se da a través de la palabra, mejor aún, el uso poético que le confiere para una sintaxis directa a modo de relajar al lector por la historia de su relato.

Tales adjetivos de alcance que aquí esgrimo, se sustenta en un narrador que ha conseguido su éxito con los lectores. No es casual éxito y rigor literario a su vez, capaz de estructurar diferentes niveles tempo-narrativos los cuales se entrecruzan para el ritmo de la novela, de alteridad que la constituye a modo de crear realidades diferenciadas en una misma historia: narrar en tercera y primera persona con el objeto de alcanzar una separación de lo narrado como ejercicio de aquel aspecto conceptual al que me refería arriba. Dos relatos en uno: aquél que deviene del relato y cómo éste se involucra en el otro, es decir, el personaje nos cuenta otra historia. Y así también nos la narra como un segundo lector que espera por esa alteridad, por la intersubjetividad entre una historia y otra que se da en el lector.

Una relación de dentro/fuera sobre la sintaxis:

[…] Había en la carta cierta mofa de sí misma, pero también angustia, y me sorprendió lo vívidamente que recordaba a Walker…

De modo que el lector adquiere conciencia del uso político por parte del narrador para introducir aquella retórica del contexto. Un joven poeta, Adam Walker, involucrado en una relación ambigua pero que lo conduce a lo extraño, a la pasión por lo sensual, pero sobre todo es inducido (puesto en movimiento el personaje) por la irracionalidad de los hechos, los cuales lo ponen alerta por su sensibilidad  y de cómo va a aprehender la vida de esos hechos hasta alcanzar una postura ante el amor y ante su propia sexualidad.

Hasta aquí el lector se deja conducir, dudo que abandone la novela. Y para ello es necesario dominio narrativo.

De modo que es ésta una… «auténtica obra maestra en su género» (Diario Villanueva, El Mundo)…, «Un Auster estupendo» (Sergi Sánchez. El Periódico). Rezan estos elogios en la contraportada de la edición en Anagrama del 2001.

el escritor norteamericano Paul Benjamin Auster.foto:taringa.net
Tales aseveraciones las confirmará el lector siendo cada vez mayor el número de sus lectores. Y claro, eso no es suficiente en sí mismo para hablar de calidad. Por una parte (destaquemos por ahora), el placer que nos produce su narrativa lo que a fin de cuentas nos permite formar filas con una voz sensible ante el hecho literario como tema de la novela en sí, como si quisiera expresarse una estética de lo vivencial, reuniéndose literatura y pensamiento para estar en el mismo lugar del lector, en un diálogo constante con la obra de un escritor/personaje, reconocido en ese universo de sus lectores que le exige una actitud de entrega a un nivel hermenéutico. Si algún lugar tiene la relación entre la interpretación y el significado está acá producido en su significancia, es decir, cómo es asimilado el contexto de ese discurso en la estructura de la novela. Auster lo sabe y crea esa urdimbre de elementos estilísticos tras la frase, el párrafo y la estructura del texto en el que recogemos el análisis de una época, ¿por qué?, porque el lector asimila de Auster este mundo el cual sólo se establece por medio de la literatura y nos da goce. A fin de cuentas se desplaza la vida de los personajes en el gusto del lector (aquel placer por leer), como debe suceder, insisto en ello, en todo buen relato y en rigor también es ello sintaxis o composición narrativa. Este diálogo con el lector está planteado para lograr, como dije, la significancia de la interpretación del texto. Por eso, las novelas de Auster han transcurrido sobre esa pasión por el lector quien se deja sobrellevar hacia un estado de abstracción, siendo ésta apegada a un realismo emocional y psicológico.

Me interesa saber (en el transcurso del relato) cómo piensa la clase media norteamericana, lo contracultural y sus contradicciones políticas y su dinámica social pero dialogada a partir de esa interioridad emocional con la que asimos la «historia» de éstos, sus personajes.

En ello nos llevamos las ganas de leer esta novela sin soltarla. Atrapados en aquel goce por el constructo literario. Paul Auster, el placer por leer y la pasión por reconocer lo que subyace en el componente social de su país, sin embargo desde una realidad muy separada de los silogismos cotidianos y lugares comunes.

foto:deutschlandfunk.de
Literatura en literatura, escritura en la escritura. De allí la curiosidad que nos produce esa relación literaria como parte de lo que se nos cuenta. «Mirar» sobre un contexto social del que, en la realidad de lo literario, forman parte lector y autor. Y en algún modo conseguimos con la lectura este nivel de apreciación que me acerca a ese mundo austeriano.

