M u l t i n a t i o n a l - B l o g - o f - A r t - a n d - L i t e r a t u r e - f r o m - D e n v e r

Friday, September 26, 2014

SALIR A JUGAR: JULIO CORTAZAR, de la A a la Z


—por Gregory Zambrano—

Muchas veces se ha insistido en el carácter lúdico que destaca en la obra de Julio Cortázar. El afán por el juego se muestra en diversos cuentos, en sus poemas y en varias de sus novelas. Quizás sea en la más célebre de ellas, Rayuela donde las opciones de juego van más allá de los simples saltos entre cuadrículas persiguiendo un destino entre el cielo y el infierno.O una novela articulada al gusto del lector que, cincuenta años después de publicada, la sigue armando a placer mientras busca desentrañar las peripecias del amor entre La Maga y Oliveira; o los sentidos del idioma glíglico, que le permitan entender exactamente lo que significa amalabar el noema. (“Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes” (Rayuela, cap. 68).

También es un juego el arte de esconderse entre las palabras, donde alguien puede pasar de perseguido a perseguidor y viceversa, correteando para disimular sus obsesiones. Así pues, por ejemplo, La vuelta al día en ochenta mundos, ya de por sí una parodia al más famoso de los libros de su tocayo Julio Verne, es un collage de noticias singulares, enigmas, imágenes y textos dispuestos a desafiar las sintaxis más extravagantes para tratar de entender “cuántos mundos hay en el día de un cronopio o un poeta” (“La vuelta al día”, p. 296).

A finales del año 2013 se publicó un libro que va en sintonía con ese placer cortazariano de ir armando distintos rompecabezas y descubriendo mapas para organizar la significación: Cortázar de la A a la Z, un álbum biográfico. Editado por su viuda, Aurora Bernárdez y Carles Álvarez Garriga, estudioso de la obra del gran cronopio, y diseñado por Sergio Kern. El libro, articulado en clave cortazariana, va en sintonía con la no muy ortodoxa obsesión biográfica del autor, quien declaró que no era muy amigo de la biografía en detalle, de la documentación en detalle, y para quien “Toda biografía es un sistema de conjeturas”. (“Biografía”, p. 49).

Este libro-almanaque, como le gustaba a Cortázar llamar a estas “pequeñas aventuras imaginarias” (p. 287), puede leerse como indica su propuesta, de la A a la Z, como el diccionario, comenzando por la palabra clave, la palabra enigma, la palabra interés y pasearnos por sus detalles minuciosos y familiares, los viajes, los amigos, los lugares emblemáticos, literarios o no, paisajes y postales, fotografías propias y ajenas, los personajes de la historia y la literatura, otros creadores: artistas plásticos, cineastas, escritores, músicos, editores. También objetos cotidianos: anteojos, pipas, calidoscopios, instrumentos musicales. Es un libro visual donde una vez más se invita al juego, a la rayuela.

Así, vamos desde una semblanza de grandes pinceladas sobre su abuela, Victoria Gabel de Descotte, quien poseía un antiguo abanico japonés, hasta la ciudad de Zihuatanejo en el pacífico mexicano que corona El libro de los sueños, su texto para el bestiario de Aloys Zötl y la declaración de que alguien “era zurdo de una oreja”. En fin, somos invitados al juego, al entretenimiento y a la revelación de objetos personales y nuevos textos.

Hay un universo de opciones para mirar la trayectoria vital y artística del escritor. Esta valiosa recopilación nos permite entrar, aunque limitados por una celosía que sólo nos deja ver fragmentariamente, al entramado de amistades y a una copiosa correspondencia con figuras destacadas del siglo XX. Tomo a saltos algunos de sus atajos:

Juego

Cortázar concibió mucho de su literatura con el sentido del juego. Este elemento condiciona su visión del mundo, su personalidad y el fin último de su literatura: hacer sonreír y, sobre todo, hacer pensar, que es la finalidad esencial del humor. De hecho, su libro de poemas, finalmente titulado Salvo el crepúsculo, iba a titularse Palabras para el juego. Cuando ya tenía concluido y listo el volumen para darlo a la imprenta, Cortázar sólo esperaba que el título del conjunto se le revelara como un acto mágico; confiesa en una carta a su editor: “me falta el título, aunque saltará como un conejo en cualquier momento, en cualquier relectura” (p. 255).

