M u l t i n a t i o n a l - B l o g - o f - A r t - a n d - L i t e r a t u r e - f r o m - D e n v e r

Friday, September 12, 2014

Alberto Hernández y sus '70 poemas burgueses'


—por Juan Martins—

La voz de Alberto Hernández en 70 poemas burgueses (bid & co. editor, 2014) es el espacio poético en cuya definición final del poemario se trasparenta la realidad, si quiero entender que ésta se reduce al sentido de ironía con la cual se expresa el poema. La ironía del epígrafe, el verso y la estrofa se reúnen como discurso que atenta (o trasparenta) la relación que hemos adquirido con la naturaleza: aquello que se concreta en el poema no es más que la representación de la imagen que tiene el lector. La imagen se construye a partir de la subjetividad de la lectura, de su representación en el lector. Entonces la ironía, en tanto discurso decodifica esa realidad al tergiversar su sentido (¿lo irreal?) dispuesta en la voluntad de éste, el lector, quien a su vez imagina su relación con el entorno, su contexto o lo urbano.

La ciudad es una metáfora en la que sus personajes se ven por lo hierático de su condición humana, dispersos al ser extraídos de su relevancia y de su significación mediática. De manera que al ser colocados sobre el tono conversatorio son vistos desde la perspectiva irónica del discurso poético que se encamina con el estado de ánimo de aquel lector. Por ejemplo, nombrar personalidades, canciones de Pink Floyd, Jennifer López, Julia Roberts, Christian Dior, Walt Disney, Michael Jackson, Frank Sinatra entre otros, junto a un poema de Nicanor Parra, nos recrea esa línea disyuntiva del sentido por vía de lo que estos referentes significan en su contexto al que se opone el enunciado del poema cuando los desacraliza o los saca de contexto para devolverlos a la cotidianidad del lector. Es decir, la paradoja es el artilugio de la voz: poemas de lo conversacional ya conocemos suficiente, cambia un poco la cosa cuando son acompañados por la ironía. De allí que esta ironía es el estado subjetivo ante lo real: el lector hará predominar lo subjetivo sobre lo real. Todo estará imaginado en las líneas del poema, no, en cambio, fuera del artificio verbal. Así que el poder (lo que aprehendemos de lo real) se desvanece: la cotidianidad sorprende porque reconoce en la tensión del poema al referente:

to Sean Penn, today//El milagro ha llegado://una estrella fugaz acaba de ahogarse en el mar de las Antillas.

Alberto Hernáandez.foto:Cobo
El tono también trasgrede la noción ideológica de ese referente. Todos conocen a Sean Penn. Todos reconocen la ironía. El sujeto de este o aquél referente quedará suprimido por el carácter connotativo del poema cuyo sentido, como decíamos, trasgrede lo real y lo pone en escarnio sobre esa representación del poema, donde, aun, el epígrafe es parte inexorable de la estructura para identificar el referente en cuestión. Así que la ironía subvierte la realidad para sostenerse de lo que sugiere el poema en pos de su alteridad:

Marx sufre/un barranco/frente a un poema lírico//Dios sabe que el materialismo dialéctico/también fue parte del Arca de Noé.

Es necesario aclarar entonces que referentes como Marx, ideología y política quedan desplazados por la atmósfera del poema: la otredad se instaura por encima de esa tergiversación de lo real al ser suprimido a un tiempo por el otro, por lo que se sustenta en sí mismo. El poema es real, como indicaba más arriba, por la voluntad de la lectura y el estado de ánimo con que es asumida (el rechazo al poema puede estar evidente ante el lector de acuerdo con su perspectiva hacia los referentes) estimula el lugar lúdico del discurso por otra parte. Y como toda propuesta lúdica estará para divertirme también.

el escritor venezolano Alberto Hernández
Los mecanismos del verso serán suficientes para introducirnos en los límites de esa otredad. Y nos enteramos de lo que está sucediendo por ese estado irónico del discurso poético. Nos reconocemos todavía en el otro y la imagen que tiene éste de lo real. Las emociones devienen de esa interpretación de lo real en el poema: el amor y la solidaridad serán parte del lector:

Desayuno en Tiffany’s con una mujer demente//Repaso las hojas brillantes de ¡Hola!//Shakira mueve sus eléctricas caderas frente al tórrido cetáceo…

Emocionalmente cada referente dispone de mi voluntad, de mis creencias a la vez que juega con esa noción de las cosas: en constante desasosiego de mi pensamiento, lo cual estará sometido por el otro, lo distante. Por aquella otredad de la que dispongo en el poema. No sólo por el artificio del verso o la metáfora, sino por el sentido pragmático del discurso, por el relato mismo que lo contiene, ya que, lo ideológico es tan sólo la representación del poema en el lector quedando reducido al gesto de la palabra: ya no serán tan importante las personalidades mencionadas ni las ideas. Lo que está funcionando en otro nivel de la lectura es lo que le confiere al poema el orden de otredad: el dolor, la derrota de estas ideas e, insisto, el desasosiego para, en su lugar, instaurar la nueva realidad: la liberación de lo retórico, puesto que lo real se sustenta sólo en el poema:

Congreso/Luego de la precaria convocatoria al Congreso de la Internacional//saqué el perro a pasear.// ¿Cuántas reuniones de célula/Para darle el gusto a mi poodle?

