M u l t i n a t i o n a l - B l o g - o f - A r t - a n d - L i t e r a t u r e - f r o m - D e n v e r

Monday, February 13, 2017

RETRATO DE DANTE CON VIRGILIO


—por Alberto Hernández—

Dante y Virgilio (1850)
por William-Adolphe Bouguereau
CANTO PRIMERO
Acabo de entrar en el infierno. En una esquina del averno sombras que se agitan en medio del fuego. Alaridos, gritos, susurros, diálogos cortados por largos suspiros. Cubro con celo mi cámara fotográfica para evitar que el calor derrita sus componentes. Camino en puntillas para evitar que las brasas consuman mis zapatos. Las piedras queman, hacen arder toda cosa que se les acerque. Algún artilugio evita mi cremación. Entonces pienso en la hora de mi muerte. En el momento en que abrí los ojos luego de una larga agonía y desperté con la cara huesuda y sonriente de un tipo que me tomó de la mano. Venía yo de muchos propósitos. Había nacido en un país lejano donde imperaba una tiranía. Consignas, banderas, colas para adquirir alimentos, para cargar las baterías de los teléfonos, para entrar al cine, para comprar el pan redondo llamado arepa. Hombres y mujeres, en solo y en número par, cabalgando en las calles sobre animales mecánicos. Yo venía, como el poeta romántico, de una tierra apesadumbrada.

Ese día, a la hora del último suspiro, entré en una cueva oscura, en un mogotal sombrío. Aproveché la ocasión de tomar algunas gráficas que salían un poco movidas por el temblor que me causaba el miedo, aunque el calor era insoportable. Me anduve a tientas por algunos rincones donde féminas y machos copulaban y a la vez gritaban de ardor. Se quemaban. El olor a carne asada revolvía mis vísceras y me provocaba vómitos continuos. Solo, como el ánima de algún bandolero venezolano convertido en mito, aspiraba a salir de este embrollo en el que me habían metido mis pecados, mis tantos pecados, mis tantísimos yerros contra todos y contra mí mismo. Pecador al fin, en vida no los veía. Ahora, con las carnes desgarradas, colgantes y casi en los huesos, veo con claridad los crímenes que cometí en tantos barrios, urbanizaciones, desde el poder que me dieron mis conciudadanos. Desde el palacio donde muchas veces evacué mi interior contra la inocencia de mis compatriotas y vecinos.

Estaba en el Infierno. A todo le hacía fotos. Entonces, allá, al fondo, donde mis asados ojos casi no veían, detecté dos sombras. Venían arrebujadas en largas túnicas. Dos fantasmas que flotaban sobre el fuego. Mis ojos no daban crédito a lo que captaban. ¿Acaso todavía sufro de aquella perturbación quirúrgica causada por un oftalmólogo de mis tiempos, en el momento de extraer mis cataratas? ¿Será eso?

Me aproximé con cierto temor y allí con la cámara a la altura de los ojos, hice la foto. Las dos sombras se me acercaron y una increpó con fuerza mi osadía.

-¿Quién te crees que eres, macilento?, dijo una primera voz.

-¿Es que no respetas a quienes somos personajes de este libro al que entras con tu muerte y quieres robarnos el alma con ese instrumento infernal?, dijo una segunda voz.

Me retiré un poco, atemorizado. Me disculpé y presenté:

-Soy un humilde cadáver que anda por estos lares sin rumbo ni concierto.

-Entonces andas igual que nosotros. Con la diferencia de que este libro ya ha sido escrito y tú eres un metiche, un extraño que no aparece en las páginas de este poema italiano. Es más, ni siquiera italiano eres. ¿De dónde provienes, moreno extranjero?

-Uff, creo haberlo olvidado. Pero en mi país hace mucho calor, tanto como aquí. Y la extraña herramienta que cargo es una cámara fotográfica que reproduce cuerpos, cosas, animales, infiernos, paraísos, purgatorios y demás revelaciones.

-Entonces eres mucho más extraño, porque alguien que ande con un aparato como ese no puede ser hijo del Dios que Virgilio no conoció en su tiempo.

-Pues, yo sí lo conozco, porque vengo del futuro. Pero no tengo la culpa de estar aquí. A mí me trajeron.

CANTO SEGUNDO
Entonces, con la mirada puesta en la mía, uno de ellos, que se presentó como Durante Alighieri, y quien afirmó haber nacido en Florencia, dijo con su boca, porque no había manera de que lo dijera con la mía porque no hablo italiano antiguo:

-“A la mitad del viaje de nuestra vida, me encontré en una selva oscura, por haberme apartado del camino recto…”.

Entonces, con la humildad del temor a lo desconocido, dije:

-Igual me pasó, maestro. Por algo estoy aquí. También me dirá usted más tarde que se ha encontrado con imágenes horribles, cuerpos desnudos, una solitaria playa, una pantera ágil, la sombra de un hombre verdadero. Dios, no sé, pero creo haber memorizado parte del canto uno del libro donde ustedes dos se pasean por estos parajes.

-Sí, tú lo has dicho extranjero.

Sin esperar que salieran nuevas palabras de mi boca, habló el otro:

-“No soy ya hombre, pero lo he sido; mis padres fueron lombardos y ambos tuvieron a Mantua por patria. Nací sub julio, aunque algo tarde, y vi Roma bajo el mando del buen Augusto en tiempo de los dioses falsos y engañosos. Poeta fui, y canté a aquel justo hijo de Anquises, que volvió de Troya después del incendio de la soberbia Ilión. Pero, ¿por qué te entregas de nuevo a tu aflicción? ¿Por qué no asciendes al delicioso monte, que es causa y principio de todo goce?”.