En una entrevista con Ernesto González Bermejo señaló que “Todas las mujeres con las que he vivido —que no son pocas— todas sin excepción me han dicho en algún momento: “Lo que a veces es terrible en ti es hasta qué punto eres niño”. Y luego explica cómo su visión de la vida se asimiló al personaje de Peter Pan, el niño que no quería crecer, para finalmente preguntarse sobre el proceso natural que significa madurar. El escritor se responde: “Es una operación selectiva de la inteligencia que va optando cada vez más por cosas consideradas como importantes, dejando de lado otras. Para el adulto deja de ser importante jugar a la rayuela y pasa a ser importante pagar el alquiler. El niño, como a lo mejor ni sabe lo que es el alquiler, juega a la rayuela como algo muy importante” (p. 162). Al respecto, el libro recoge el testimonio de su amigo Mario Vargas Llosa, para quien visitar su casa era “la fiesta y la felicidad. Me fascinaba ese tablero de recortes de noticias insólitas y los objetos inverosímiles que recogía o fabricaba, —recuerda Vargas Llosa— y ese recinto misterioso, que, según la leyenda, existía en su casa, en el que Julio se encerraba a tocar la trompeta y a divertirse como un niño: el cuarto de los juguetes” (p. 174).

Humor

Deslindando el trigo de la paja, el escritor siempre sostuvo una defensa del sentido del humor. Decía que “a los humoristas les pegan de entrada la etiqueta para distinguirlos higiénicamente de los escritores serios. Cuando mis cronopios hicieron algunas de las suyas en Corrientes y Esmeralda, huna heminente hintelectual hexclamó: “¡Qué lástima, pensar que era un escritor tan serio!”. Sólo se acepta el humor en su estricta jaulita, y ojo con trinar mientras suena la sinfónica porque lo dejamos sin alpiste para que aprenda”. (“Humor”, p. 133).

En ese sentido, ver la vida desde el filón humorístico significa encontrar su lado más amable. Decía Cortázar: “La literatura ha sido para mí una actividad lúdica, en el sentido que yo le doy al juego y que usted conoce ya bien; ha sido una actividad erótica, una forma de amor”. (“Profesionalismo”, conversación con Ernesto González Bermejo, p. 226).

Música

Muchos hemos visto diversas fotos donde Cortázar aparece tocando la trompeta. No era una simple pose fotográfica. El autor fue un consecuente admirador de los grandes trompetistas como Charlie Parker, alter ego de Johnny Carter, un saxofonista de jazz y protagonista de “El perseguidor”. Él mismo, como ejecutante de la trompeta, va dando cuenta de sus progresos con el instrumento en cartas a sus amigos. El libro reseña por lo menos dos momentos: “…he pasado largas horas soplando en mi trompeta para horror de los vecinos, pues eso constituye mi más segura manera de entrar a fondo en cualquier cosa que me interesa de verdad y que quiero conocer por dentro” (Carta a Paco Porrúa, 18 de agosto de 1964, p. 285). En otra carta del mismo año anota: “…sigo haciendo progresos con mi trompeta, y ya los vecinos no se quejan. Aurora sospecha que es porque ya no queda ninguno” (a Sara y Paul Blackburn, 17 de diciembre de 1964, p. 285).

Jazz

A propósito de la música, fue el jazz el género que más le impresionó y al que dedicó memorables páginas, aparte de “El perseguidor”, como ésta de Rayuela: “…el jazz es como un pájaro que migra o emigra o inmigra o transmigra, saltabarreras, burlaaduanas, algo que corre y se difunde (…) en Birmingham, en Varsovia, en Milán, en Buenos Aires, en Ginebra, en el mundo entero, es inevitable, es la lluvia y el pan y la sal, algo absolutamente indiferente a los ritos nacionales, a las tradiciones inviolables, al idioma y al folklore: una nube sin fronteras, un espía del aire y del agua, una forma arquetípica, algo de antes, de abajo, que reconcilia mexicanos con noruegos y rusos y españoles …” (“Jazz”, 141).

Poesía

Cortázar defendió su vocación poética en contra de las etiquetas que le arrinconaban de manera absoluta en su clasificación como escritor. El Cortázar poeta aludía a los: “…lectores que no están demasiado dispuestos a aceptar que un autor, a que tienen clasificado como cuentista o novelista, se les escape del casillero” (“Poemas”, p. 221). Se definía a sí mismo como un buen lector de poesía y desarrolló una interesante analogía de la mediación poética y los audífonos. Decía Cortázar: “…de alguna manera la poesía es una palabra que se escucha con audífonos invisibles apenas el poema comienza a ejercer su encantamiento (…) El poema comunica el poema y no quiere ni puede comunicar otra cosa. Su razón de nacer y ser lo vuelve interiorización de una interioridad, exactamente como los audífonos que eliminan el puente de fuera hacia adentro y viceversa para crear un estado exclusivamente interno, presencia y vivencia de la música que parece venir desde lo hondo de la caverna negra (…) el poema es en sí mismo un audífono del verbo; sus impulsos pasan de la palabra impresa a los ojos y desde ahí alzan el altísimo árbol en el oído interior” (De Salvo el crepúsculo) (“Audífonos”, p. 35).

