M u l t i n a t i o n a l - B l o g - o f - A r t - a n d - L i t e r a t u r e - f r o m - D e n v e r

Saturday, June 27, 2015

El mago o “la tercera realidad”: cuentos de Ryunosuke Akutagawa


—por Alberto Hernández—

I
Ryunosuke Akutagawa nada muy bien en las rápidas aguas del cuento. Maestro del género, lo sabemos cercano a nosotros gracias al cine. Hace ya algunas décadas, leímos “Rashomon”, cuento que conjugado con las imágenes del relato “En el bosque” dio origen a la película Rashomon, dirigida por Akira Kurosawa, donde destaca el alejamiento de los japoneses de ciertas tradiciones. En este filme los personajes revelan muchos de los problemas que, por occidentales, afectaban al pueblo nipón.

Akutagawa regresa a nuestra memoria gracias a la traducción de trece de sus cuentos realizada por el reconocido Ryukichi Terao, quien contó con la colaboración del escritor venezolano Ednodio Quintero, quien también escribió el prólogo para la publicación del libro de relatos El mago (Barcelona, España, 2012), en la editorial Candaya.

El mago es un acto de magia, un milagro literario que nos aproxima a lo mejor de la literatura de ese muy lejano país. Pero también es una polémica silenciosa. Podría pensarse que en lo afirmado por Daisuki Ikeda —en el prólogo del libro La noche anuncia la aurora (Emecé Editores, Buenos Aires 1985), diálogo en el que participan René Huyghe y el mismo Ikeda— se debate la relación de ambos hemisferios culturales: “Ahora bien, diría yo que la morada en que vivimos no se ve amenazada por una tromba que aparece en el horizonte, sino que está amenazada por sus propios ocupantes —los hombres, rivales en la carrera del lucro—, que se disputan los muebles, que arrancan los cielos rasos, las tablas de los pisos, que socavan los pilares y tienden así a derrumbarla”. La imagen podría resultar exagerada, pero no quedan dudas de que ocurre algo en el ambiente que flota aún en las líneas narrativas de Akutagawa. Algunos cuentos de este libro que Candaya lanza al mundo delinean eso que muchos han dado en llamar la “decadencia” del Japón y que nuestro autor nos hace ver a través de la película de Kurosawa.

II
El primer cuento, el que le da nombre al libro, es uno de los más japoneses. Es, a juicio de este lector, el más cercano al espíritu nipón junto a “Blanco” y “Crónica de una deuda liquidada”. Todos los relatos fueron escritos con elegancia y delicadeza, próximas a las de Kawabata en las novelas País de nieve y Kioto. Estas características se notan en el uso de las imágenes, en el ritmo de las acciones. Por supuesto, el paisaje del también autor de Diario de un muchacho atiende más a la mirada inmediata. Akutagawa se detiene con más paciencia y atención en los personajes, a quienes rodea de problemas, los que alarga hasta convertirlos en una atmósfera con cierta tensión psicológica.

Este maestro japonés del cuento cabe perfectamente en la expresión “La armonía es la piedra angular del equilibrio”, que Huyghe usara para hablar de la clave acerca de los dos bloques culturales. Cada relato de nuestro autor desvela la mirada inasible del budismo, donde el mundo objetivo y el mundo subjetivo se debaten para dar paso al yo y al no yo. Estas dos instancias aparecen como una “tercera realidad”, que es el arte. Es decir, Akutagawa roza la teoría de Huyghe y participa en el diálogo desde los personajes, como queda visto en el cuento “El baile de Akiko”, tan francés, tan Maupassant, para decirlo con la perspectiva de Ednodio Quintero. Se trata del relato menos nipón, el más occidental, el más diplomáticamente occidental.