Traté de decir algo, pero el trueno de la voz del primero que habló al comienzo, me detuvo con un gesto muy latino:

-¡Oh! ¿Eres tú aquel Virgilio, aquella fuente que derrama tan ancho raudal de elocuencia? (…) ¡Ah! ¡Honor y antorcha de los demás poetas!

-¿Virgilio, el autor de la Eneida, de las Bucólicas, de las Geórgicas?, pregunté asombrado.

-El mismo que viste y calza sandalias de cuero, respondió el que siempre hablaba primero y ostentaba una gran nariz.

-Creo interpretar, entonces, estimado señor Alighieri, que el poeta Virgilio lo acompaña por petición suya, porque él ya había muerto mucho tiempo atrás.

-En efecto, extranjero y metiche. Por supuesto. ¿Acaso no ha leído usted la Comedia?

-¿La Comedia Humana?, pregunté una vez más.

-No, allocco, bobbaccio, mentecatto, y disculpa los adjetivos, que en el fondo y en la superficie significan lo mismo en italiano moderno, que ya lo sé porque los muertos conocemos el futuro. No, vuelvo a decirte, tonto, la Comedia, aquella de la Italia florentina, la de la vieja Roma extendida y eterna.

-¿Será la misma a la que Bocaccio agregó el adjetivo Divina?, pregunté temeroso.

-Sí, la misma, me respondió Alighieri con la cara amargada, según el carácter perfilado que los psicólogos de muchas épocas le han trazado.

-Ah, está bien. De modo que estoy metido en una gran obra, extraviado como ustedes en el Inferno. Y ando con el autor de la pieza. Eso es un honor. Y hasta caché me arrima, como decimos en mi lejana y empobrecida patria, aporreada por mentecatos y mercenarios.

-No sé, no conozco tu tierra, rasguñó el poeta con su áspera voz.

-Obra extraña ésta, señor Dante. Hasta miedo dar meterse en ella, dije con voz temblorosa.

-Sí, fue escrita para revelar las tres instancias de quien tiene que atravesar la muerte, el río sucio del misterio. El río pesado del averno.

CANTO TERCERO
“Será la salvación de esta humilde Italia, por quien murieron de sus heridas la virgen Camila, Euríalo y Turno y Niso. Perseguirá a la loba de ciudad en ciudad hasta que la haya arrojado en el Infierno, de donde en otro tiempo la hizo salir la envidia”, recitó Virgilio.

Hubo un gran silencio. Entonces el eneido dijo:

-Debes seguirme.

Dante, con el gorro ladeado y la nariz más aguda, también recitó:

-“Poeta, te requiero por ese Dios a quien no has conocido, que me hagas huir de este mal y de otro peor, condúceme adonde has dicho, para que yo vea la puerta de San Pedro y a los que, según dices, están tan desolados”.

El libro, el poeta narrador:

“Entonces se puso en marcha y yo seguí tras él”.
Dante, un poco antes de seguir a Virgilio, me miró con ojos de pocos amigos. Sin embargo, sonrió.

Y ambos se fueron camino del profundo Inferno, para luego seguir al Purgatorio.

Me quedé con los nombres que Alighieri me dijera había visto un tanto en ese antro horrible que ya Platón había descrito siglos atrás.

Y así, me suenan aún en mis chamuscados oídos los apelativos Homero, Ovidio, Lucano, Electra, Héctor, Eneas, César, Camila, Pentesilea, el Rey Latino, Lavinia, Bruto, Lucrecia, Julia, Marcia, Comedia, Saladino, Sócrates, Diógenes, el ya mencionado Platón, Anaxágoras, Tales, Empédocles, Heráclito, Zenón, Dioscórides, Orfeo, Tulio, Lino, Séneca, Euclides, Tolomeo, Hipócrates, Avicena, Galeno, Averroes, Helena, París, Tristán y los más que abundan y aquí no se nombran por pereza y porque el tiempo de nuestro tiempo es menos largo que el tiempo de la Divina Comedia.

Y mientras todo aquello acontecía hacía fotos y más fotos, de las cuales se valió mi tocayo Alberto Durero para hacer sus bellos grabados. Digo todo esto sin soberbia, sin pedantería alguna, pero la historia tiene que conocer el protagonismo de mi camarita, que no llega ni siquiera a Samsung.

CANTO CUARTO
Llego agotado al final.

Lejos, en medio del humo, Dante y Virgilio han quedado congelados en los papeles que ahora proceso en mi laboratorio.

Salgo de la oscuridad del salón de trabajo y me encuentro con ustedes, queridos espectadores, quienes esperaban seguramente un sesudo trabajo sobre la Divina Comedia del florentino Dante Alighieri, Beatriz y otros personajes que ambulan por sus páginas, perdidos, extraviados, ansiosos de salir de ellas y vivir la muerte que los sostiene en la eternidad.

Lucifer (1757-58) por Antonio Zatta
Y en el entretanto de esta presentación, mientras despierto de las garras de la inoficiosa muerte, ésta de ficción que ustedes oyen, leo esta parte para cerrar con inseguro paso:
“questa mirabile donna apparve a me vestita di colore bianchissimo, in mezzo…”. Bueno, mejor se los leo en mi idioma materno antes de concebir restitutamente un acento que sería cuestionado con ácida mirada por mis amigos profesores de la lengua del Dante, este Alighieri que hoy celebramos con regusto.

Entonces leo:

“esta maravillosa mujer me apareció vestida de color blanquísimo, en medio de dos gentiles damas de mayor edad; y pasando por una calle volvió los ojos hacia la parte donde yo muy medroso me encontraba; y por su inefable cortesía, que hoy le es recompensada en el cielo, me saludó tan recatadamente que entonces me pareció ver todos los límites de la felicidad”.