Escritura terapéutica

Los elementos fantásticos que rodean muchos de los cuentos de Cortázar han nutrido las más intensas reflexiones por parte de la crítica. No sólo la perfección formal de los relatos sino la construcción de sus atmosferas inquietantes. Son muchas las imágenes que podríamos sumar como ejemplo. Me detendré solamente en “Carta a una señorita en París”, ese turbador relato en el cual el protagonista, que es también el narrador que cuenta en primera persona, vomita conejitos.  El autor confiesa: “escribir el cuento (…) me curó de muchas inquietudes. Por eso, si se quiere, los cuentos fantásticos ya eran indagaciones, pero indagaciones terapéuticas, no metafísicas”.  (“Conejitos”,  p. 76).

Vampiros

Uno de los elementos  que marcan su afición a los elementos fantásticos es la presencia de vampiros —más allá del efecto político que quiso darle a su historieta Fantomas contra los vampiros multinacionales— esta cercanía licantrópica le acompañó desde su infancia. Así lo resume el escritor: “Si el hombre-lobo no rondó demasiado mi cama de niño, en cambio los vampiros tomaron temprana posesión de ella; cuando mis amigos se divierten acusándome de vampiro porque el ajo me provoca náuseas y jaquecas (alergia dice mi médico que es un hombre serio), yo pienso que al fin y al cabo las picaduras de los mosquitos  y las dos finas marcas del vampiro  no son tan diferentes en el cuello de un niño, y en una de esas vaya usted a saber. Por lo demás las mordeduras literarias  fueron tempranas e indelebles; más aún que ciertas criaturas de Edgar Allan Poe, conocidas imprudentemente en un descuido de mi madre cuando yo tenía apenas nueve años, los vampiros me introdujeron en un horror del que jamás me libraré del todo” (“Vampiro”, p.290).

Madre

A propósito de la madre, Cortázar siempre destacó el hecho de que ella fuese una buena lectora y que le hubiera inculcado el amor por los libros y la lectura. Su relación fue buena, pese a la distancia física que medió entre ellos durante la mayor parte de sus vidas. Ante la pregunta de un entrevistador sobre su relación materna, al parecer creyendo que es el mismo Cortázar el protagonista de su relato “Cartas a mamá”, el escritor responde:

“Evitemos el criterio un poco ingenuo de atribuirle a los autores las características de los personajes. Te aseguro que permanezco a salvo de cualquier complejo de Edipo. Mi relación filial ha sido siempre muy intensa. Esto no me impide una completa independencia. El lazo se anuda con cariño y amistad” (“Mamá”, p. 166).

Entrar a las páginas de este libro es como entrar en un museo; no a ver las piezas en su triple dimensión sino a tocarlas en sus detalles y texturas. Gracias a estos folios podemos palpar metafóricamente los objetos que en él se encuentran, y no sólo los objetos, también aquí las palabras tienen el encanto de lo que se sabe único y perdurable. Los viajes, las lecturas, las fotos, los amores, los paisajes, la música, los amigos, la literatura. En resumen, la vida singular que se tradujo en libros, en obras. Estos, al fin y al cabo, según Cortázar, “van siendo el único lugar de la casa donde todavía se puede estar tranquilo” (“Libros”, p. 160).

Refugiados entre estos objetos entrañables, rendimos homenaje al Gran Cronopio, porque nos ha legado una obra intensa y memorable, divertida y profunda. Así, pues, nos ha regalado excepcionales momentos como lectores, instantes que tanto pueden parecerse a la felicidad.


(Aurora Bernárdez, Julio Cortázar de la A a la Z. Un álbum biográfico. México: Alfaguara, 2013).





Sunday, September 21, 2014

Domingo Michelli (1987-2014): TRISTICRUEL - Caracas

—por Alberto Hernández—

foto:carmen michelli
1.-
Comencemos por la portada: un óvalo contiene el rostro barbado —fuera de foco— de alguien que sostiene un cartel: “Lea este libro”, en mayúsculas escritas a mano. El lector supone que quien muestra el mensaje es el autor del libro Tristicruel (bid & co. editor, Caracas 2014), Domingo Michelli (1987-2014). Después lo identificamos a través de la cédula de identidad y de algunos datos en la solapa de la publicación: Egresado de Letras por la Universidad Católica Andrés Bello en Caracas. Uno de los aventureros de una revista literaria con forma de Arepa. Estudió teatro en el Instituto Universitario Nacional del Arte en Buenos Aires. Y recibió mención honorífica en el I Premio Equinoccio de Cuento “Oswaldo Trejo” por el libro que tenemos en la mano.

Hace pocas semanas se quitó la vida. La muerte de este joven de 27 años convierte su obra en un espacio para albergar la desolación. Quien la lea se entera de su talento. Quienes llegamos a conocerlo un poco no albergábamos ninguna idea de la violenta iniciativa de viajar a la eternidad tan tempranamente.