En “El Cristo de Nanking” el autor revela la tensión que Oriente y Occidente siempre han tratado de disimular. O al menos de maquillar a través de los negocios. Esta vez a través de la religión. Un problema de fe. Se trata de una historia en la que una joven prostituta es contagiada de sífilis. La mujer tiene que abandonar el oficio del cual viven ella y su padre enfermo. La mujer se dedica a rechazar a todos los clientes hasta que aparece un extranjero (mitad japonés, mitad norteamericano) quien la “enamora” a través del ofrecimiento de muchos dólares y por su parecido con un Cristo que ella tenía puesto en la pared. Años después, un japonés que hace de narrador silencioso entera al lector de que el tal extranjero no es ningún santo sino un aventurero llamado George Murry, quien se ufanaba de haber tenido relaciones con una muchacha china porque lo creía un enviado de Dios. Murry —dice la voz del japonés— enloqueció al enterarse de que tenía sífilis, mientras la joven, gracias a la fe en el personaje a quien creía su salvador, se cura. El relator japonés, personaje circunstancial, decide no revelarle nada a la muchacha, quien siguió su vida “con la cara resplandeciente mientras masticaba las semillas de sandía”.

En este relato se puede asimilar la tensión entre ambos bloques culturales. Oriente se venga de Occidente. Oriente derrota a Occidente. Occidente enloquece. Oriente sigue vivo. No obstante, existe un elemento catalizador: quien provoca la crisis es un mestizo. Un hombre que tiene sangre oriental y sangre occidental. La paradoja da paso a la moraleja.

III
Los ojos rasgados del Buda, los que ambulan por el archipiélago, por las tierras de la antigua China, por la curva silenciosa de unos labios que pronuncian el universo con tanta lentitud, están presentes en estos relatos. Pero también los ojos reconocidamente abiertos en el autorretrato de Van Gogh, que son los mismos de Chejov, Borges o Edgar Allan Poe. Es decir, el rostro de dos mundos que expresa igual número de miradas. Si bien Akutagawa recibió la sospechosa influencia de los prenombrados, también es cierto que su obra se sostiene en el “dolor” permanente de la crisis del espíritu japonés. De allí que haya sido considerado el más importante de los cuentistas de esa lejana nación, por su apego a sus tradiciones genéticas que convirtió en expresión universal.

La publicación de estos trece cuentos nos acerca a un escritor que, pese a haber sido traducido a varios idiomas, hoy día está casi olvidado. He allí la importancia de su salida al campo de los lectores. Hay otros sabores cercanos a este hoy convulsionado, como los de Haruki Murakami o Banana Yoshimoto, quienes seguramente tuvieron que aprender mucho de quien hoy nos ocupa.

Japón es todos ellos, pero queda en El mago la ilusión de haber leído lo que aún nos queda por leer de ese extraordinario país, tan misterioso como la mirada oblicua del Buda en medio de la noche.

Dejemos, para completar, las palabras de Quintero al arbitrio de nuestros curiosos lectores: “Para una mejor comprensión de la obra de Akutagawa, aun cuando demos por sentada su originalidad y la impronta de su genio, no deja de ser útil recurrir a los autores que están en la génesis de su creación. La relación de Akutagawa con sus maestros, Natsume Soseki y Mori Ogay, al igual que con sus contemporáneos Shiga Naoya, Nagai Kafu y Tanizaki, es muy importante de dilucidar aun cuando no sería pertinente en estos casos hablar de influencias”.

La “tercera realidad” recurre sin dilación a las páginas de este tomo que Candaya ha sabido escoger para lanzarlo al mundo, tanto al occidental como al oriental, donde el español es idioma de muchas bocas con variados sabores y acentos.





Friday, June 19, 2015

Salvoconducto para un cuerpo ausente (Adalber Salas Hernández - Caracas 1987)


—por Néstor Mendoza—

Da pena estar así como no estando
Eliseo Diego

Adalber Salas Hernández.foto:lamajadesnuda.com
Por más que busco o hurgo en el escritorio, en los rincones o detrás del cuadro del nuevo prócer, no consigo el documento que me permitiría transitar libremente en estas ruinas; debe tener, eso sí, la firma ilegible y el sello lubricado con tinta: el líquido azul, o color petróleo, que legitima la fragilidad del papel.