Y así cierra esta puerta, estimados oyentes, con la certeza de que esa felicidad sea la que encontremos en el Paradiso, que podría ser un Cinema Paradiso pleno de buena lectura y elevación de copas por la eternidad de Dante Alighieri, su Divina Comedia y los estudios que ustedes realizan sobre toda su obra. Y que lo hagan en todos los idiomas, como yo lo hago en mi legendaria y castellana lengua quijotesca.
Un día de estos verán las fotos de Dante y Virgilio, acompañados de la inalcanzable Beatriz.





Friday, February 3, 2017

BORRAR EL PAISAJE de Cristina Falcón Maldonado


—por Alberto Hernández—

Cristina Falcón Maldonado.Foto:poemad.com
1.-
Si “la soledad no tiene historia” como afirma Gaston Bachelard en “La llama de una vela”, también es posible afirmar que el paisaje no se puede borrar, pero se puede poner en duda, sobre todo si quien emplaza la realidad titula su creación con un si condicionado. Se puede advertir que en “Borrar el paisaje” (Editorial Candaya / Poesía 15, Barcelona, España 2014), de la venezolana Cristina Falcón Maldonado, el lector está en presencia de algo que podría suceder o es la muerte quien se borra frente al paisaje que termina en el fondo de la más abismal de las soledades.

La memoria, tan insistente, destila esta jornada verbal donde 85 poemas breves ocupan el lugar de un libro orgánico, ajustada cada pieza a la fisiología de una lectura lenta, honda y elevada en seis partes que estructuran el libro: “Si despides la vida”, “Si la muerte”, “Si morir”, “Si lo que queda”, “Si la nada” y “Si”.

¿Qué se hace paisaje frente a los ojos? ¿Desde dónde viene esa imagen que conforma el algo que miramos y organizamos para definirlo como tal? El paisaje reposa en el alma, allá, muy adentro, donde no hay borradura posible. El paisaje habita siempre el interior de quien sabe que forma parte de él. Se es paisaje y se es memoria, de allí las tachaduras, la opacidad o la ceguera. O la desmemoria, que jamás ha dejado muestras de su existencia. No existe la desmemoria: existe el olvido que es una parte de todo lo que recordamos.

El olvido tiene memoria, por tanto se sostiene sobre la experiencia de desechar lo que los sentidos determinan como presencias.

Dudamos del paisaje porque lo llevamos permanentemente en nuestra memoria, en un depósito en el que se confunden coincidencias, sentimientos, vacíos y hasta accidentes geográficos. Todo es paisaje. Somos el país que no se borra, ni con la muerte.  Lo que existe nos hace dudar. Lo inexistente existe porque no dudamos de su condición de ausencia. No existe lo que vacila en estar, aunque nos sometamos a lo contrario.

Somos –por tanto- orillas de la inexistencia. Por eso somos también borraduras, tachaduras, yerros, marcas.

2.-
Desde la lectura de “Borrar el paisaje” nos hacemos parte de esa condición: la autora abreva en la presencia de la duda, pero se afirma en la fe, en Dios, y deja que la muerte accione como oquedad donde el miedo es una mordedura en la muerte del otro. O en la eternidad como destino ineludible.

Alejandra Pizarnik acciona la primera parte de este poemario: “ella tiene miedo de no saber nombrar/ lo que no existe”. Y el miedo se sostiene sobre la duda, sobre el Si condicionado.

Cristina Falcón Maldonado lo dice al comienzo de esta jornada poética:

“Ese gesto tuyo/ de amarrar con una cinta/ lo inasible”,
lo que no se puede tomar, asir, lo que no se puede dejar de poner en duda, porque es una afirmación más que un condicionamiento.

Cada brevedad es hondura. Cada verso un reto. La misma poesía pone en evidencia la duda del lector. Y como sospecha: el lector también es borradura, paisaje que se oculta pero no se olvida. La muerte es un paisaje asible, resumido en el cuerpo pequeño e inmediato de un latido:

“Apenas se ve
junto a la torre
el cartel de advertencia
¡Alta tensión!

Frágil cuerpo en equilibrio
pájaro que canta

sobre la muerte”.

Y luego, aforísticamente, una defección:

“…peor que la muerte / la ausencia”.

foto:candaya.com
Todas las muertes conducen a la presencia de la duda. Del “si” que condiciona la ausencia, porque la ausencia es tan real que se sujeta a la memoria. La muerte del pájaro, su electrocución, es tan pavorosa como la de quien sabe que lo matará un cáncer. Pero el pájaro no la esperaba: no tiene ausencia porque no la sabe. Nunca la tendrá por carecer, igualmente, de duda.
La voz de Falcón:

“Vengo con pavor de pronunciar”.

Y se aloja en la soledad, en la que auspicia el dolor, porque este libro es un inventario de dolores:

“Te voy perdiendo
como si fueras de agua

tocar el dolor no puedo

no puedo socorrer lo inasible”.

Una vez más: “lo inasible”, lo que no se puede asir, lo no asible. No obstante trastoca el significado de ausencia.

3.-
“Las estaciones del dolor/ no se suceden, / se reservan”.

Están allí, son. Y más cuando el espacio donde se duda o se intenta borrar, la voz afirma con sus restos corporales:

“Una mosca
me recuerda que estoy sola.

mi carne es un despojo
sobre el que frota sus patas

no me muevo.

No la siento.

Lo sabe”.

Escrito así, dicho así, la muerte es tanta presencia como ausencia la posibilidad de que el sustrato mosca sea sólo una variación de lo inasible.