Identificar esas diferencias nos exige un compromiso con este tipo de literatura abstracta, en tanto a la dialéctica de los personajes. Y por otra parte, simbólica por las condiciones emocionales.

Así, se va una gran parte de la novela en pos de una definición del amor, la vida y el gusto porque nos los cuenten mediante un compromiso con lo erótico como mecanismo de hallazgo, no siempre con el mismo éxito en todo lector.

La aventura del desamor también conformará una parte de esa historia de amor en el imaginario del lector quien crea su delirio. Y me quedo en esa intensidad dramática hasta el final agradecido por lo mejor de la literatura contemporánea.





Friday, April 17, 2015

El guerrero de la espuma y otras tantas despedidas: Entre el azar y la identidad perdida

La memoria,
esa cajita obscura
que nos arruina la vida.

—por Gregory Zambrano—

Publicado por el sello Pukiyari Editores, apareció en septiembre de 2014 la colección de cuentos El guerrero de la espuma y otras tantas despedidas, de Luis Fernández-Zavala, escritor peruano radicado en Santa Fe, New Mexico, Estados Unidos.

El volumen reúne un conjunto de historias que atrapan al lector para llevarlo a recorrer disímiles geografías, siempre bajo la pulsión de un recomienzo. Para algunos el viaje es una forma de conocimiento, para otros una manera de huir del presente o del pasado, una vía de escape. En estos relatos la despedida encierra una apuesta hacia el futuro pero éste no siempre resulta como los personajes lo sueñan o imaginan. Narrados con una prosa ágil, estos relatos están unidos por el deseo. El humor, la ironía, los viajes y el azar son las señas de una identidad perdida entre la memoria y la urgencia de encontrarle sentido a lo imprevisto. Cada relato nos propone armar un rompecabezas, una historia de vida, hacer realidad un sueño postergado.

En "El guerrero de la espuma (Egdle)", relato que da título al volumen, vamos destejiendo una historia elíptica que se nutre de pequeñas derrotas personales. El joven sociólogo que sale de Perú con rumbo al continente africano, piensa a bordo del barco mercante que lo lleva a tierras desconocidas, que podrá escapar de sus frustraciones amorosas y sus fracasos políticos. La nostalgia se convierte en la compañera indeseada de un éxodo inacabado; sin embargo, mientras los mapas se desdibujan, surgen razones para celebrar la amistad, el recuerdo de lecturas fascinantes y el desparpajo de una época en que soñar era la consigna.

el escritor peruano Luis Fernández-Zavala
El placer de viajar trocado en rutina, se torna una experiencia inquietante en compañía de un ángel. Entre las miradas va escondida la seducción y el juego aviva los sentidos ocultos del idioma, sutiles vivencias que se solapan en "De ángeles y superhéroes".

En "El rompecabezas del amor", acompañamos un desplazamiento por la geografía latinoamericana y europea, colmado de signos gastronómicos, y al mismo tiempo impulsado por el afán de ver en lo cotidiano, más que una marca cultural, un destino. En medio de la travesía asistimos a la contemplación y experimentamos el deseo como formas de otro recorrido intenso, desde el juego erótico hasta la sexualidad desbordada.

Un excombatiente de la Guerra Civil Española, circunstancialmente convertido en profesor y obituarista de un periódico pueblerino, hace de la muerte la excusa para conocer la historia secreta de los difuntos. Aquí se topan personajes desplazados, víctimas de las guerras europeas, que trasplantan sus dolores a las tierras de América y padecen un mismo destino, abandonados a su suerte. Aquí convergen los actos heroicos de un intrépido contestatario que no logra desprenderse de los espectros que le asedian. Entrañable este relato que lleva por título "El obituarista de San Juan".

En "La soledad también tiene nombre de mujer", compartimos el recuerdo de un amor perdido entre los avatares de las tareas universitarias y las evocaciones que atan el presente del narrador con un país dejado atrás, que lo espera para fundar nuevas utopías.