No quiero salir de casa. El miedo es mi pan y mi alfabeto. Cuando se tiene miedo es difícil distinguir entre el querer y el deber, entre el ser y el deber ser, entre el azote y la espalda que lo recibe. Todo se trueca en un problema ontológico. Palpo mis pies cansados, emancipados de los zapatos y de las medias; toco mi cabeza, y debajo de ella, las conexiones neuronales, las ideas que se empujan y solapan. No hay claridad. El documento que tanto espero, ¿es mi libertad condicional o una invención para mantenerme en esta parálisis? ¿Es Teseo o el minotauro?

Se supone que me darían el pliego hoy mismo; sin embargo, gotea con ese ritmo espeso y baboso de la burocracia. Me toca quedarme en casa nuevamente. Entonces repito: ellos no desean darme la autorización. Pueden dármela pero no quieren. Prefieren engordar un método de transacciones fútiles que embrutece, envilece y confunde. Por eso leo y escribo, para transitar el paisaje que han tachado con anuncios. Con cinismo. Por eso Adalber Salas Hernández, pienso yo, ha decidido escribir un poemario; o sea, un Salvoconducto.

¿Qué parentesco hay entre Caupolicán Ovalles y Rubén Darío y entre “¿Duerme usted, señor presidente?” y “Sonatina”?  Las motivaciones de estos dos poemas son distantes a simple vista. El poema dariano nos remite al hastío de una princesa atrapada en su opulencia, imagen típicamente modernista. El texto de Caupolicán, en cambio, es un puñetazo desafiante, soez en ocasiones, que tiene marcadas referencias político-sociales y una forma análoga al grupo literario El Techo de la Ballena. En apariencia resultaría difícil asociarlos o pensar en un ensamble o engranaje. Acaso allí radica su valor más original. Y este ha sido, justamente, el acierto de Adalber Salas Hernández (Caracas, 1987), quien unifica “realidades distantes” y pone en marcha una nueva y muy efectiva articulación, no menos afilada que la citada obra de Caupolicán. En este caso me refiero a un poema en específico, “X (Sonatesco y ripioso)”, el cual forma parte de Salvoconducto, ganador del prestigioso Premio Arcipreste de Hita 2014. Adalber Salas maneja, en ese libro, diversos procedimientos textuales para configurar una poética en la cual lo grotesco, lo nimio, la ironía y el sarcasmo muestran los márgenes corroídos de la realidad.

Salvoconducto es una propuesta de expresividad madura y de elocuencia narrativa que no teme a la colocación irregular de los versos.  Adalber relee exhaustiva e intertextualmente algunos clásicos de las lenguas española e inglesa, exhorta y pone en evidencia los infortunios de una ciudad que puede ser cualquier capital del país o del mundo; capital mal administrada (malversada), en definitiva, violenta y temerosa al unísono. El autor dice “Caracas”, con énfasis y sin eufemismos; dice Caracas, y en seguida se abre un grifo de imágenes, o mejor, una cañería que fluye al mismo ritmo que un río embaulado, con escombros y olores indeseables. Esta Caracas de Adalber es férreamente la capital de Venezuela, con sus alrededores de intimidación, secuestros express, desconcierto, impunidad y esa otra ciudadela llamada morgue de Bello Monte (“Hay cadáveres que fueron lanzados al mar/ para que sólo el agua recordara sus nombres”). También es la idéntica rutina de Valencia, Maracay, Cabimas, Mariara, Boconó y cualquier ciudad, pueblo o caserío. Estos poemas no pretenden ser cuadros impasibles dispuestos en salas de espera, clínicas odontológicas o escritorios jurídicos, tampoco son piezas esterilizadas o floreros parnasianos. Adalber no es Leconte de Lisle.

