M u l t i n a t i o n a l - B l o g - o f - A r t - a n d - L i t e r a t u r e - f r o m - D e n v e r

Friday, January 23, 2015

Kiko Mendive y sus vidas de papel - Ibsen Martínez: Simpatía por King Kong



—por Gregory Zambrano (*)—

(Para mi amigo Isaac Abraham López, quien no sólo conoce el cine mexicano… lo ha vivido).

“El día que yo me muera /se acaban los trovadores/ y del cielo bajarán/ otros nuevos cantadores”, rimaba un hombre enjuto que hacía sonar su garganta imitando un bongó y golpeaba con sus manos el volante del camión que conducía. Se reía a carcajadas mientras el vehículo daba bandazos.

Luego le hablaba a un joven que había salido desde la Patagonia argentina: «Ushuaia, fin del mundo, principio de todo». Iba en busca de su padre, guiado por los dibujos que aquél le había enviado años atrás desde algún lugar insólito de América Latina, y en ellos reconstruía la historia de los personajes que había conocido en el camino.

El joven descubriría que esos personajes tenían vida real y, precisamente, el que ríe y canta a su lado es Américo Inconcluso, a quien creía producto de la imaginación. El hombre no para de reírse estruendosamente y cuando hace una pausa lo mira y le habla, le pincela su filosofía acerca de la vida y la muerte mientras vuelve a los versos de su rumba y al serpenteo del camión que sigue sinuoso en el camino.

Cuando terminé de leer Simpatía por King Kong, la más reciente obra de Ibsen Martínez, volvió a mi memoria aquel personaje tan etéreo y sonriente que tomaba corporeidad y repasaba los males del siglo en los países latinoamericanos azotados por las dictaduras. Esto ocurre en la película “El viaje”, dirigida por Fernando Solanas, con música de Egberto Gismonti y Astor Piazzolla. La volví a ver después de muchos años para encontrarme la mirada desquiciada de Fito Páez en su papel de estudiante preparatoriano, y a un Kiko Mendive que cuenta, canta, baila y como el personaje mitológico que remonta el río Aqueronte, guía al joven Martín que en busca de su padre se encuentra a sí mismo.

La visión cinematográfica me remontó al pasado para imaginar a este mismo personaje, eléctrico y sonriente, cantando en un cine habanero una rumba que decía “King Kong no le temas /al aeroplano enemigo (bis)/ Estamos contigo, King Kong/ Todos los niches, King Kong/ La rubia sí quiere, King Kong/ Y quiere contigo, King Kong”… mientras un coro de muchachos le hacían estribillo. También me gustó imaginar que en una de esas funciones improbables pudo estar Guillermo Cabrera Infante, furtivo en el cine Actualidades, viendo la misma película para después concluir poéticamente en que “la tradición desde King Kong obliga a que el monstruo siempre rapte a la heroína, pero después no sepa qué hacer con ella, más que gastar toda la pólvora del amor en las salvas del suspiro.”

Cecilio Francisco "Kiko" Mendive Pereira
Ciertamente, el Kiko Mendive de carne y hueso que vimos en el cine y la televisión guardaba mucho de la historia musical y artística de Cuba, México y Venezuela en la segunda mitad del siglo XX, pero él no era más que un sobreviviente. Un personaje de segunda que se representaba así mismo cada lunes en “Radio Rochela”.

Ahora Ibsen Martínez lo saca de ese nebuloso pasado donde vive convertido en recuerdo. Vuelve a la memoria la nota cómica, un breve sketch del recordado espacio televisivo diciendo “aguuuua”. Kiko Mendive, o Kiko Malanga es el personaje que junta varias historias en Simpatía por King Kong: la suya propia, arrancada de una sala de cine habanero en los años treinta. Allí comienza el mito. Lo vemos luego en los escenarios mexicanos actuando de la mano de grandes directores cuando el cine de ese país estaba en su apogeo y cosía con hilos dorados su mejor época. Lo vemos intercediendo a favor de Dámaso Pérez Prado para que lo contratara un empresario mexicano, anticipándose así a la leyenda de quién sería llamado el “rey del mambo”. Y lo vemos desplazado a Venezuela huyendo de una historia de amor, de una obsesión que pudiera llamarse Ninón Sevilla, África o Socorro.