El 11 de septiembre de 2001, un día fatídico, que llenó de horror y miedo la mañana de un país y los días por venir del mundo entero, sigue siendo una sombra para quienes sufrieron los daños colaterales. Los personajes no pueden escapar de sus propias tragedias personales ni de las reglas del azar. Intensa e inquietante esta narración que se guarda bajo un título candoroso, "El regalito de Peter".

Cada relato concentra su intensidad en personajes dibujados con trazos vívidos. La tensión narrativa desmitifica las grandes aspiraciones colectivas y aviva las pequeñas derrotas personales, marcadas por la necesidad de irse, de emprender y buscar hacia el porvenir nuevas respuestas mientras los fantasmas cercan el sueño y la vigilia de cada personaje trocado en víctima de su destino.

En El guerrero de la espuma y otras tantas despedidas convergen diversos rostros, nombres, paisajes, señas de identidad que fluyen y confluyen en una certeza: al final todo tiene nombre de mujer. Este libro asaz intenso, nostálgico e introspectivo nos depara un buen rato en compañía de personajes inquietos e inquietantes, que no hallan su lugar en el mundo y que, sin embargo, no dejan de soñarlo.

  




Wednesday, April 8, 2015

LA TORRE DE LOS RECUERDOS de LYANE GUILLAUME


—por Alberto Hernández—


Lyane Guillaume.foto:vimeo.com
I

Las calles de Táuride y de Tver vaticinan los cambios, marcan las diferencias entre las distintas épocas que se instalaron en el silencio, en esa paz musgosa e inalterable cuando las noches se pegan aún de los muros de la torre Ivánov.

Pero la paz nunca tocó el perfil de Ana Ajmátova, uno de los fantasmas de esta historia. Stalin se encargó de hundir el puñal en la carne de su poesía, en el cuerpo borroso de su hijo, en la mirada perdida de su esposo. La muerte —entonces— fue esa paz. El crimen, la perfección de un sistema que todavía tiene seguidores a través de discursos abrasados por el odio.

(Acabo de descubrir a Lyane Guillaume, La torre de los recuerdos, editorial Diagonal, Barcelona, España, 2002, una escritora y profesora que ha pasado parte de su existencia en San Petersburgo y Moscú. Y la acabo de descubrir en una novela que dibuja la Rusia de comienzos del siglo XX).

II

Se trata de una lectura sin tropiezos. Capitulada según las agujas del reloj, con entradas y salidas de un diario que una tal Anastasia Borísnovna Dalmátov escribiera en sus tiempos de San Petersburgo, ambientado en la torre Ivánov, donde viviera Anastasia, nombrada Nastia, y que fuera heredado —el diario— por Luc Verdon, joven curioso que decide rescatar del olvido a quien por gracia y milagro invadió su existencia.

La paz, tan buscada, tan pisoteada. La paz, esa manera de encarar el optimismo. Para los personajes de esta novela la paz es el espejismo calcado por el piso empedrado de las páginas por donde se pasearon y pasean Grigori Yefívomich Novij, alias Rasputín, también conocido como Grishka; Diaguilev, Marc Chagall, Vladímir Maiakoswki, Elsa Troilet, Coco Chanel, Bakunin, Nina Berberova, Lavrenti Beria, Alexandre Blok, Ivan Buin, Isadora Duncan, Iliá Ehrenburg, Máximo Gorki, Vasili Kandinski, Alexandre Kerenski, Mijail Lérmontov, Anatoli Lunacharski, Osip Mandelstam, Filippo Marinetti, Meyerhold, Nabokov, Nijinski, Anna Pavlova, Pushkin y muchos más, quienes conforman el mundo de este imaginario donde se vuelca la señora Guillaume. Víctimas y verdugos. Artistas y bestias. Todos juntos en esta atmósfera donde el espanto tiene nombre y apellido.

foto:sgdl-auteurs.org
III

¿Qué es lo que nos atrae de esta novela? La muerte, definitivamente. La violencia practicada por los comisarios políticos, por los comisarios del pueblo contra artistas, trabajadores e investigadores. En estas hojas desconocidas nos topamos con el dolor, el exilio, la cárcel, el paredón, la burla, la humillación, todo practicado en nombre de una dictadura, de un proletariado que fue también víctima de discursos y acciones criminales, y que tuvieron su fin hace pocos años, sin necesidad de disparar un solo tiro.