Salvoconducto aproxima los opuestos y toda su dotación de exterioridad. Lo hace con Rubén Darío y Caupolicán Ovalles; lo hace con Caracas, que indistintamente pasa de víctima a victimaria. La gramática nos dice que, en el siguiente verso, el sustantivo “Caracas” funciona como un vocativo; pero yo veo, además, una salutación fúnebre: “Caracas, los que van a morir te saludan”. Los hombres que caminan en cualquier noche capitalina son brochetas de miedo, y transitan las calles iluminadas u oscuras con un “temblor/metálico que les atraviesa la espalda, /que les ensarta las vértebras, que les/tuerce el andar”.

foto:colofonrevistaliteraria
Salvoconducto frecuenta sin complejos los antecedentes literarios, no importa si la intención es abiertamente premeditada. Siguiendo aquella recomendación horaciana en la que el poeta debe afirmar y negar algo, Adalber señala: “Y yo, / yo estaba en el asiento trasero, con mis/ siete u ocho años, respirando ese calor espeso que/ era como un castigo de dios o un/regalo de dios, uno nunca podía notar/ la diferencia”. Como en el relato “Maniquíes” de Salvador Garmendia, Salas Hernández describe la aparición de extraños cuerpos sintéticos, tan semejantes a nosotros y a las estadísticas de la ausencia. Muñecos de cera, inexpresivos, que han aparecido repentinamente. Esos cuerpos venían con su castigo a cuestas: “Ninguno de ellos tenía el descuido/ de poseer una historia”. Y justo al cierre del poema, la hermosura de unos versos, efectivos en su estética y que nos afectan en el ánimo: “Nunca fueron tan amados como cuando/ sus figuras se habían diluido por completo”. Todos los muertos no caben debajo de la alfombra de algún ministerio.

Pero esto no es todo lo que nos ofrece Salvoconducto: también podemos leer episodios de la experiencia personal del poeta y su círculo familiar o la sonoridad del movimiento que trae nuevamente la fuerza y amor maternales. Libro de despedidas, de cartas póstumas, de testamentos e informe forense; pero hay mucho más, algo más que contrasta y que pesa y se muestra con humanidad y humildad: una palpitación que se alarga y busca con los brazos abiertos la piel sensible, el brote de la hoja, la memoria. Se trata de desenredar el ovillo de la indolencia para tejer un mantel en el que podamos disponer una comida menos angustiosa.

foto:nagarimagazine.com
Salvoconducto resuena con ecos amplios y diversos, se aleja del coro monocorde de las propagandas goebbelianas y de ciertos individuos que se han transformado en empleados pacificadores, funcionarios con discurso subvencionado. En una época de amputación comunicacional, la epidermis de algunos poetas es más porosa. No olvidemos los cuerpos caídos en las aceras: “Nadie notaba el olor, /la luz fría lo había escondido. / Eso no era un cuerpo, era algo más, / replegado, tachado. /Algo que había perdido todas sus alianzas”. Adalber concibe la subversión poética sin didactismo y no cae en la cómoda enumeración de culpables: la realidad tiene sus propios ladrillos que caen cada cierto tiempo en algunas frentes.

Valencia, abril de 2015.





Tuesday, June 2, 2015

Cuento: ANIMAL REALENGO por CAROLINA LOZADA (1974) Venezuela


—por Carolina Lozada (*)—

foto:Joel-Peter Witkin
En la madrugada, mi sexo se despierta húmedo, rabioso y un poco triste. Sin pensar en consecuencias ni en pedir permiso se me desprende del cuerpo y se hace una cosa aislada, como un ovillo en búsqueda de rincones de exilio, y se lanza a suelos que no le pertenecen. Una vez abajo se escabulle por escondrijos, sin importarle tropezar con alguna mugre que lo convierta en un sexo sucio. Misu, misu, lo llamo cariñosamente para que salga de su escondite y venga a juntarse con el resto de mi cuerpo, el lugar al que pertenece. Él, que no tiene oídos, se hace el sordo, no responde. Apuesto a que me está observando desde alguna guarida oscura, burlándose al ver su espacio en blanco en medio de las piernas, completamente deshabitado. Misu, misu, ¿dónde estás?