2.-
El libro no es el trazado de un país ideal.  Se trata de un territorio en una puesta en escena que se hace literatura, narrativa. Michelli desglosa un país peligrosamente verdadero desde la ironía, desde un humor que escuece. El país es un virus. Una bacteria que se multiplica incesantemente. Domingo Michelli se vale de lo que acontece en la realidad de un mapa lleno de gente, de moradores que se valen de  máscaras para convertirse en pasantes de ciencia/ficción y en sujetos pre-fabricados: el país, borroso y salpicado de una humanidad torcida, se desplaza por los lugares más sórdidos y enfermos: los frecuentados por una estadística que se deja ver en los medios a medias. El narrador se quita la piel cuando relata ese país nada idílico. Es un libro triste y cruel. Es un libro que muestra esas facetas y las coloca al frente del lector sin reticencia alguna. Michelli ha abordado los espacios imposibles
Domingo Michelli
foto:autopistainmovil.wordpress.com
y los ha transformado en la realidad que muchos no han querido ver. Este es un libro donde la vida y la muerte se tocan. Un libro donde los personajes hablan en venezolano, como el mismo escritor lo advierte al comienzo de sus páginas. Es un país hecho libro a través de las palabras que salen de la boca de quienes habitan sus hojas. Además, con la libertad creativa capaz de tutearse con Cabrera Infante. Este es un libro donde quien lo lee navega entre el miedo y la desesperanza. Una lectura agónica.

3.-
Nueve relatos hacen el cuerpo de Tristicruel. Cada uno desarrolla la historia de un tipo de venezolano o de una situación que hoy es parte de nuestra cotidianidad: “Adiós letrero” es un material que es vertido a dos voces, como casi todos los trabajos que contiene el tomo: en este caso, la del sujeto que se vende, al pedir una ayuda, a través de un discurso en un autobús. Relata la vida de sus amigos, la tragedia de su generación, la pérdida de la ciudad, el destino de quienes han sido víctimas de la pobreza. Al final, luego de soltar el cuento de sus tropiezos y la de quienes fueron sus compañeros de adolescencia, pide: “¿Serían tan amables de darme una colaboración? Alguito, loquesea, es pa’ completar mi libro de cuentos, selosjuro”. Cuenta para escribir. O para sobrevivir.

“Al paso que van”: combinación de diálogos donde se nota la influencia dramatúrgica del autor. Dos anécdotas: la tirante relación de un hijo con su madre y una huelga de sindicatos. Dos propuestas que dibujan un país íntimo y otro público, político. Las imágenes que se muestran en este relato forman parte del diario vivir del venezolano actual: manifestaciones, bombas de gases, disparos, heridos, muertos, presos. Pancartas que exigen el aumento del precio de la gasolina desatan una reacción terrible por parte del gobierno.

foto:valentina mendoza
El tercer relato, “Lectura peatonal”, está formado por personajes codificados. Una mujer que cae de un árbol y se come a la gente. Una estancia de terror donde odio y ternura sucumben ante el lenguaje utilizado por el narrador. “Historia de los barrios escondidos de Caracas” es un inventario de eventos donde los personajes son desdibujados por la irrealidad: la infructuosa búsqueda de Alcoholópolis, para lo cual ha creído que la única manera de acceder a esa ciudad es “borracho como cuba”, pero su mujer le tiene prohibido abusar de la bebida”. “Perrulandia” es el otro barrio por donde circula este cuento: un paralítico deja su casa y se va a vivir a las orillas del Guaire donde hace amistad con unos perros. El inválido muere en su silla pero los perros imponen su ley. El autor se vale de largas citas al pie donde cuenta cada una de las aventuras de los canes. Otros barrios recorren las páginas en las que los actantes son referentes de una ciudad sombría, inundada de voces y de hechos que son parte de las noticias diarias, como la de los refugios o albergues, verdaderos antros en los que todo tipo de pecado es posible. Su relación con los ancianos, con la miseria. Las historias se imbrican: “Todos, todicos, todos” es la imagen de la torre de Babel, la mentada Torre de David convertida en la imagen de la indignidad. El caos, la perversión. “Repagando la muerte”: la morgue, los cuerpos de los difuntos de todos los días. El tratamiento de la muerte, el dolor de los parientes, el olor de la tragedia. Historias de quienes esperan por los mafiosos que entregan los cuerpos a cambio de dinero. “Carruseles” atosiga por la acción vertiginosa de las motos que se han convertido en una epidemia para lo cual el gobierno se ve obligado a inventar las motovías. La presencia visual de las colas en todos lados. Un cuento que nos respira cerca. “Gerontofobia” recorre los túneles del metro de Caracas mientras los mendigos ancianos repasan la lástima, la indolencia y la miseria. Y “Presovisión”: el mundo de los pranes, esa fórmula criminal que ha tenido en los organismos de seguridad del estado a unos aliados. De esta manera, desde esta mirada rugosa, cierra el libro, luego de reconocerse en un país que ha perdido el rumbo. Un libro en el que el lector pasa a ser también un personaje agónico.