La paz, asaltada por personajes oscuros, “salvadores” del mundo, mesías y profetas de verbos encendidos. La paz, esa formalidad que tiene en el poder su más artero “defensor”. La paz, comida por los bichos que se uniforman y pasean sus despojos sobre las instituciones y se mofan de la sensibilidad humana. La paz, usada por aquellos revolucionarios que mataron, violaron, asaltaron, despojaron y vejaron a críticos y adversarios. La paz, tan nombrada por el poder, tan ansiada por los pueblos.

¿En nombre de quién será la paz parte de nuestros agobios? ¿En nombre de cuántos hambrientos seremos parte de una reforma, de un progrom, suerte de kommunalka, techo colectivo donde la sarna y la podredumbre definen la desesperanza, la pérdida del nombre, la desaparición de las aspiraciones personales?

foto:sgdl-auteurs.org
IV

Cuando hayamos terminado de leer esta nota, el país que nos confunde, éste que decimos nuestro, que nos “entregan” en un logotipo, tendrá pocas horas para seguir cercano a nuestras libertades. La paz que nos ofrecen se acerca a un brasero. La paz que nos alcanzan tiene sabor amargo.

En este momento nos hacemos parte de aquella anónima Anastasia que dejó escrito el crimen, el hambre, el sufrimiento, el frío, la muerte propiciados por el padrecito Stalin, uno de los profetas prometedores de la paz.





Wednesday, April 1, 2015

Conversación con el joven poeta y crítico mexicano Manuel Iris


—por Néstor Mendoza—

Manuel Iris.foto:literalmagazine.com
Manuel Iris es un joven poeta y crítico mexicano. Obtuvo un doctorado en Lenguas Romances en la Universidad de Cincinnati. Su tesis doctoral desarrolla algunos “perfiles poéticos actuales”, específicamente en la obra de autores latinoamericanos; entre ellos, Gonzalo Rojas y Juan Sánchez Peláez. Nuestro primer encuentro surgió digitalmente, motivado por una misma admiración: la poética de Juan Calzadilla.

En una oportunidad, Manuel Iris visitó Caracas para hallar pistas y material bibliográfico en torno a la poesía venezolana. Esa experiencia se ha reflejado en una sustancial devoción y difusión de nuestras letras. Gentilmente, compartió impresiones sobre su trayectoria literaria, la tradición poética mexicana y estadounidense y sus nexos personales con la poesía venezolana.

¿Cómo llega Manuel Iris a la poesía venezolana y de qué manera ha evolucionado ese primer acercamiento?

—La poesía venezolana empezó a existir para mí de una manera real en Cincinnati, donde conocí e hice amistad con dos poetas, el colombiano Armando Romero, dadaísta que paso una buena parte de su vida en Venezuela, y el venezolano Arturo Gutiérrez Plaza. Ambos encarnan para mí, aunque de distintos modos, la figura de maestros de esto que significa ser poeta. Ellos dos abrieron mi conciencia hacia otras tradiciones poéticas, y Arturo en particular se convirtió en un guía de la poesía venezolana. Incluso, hace ya dos años pasé una corta temporada en Caracas, precisamente investigando sobre Sánchez Peláez, y ese contacto con la literatura venezolana allí ha sido una de las experiencias más ricas de mi vida. Actualmente creo que la poesía venezolana cuenta con varios de los poetas más interesantes de la lengua, como Ramos Sucre, Vicente Gerbasi o el mismo Juan Sánchez Peláez, y creo que es necesario hacer que la poesía venezolana actual sea más conocida en el orbe de la lengua.

¿Qué motivó la selección de Juan Sánchez Peláez para un capítulo de tu tesis de doctorado?

—Mi tesis estudia la obra y trayectoria de cuatro poetas de distintas nacionalidades (Alí Chumacero en México, Fernando Charry Lara en Colombia, Juan Sánchez Peláez en Venezuela y Gonzalo Rojas en Chile), para entender la conformación del campo literario de cada país, y para proponer un acercamiento latinoamericano a la conformación de los distintos perfiles poéticos nacionales actuales. Todos los poetas que abordo son nacidos alrededor de los años 20 del siglo pasado, es decir, durante las vanguardias, y son igualmente poetas que ayudan de algún modo a establecer la tradición poética de cada uno de sus países: su trabajo define o delinea un momento estético que terminó por ser canónico. Son, por supuesto, autores de una obra indiscutible. La elección de Sánchez Peláez tiene que ver con varias coyunturas temporales y estéticas (su fecha de nacimiento, su pertenencia a Mandrágora, su estética…), y con el hecho simple de que creo que es uno de los poetas más impactantes del idioma. Yo lo admiro profundamente.