No es la primera vez que se escapa. En realidad lo hace con insistencia: en una ocasión se deslizó en silencio y se hizo pipí debajo del sofá. Cuando lo descubrí me puse furiosa y lo increpé: ¿Te crees un cronopio o qué? Pedazo de imbécil, ahora solo falta que te hagas globito y te pintes de verde. Sé que fui muy dura, sobre todo cuando lo llamé “pedazo”; era como restregarle su condición de cosa realenga y mutilada. En principio no fue mi intención herirlo, pero él me saca de las casillas con facilidad. Esa vez asumió la culpa como un perro manso. Sentí pena, se veía tan desamparado, tan descolocado. Lo recogí del charco de meaos, lo lamí, lo bañé, lo sequé con aire caliente; le gusta mucho sentir el aire cálido del secador en todo el cuerpo peludo. Ah, mi sexo, pobrecita mi cosita loca, mi manojo de nervios.

foto:hans bellmer
Sus estados de humor son tan inestables que me alteran los nervios, porque nunca sé con qué disparate va a salir. A veces le gusta jugar bromas pesadas, como hacerse el incontinente, especialmente en lugares públicos. En algunas fechas deja de menstruar para que yo crea que estoy embarazada, y cuando ve que ya estoy terminando de tejer los escarpines, ¡zas!, hace bajar la regla. Cuando no le gusta un amante se pone frígido y seco, espantando de este modo la posibilidad de llegar con el hombre a algo más. Lo peor es que no puedo reclamarle, si lo hago se enfurece y no me dirige la palabra durante días; al final soy yo quien debe pedir perdón.

Una madrugada aprovechó que yo estaba muy borracha, tirada en la cama, sin ropa interior, con las piernas abiertas, y se bajó de la horcajadura e intentó matarse tirándose al escusado. Gracias a la textura esponjosa de su cuerpo se mantuvo flotando con vida a la espera de que alguien le hiciera el favor de bajar la manija del agua para ahogarse entre tuberías subterráneas; pero no hubo nadie capaz de hacerlo, en esta casa vivimos solamente mi sexo y yo.

Al despertarme con ganas de acariciarlo, noté que no estaba en su sitio, lo busqué desesperadamente por todos los cuartos hasta que lo encontré esponjado en el retrete. Con asco metí la mano para rescatar a mi sexo empapado y suicida. Al tenerlo en las manos lloré de alegría pero también de dolor: ¿Por qué quería matarse?, ¿por qué?, ¿por qué? Había pasado demasiado tiempo metido en el agua, tuve que darle respiración boca a boca; fue la única manera de revivirlo. Hasta las ovejas de la pijama se conmovieron al ver que abrió la mirada y emitió un gemido parecido a un orgasmo. ¡Mi sexo estaba vivo!

foto:vice.com
Se resfrió debido al tiempo que estuvo sumergido en el retrete, así que debió quedarse en cama mientras yo iba a trabajar. Durante esos días lo arropaba, le tomaba la temperatura, le daba arrumacos, le acariciaba la cabellera hirsuta y oscura, le prendía la televisión para que no se aburriera mientras yo estaba fuera. Antes de salir me aseguraba de que puertas, ventanas y drenajes quedaran bien cerrados; trataba en lo posible de evitar que nuevos ataques psicóticos lo empujaran  a la calle o a la muerte y me abandonara para siempre. No quería que de pronto se lanzara a un carro y que el desprevenido conductor le pasara por encima sin percatarse de que estaba matando a mi sexo y lo dejara tirado en la carretera, como un pedazo de cosa muerta, y que de la intemperie viniera un zamuro y se lo llevara en su pico; mi sexo muerto volando en el pico de un ave de rapiña hasta que llegara otro zamuro y alguien, desde el suelo de su casa, avistara en las alturas los dos pajarracos negros peleando por mi sexo.