Friday, September 12, 2014

Alberto Hernández y sus '70 poemas burgueses'


—por Juan Martins—

La voz de Alberto Hernández en 70 poemas burgueses (bid & co. editor, 2014) es el espacio poético en cuya definición final del poemario se trasparenta la realidad, si quiero entender que ésta se reduce al sentido de ironía con la cual se expresa el poema. La ironía del epígrafe, el verso y la estrofa se reúnen como discurso que atenta (o trasparenta) la relación que hemos adquirido con la naturaleza: aquello que se concreta en el poema no es más que la representación de la imagen que tiene el lector. La imagen se construye a partir de la subjetividad de la lectura, de su representación en el lector. Entonces la ironía, en tanto discurso decodifica esa realidad al tergiversar su sentido (¿lo irreal?) dispuesta en la voluntad de éste, el lector, quien a su vez imagina su relación con el entorno, su contexto o lo urbano.

La ciudad es una metáfora en la que sus personajes se ven por lo hierático de su condición humana, dispersos al ser extraídos de su relevancia y de su significación mediática. De manera que al ser colocados sobre el tono conversatorio son vistos desde la perspectiva irónica del discurso poético que se encamina con el estado de ánimo de aquel lector. Por ejemplo, nombrar personalidades, canciones de Pink Floyd, Jennifer López, Julia Roberts, Christian Dior, Walt Disney, Michael Jackson, Frank Sinatra entre otros, junto a un poema de Nicanor Parra, nos recrea esa línea disyuntiva del sentido por vía de lo que estos referentes significan en su contexto al que se opone el enunciado del poema cuando los desacraliza o los saca de contexto para devolverlos a la cotidianidad del lector. Es decir, la paradoja es el artilugio de la voz: poemas de lo conversacional ya conocemos suficiente, cambia un poco la cosa cuando son acompañados por la ironía. De allí que esta ironía es el estado subjetivo ante lo real: el lector hará predominar lo subjetivo sobre lo real. Todo estará imaginado en las líneas del poema, no, en cambio, fuera del artificio verbal. Así que el poder (lo que aprehendemos de lo real) se desvanece: la cotidianidad sorprende porque reconoce en la tensión del poema al referente:

to Sean Penn, today//El milagro ha llegado://una estrella fugaz acaba de ahogarse en el mar de las Antillas.

Alberto Hernáandez.foto:Cobo
El tono también trasgrede la noción ideológica de ese referente. Todos conocen a Sean Penn. Todos reconocen la ironía. El sujeto de este o aquél referente quedará suprimido por el carácter connotativo del poema cuyo sentido, como decíamos, trasgrede lo real y lo pone en escarnio sobre esa representación del poema, donde, aun, el epígrafe es parte inexorable de la estructura para identificar el referente en cuestión. Así que la ironía subvierte la realidad para sostenerse de lo que sugiere el poema en pos de su alteridad:

Marx sufre/un barranco/frente a un poema lírico//Dios sabe que el materialismo dialéctico/también fue parte del Arca de Noé.

Es necesario aclarar entonces que referentes como Marx, ideología y política quedan desplazados por la atmósfera del poema: la otredad se instaura por encima de esa tergiversación de lo real al ser suprimido a un tiempo por el otro, por lo que se sustenta en sí mismo. El poema es real, como indicaba más arriba, por la voluntad de la lectura y el estado de ánimo con que es asumida (el rechazo al poema puede estar evidente ante el lector de acuerdo con su perspectiva hacia los referentes) estimula el lugar lúdico del discurso por otra parte. Y como toda propuesta lúdica estará para divertirme también.

el escritor venezolano Alberto Hernández
Los mecanismos del verso serán suficientes para introducirnos en los límites de esa otredad. Y nos enteramos de lo que está sucediendo por ese estado irónico del discurso poético. Nos reconocemos todavía en el otro y la imagen que tiene éste de lo real. Las emociones devienen de esa interpretación de lo real en el poema: el amor y la solidaridad serán parte del lector:

Desayuno en Tiffany’s con una mujer demente//Repaso las hojas brillantes de ¡Hola!//Shakira mueve sus eléctricas caderas frente al tórrido cetáceo…

Emocionalmente cada referente dispone de mi voluntad, de mis creencias a la vez que juega con esa noción de las cosas: en constante desasosiego de mi pensamiento, lo cual estará sometido por el otro, lo distante. Por aquella otredad de la que dispongo en el poema. No sólo por el artificio del verso o la metáfora, sino por el sentido pragmático del discurso, por el relato mismo que lo contiene, ya que, lo ideológico es tan sólo la representación del poema en el lector quedando reducido al gesto de la palabra: ya no serán tan importante las personalidades mencionadas ni las ideas. Lo que está funcionando en otro nivel de la lectura es lo que le confiere al poema el orden de otredad: el dolor, la derrota de estas ideas e, insisto, el desasosiego para, en su lugar, instaurar la nueva realidad: la liberación de lo retórico, puesto que lo real se sustenta sólo en el poema:

Congreso/Luego de la precaria convocatoria al Congreso de la Internacional//saqué el perro a pasear.// ¿Cuántas reuniones de célula/Para darle el gusto a mi poodle?