El olvido, la muerte, el vacío, la ausencia, la duda o la ironía, esta última en esta confesión:

“Con la muerte / a nadie le salen las cuentas”,

O en esta la continuación del despojamiento corporal:

“Si nos tocan / nos desmembramos”, tanto así que “Soy una herida que picotean los pájaros”.

¿Desde qué instancia se puede borrar el paisaje, lo que se es? ¿O lo que no se es?
Este es un libro lleno de muchas interrogantes que llevan a múltiples respuestas, tantas que son capaces de rescatar la memoria, como en este poema:

“La casa cuenta
todas las noches
uno a uno
a sus ausentes

Extranjera en mi casa
hasta la sombra me esquiva”.

Una idea del exilio, del destierro, del país borrado desde la intimidad silenciosa de la casa. Pero la memoria recurre siempre en ayuda: los ausentes activan los recuerdos, la vida de la casa. Los ausentes existen, respiran. Mas no las sombras, trozos del olvido. Máscaras. Rasgos de una pena intemporal:

“Este dolor que no envejece”.

foto:ReyesMartínez.LaTribunaDeCuenca.es
Pero es capaz el cuerpo sufrido de levantarse y deshacerse de la nada, afirmada por la voz que borra el trazado del mundo: “Recorro el paisaje al revés”,

de tal figura emerge la presencia de otro sentimiento, el valor, no temerle a lo sorpresivo, a ese “paisaje” desolado en el que
“Ya ni el espanto/ me reconoce”
(…)
“Nadie nos necesita para sobrevivir”, tal expresión ubica al hablante en la subestimación o en la sublimación de un yo vigoroso, capaz de enfrentarse a la depresión:

“Si la tristeza asomase/ le sacarían los ojos”, y asentar firmemente:

“No estoy para cuervos”, como un reclamo a quien es sujeto de pérdida, de muerte, pero también de enfrentamiento.
Muchos son los poemas que tienen en la muerte parte de ese paisaje por borrar. O por recrear. Esta tendencia o afirmativa conjugación sonora queda en estos versos finales:

“Los muertos tardan en morirse
hasta que no nos dejamos
hasta que no los dejamos”
(…)
“Escribo para salvarme
a sabiendas de lo inútil

Ojalá me vuelva olvido”.  

Borroso queda el paisaje, iluminado el pensamiento de quien se aleja y desaparece, como la palabra que termina esta inflexión poética.

Sigue la duda envuelta por la mirada de Cristina Falcón Maldonado, poeta de este viaje cuyo paisaje sigue en el sonido hondo de su palabra creadora.





Monday, January 16, 2017

VALLEJO EN LOS INFIERNOS de Eduardo González Viaña


—por Luis Fernández-Zavala, Ph.D. (*)—

Y Dios sobresaltado nos oprime
el pulso, grave, mudo,
y como padre a su pequeña,
apenas,
pero apenas,
entreabre los sangrientos algodones y
entre sus dedos toma a la esperanza.
Cesar Vallejo. Trilce


Hace algunos meses, a propósito de una novela de Carlos Ruiz Zafón decía que los libros se pueden convertir en personajes dentro la ficción. Cuál sería mi sorpresa comprobar que en la realidad de nuestros días cotidianos, los libros también pueden adquirir una personalidad desconocida, ajena al autor y al lector, y pueden esconderse, aparecer y desaparecer, desanimarnos o cambiar la cara de nuestro día por el solo hecho de existir nuestra biblioteca personal, esperando ser leídos . Me parece que este el caso la novela de Eduardo González Viaña, VALLEJO EN LOS INFIERNOS (Universidad Cesar Vallejo de Trujillo, 2007). Cuando por fin ésta “apareció” otra vez  en mi librero no me llamó la atención la edición en sí misma: una carátula ciertamente recatada y sin mucho que mostrar a cerca del libro y su contenido, mereció un abandono intencionado una vez más. Cuando por fin se dio la oportunidad de una lectura rápida durante la antesala de una cita con la burocracia, Vallejo en los Infiernos ya era otro libro. Cinco páginas de lectura dio cuenta de un deslumbrante trabajo literario imposible dejar de leer.

Después de haberme negado a su lectura, todavía incrédulo, pero ahora sí aceptando que tenía entre mis manos una obra muy bien lograda, desafíe al libro (al autor) que me mostrara que todavía podía mantener esa fuerza y filigrana lírica veinte o treinta páginas más adelante. El texto no solo superó el desafío de la incredulidad sino que me condujo hasta el final de sus 445 páginas, manteniendo su energética maestría narrativa y creciendo dentro de mí sus mas preciados ecos líricos. Se siente algo especial y muy hermoso cuando un obra como ésta se vale por sí misma y el lector pecando de ignorancia no conoce al autor. La experiencia de lectura es acompañada entonces, por  el deslumbramiento de un encuentro casual y fortuito con lo maravilloso.

En Vallejo en los Infiernos, el autor empieza a narrar en forma retrospectiva la vida azarosa, íntima, melancólica, ciertamente diferente del poeta peruano César Vallejo antes de su viaje a Paris. El poeta es acusado de muchas cosas y de nada y con el objetivo de destruirlo moralmente, es confinado en la sección más la peligrosa de la cárcel de Trujillo llamada “el infierno”. En la realidad, esto sucedió entre el noviembre de 1920 y febrero de 1921: 120 días de encarcelamiento. El poeta llega a este lúgubre recinto vistiendo su característico terno negro, impecable camisa blanca y una rosa del mismo color en la solapa. Él no es un revolucionario anarquista o un delincuente; él es un poeta inmerso en la vorágine de la sociedad oligárquica de principios del siglo XX en Perú, donde terratenientes agrícolas y mineros eran dueños también de la policía, el ejercito y casi todo el sistema judicial. En la prisión, enfrentará una posible muerte anunciada y sus memorias mas vívidas. Sus amores se filtrarán en su memoria así como su paisaje serrano, su padres y hermanos y el dolor que siente por el sufrimiento de sus coetáneos bajo el yugo de los terratenientes. Su destino es incierto y se siente solo. Esta experiencia carcelaria y sus remembranzas darán un excelente material para adentrarse en las raíces de su poesía.