Después de su intento de suicidio se recuperó y durante un tiempo estuvimos bien, salíamos, mordisqueábamos algún uno que otro pene disponible, nos restregábamos con las cucas de otras muchachas, permitíamos que lenguas procaces nos babearan. Con todo y eso mi sexo sigue siendo inconforme, infeliz, y últimamente ha vuelto a desprenderse en las madrugadas, deslizándose tan subrepticiamente que si tuviera piernas diría que lo hace en puntas de pie, pero tratándose de él, ¿qué puedo decir, que lo hace en puntas de cuca? Lo cierto es que parece que quiere arrancarse del todo y andar por la casa y por la vida como un animal realengo. Ya no sé qué hacer para mantenerlo a salvo y contento. Cuando se desaparece suelo encontrarlo lloriqueando por los rincones, completamente arisco a mis manos y palabras; entonces debo armarme de paciencia y tomarlo con cuidado, esquivando sus rabiosas tarascadas. A pesar de todo, lo quiero, es mi sexo. Misu, misu, lo llevo a la cocina, le ofrezco un té, caldo o leche caliente y espumosa —su favorita—; le alcanzo un cigarrillo, que recibe de mala gana. Ya quisiera él tener ceño para fruncirlo, pero se resiente de esta ausencia y de tantas otras ausencias mi sexo gruñón, tan solo, tan “déjame en paz que me quiero morir”.

Es tarde, cuca mía, mañana te pongo un lazo rojo y te perfumo para que salgamos por ahí a ver qué nos comemos, le prometo. Él me mira como si tuviera ojos, con su pelo brusco, con sus labios finos, con sus ganas de ser gemido. Suspira hasta quedarse dormido arrumado en mi mano. Él y yo tan solos en este cuarto grande, en esta cama chica.



Calo y Olivia.foto:luis moreno villamediana



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(*) Carolina Lozada. (Venezuela, 1974). Narradora. Entre sus publicaciones se encuentran, entre otros, los libros de cuentos: El cuarto del loco (Caracas: Barco de piedra, 2014), La culpa es del porno (Caracas: Libros de El Nacional, 2013), Los cuentos de Natalia (Caracas: Monte Ávila Editores, 2007) y el libro de crónicas literarias La vida de los mismos (Caracas: Fundarte, 2012). Diario ajeno es su columna en el Papel literario del Diario El Nacional.




Thursday, May 21, 2015

Cuento: CONFESIONES DE UNA MUJER de GUY DE MAUPASSANT (1850-1893) Francia


Amigo mío, me ha pedido usted que le cuente los recuerdos más vivos de mi existencia. Soy muy vieja, sin parientes, sin hijos; puedo, pues, libremente confesarme con usted. Prométame sólo que jamás desvelará mi nombre.

He sido muy amada, usted lo sabe; y a menudo amé yo también. Era muy hermosa; puedo decirlo hoy, cuando ya nada queda. El amor era para mí la vida del alma, como el aire es la vida del cuerpo. Hubiera preferido morir a existir sin ternura, sin un pensamiento siempre clavado en mí. Las mujeres pretenden con frecuencia no amar sino una sola vez con todo el poder de su corazón; con frecuencia me ocurrió que amaba tan violentamente que me parecía imposible que aquellos transportes finalizasen. Y sin embargo se extinguían siempre de una forma natural, como un fuego falto de leña.

Le contaré hoy la primera de mis aventuras, en la que yo fui muy inocente, aunque determinó las otras.

La horrible venganza de ese espantoso farmacéutico de Le Pecq me ha recordado el terrible drama al cual asistí muy a mi pesar.

Estaba casada desde hacía un año, con un hombre rico, el conde Hervé de Ker..., un bretón de vieja cepa al cual, por supuesto, no amaba. El amor, el verdadero, necesita, o por lo menos así lo creo, libertad y obstáculos al mismo tiempo. El amor impuesto, sancionado por la ley, bendecido por el sacerdote, ¿es amor? Un beso legal nunca vale lo que un beso robado.