Con este poema-epílogo cierra, por tanto, transparenta el sentido general de ese discurso como quiero decir y mi divertimento como lector y continúo, me desplazo hacia el instante lúdico del libro. El que se recepta por ambición al juego. Saber, que la sobriedad está en la ruptura de lo establecido, si acaso han servido para algo los patrones de consumo de las ciudades. Porque el mundo son los países y sus referentes. Sin embargo, con el poema, el silencio, dialoga con la duda, con el instante del vacío que se ha producido en el entusiasmo del lector. La risa del lector será detenida por la reflexión que le induce finalmente.





Friday, September 5, 2014

CINCO VIAJEROS: Carlos Castán, José Luis Corral, Jack Kerouac, John Updike y Evelyn Wauch

—por Alberto Hernández—
1.-
Carlos Castán, José Luis Corral, Jack Kerouac, John Updike y Evelyn Wauch emprenden una aventura a través de Viajeros (Editorial quinteto, España 2003), un compendio de paisajes atrapados por los personajes, ellos mismos o sus referentes, en solitarias carreteras, vagones de trenes, góndolas, camarotes de cruceros, plataformas de camiones, vehículos de paseo, carretas de mulas, entre otros medios de locomoción que encontraron en los caminos de los distintos países visitados de donde extraen  para los lectores los más variados matices, que hacen que quien abra el libro viaje con ellos y descubra el carácter, el clima, la geografía y la humanidad de quienes aparecen en sus relatos.

Viajeros recoge —en efecto— cinco viajes a través de un mismo número de relatos, caprichos de quienes hacen turismo y los convierten en crónicas para revelar los secretos de la geografía, de las ciudades, de los habitantes y hasta de los secretos de cada cultura. De esta manera, el libro nos permite viajar con el talante de narradores que incluyen en su labor el estado de ánimo y hasta el mal carácter de sus ímpetus y gustos.

Carlos Castán. foto:elguapodelafoto.com
2.-
El primer viaje lo hace Carlos Castán con “El andén de nieve”: Frío de vivir, texto publicado por Ediciones y Publicaciones Salamandra, S.A., Barcelona, 1997. El segundo corresponde a José Luis Corral con “Los viajes del Cid”, publicado por Edhasa, Barcelona, 2003). El tercero lo realiza Jack Kerouac con “II”, “III”, “IV”: En el camino, de la Editorial Anagrama, S.A., Barcelona, 1989. El cuarto lo emprende John Updike con “George y Vivian” y “Crucero”: Lo que queda por vivir, publicado por Tusquets Edirores, S. A.,k Barcelona, 1997, y el quinto lo hace Evelyn Waugh con “Ocho”: Etiquetas. Viaje por el Mediterráneo, de Ediciones Península, S.A., Barcelona, 2002. La razón del nombre del tomo que recoge estos trabajos, “quinteto”, obedece a la unión de todas estas editoriales para dar a conocer estas crónicas o relatos de viajes.

Una travesía en tren ubica al pasajero en una situación inexplicable. Quien viaja se reduce a observador, o se multiplica en paisajes, nombres, pero lo que no logra entender, dado el perfil maravilloso, mágico o milagroso, es por qué por las ventanillas enfrentadas del ferrocarril mira espacios distintos. Es decir, de un lado ve una ciudad y de otro un campo ocupado por vacas y otros animales. La llegada a Chamartin lo ubica en la realidad, sin embargo, le costó bajar del tren porque en la otra ventana el paisaje era un prado verde, donde la paz brindaría una segunda oportunidad. El relato de Carlos Castán nos deja en un vacío. El cierre es abierto y el tren continúa su viaje rodeado por dos perspectivas.

Mientras tanto, José Luis Corral ubica al lector al lado de El Mío Cid, Rodrigo Díaz de Vivar, el héroe español más resaltante de toda su historia, pero también de su literatura. El Cid existió, claro, la ficción luego le fabricó otra épica. El autor de este viaje al lado de las desventuras de Rodrigo traspasa las fronteras: cuenta la verdad del hombre pero también lo viste con el traje de la invención artística. Traicionado, desterrado, el jinete de la llanura de Castilla, se transforma en el héroe de la península luego de haber sido condenado por su rey. Un viaje fascinante que hace sentir la cabalgata, las emociones y la misma muerte de quien sigue siendo parte del imaginario español.

foto:hg2magazine.com
3.-
Jack Kerouac, irreverente, juvenil en su forma de narrar, describe el viaje de un personaje a través del mapa de los Estados Unidos. Un sujeto del fracaso, un tipo de la época, un vencido que busca un territorio para regresar luego a su Nueva York. Es un viaje de la modernidad: en camiones, en vagones, en plataformas destartalas, en carros de paseo, a pie, bajo la lluvia. Desde la Gran Manzana hasta Denver, pasando por pequeños pueblos y villas abandonadas, el narrador nos dibuja la sociedad de ese país: sus vicios, sus virtudes, su manera de encarar la realidad y la fantasía. Kerouac, uno de los escritores malditos de la Generación Beat, deja la huella de su estilo y de su mundo perdido.