Con este poema-epílogo cierra, por tanto, transparenta el sentido general de ese discurso como quiero decir y mi divertimento como lector y continúo, me desplazo hacia el instante lúdico del libro. El que se recepta por ambición al juego. Saber, que la sobriedad está en la ruptura de lo establecido, si acaso han servido para algo los patrones de consumo de las ciudades. Porque el mundo son los países y sus referentes. Sin embargo, con el poema, el silencio, dialoga con la duda, con el instante del vacío que se ha producido en el entusiasmo del lector. La risa del lector será detenida por la reflexión que le induce finalmente.





Friday, September 5, 2014

CINCO VIAJEROS: Carlos Castán, José Luis Corral, Jack Kerouac, John Updike y Evelyn Wauch

—por Alberto Hernández—
1.-
Carlos Castán, José Luis Corral, Jack Kerouac, John Updike y Evelyn Wauch emprenden una aventura a través de Viajeros (Editorial quinteto, España 2003), un compendio de paisajes atrapados por los personajes, ellos mismos o sus referentes, en solitarias carreteras, vagones de trenes, góndolas, camarotes de cruceros, plataformas de camiones, vehículos de paseo, carretas de mulas, entre otros medios de locomoción que encontraron en los caminos de los distintos países visitados de donde extraen  para los lectores los más variados matices, que hacen que quien abra el libro viaje con ellos y descubra el carácter, el clima, la geografía y la humanidad de quienes aparecen en sus relatos.

Viajeros recoge —en efecto— cinco viajes a través de un mismo número de relatos, caprichos de quienes hacen turismo y los convierten en crónicas para revelar los secretos de la geografía, de las ciudades, de los habitantes y hasta de los secretos de cada cultura. De esta manera, el libro nos permite viajar con el talante de narradores que incluyen en su labor el estado de ánimo y hasta el mal carácter de sus ímpetus y gustos.

Carlos Castán. foto:elguapodelafoto.com
2.-
El primer viaje lo hace Carlos Castán con “El andén de nieve”: Frío de vivir, texto publicado por Ediciones y Publicaciones Salamandra, S.A., Barcelona, 1997. El segundo corresponde a José Luis Corral con “Los viajes del Cid”, publicado por Edhasa, Barcelona, 2003). El tercero lo realiza Jack Kerouac con “II”, “III”, “IV”: En el camino, de la Editorial Anagrama, S.A., Barcelona, 1989. El cuarto lo emprende John Updike con “George y Vivian” y “Crucero”: Lo que queda por vivir, publicado por Tusquets Edirores, S. A.,k Barcelona, 1997, y el quinto lo hace Evelyn Waugh con “Ocho”: Etiquetas. Viaje por el Mediterráneo, de Ediciones Península, S.A., Barcelona, 2002. La razón del nombre del tomo que recoge estos trabajos, “quinteto”, obedece a la unión de todas estas editoriales para dar a conocer estas crónicas o relatos de viajes.

Una travesía en tren ubica al pasajero en una situación inexplicable. Quien viaja se reduce a observador, o se multiplica en paisajes, nombres, pero lo que no logra entender, dado el perfil maravilloso, mágico o milagroso, es por qué por las ventanillas enfrentadas del ferrocarril mira espacios distintos. Es decir, de un lado ve una ciudad y de otro un campo ocupado por vacas y otros animales. La llegada a Chamartin lo ubica en la realidad, sin embargo, le costó bajar del tren porque en la otra ventana el paisaje era un prado verde, donde la paz brindaría una segunda oportunidad. El relato de Carlos Castán nos deja en un vacío. El cierre es abierto y el tren continúa su viaje rodeado por dos perspectivas.