Luego emerge convertido en un actor de segunda categoría en un espacio televisivo de corte popular. Hace reír y oculta sus tristezas, sus frustraciones, su procesión, la procesión que va por dentro. Aquí se conecta la segunda historia, la de Venezuela a finales de los años ochenta, el país que comenzaba a fracturarse en la desmesura de sus riquezas, y también en la desidia y la corrupción. Esto es el telón de fondo donde el personaje urde su plan de vida tras las luces de los estudios y los lugares de diversión. Y es también el escenario donde se encuentra aquel día de febrero, cuando comenzaron las protestas de Guarenas, luego los saqueos en la capital y otras poblaciones, el día triste en que bajaron los cerros y se produjo el “estallido social” que recoge la historia con el infausto nombre del “Caracazo”. La obra lo sitúa en el ojo del huracán, impelido al saqueo en procura de un vibráfono. Un final nada glorioso para este antihéroe de papel.

Una tercera historia, la del narrador, repasa también cinematográficamente los hechos de su vida, matizados por la pasión musical, los amores frustrados, la cercanía al poder político y mediático, la memoria de aquellos años llenos sueños que se truncan con el exceso de realidad, porque todo parece adverso, y realmente lo es. Por las páginas de este relato desfilan nombre reales y nombres simulados (cuyos verdaderos rostros son perfectamente reconocibles), mientras pasa una mirada dolorosa sobre el país. El resultado es una obra que nos atrapa por su dinamismo, que nos lleva a recorrer diversos planos espaciales y temporales, como si fuera una suerte de mirada cubista. Nos movemos en distintas geografías y siempre tenemos al país en crisis, al personaje Kiko Malanga que entra y sale del escenario, que se rebusca como vendedor de yuca en el mercado de Quinta Crespo y lucha por sobrevivir en un medio cada vez más deprimido.

Ibsen Martínez. foto:Carlos Germán Rojas
El narrador y el personaje se conocen, se recelan, se alejan, se reencuentran. El trasfondo es la pieza musical “Simpatía por King Kong”, que había sido compuesta por Kiko en La Habana, cuando era apenas un adolescente aficionado al cine y a la música popular. La canción que nunca se había grabado, aunque Pérez Prado le hubiese hecho los arreglos. Ese es el leitmotiv de la historia. El narrador se la sabe de memoria y es capaz de cantarla acompañando su voz con el golpeteo de sus manos sobre una mesa.

Este relato juega de manera eficaz a contar una “historia de vida” que no se acopla de manera estricta con los hechos. Los inventa para solapar la verdad ficcional, se apega a lo verosímil. Es el homenaje a un hombre cuya existencia real está dotada de fábula. Es la historia de un perdedor, pero de aquellos tipos que dejan una huella profunda. Por eso los rescata la literatura y los hace duraderos. Ibsen Martínez lo logra con creces.

Quien quiera buscar los hechos épicos de esta historia, que consulte una enciclopedia, quien quiebra reírse, que vea los sketches de Radio Rochela donde Kiko actúa con sus ojos bien abiertos y sus gestos previsibles; quien quiera recordarlo con su acento musical que lo escuche cantando “El telefonito”. Quien quiera acercarse a una historia literariamente bien contada —arte de entretejer con hilo finísimo la intriga novelesca— que lea Simpatía por King Kong. Mejor si es de un tirón. Seguro la disfrutará y también le dará la oportunidad de pensar en aquella Venezuela que daba todas las señales de que se venía abajo; lo hará reír con esa risa que a veces es amarga y gozará con las peripecias de aquel personaje que abandonó su país, no casualmente un día de Santa Cecilia, en 1938 (¿o acaso fue en 1939?), y recorrió diversas geografías antes de recalar en la Tierra de Gracia donde entregó su talento y dejó sus huesos en medio de la más atroz indiferencia.

(Ibsen Martínez, Simpatía por King Kong, Caracas, Planeta, 2013).



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(*) Gregory Zambrano (Mérida, Venezuela, 1963). Poeta, ensayista, crítico literario y editor. Doctor en Literatura Hispánica por El Colegio de México, Ciudad de México. Profesor titular jubilado de la Escuela de Letras, Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad de Los Andes, Venezuela. Actualmente, profesor e investigador de la Universidad de Tokio, Japón.