Según tu conocimiento de los ámbitos editorial y académico, ¿qué aspectos consideras relevantes para la valoración de la poesía venezolana actual en tu país?

—La poesía venezolana y la mexicana tienen muchos puntos de contacto pero también grandes diferencias. Venezuela ha sido un país menos encerrado en sí mismo en su poesía, y sin embargo sus grandes poetas no son conocidos a nivel latinoamericano. Esta falta de exposición es una contradicción curiosa, dado que creo que el escritor venezolano tiene un talante más latinoamericanista. Me parece una pena, por ejemplo, que la inmensidad de un poeta como Vicente Gerbasi, o la importancia de un grupo como el Techo de la Ballena o de un poeta vivo como Calzadilla no sea aquilatada en Latinoamérica, donde hay tanto poeta menor inexplicablemente famoso. Los que pierden, creo, son los lectores, pues conocer a los que menciono es fundamental para entender la poesía escrita en español en este continente.

foto:MilenioNovedades
¿Qué espacio ocupa la poética de José Emilio Pacheco en el ámbito de la poesía iberoamericana actual?

—No necesito decir que la obra no solamente poética sino narrativa y ensayística de José Emilio Pacheco es de una importancia capital para los escritores mexicanos y para cualquiera que se interese en la literatura escrita en español en el siglo pasado y en el presente. Pacheco tiene la facultad de los grandes escritores, que no consiste solamente mostrar un modo de escribir, sino enseñar una manera de leer, de pensar el acto literario y de pensar, en general. Su obsesión con el tiempo y con el modo en que todo cambia y permanece, obsesión tan antigua con la poesía misma, fue combustible de muchas páginas fabulosas. Su desenfado en el uso de la prosa y de un verso libre por momentos conversacional, ensayístico, dado tanto a la imagen poética como a la reflexión filosófica, ha marcado mucho a los poetas posteriores a él, que usan esos recursos ya de un modo natural, muchas veces sin saber la deuda que tienen con el maestro. Yo aprecio especialmente que sea un erudito que suena a hombre de a pie, sin esforzarse por ello. Su escritura, que siempre estuvo en cambio constante alrededor de las mismas obsesiones temáticas, es central e incluso rastreable en nuestros poetas actuales. Pacheco es parte ya de nuestro ADN poético.

Tu carrera académica transita dos cauces: el mexicano y el estadounidense. Tienes una posición privilegiada, pues te mueves entre dos importantes tradiciones poéticas del continente. ¿Cuáles poetas consideras referentes ineludibles de la poesía anglosajona contemporánea?

—Últimamente he estado leyendo con atención, en su lengua, poemas de Charles Simic y de Li Young Lee, poetas a los que tuve la oportunidad de ver en persona, aquí en Cincinnati. Son poetas muy distintos pero luminosos, y comparten el hecho de ser americanos e inmigrantes, al mismo tiempo. Igualmente, tengo amigos poetas jóvenes americanos como Ivette Nepper, Lisa Ampleman o Matt McBride, con los cuales he podido compartir y debatir, y leo a otros poetas jóvenes con los que he tenido algún contacto como Reginald Dwayne Betts, dueño de una voz sumamente interesante. Me parece que la norteamericana es una de las tradiciones poéticas más saludables de la actualidad  y que varios de sus poetas vivos, como los que he mencionado, son importantes.

Como joven poeta y crítico literario, ¿qué opinión te merece la actual poesía mexicana?

—Como cualquier poesía de cualquier país, la actual poesía mexicana necesita tiempo para decantarse y que con ello se separe lo importante de lo promovido, lo necesario de lo sencillamente visible. Creo que hay una muy buena cantidad de poetas vivos que hacen un trabajo notable o de plano extraordinario, como por ejemplo Jorge Fernández Granados,  Malva Flores, A.E. Quintero, María Baranda, Luis Armenta Malpica, y maestros mayores vivos como Eduardo Lizalde o Hugo Gutiérrez Vega.