En el centro de la celda, los cuerpos moribundos daban sus últimos estirones. Un triste vaho amoniacal se levantaba. Grasa, sangre, pellejo, tripas barro e inmundicias aparecían regados por el suelo. Allí, en medio, yacía una rosa blanca. En algún momento, se había desprendido del ojal de Vallejo, y estaba, por milagro intacta. Parecía flotar.

Rápidamente el lector entra a ser un testigo de la cotidianidad del poeta enlazada orgánicamente a su poesía. Aquí el trabajo del autor es de orfebre dedicado y acucioso. El Vallejo profundo se humaniza y el narrador nos introduce a sus memorias como resultado de un grito íntimo y desesperado para no dejarse vencer entre tanta aberración. La voz de su madre le reclama nadie va a matarte. Nadie puede matarte porque tu no eres mortal. Si pierdes la memoria, comenzaras a serlo”.

Si bien el autor basa su relato en fuentes fidedignas como el archivo legal de la detención de Vallejo y testimonios de sus contemporáneos, no pretende ser un trabajo biográfico. A través de diálogos de ficción concisos recrea no solo las emociones vallejianas, su carácter, pero también, recrea el contexto socio-político de los años veinte en el Perú oligárquico, la emergencia del grupo intelectual contestario (Grupo Norte) de gran influencia en el poeta, la sinergía de Vallejo con su paisaje serrado-rural y provinciano, su formación católica y familiar. Con un fino lirismo -a veces excesivo en cuanto a imágenes sobre el cielo serrano- el autor, un esmerado y atento observador, nos presenta lo momentos mas importantes de la vida de Vallejo que irán modelando el contenido de su poética reflejada en varios poemas de su obra post modernista Trilce, pero también en los Heraldos Negros. La magia de la ficción nos acerca a la poética de Vallejo sin tiempo, sin necesariamente buscar una relación causa-efecto. Como diría Tomas Eloy Martínez en Santa Evita: lo histórico no siempre es histórico, la verdad es nunca como parece”, entonces la ficción nos ayuda a llenar entrar ese vacío emocional que la ciencia historia nunca puede acceder.

Es imposible, leyendo esta novela, no sumergirse en las palabras de Vallejo sobre los Heraldos negros (“Hay en la vida golpes tan fuertes/ golpes como el odio de dios…..”) o Trilce: (“Ah las paredes de la celda. De ellas me duele entretanto, más/las dos largas que tienen esta noche/algo de madres que ya muertas/llevan por bromurados declives,/a un niño de la mano cada una.”) y no detectar a un hombre profundamente herido por la realidad deshumanizada de sus congéneres y sumamente tierno con su madre, su hermano, hermana y sus amores. No se puede entender Vallejo sin mirar al ambiente cultural en el que creció. En la novela, éste se presenta  sin caer en el melodramatismo, pero con algo de predestinación cristiana, con un precio que pagar por su rebeldía. Ésta misma, no solo se da en la práctica social de Vallejo, sino en su poesía que es una forma más de subvertir la realidad inventando nuevas palabras. Después de leer esta novela el lector latinoamericano entenderá porque se dice que “todos llevamos un Vallejito dentro de cada uno de nosotros”.

Eduardo González Viaña, (1941, Trujillo, Perú) autor de más de treinta novelas y relatos cortos, se ha desempeñado como catedrático en Western Oregon University. Obtuvo el Premio Juan Rulfo en Francia y el premio Internacional Latino de Novela en Estados Unidos.

NOTA NO RELACIONADA PERO IMPORTANTE: Netflix está exhibiendo “Four Seasons in Havana” basado en las novelas del laureado novelista cubano Leonardo Padura. Son cuatro episodios que nos presentan a inspector Conde (personaje creado por Padura) resolviendo crímenes, soñando con ser escritor y viviendo en una Cuba realista con personajes difícil de olvidar. No se la pierdan, esperando que más literatura latinoamericana llegue a la pantalla chica.



(*) Autor de El guerrero de la espuma y otras tantas despedidas (Pukiyari 2014). Disponible en Amazon, Barnes & Noble y Allá en Santa Fe.





Sunday, January 8, 2017

Los cuentos de Rubi Guerra: “EL AVATAR”, “EL MAR INVISIBLE”, “UN SUEÑO COMENTADO”


—por Alberto Hernández—

“Toda habla es mandamiento,
terror, seducción, resentimiento,
elogio, empresa”
Maurice Blanchot:
“El diálogo inconcluso”

el escritor venezolano Rubi Guerra.
Foto:Dagne Cobo Buschbeck/elestimulo.com
1.-
(Tengo una imagen clara de la calle Sucre de Cumaná. De la leve bajada curva donde está la casa del poeta Ramos Sucre, frente a la Iglesia de Santa Inés. Recuerdo haberme recostado de la ventana y mirar hacia el extremo norte del casco histórico de la Primogénita. En esa vieja mansión colonial, a mediados de los año 80 recibí, de manos de Ramón Ordaz, el libro “el avatar”, de un muy joven (también yo lo era) escritor oriental llamado Rubí Guerra. Lo había editado el Centro de Actividades Literarias “J.A. Ramos Sucre”/ Colección El cielo de esmalte N° 1) y el Consejo Nacional de la Cultura (Conac) en septiembre de 1986. Es una edición lograda a pulso, con portada de Marcial Bruzual que destaca una imagen de los procesos del hombre a través de su acontecer biológico. Es decir, de su evolución, lo que acerca el significado de avatar a estos trazos en un círculo. Luego leí “El mar invisible” (Monte Ávila Editores, Caracas 1990) y “Un sueño comentado” (Grupo Editorial Norma/ La otra orilla, Caracas 2004). De “Partir” (1998) y “El fondo de mares silenciosos” (2002), entre otros, no tengo noticias porque no los he leído.