Friday, January 16, 2015

LO QUE QUEDA de JOSÉ WATANABE (1945-2007) Perú


—por Néstor Mendoza [*]

José Watanabe.foto:deperu.com
I
Lo que queda (Monte Ávila Editores Latinoamericana) es una antología que agrupa una muestra de cinco libros de José Watanabe. La edición es del año 2005. La adquirí hace cuatro años aproximadamente, gracias a la oportuna y siempre agradecida recomendación de un amigo. De tanto pasar sus páginas, de tanto doblarlas, ha ido perdiendo poco a poco la débil resistencia de la costura: el libro se ha descocido parcialmente y un pedazo de cinta plástica intenta reunir de nuevo las hojas. Alrededor de cada poema hay muchas anotaciones y borrones que dejo tras cada lectura. Leo, vuelvo a leer y dejo reposar el texto varios meses. Me olvido de su existencia. Hasta que retorna el interés —semanas, meses más tarde—, y sigo leyendo: su poesía se transformó en una residencia íntima, tan familiar que se confunde con los objetos de la casa.

Watanabe (1945) nace en el distrito de Laredo, un pueblo localizado en el departamento de La Libertad, en la costa norte del Perú. Su infancia transcurre en una hacienda azucarera, en un ambiente rural donde “el único valor era vivir”. Ese contexto lo lleva a valorar la naturaleza con otro sentido, uno menos bucólico, dotado de una fuerza casi panteísta. Residenciado en Lima, varios años después, inicia la carrera de Arquitectura en la Universidad Nacional Federico Villarreal, la cual abandona más tarde. Tuvo contacto con poetas limeños durante ese periodo capitalino; colaboró en diversas publicaciones literarias y se perfiló, en ese entonces, como una de las figuras más resaltantes de la poesía peruana de la década de los 70.

Conozco parte del trabajo de otros autores postvallejianos —Blanca Varela, Emilio Adolfo Westphalen, Martín Adán, Rodolfo Hinostroza, Carlos Germán Belli—. Dentro de ese grupo, José Watanabe se diferencia con gran vigor: su estilo, si bien no es un islote apartado, logra afirmar un acento genuino, conjugado con su laborioso lenguaje. Su obra poética consta de pocos libros, con intervalos relativamente largos de distancia entre la publicación de uno y otro. El primero de ellos, Álbum de familia (1971), revela el estilo minucioso y sosegado, la precisión verbal que caracterizará toda su obra y que sustenta su particular poética. Luego, y con una diferencia de dieciocho años, aparecerá, en 1989, El huso de la palabra. A pesar de tantos años de aparente sequía creativa, el motivo central de este largo silencio reafirma el trabajo orfebre y paciente de todos sus textos. Como él mismo dijera alguna vez en una entrevista, todo ese tiempo escribió constantemente; reescribió muchas veces varias versiones del mismo poema; tachó, corrigió y omitió material suficiente para armar, al menos, cinco libros. Pero ninguno satisfizo las exigencias de Watanabe. Esa obsesión revisionista será, en él, una poética en sí: cada poema, antes de llegar a ese punto final (el punto en que se “abandona”), siguió varios niveles de corrección, sin dejar lugar a la frase descuidada o gratuita.

Después de El huso de la palabra surgirían, con cierto margen de regularidad, los volúmenes Historia natural (1994), Cosas del cuerpo (1999), Habitó entre nosotros (2002) y La piedra alada (2005). También incursionó en otros géneros: publicó en 1999 La memoria del ojo, un relato histórico de la inmigración japonesa al Perú; la pieza teatral Antígora y varios guiones cinematográficos; entre ellos, La ciudad y los perros, una adaptación dramática de la novela homónima de Mario Vargas Llosa. En torno a los títulos disponibles en Venezuela, contamos solamente con Lo que queda, una muestra antológica hecha por Monte Ávila Editores en el 2005 y reeditada en el 2011. Solo eso se puede hallar, si nos limitamos al interés de las editoriales locales. En cuanto a publicaciones extranjeras, encontramos la antología El guardián del hielo (2003), una edición cubana a propósito del Premio de Poesía José Lezama Lima 2002, otorgado por la Casa de las Américas, con selección a cargo de Piedad Bonnett.

foto:adondevamos.pe
Quien más ha demostrado receptividad fuera del Perú ha sido la editorial española Pre-Textos; hasta ahora, tres títulos de Watanabe integran su catálogo: La piedra alada (2005), Banderas detrás de la niebla (2006) y Poesía completa (2008), estos dos últimos aparecidos tras la muerte del poeta a los 61 años, en el 2007, a causa de un cáncer de garganta.