Entre los jóvenes creo que es necesario todavía esperar, aunque algunos ya han producido libros que seguramente seguirán siendo importantes. Pienso en gente como Oscar de Pablo, Armando Salgado, Luis Paniagua, Beatriz Pérez Pereda, Paula Abramo, Audomaro Ernesto y muchos, muchos otros. Y tal es el centro del problema: somos muchos, tantos que es difícil distinguirnos. Esto en realidad, como dije antes, lo solucionará el tiempo. Creo que la poesía mexicana goza de buena salud aunque mucha gente diga que está en crisis, como siempre se dice de cualquier poesía en cualquier época. Incluso creo que esa declaración señala que hay cosas moviéndose, experimentos que incluso fracasando significarán la exploración de una ruta. Los poetas mexicanos actualmente no siguen una postura general, salvo la de ser individuales, pero creo que esto tampoco es algo exclusivo de nuestra tradición, sino precisamente el modo en que nuestra poesía se suma a la contemporánea en el mundo entero.

Por otro lado, México es un país en que la producción cultural es casi completamente financiada por el estado,  y que por eso mismo ha caído presa de una institucionalización hipertrofiada que por momentos parece dominar al artista, tan enormemente preocupado por armar un proyecto, por ganar una beca, por ganar un concurso, por publicar en el fondo estatal… Tal es el problema mayor de la poesía actual, y de la llamada poesía joven en México: su dependencia absoluta de la institucionalidad y sus medios, para su producción y legitimación.

foto:arcagulharevistadecultura.blogspot.com
En tu blog Bufón de Dios, se puede descargar el poemario Cuaderno de los sueños, publicado en el 2009, en donde intercalas poemas en verso y en prosa. Es evidente el lenguaje autorreferencial y la presencia activa de otras voces que confrontan al yo poético. Coméntanos sobre esta propuesta y sobre cómo dialoga con tus otros libros.

—El Cuaderno de los sueños es algo así como un diario de escritura en que el poeta descubre que los personajes de su libro, en este caso Mía, Inés y el Ángel, se revelan diciendo que ellos son los autores de la realidad a la que el lector asiste. Como dices, la autorreferencialidad del libro es evidente. La estructura completa de ese poemario viene de una lectura obsesiva que hice de una breve novela titulada El hipogeo secreto, de un autor mexicano de culto llamado Salvador Elizondo, quien era igual un obsesivo de las formas literarias que se enrollan sobre sí mismas.

El Cuaderno de los sueños es mi primer libro importante y abre un ciclo que se cierra con Ventana, poemario que va a publicarse en un par de meses. La diferencia es que en Ventana decidí abandonar la experimentación autorreferencial para dedicarme de lleno al erotismo y a narración de una pérdida. Comparten la idea de poemario narrativo y ciertas maneras de hacer el verso, además de que una obsesión musical que en el Cuaderno apenas asoma, termina por ser evidente en Ventana, aunque esa parte de mi proceso tiene su expresión más visible en Overnight Medley, libro publicado en Brasil en el que el poeta brasileño Floriano Martins y yo nos dedicamos exclusivamente a hacer poesía sobre jazz. Un libro nuevo y todavía inédito, cuyo título por ahora me reservo, igualmente continúa cierta exploración de la música, ya no como tema sino como tono de los poemas, y se deslinda completamente de los tópicos amorosos y eróticos que aparecen en Ventana y el Cuaderno de los sueños. Intento en lo posible variar formalmente de un libro a otro pero creo, sin embargo, que mi primer libro es un compilado bastante fiel de todas mis obsesiones literarias y vitales.

En la segunda sección de Cuaderno de los sueños, dices que “La perfección está pariendo llantos”. ¿Puede considerarse este verso la síntesis de tu ars poética?

—Jamás había pensado en la posibilidad que mencionas, y me parece una lectura no solamente posible, sino muy inteligente. Ese poema, Parado en el umbral, es uno de los primeros poemas que escribí de manera seria, anterior incluso al Cuaderno de los sueños, y es una especie de bitácora del viaje de un tipo que entra en su propia boca, buscando su voz. Es decir: es la confesión de que empiezo a saberme poeta, a asumirme como tal existencialmente. En este sentido el verso que mencionas habla de algo que me acosa muchas veces: buscar el verso preciso, armar el poema como necesita ser armado, la perfección, que es la adecuación entre el verso y su sonido, su forma. Y el proceso de búsqueda puede ser, de hecho, tortuoso.