El texto más largo, el más detallado es el de John Updike: se trata de un viaje por Italia en carro. Luego, un paseo por islas, acentos, crispaciones, recuerdos. El talante de los italianos, la gastronomía, los sitios de interés turístico, pueblos y ciudades. Discusiones de la pareja viajera. Gustos y disgustos. Después, el trayecto épico, el del héroe, el de la Odisea, el de la Ilíada, el de los poemas fundacionales en boca de un personaje que se vacila la travesía bajo el rigor de una carretera italiana y luego entre las pequeñas islas históricas e imaginadas de la antigua Grecia. Museos, ruinas, los escombros de una cultura que se sigue escribiendo desde la mirada del hombre de hoy. Intrigas íntimas de una pareja que alarga el destino de quienes terminan en un crucero que los dejará pasar por un estrecho ideado por Periandro y Calígula y empezado a construir por Nerón, luego terminado por el gobierno griego en 1893. Años antes, en 1882, una sociedad francesa estuvo al frente de la iniciativa de hacerlo posible. Fue excavado a mano, lo que “transformó el Peloponeso de península en isla”.

Evelyn Waugh en 1940
Por último, Evelyn Waugh conduce al lector por el mar Mediterráneo. Un viaje por los países costeros, por las islas. Argelia, Mallorca, Málaga, Granada, Gibraltar, Sevilla por el Guadalquivir, Lisboa por el Tajo, el Canal de la Mancha hasta el puerto de Harwich en Inglaterra y de allí a Londres en tren.

Cada lugar, cada mirada es un retazo, una crítica, dura y a veces cariñosa de los espacios tocados. La autora no vacila en decir, por ejemplo, sobre la fealdad de Gibraltar. Desdecir de Lisboa. Reconocer la belleza de Sevilla. No gustarle Málaga. Y así hasta las mareas en las costas de la isla británica. Termina en una mesa en Londres, donde comió.
Este es un libro que podría parecer para turistas, pero no, contiene momentos que van más allá de liviandades. Es un libro poco silencioso.






Friday, August 29, 2014

'El hombre en la azotea' de Abelardo Sánchez León: Las ONGS también matan

  
Abelardo Sánchez León. foto:caretas
                                                                                 
“Lo mío, he tratado de explicarle, también sale del
corazón, de las convicciones, de los compromisos,
de las batallas diarias por superar el egoísmo. Ser
intermediarios, no ser nosotros , no ser yo, ser
intermediarios entre los donantes y los
beneficiarios. De eso vivimos...”.

por Luis Fernández-Zavala, Ph.D (*)

Abelardo Sánchez León (o Balo, como lo llamábamos en la universidad) es más que un multifacético escritor peruano (profesor universitario de Comunicaciones, líder de una ONG (Organización No Gubernamental), director de una revista socio-política, poeta y novelista) que ha publicado 25 obras entre trabajos sociológicos, poesía y novelas; ASL es también un válido referente de la  generación de los años 70  que ha sabido  combinar con vehemencia el quehacer social y la literatura. ASL pertenece a ese grupo de profesionales peruanos que se fueron a Francia a hacer un post-grado y terminaron formando un círculo de amistad al rededor de algo en común, más allá de nacionalidad, preocupaciones personales y políticas: su pasión por la literatura.

ASL no se metió a la literatura en Francia, el llevó su poesía a Francia y allá  hizo amistad con  narradores de la talla de Julio Ramón Ribeyro, Bryce Echenique entre otros,  que estamos seguros han influido en su prosa afable, intimista y humorística. Algunos críticos piensan que su mejor área de producción ha sido y sigue siendo la poesía, quizá porque en su obra  solo cuenta con 5 novelas de las obras 25 publicadas. El Hombre en la Azotea (Alfaguara, 2008) es su penúltima novela y merece  un comentario especial porque  recoge un retazo de la historia peruana contemporánea, el mundo de las ONGS, desmitificándolo a través de la visión de uno sus actores.

foto:elcomercio.pe
Efectivamente, Gustavo Ibáñez, el narrador en la azotea, aunque no lo dice la novela, forma parte de ese grupo de Científicos Sociales de los años 70, cuya opciones de trabajo eran: o trabajar para el Estado, la universidades, las ONGS o ser consultor para una de la grandes agencias de desarrollo europeas o norteamericanas. Gustavo Ibáñez nos contará de sus experiencias e impresiones como funcionario de una ONG en Lima. El mundo de las ONG es, como cualquier otra organización, está plagado de agendas individuales, juegos de poder y alianzas a su interior, y de negociaciones, influencia y control a su exterior. No todo es perfecto en las ONGS que son organizaciones como cualquier otras, sujetas al contexto social más amplio y a las acciones de sus manejadores.