Mi marido era de elevada estatura, elegante y todo un gran señor de aspecto. Pero carecía de inteligencia. Hablaba de un modo terminante, emitía opiniones cortantes como cuchillos. Se le notaba una mente llena de ideas preconcebidas, infundidas en él por sus padres que a su vez las habían recibido de sus antepasados. No vacilaba jamás, daba sobre todo una opinión inmediata y limitada, sin el menor embarazo y sin comprender que pudieran existir otros modos de ver. Se notaba que aquella cabeza estaba cerrada, que por ella no circulaban ideas, esas ideas que renuevan y sanean un espíritu como el viento que atraviesa una casa cuyas puertas y ventanas se abren.

El castillo donde vivíamos se encontraba en plena región desierta. Era un gran edificio triste, enmarcado por árboles enormes cuyo musgo hacía pensar en las blancas barbas de los ancianos. El parque, un verdadero bosque, estaba rodeado por un profundo foso de esos que llaman salto de lobo; y al final, del lado del páramo, teníamos dos grandes estanques llenos de cañas y de hierbas flotantes. Entre los dos, a orillas de un arroyo que los unía, mi marido había mandado construir una pequeña choza para tirar sobre los patos salvajes.

Teníamos, amén de nuestros criados normales, un guarda, una especie de bruto adicto a mi marido hasta la muerte, y una doncella, casi una amiga, locamente ligada a mí. Yo la había traído de España cinco años antes. Era una niña abandonada. Se la hubiera tomado por una gitana a causa de su tez morena, de sus ojos oscuros, de sus cabellos profundos como un bosque y siempre encrespados en torno a la frente. Contaba entonces dieciséis años, pero aparentaba veinte.

Comenzaba el otoño. Cazábamos mucho, unas veces en las propiedades de los vecinos, otras en la nuestra; y yo me fijé en un joven, el barón de C..., cuyas visitas al castillo se volvían singularmente frecuentes. Después dejó de venir, y no pensé más en él; pero me di cuenta de que mi marido cambiaba de actitud conmigo.

Parecía taciturno, preocupado, ya no me abrazaba; y aunque casi no entraba en mi dormitorio, que yo había exigido separado del suyo con el fin de vivir un poco sola, a menudo oía, de noche, unos pasos furtivos que llegaban hasta mi puerta y se alejaban tras unos minutos.

Como mi ventana estaba en la planta baja, a menudo creí también oír merodeos en la sombra, en torno al castillo. Se lo dije a mi marido, que me miró fijamente durante unos segundos y después respondió:

—No es nada, es el guarda.

Ahora bien, una noche, cuando acabábamos de cenar, Hervé, que parecía muy alegre, contra su costumbre, con una alegría socarrona, me preguntó:

—¿Le gustaría a usted pasar tres horas al acecho para matar un zorro que viene por las noches a comerse mis gallinas?

Me quedé sorprendida; vacilaba; pero como él me examinaba con singular obstinación, acabé respondiendo:

—Claro que sí, amigo mío.

Tengo que decirle que yo cazaba como un hombre lobos y jabalíes. Conque era muy natural que me propusiera aquel acecho.

Pero mi marido de repente adoptó un aire extrañamente nervioso; y durante toda la velada estuvo agitado, levantándose y volviéndose a sentar febrilmente.

Hacía las diez me dijo de pronto:

—¿Está usted preparada?

Me levanté. Y cuando él me trajo mi escopeta, pregunté:

—¿Hay que cargar con bala o con posta?

Pareció sorprendido, y después prosiguió:

—¡Oh!, sólo con posta, bastará, puede estar segura.

Después, tras unos segundos, agregó con singular tono:

—¡Puede usted alabarse de su sangre fría!

Me eché a reír:

—¿Yo? ¿Por qué? ¡Sangre fría para ir a matar un zorro! Pero, ¡qué ideas tiene usted, amigo mío!