Poemas de Manuel Iris

Itinerante

I

Sonriendo bajo lluvia
quiero pedir perdón, porque sé bien  —lo dijo ya el maestro—
que vale mucho más sufrir que ser vencido.

Pero es, amigos todos, que hoy lo supe
mirando mis maletas, mis libros y mi pan
con soledad distinta:
                                Tengo casa.
            Como hecha de veneno, como si hubiera sido arrebatada a alguien
me duele esta alegría de que tengo casa.

No pienso merecerlo
y no celebro.

                                Se los digo:

Mi casa llega iluminando un cuarto
que nunca será nuestro.

Mi casa duerme y yo la miro y duermo.

Tengo casa.

II

Mi casa llega iluminando un cuarto
que nunca será nuestro
y se recuesta y abre, delicada
cada una de sus antesalas.

Su cadera, si volteada
son balcones.

Su cuello
es una larga escalinata
del silencio al grito.

III

Amor,

existen días que te ando como a un parque.

Hay días que entro a ti
como a una plaza de toros.


foto:revista.triplov.com
Correspondencias

Tema y variaciones

I

A veces
uno pone a Debussy
para que todo se serene, para que el aire corra
con voluptuosidad, y todo pasa
lento como espuma, todo va pasando
bella y lentamente, como haciéndole el amor
a una mujer extensa, a una mujer en cuyas manos
caben ambas tuyas, de espalda como río, de pelo como arena.
Una mujer que más que carne es un paisaje, y sus dos ojos,
más que ojos, son momentos tristes. Una mujer
callada y bella como estanque.

En otras ocasiones
uno va y le hace el amor a toda esa mujer
y lo hace con palabras, celebra todo el ruido
y toda la violencia
que la ternura incluye
para olvidar
la lentitud
de Debussy.

II

A veces
uno pone a Debussy o a Hector Lavoe
para que todo se serene o se acompase, para que el aire corra
con voluptuosidad, y todo sea tan lento
como lenta espuma, todo pase
del azúcar a la leche
del tambor a la tumba
del piano al bongó
de la palabra al vientre
de una luz a otra
que baila que celebra
candelabros
y candela.

A veces
uno pone a Hector Lavoe o a Debussy
para sufrir a gusto, para morder los muslos
que se han imaginado, y recordar
el vientre, el arco, el ritmo
en que se guardan los silencios
que lo asaltan, lo persiguen
en la madrugada.

III

A veces
uno pone a Debussy
para que todo se serene
y la serenidad
no da ni pausa
ni silencio
ni consuelo.

A veces
uno busca el ruido, el ruido más vulgar
que entrañe Debussy, como buscando
a la mujer más fea, la única distinta
a la mujer que amamos
y verla y olvidarse de que existen
la belleza o el silencio
y Debussy se queda tan sereno, delicadamente
espera a que nosotros regresemos
nuevamente
enamorados.

IV

A veces
uno pone a Debussy
para que todo se serene, y en verdad
lo que uno quiere
es convencerse de la lentitud de afuera, adormecer
las ganas de salir a la mañana
para corresponderle a la mujer dormida, extensa y bella
como un sol de carne, de ritmos
tan de isla y tan de cerca de uno mismo
como la desnudez o el llanto.

A veces
uno pone a Debussy
para que todo se serene
y nada más que la belleza
nos convence
de que lentos son la calma
el deseo, el sonido
y la espera.



foto:laotrarevista.com
Manuel Iris (México, 1983). Poeta y ensayista. Licenciado en Literatura Latinoamericana por la UADY, con maestría en Literatura Hispanoamericana por la Universidad Estatal de Nuevo México (EEUU). Doctor en Lenguas Romances por la Universidad de Cincinnati (EEUU). Premio Nacional de Poesía "Mérida" (2009). Autor de Cuaderno de los sueños (Tierra Adentro, 2009) y Los disfrases del fuego (Ediciones Atrasalante, 2015); coautor, junto con el poeta brasileño Floriano Martins, de Overnight Medley (ARC Edições, 2014). Compilador de En la orilla del silencio, ensayos sobre Alí Chumacero (Tierra Adentro, 2012). Ha publicado poesía, ensayo y traducción en revistas como Tierra Adentro (México), Casa de las Américas (Cuba), Sibila (España) y Mapocho (Chile). Los poemas que se incluyen fueron enviados por el poeta y pertenecen a su libro inédito Ventana.