Desde el título, el autor nos  ubica en el lugar desde el cual se va a narrar la historia: en una azotea, o sea, desde la distancia, desde la memoria. El narrador ficticio se ubica física y mentalmente fuera de los hechos para irlos hilvanando  para los lectores. Él está en la azotea –donde en Lima se ponen las cosas en desuso– para presentarnos un “informe” de vida, el reporte final de entre los muchos que tuvo que preparar como líder de una ONG en Lima, pero sin la metodología interesada de los informes profesionales y burocráticos. El informe final de Gustavo Ibáñez es un reacomodo de lo que vivió en el mundo las ONGS: expectativas de hacer algo bueno, un círculo de amigos-colegas, un mundo profesional con sus intrigas y decepciones. Las experiencias vividas, vistas a la luz del tiempo, en un contexto específico (la invasión del Banco Mundial en el terreno de las ONGS) se convierte  el “informe”  personal, a veces desordenado y esconde el deseo de que se conozca su verdad. Ibáñez no trata de hacer un evaluación crítica de las ONGS, sino presentar su versión personal de las relaciones que entabla en este mundo profesional y cómo estos afectaron su vida.

Los personajes que van apareciendo en escena, según la versión del narrador, son arquetípicos: no hay un mayor conocimiento de ellos más allá de su papel en el juego interno o externo de las ONGS. Inclusive, Victoria Herrera, la asertiva esposa de Gustavo Ibáñez aparece ejerciendo sobre él presiones que podían ser tachadas de arribistas (o normales), tomando en cuenta las necesidades materiales de la familia (una casa, un carro). Ella es una fuente más de tensión afectando su trabajo. Lo ve como un sujeto demasiado pasivo y tímido que no se las juega para poder seguir escalando posiciones dentro de la ONG, a pesar de sus veinte años de trabajo estable. Ella arregla y desarregla sus informes (recuerdos), y lo deja de querer más o menos al mismo tiempo que se da cuenta que Gustavo ya no quiere seguir jugando el juego de poder y entra en una crisis emocional. En la narración, no hay sino la versión de Gustavo que siente que su mujer lo mira ya lastimosamente. Él siente que Victoria hubiera querido un esposo que hubiese podido ser un consultor para el Banco Mundial. Trabajar por una buena causa no elimina las contradicciones de la pareja, sino que con el tiempo, las acentúa.

Cuando discutíamos nos acalorábamos de manera extraña y nunca supimos bien la razones de ese inusitado cambio de ánimo. Pienso que no hay razones. Lo que hay detrás de cada riña de pareja es nuestro propio modo de ser, el tono de nuestra voz, nuestras actitudes. No nos soportamos e inventamos excusas para pelearnos.

Desde el principio de la novela nos damos cuenta de un actor fantasmagórico que cambia todas la reglas del juego entre ONGS y sus participantes: El Banco Mundial. Federico Gutti es el amigo que esperando su jubilación le pondrá al tanto de las formas de operar de esta institución.

Los seis mil empleados somos tristes amanuenses del gran imperio financiero. Aquí se produce gran cantidad de papel. En el fondo, no somos otra cosa que empleados que visitan países, negocian inversiones, promueven proyectos mano a mano con los gobiernos, les prestan dinero y luego redactan informes que den cuenta a sus jefes de las etapas realizadas. Claro, me decía, el Banco produce todo tipo de papel.

foto:pucp.edu.pe
La manera de dar cuenta de esta relaciones interpersonales e institucionales, es a través la presentación de diversos personajes muchas veces aludidos usando sobrenombres: el Carioca, Mr. Meeting, Amor sin Fronteras, Emma Civil Society, Emma World Bank, The Romantic English Woman. Los estilos de manejo institucional de la ONG y sus manera de crear tensiones sobre la vida de Gustavo Ibáñez, se hace en acápites que llevan los nombres de los directores o personajes claves en el manejo de la de la ONG a la que perteneció. Los eventos suceden en Washington D.C. (el Mall) o en la sede de la ONG (el pasillo) y en el momento clave e ineludible de renovación de cargos (la despedida); la azotea es el lugar de la remembranza.

No hay en la narración de Gustavo Ibáñez un orden rígido y una trama clara que hable de una búsqueda de un derrotero. Se trata más que nada de impresiones y reacciones a los personajes que va encontrando. No queda claro cómo surge su “crisis emocional”, cómo es que “quema cerebro” y se refugia en la azotea para escribir su historia. Gustavo Ibáñez no es un necesariamente un tipo compulsivo, maniático que entra en crisis. Tampoco se deja ver si el mundo laboral lo lleva a esta crisis. Simplemente pasa que se “desconecta” de la realidad y empieza a escribir –ahora sí obsesivamente– el reporte de su vida laboral. Tal como está presentado en la novela, Gustavo Ibáñez, solo quiere hablar de lo que vivió. 



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(*) Autor de El guerrero de la espuma y otras tantas despedidas (Editorial Pukiyari, 2014).