A esta hora, Cumaná, ciudad en la que viví alrededor de cuatro meses, a comienzo de los 70, en el barrio Cascajal mientras trataba de estudiar medicina en la UDO de Cerro Colorado, me queda tan lejos, pero vuelvo la mirada a la calle Sucre, a la casa del poeta y a aquel día cuando recibí el primer libro de Rubi Guerra, uno de los más sobresalientes narradores actuales de mi país.

Y digo que retorno a esa experiencia porque cuento, no sólo con los libros de relatos de Rubi, sino con dos de sus novelas, a las que trataré en lecturas posteriores: “La tarea del testigo” y “El discreto enemigo”, dos hermosos regalos que mi amigo Rubi me envió desde su ciudad.

Entonces, me recuesto y leo de nuevo estos cuentos, esta pasión literaria de este trozo de tierra creadora y entusiasta en sus palabras, en su ficción).

2.-
EL AVATAR
Dos partes hacen el cuerpo en este libro. Nueve relatos se reparten en el par de secciones en las que el autor dividió estas historias.

Los títulos: “La estación”, “La noche”, “El bosque y el campo que ve”, “El sol detrás”, “La espera”, “Una muerte”, “Persona”, “La arena en los dientes” y “Viento del sol” conforman el territorio del libro que ya advertía de un excelente narrador. Relatos laberínticos donde el sueño es el tema medular, así como los espejos, artífices del doble.

Nuestro autor indagaba en una búsqueda donde el fracaso se asienta como fondo de una capa de eventos que sugieren un mundo oscuro. Redacción densa, concisa y clara hacen que el lector se sienta modelado por el narrador. Mientras los sueños avanzan en cada página la historia abunda en imágenes recurrentes. El mar como escenografía, la ciudad y sus calles y algunos ambientes sombríos.

En cada uno de los relatos el lector se tropezará con imágenes como éstas:

“Quince minutos más tarde lo conduce a la parte trasera, hay una puerta que da a unas habitaciones oscuras y malolientes, con bultos por dondequiera –varias veces tropieza, goleándose las rodillas-, el saxofonista no deja de hablar, moviendo mucho las manos, pero él no lo escucha” (…) “Imposible recordar los sueños: se disolvían en emociones primarias –miedo, dolor, angustia-, desaparecían las imágenes, y al final, también las emociones” (La estación).
(**)
“Luego de recorrer las calles sin luces, entramos a locales donde el sueño se empoza, se momifica, lo hallamos y lo dejamos cristalizado como un pedazo de roca, como un fósil. El fácil reír cuando el sueño está muerto (…) Los sueños están dormidos, muertos, cristalizados: podemos saltar de uno a otro, arrojarnos, envolvernos en ellos, usarlos como escudos, como lanzas, como refugio (…) Una nueva Escalera me condujo a las Torres, donde los innumerables espejos reflejaban cada uno  una imagen distinta del que se atreve a mirar en ellos; me vi niño, anciano, animal  de cuatro patas, ser de ojos facetados sobre una roca negra en una playa…” (La noche).
(**)
“Oigo una noche con sus esperas, sus inquietudes, su tranquilo pasar el tiempo como los ojos de los gatos” (El bosque que oye…).
(**)
“El centro era negro, es decir: yo solamente veía la silueta negra con un halo rojo y anaranjado y sol detrás (…) Salí otra vez a las calles nocturnas”. (El sol detrás).
(**)
“recordó un sueño, o mejor dicho, no lo recordó, las imágenes del sueño vinieron hasta él, encontrándolo en ese banco (…) Antes de salir a la calle le fue entregado un revólver (…) El pasillo está mal iluminado (…) la función terminó, despierte”. (La espera).

La primera parte sume al lector en las sombras: pasillos, habitaciones, la noche como ambientación, el misterio: el mundo onírico.

La segunda sigue la misma ruta. La muerte personifica más el escenario donde un ectoplasma de Kafka felizmente se habría movido. Rubi Guerra tantea en las sombras y le saca brillo en estos temas. Así lo tenemos en estos otros ejemplos:

“Caminar por el pasillo blanco con puertas a derecha e izquierda (…) Grupos de personas habían llenado las tiendas. Rostros desconocidos, indiferenciados, como las caras de un sueño (…) un sueño o un nombre” (Una muerte).
(…)
“-este espejo se había convertido en una obsesión, su feroz y vengativa duplicación (…) El espejo no se ofende (…) recordando sueños (…) El espejo abría su enorme boca rectangular dispuesto a engullirme” (Persona).
(…)
“…luego lo separó de las otras figuras de su sueño, “mi padre”, dijo y se rio. La escena se repite varias veces” (La arena en los dientes).
(…)
“cuando la sombra crezca alrededor de nuestros ojos (…) comiéndonos el rostro (…) soñarás (…) cuando los espejos hayan perdido su capacidad de duplicarnos y no sean más que abismo abiertos (…) un sueño que se desvanece (…) Sibilia, los espejos me han comido los ojos” (Viento del sol).