II
Los poemas de José Watanabe procuran la univocidad del lenguaje, una exactitud hiperrealista. Los detalles aparecen minuciosamente descritos, mediante un ejercicio consciente de la escritura. Pareciera decirnos que el camino lo traza el orden en que se disponen las palabras, bajo una continua y sostenida vigilancia. Hay un ritmo particular, con diferentes matices y caídas repentinas: oraciones extensas que prolongan el aliento descriptivo. Watanabe concilia lo mejor del discurso en prosa con la cadencia del verso. Gran parte de su equilibrio rítmico radica en el manejo sintáctico. Cuando el poeta así lo requiere, se ciñe a la normativa gramatical, al uso prescriptivo de la oración, sin alterar la disposición que en el discurso tienen regularmente las palabras. Por eso, encontramos versos precisos que describen situaciones y espacios concretos, reflejando una realidad aparentemente verosímil. Puntos, comas, signos de interrogación, etcétera, cumplen una función limítrofe.

foto:serperuano.com
Hans-Georg Gadamer escribió que “la puntuación no pertenece a la sustancia de la palabra poética”. El origen de la puntuación del poema proviene, no solo de un estricto origen normativo, sino de un dictado interior, capaz de matizar cada verso de manera exclusiva. Estos recursos lingüísticos y expresivos se alternan, en la poesía de Watanabe, con el lenguaje transgresor: distinguimos una voz más desenfadada, una sintaxis libre, con muchas caídas y encabalgamientos; vemos la supresión de signos de puntuación y oraciones de largo aliento. En ese caso, el poema muestra mayor complejidad metafórica, mayor énfasis en el lenguaje sugerido, prescindiendo de ciertos usos habituales en la redacción formal. Entonces, no es solo imagen, metáfora. El poema toca dos orillas: sigue la normativa convencional y la transgrede, según su conveniencia. Hay un esfuerzo por agudizar el ojo que profundiza su visión para mostrar, no un lado inefable y metafísico, sino un lado cercano y concreto de la realidad, aquella realidad que muchas veces pasa desapercibida por ser tan obvia.

Dos años antes de fallecer, en uno de sus tantos viajes alrededor del continente, el poeta arribó a Venezuela para participar en la Semana Internacional de la Poesía. En ese marco, visitó la Casa Nacional de las Letras Andrés Bello y compartió la lectura de sus poemas, dejando en muchos de los asistentes —y sus lectores posteriores— una campanada sutil y sólida que aún resuena entre nosotros: todo su paciente trabajo poético continúa vivo en ese libro remendado que conservo.



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[*] Néstor Mendoza (Maracay, Venezuela, 1985). Poeta y ensayista. Licenciado en Educación (Universidad de Carabobo) y estudios de posgrado en Literatura Latinoamericana. Ha publicado Andamios (IV Premio Nacional Universitario de Literatura, 2011). Forma parte del comité de redacción de la revista Poesía, y de la comisión de cultura de la Feria Internacional del Libro de la UC (FILUC), Venezuela.





Friday, January 9, 2015

ALGO ACERCA DE MÍ de ANNA ANDRÉYEVNA AJMÁTOVA (1889-1966) Imperio Ruso


—por Alberto Hernández—

Anna Ajmátova.foto:liveinternet.ru
1.—
Regreso a Anna Ajmátova. Retorno a su puerta y toco y me abre con su testimonio Algo acerca de mí. Habla bajito. Tiene ojos tristes. La nariz aguileña, como quebrada. Simula la boca. Respira entre una fisura que los labios inventan.

Y vuelvo a ella luego de haberla visto en Soy vuestra voz y Somos cuatro, ambos títulos publicados hace algunos años por la editorial La Liebre Libre. Después me la tropecé en un poema una madrugada mexicana, entre un cuento mío y el ajetreo de los pasajeros en el aeropuerto del D.F. Regreso a Anna Ajmátova como quien regresa a un remolino. Pero esta vez me concentro un poco en sus textos en prosa y sus cartas, igualmente traducidas por la poeta Belén Ojeda. El tomo donde bebo estos mensajes lleva como título el mismo de su testimonio: Algo acerca de mí (bid & co. editor, Caracas 2009). 