Y henos aquí en marcha, sin hacer ruido, a través del parque. Toda la casa dormía. La luna llena parecía teñir de amarillo el viejo edificio oscuro cuyo tejado de pizarra relucía. Las dos torrecillas que lo flanqueaban ostentaban en su cima dos placas de luz, y ningún ruido turbaba el silencio de aquella noche clara y triste, dulce y pesada, que parecía muerta. Ni el menor soplo de aire, ni un grito de un sapo, ni un gemido de lechuza; un lúgubre entorpecimiento se había abatido sobre todo.

Cuando estuvimos bajo los árboles del parque me asaltó su frescura, y un olor a hojas caídas. Mi marido no decía nada, pero escuchaba, espiaba, parecía olfatear en las sombras, poseído de pies a cabeza por la pasión de la caza.

Pronto llegamos al borde de los estanques.

Su cabellera de juncos permanecía inmóvil, ningún soplo la acariciaba; pero por el agua corrían movimientos apenas sensibles. A veces un punto se agitaba en la superficie, y de allí partían leves círculos, semejantes a arrugas luminosas, que se agrandaban sin fin.

Cuando llegamos a la choza donde debíamos emboscarnos, mi marido me dejó pasar delante, después armó lentamente su escopeta y el chasquido seco de las piezas me produjo un extraño efecto. Me sintió temblar y me preguntó:

—¿Es, acaso, que ya le basta a usted con esta prueba?

Pues márchese.

Respondí, muy sorprendida:

—Nada de eso, no he venido para regresar. ¿Está usted de broma esta noche?

Murmuró:

—Como usted quiera.

Y permanecimos inmóviles.

Al cabo de una media hora, como nada turbaba la pesada y clara tranquilidad de aquella noche de otoño, dije, en voz baja:

—¿Está usted seguro de que pasa por aquí?

Hervé tuvo una sacudida, como si lo hubiera mordido, y, con la boca pegada a mi oído:

—Estoy seguro, escuche.

Y volvió a reinar el silencio.

Creo que empezaba a amodorrarse cuando mi marido me apretó el brazo; y su voz silbante, cambiada, pronunció:

—¿No le ve usted, allá abajo, entre los árboles?

Por mucho que miraba, yo no distinguía nada. Y lentamente Hervé apuntó, mientras me miraba fijamente a los ojos. Yo misma estaba preparada para disparar, cuando de pronto, a treinta pasos de nosotros, apareció a plena luz un hombre que avanzaba a pasos rápidos, con el cuerpo inclinado, como si viniera huyendo.

Me quedé tan estupefacta que lancé un violento grito; pero antes de que pudiera volverme, ante mis ojos pasó una llama, una detonación me aturdió, y vi al hombre rodar por el suelo como un lobo que recibe una bala.

Lancé agudos clamores, espantada, asaltada por la locura; y entonces una mano furiosa, la de Hervé, me asió por la garganta. Fui derribada, y después alzada en sus robustos brazos. Corrió, llevándome en vilo, hacia el cuerpo tendido sobre la hierba, y me arrojó sobre él, violentamente, como si hubiera querido romperme la cabeza.

Me sentí perdida; iba a matarme; y ya alzaba sobre mi frente su tacón, cuando a su vez fue sujetado y derribado, sin que yo hubiese entendido aun lo que estaba ocurriendo.

Me alcé bruscamente y vi, de rodillas sobre él, a Paquita, mi criada, que, aferrada a él como un gato furioso, crispada, enloquecida, le arrancaba la barba, el bigote y la piel del rostro.

Después, como asaltada bruscamente por otra idea, se levantó y, arrojándose sobre el cadáver, lo estrechó entre sus brazos, besándolo en los ojos, en la boca, abriendo con sus labios los labios muertos, buscando en ellos un hálito, y la profunda caricia de los amantes.

Mi marido, en pie, la miraba. Comprendió y, cayendo a mis pies:

—¡Oh! perdón, querida mía; sospeché de ti y he matado al amante de esta muchacha; mi guarda me ha engañado.

Yo, por mi parte, miraba los extraños besos de aquel muerto y aquella viviente; y los sollozos de ella, y sus sobresaltos de amor desesperado.

Y en ese momento comprendí que le sería infiel a mi marido.