Es decir, nuestro autor trabajó estos cuentos como una unidad orgánica: la recurrencia temática y el perfil de los personajes nos dicen que Rubi Guerra estaba destinado también a escribir novelas. Y así ha ocurrido. Pero aún no hemos llegado. Todavía faltan otros laberintos, otras sombras, otros mares, ríos y selvas para que el futuro narrador de largo aliento suelte sus velas.

3.-
EL MAR INVISIBLE
En éste la geografía comienza a tener nombre. Ya no se trata de un libro dotado de una temática sombría. O de sitios cuya desolación ampara a personajes innominados. Los laberintos se abren y aparecen los paisajes del mar y de la meseta de Guanipa. Y sujetos más “reales”, más cercanos a la biografía topográfica del autor.

Si “el avatar” sugería, éste apunta. Si antes los laberintos conducían a sombras, casas oscuras, habitaciones extrañas e imágenes donde los espejos también eran personajes, en esta oportunidad hay una región visible, un mar se inventa en la costa, recorrida por quienes no terminan de alejarse de ciertos misterios, aunque hay momentos en que los personajes se mueven a tientas.

La escritura ha madurado. Guerra no se ampara tanto en las “realidades psíquicas”. Nuestro narrador se hace más cercano a los sentimientos cotidianos. En el cuento que le da nombre al libro, Santiago Riera es devorado por la soledad, por la abulia luego de regresar a su tierra natal. Sólo le queda el mar, tan invisible como su interior devastado por el fracaso. Una vida que encontraba otro lugar, el que le había dado la infancia. El regreso también tenía sus aristas: la pérdida de la heredad y hasta las ganas de vivir: “Santiago Riera se despierta en la madrugada y abandona la cama donde duerme la muchacha”. Ya el amor, el deseo, no le bastan.

El personaje se sienta frente a la playa a esperar. No sabe qué espera, pero espera. Un mar invisible “lo mira, lo huele, lo cerca”.

“Sombra de luna” es el cuento de un crimen. El autor se lo dedica a Lovecraft. Igual sentimos un pueblo del oriente venezolano, sus calles, un barbero italiano amable y la esposa en total abandono físico.

Finalmente, la muerte aparece en unas gotas de sangre que caen desde el techo sobre la tela que cubre las piernas de quien está siendo afeitado en ese momento.
Mientras tanto, la navaja del barbero está cerca de la yugular del cliente.

La muerte de una época. El intenso período de la guerrilla. La mirada de un niño. La ingenuidad ante la tragedia. Y el mismo espacio, el mismo lugar donde el autor, Rubi Guerra, estableció su mundo. Tanto el real como el ficticio. La competencia entre infantes, entre los escolares que se creen dueños del destino, en “Primer movimiento”. La memoria del autor se recrea en su propio entorno. Podría ser él o el observado el sujeto de sus diligencias intuitivas.

La historia anterior empalma con “Una disputa”. ¿Son los mismos niños? ¿Es un recado para un cuento más extenso, para una novela corta en la que la muerte ha sido hermanada con la del relato que precede a éste?

Podría ser:
“La muerte, con su exagerado afán de protagonismo, hacía aparición en nuestra domesticada comunidad. Pero, ¿por qué tanto escándalo? ¿Acaso no eran nuestros los peces del río, la fruta de los árboles, el beisbol de los domingos? ¿Estas cosas, no eran más importantes que la muerte? ¿Estábamos preparados para el clamor de la sangre, las lágrimas y el dolor?”.

Y de nuevo el retorno a la tierra natal, al lugar donde por vez primera se estuvo. He aquí el eco de un texto / reflejo de uno anterior: “En la playa”.  Si en aquél el fracaso estaba sembrado en la pérdida de la heredad y del apego amoroso, en la tristeza, aquí la nostalgia (la tristeza por un lugar) adquiere otros matices:

“David reflexiona: podemos vivir para una imagen, para la mentira aceptada y cultivada de una imagen elevada a razón última y definitiva de todo. Puede convertirse en lo más importante, en la clave de una vida, en la llave de los sueños y de la felicidad (…) En la larga sucesión de los días, una imagen puede serla salvación”.

Luego de haber pasado una temporada en la cárcel, “ocho años de su vida”, David arribó al “sitio de una cita olvidada; la hora, la fecha y el lugar volviendo a un pasado que se creía fenecido…”

Los recuerdos, las pérdidas, el vacío, el silencio, la soledad y retornar al reflejo que lo calcaría en un personaje retomado:

“Caminé hasta el espejo del tocador. No pude ver mi rostro: estaba comido de sombras, como el de un fantasma”.

4.-
UN SUEÑO COMENTADO
En esta nueva aventura narrativa Rubi Guerra se arrima a lo que podríamos definir como relatos mundanos: la nocturnidad rural y provinciana del oriente venezolano hacen de “Un sueño comentado” parte de la historia de un país atrasado, con poca memoria de su pasado, enclavado en la retórica del mundanal ruido. El autor lleva en la voz con que narra parte del recuerdo: la pasantía de una dictadura. Personajes perseguidos por el fracaso: el mundo de las putas, el fraseo cuestionable de una festividad permanente ocultan el abismo de un país que se cuestiona desde “un secreta melancolía”, como expresa el narrador en el primer cuento, “Un caso perdido”, en el que Erasmito, un ñato, sucumbe ante los negocios fáciles y se convierte en carne de prisión en los días duros de la Seguridad Nacional. Erasmito robaba motores y toda suerte de accesorios de la Compañía petrolera, razón por la cual fue denunciado. La referencia geográfica: entre El Tigre y Cumaná.