Escancio la lectura, en la que aparecen personajes conocidos y borrosos de aquella Rusia y luego Unión Soviética que siempre ha representado una tragedia para el mundo. Pocos momentos de paz tuvo esta mujer dedicada a mirar la humanidad a través de las palabras, de hacer posible una belleza muy personal, dolorosa, frontal. Sin miedo.

En esta edición repasamos poemas conocidos. Fragmentos del Réquiem (1935). Una selección de sus libros, entre los que destacan La noche (1909), El rosario (1911/12/13), Rebaño blanco (1913/14/15), La caña (1934), Séptimo libro, ciclo Cinque (1945/46): El escaramujo florece (1946/56), El trébol moscovita, Poemas de medianoche (1963), Corona fúnebre (1944/1953) Poemas no incluidos en libros, y Cuartetas (1941/¿1964?).

foto:R.B.(juntalibros.wordpress.com)
2.—
En los Textos en prosa de la poeta tártara (rusa por su poesía) leemos semblanzas sentidas sobre Pushkin, quien dejó una marca imborrable en la poeta que nos habla. “Toda una época, no sin ruido, por supuesto, poco a poco ha sido llamada pushkiniana”. Tanta fue la presencia, la influencia de Pushkin que se decía de los lugares donde estuvo, seguramente donde leyó, bebió, durmió, amó. No obstante, el gran poeta dejó escrito:

No respondáis por mí, / podéis dormir en paz por ahora./ La fuerza es derecho y sólo vuestros hijos/ por mí os maldecirán”.

En otro texto sobre el mismo poeta, Ajmátova escribe acerca de la relación de éste con los niños, y aunque no existió la clara intención de dedicar su labor literaria a los más pequeños, éstos lo adoraban, tanto que evitaron que una estatua del poeta fuese derribada por el gobierno: “los niños que jugaban en el jardín, alrededor del monumento, dieron tal alarido, que hubo que llamar donde era necesario y preguntar qué hacer. Respondieron: “Déjenle a ellos el monumento”. El camión se fue vacío”.

Alexander Block es otro de los personajes que Anna Ajmátova toca con su prosa, así como a Mijaíl Lozinski, Amadeo Modigliani, a quien conoció en París. Petersburgo mereció dos notas: “La ciudad” y “Más sobre la ciudad”, en las que se pasea por sus monumentos, su gente y sus costumbres. Un toque de nostalgia con la piel adosada a Zárskoie Sieló. En “La garita” deja parte de su biografía, de sus orígenes, de la pobreza en una “dacha”. La familia forma parte de ese casi silencio que sentimos al leer sus dolores, la miseria humana y la tragedia.

En “Algo acerca de mí”, el núcleo del libro, la poeta viaja por la memoria de su existencia. Relata cómo  quedó su ciudad por efectos de la guerra, el hambre, los sobresaltos, acoso, arresto y asesinato de su hijo y, sin embargo, al final testimonia: “Soy feliz por haber vivido en estos años y haber visto acontecimientos sin igual”.

La parcela final del libro recoge varias cartas dirigidas, entre otros, a Briúsov, Blok, Gumiliov, Chulkov y Mandelshtam. Cada epístola es una referencia que nos ubica en medio de la azorada vida de esta mujer, pero también en los momentos de tranquilidad cuando su poesía alzaba vuelo y llenaba su espíritu.

foto:the100.ru
3.—
Belén Ojeda, quien traduce directamente del ruso, escribió en la entrada del libro un estudio titulado “Musa del llanto”, un paseo por la existencia de quien sufrió los rigores de una historia que no termina de borrarse. Pero también incluyó las opiniones de muchos de sus contemporáneos acerca de la poesía de quien fue valorada como una de las voces más importantes de la poesía rusa. Anna Ajmátova recibió diversos reconocimientos en Europa. América no tenía conocimiento de su existencia. En Italia le dieron el Premio Internacional de Poesía “Etna-Taormina”. En junio de 1965 fue reconocida con un doctorado honoris causa por la Universidad de Oxford.

Su muerte, ocurrida el 5 de marzo de 1966 en Moscú, produjo diversas reacciones en distintas generaciones de poetas y lectores que la vieron crecer y sufrir. Fue enterrada en Leningrado luego de ser velada en la Iglesia de San Nicolás del Mar.

Este libro recompensa muchos olvidos. Con él completamos parte de la Anna Ajmátova que habíamos leído en otras páginas. Quizás aparezcan otras que la aproximen mucho más a nuestras angustias personales.