Guerra ha dejado atrás parte de los temas que lo asediaban. Ahora se encuentra inmerso en una temática donde el factor político está presente: “De los placeres del mundo” relata la historia de un amor en el que uno de los amantes es un torturador de la SN. Es el relato del fracaso de una mujer que se entregó a un esbirro, a quien solicitó ayuda –ya eran novios- para tratar de salvarle el pellejo a un primo que se había metido en problemas.  Como todo esbirro que se precie, traicionó a la mujer y encerraron y torturaron al pariente comprometido contra el gobierno.

“Debes comprender que no tenía otra opción. No habría podido hacer otra cosa, así lo hubiera deseado. Tu primo es un enemigo del estado, un subversivo. Y yo…bueno, mi trabajo es acabar con ellos. No te diré que lo siento por él. Tendrá lo que se merece. Pero sí lo siento por ti, porque, a pesar de que ahora no lo creas, yo te quiero”.

Hasta ahí duró el amor de ella.
Un día cayó el gobierno y Jesús, que así se llamaba el esbirro, se presentó en casa de la mujer, quien con un escupitajo lo despidió. De allí en adelante, la soledad de quien por años se encerró en una habitación.

La muerte de un Guardia Nacional en un asalto guerrillero da cuenta de “Otros mares”. La muerte se encuentra con la de otro cuento: el niño que recuerda esa tragedia se muda a otra ciudad. Un toque autobiográfico nos invita a ver a Rubi Guerra subido en un camión mientras tomaba como destino a Cumaná. Salía del campo petrolero donde se crio y, una día, desde el puerto de la capital de Sucre, imaginó otra historia que desmiente al final de esta travesura bien contada. “Otros mares” es la imaginación pura, es una metaficción que engrana con el deseo de conocer el mundo.

“Una aventura en la selva” es el otro rostro de un país como campamento. La explotación aurífera en el profundo sur venezolano. Pero también las costras de ese negocio que siempre esconde algo ilegal, así como las más bajas pasiones.

Emilio Arrioja llega a Ciudad Bolívar, “antigua Angostura”, y abandona a sus compañeros de labores en el acarreo de mercancías por el río Orinoco. No tarda tiempo en ser contratado para comprar oro en la selva. Pero también se le atraviesa una mujer. Viaja a los campos de explotación del oro y allí comienza su labor, pero se le atraviesa otra mujer. Los celos de un amante frustrado dan al traste con esos amores. Termina mal herido y con la marca del homicidio. Retorna a Ciudad Bolívar, lo visita el padre de la primera mujer, Vilna, y éste, Arrioja, es informado del compromiso de la muchacha con otro hombre en Trinidad, de donde eran originarios. Luego de una corta travesía por Puerto España y Carúpano, vuelve a Cumaná. Regresa a la nocturnidad, a los burdeles, a la caña, hasta que consigue a una muchacha de quien se enamora y luego casa: ella es la madre del narrador. Mientras tanto, la otra mujer, la de la selva violenta, Verónica, decide dejar el bar que regentaba en el campamento y se pierde de todo aquello. El final, como algunos de Rubi Guerra: “Puedo dar fe de que ni una cosa no otra eran ciertas”, en cuanto a seguirle los pasos a Emilio para matarlo o para pedir perdón. El mismo relator nos deja con la duda.

“La Biblioteca” es otro de los cuentos laberínticos de Rubi Guerra. Un relato de ciencia/ ficción, de suspense. Una historia en la que se vislumbra la biblioteca infinita de Borges y los pasillos no visitados por Kafka en su novela “El castillo”. Referencia que también tiene en Dante a un guía hacia las profundidades de la tierra.  Un depósito de libros bajo tierra. El pergamino donde un anciano irrumpe con otro relato, en el que se sumerge su misteriosa vida. Luego, una segunda parte en la que el personaje heredero por accidente de la biblioteca vive un tiempo, hasta que logra salir a la superficie y se encuentra con el mar. Una narración extraña que escapa de la matriz del autor cumanés.

Y para seguir con los misterios, “Miércoles de ceniza”, un cuento construido con capas de sueños: un relato tectónico, donde la metaficción se reconstruye sobre la base de otras metaficciones: un juego onírico en el que Mendizábal, “el librero de la calle Comercio”, es otra víctima de este invencionero llamado Rubi Guerra. El personaje también ambula en medio de aventuras nocturnas. Laberintos en pleno centro de Cumaná, el submundo, la delincuencia y el vicio. Entra a un barco fantasma donde se regodea con actantes que luego desaparecen, hasta que termina en un muelle, y desde él advierte “una cabeza de cabellos blancos y ojos oscuros”. Una vez más, Guerra nos deja con la curiosidad, la misma que él sostiene como excelente creador de historias.

“Un cuento comentado” se resume en imágenes oníricas que el narrador comenta como si se tratara de un sujeto dedicado a revelar los senderos de esos sueños. Se dirige al lector en una suerte de digresiones. Cuenta sin descanso –entre sueños- hasta que finalmente, luego de viajes, una aventura en Guanoco, en el lago de asfalto, “minas que están cerca de Puerto La Cruz”. El narrador se pasea por la historia regional, por la de la explotación petrolera. Intertualiza y de pronto se asoma a Mijail Bajtín, una experiencia cinematográfica, un pintor. Un sueño tras otro, parecido al relato anterior: capas de sueños que hacen posible una vida, hasta que volvió a la “realidad”:

“Y luego, de repente, despierto”.
La primera persona cierra este libro. El dueño de estas peripecias narrativas se libra de ellas: abre las páginas para hacernos cómplices de todos estos sueños comentados.