Mientras tanto, José Luis Corral ubica al lector al lado de El Mío Cid, Rodrigo Díaz de Vivar, el héroe español más resaltante de toda su historia, pero también de su literatura. El Cid existió, claro, la ficción luego le fabricó otra épica. El autor de este viaje al lado de las desventuras de Rodrigo traspasa las fronteras: cuenta la verdad del hombre pero también lo viste con el traje de la invención artística. Traicionado, desterrado, el jinete de la llanura de Castilla, se transforma en el héroe de la península luego de haber sido condenado por su rey. Un viaje fascinante que hace sentir la cabalgata, las emociones y la misma muerte de quien sigue siendo parte del imaginario español.

foto:hg2magazine.com
3.-
Jack Kerouac, irreverente, juvenil en su forma de narrar, describe el viaje de un personaje a través del mapa de los Estados Unidos. Un sujeto del fracaso, un tipo de la época, un vencido que busca un territorio para regresar luego a su Nueva York. Es un viaje de la modernidad: en camiones, en vagones, en plataformas destartalas, en carros de paseo, a pie, bajo la lluvia. Desde la Gran Manzana hasta Denver, pasando por pequeños pueblos y villas abandonadas, el narrador nos dibuja la sociedad de ese país: sus vicios, sus virtudes, su manera de encarar la realidad y la fantasía. Kerouac, uno de los escritores malditos de la Generación Beat, deja la huella de su estilo y de su mundo perdido.

El texto más largo, el más detallado es el de John Updike: se trata de un viaje por Italia en carro. Luego, un paseo por islas, acentos, crispaciones, recuerdos. El talante de los italianos, la gastronomía, los sitios de interés turístico, pueblos y ciudades. Discusiones de la pareja viajera. Gustos y disgustos. Después, el trayecto épico, el del héroe, el de la Odisea, el de la Ilíada, el de los poemas fundacionales en boca de un personaje que se vacila la travesía bajo el rigor de una carretera italiana y luego entre las pequeñas islas históricas e imaginadas de la antigua Grecia. Museos, ruinas, los escombros de una cultura que se sigue escribiendo desde la mirada del hombre de hoy. Intrigas íntimas de una pareja que alarga el destino de quienes terminan en un crucero que los dejará pasar por un estrecho ideado por Periandro y Calígula y empezado a construir por Nerón, luego terminado por el gobierno griego en 1893. Años antes, en 1882, una sociedad francesa estuvo al frente de la iniciativa de hacerlo posible. Fue excavado a mano, lo que “transformó el Peloponeso de península en isla”.

Evelyn Waugh en 1940
Por último, Evelyn Waugh conduce al lector por el mar Mediterráneo. Un viaje por los países costeros, por las islas. Argelia, Mallorca, Málaga, Granada, Gibraltar, Sevilla por el Guadalquivir, Lisboa por el Tajo, el Canal de la Mancha hasta el puerto de Harwich en Inglaterra y de allí a Londres en tren.

Cada lugar, cada mirada es un retazo, una crítica, dura y a veces cariñosa de los espacios tocados. La autora no vacila en decir, por ejemplo, sobre la fealdad de Gibraltar. Desdecir de Lisboa. Reconocer la belleza de Sevilla. No gustarle Málaga. Y así hasta las mareas en las costas de la isla británica. Termina en una mesa en Londres, donde comió.
Este es un libro que podría parecer para turistas, pero no, contiene momentos que van más allá de liviandades. Es un libro poco silencioso.






Friday, August 29, 2014

'El hombre en la azotea' de Abelardo Sánchez León: Las ONGS también matan

  
Abelardo Sánchez León. foto:caretas
                                                                                 
“Lo mío, he tratado de explicarle, también sale del
corazón, de las convicciones, de los compromisos,
de las batallas diarias por superar el egoísmo. Ser
intermediarios, no ser nosotros , no ser yo, ser
intermediarios entre los donantes y los
beneficiarios. De eso vivimos...”.

por Luis Fernández-Zavala, Ph.D (*)

Abelardo Sánchez León (o Balo, como lo llamábamos en la universidad) es más que un multifacético escritor peruano (profesor universitario de Comunicaciones, líder de una ONG (Organización No Gubernamental), director de una revista socio-política, poeta y novelista) que ha publicado 25 obras entre trabajos sociológicos, poesía y novelas; ASL es también un válido referente de la  generación de los años 70  que ha sabido  combinar con vehemencia el quehacer social y la literatura. ASL pertenece a ese grupo de profesionales peruanos que se fueron a Francia a hacer un post-grado y terminaron formando un círculo de amistad al rededor de algo en común, más allá de nacionalidad, preocupaciones personales y políticas: su pasión por la literatura.

ASL no se metió a la literatura en Francia, el llevó su poesía a Francia y allá  hizo amistad con  narradores de la talla de Julio Ramón Ribeyro, Bryce Echenique entre otros,  que estamos seguros han influido en su prosa afable, intimista y humorística. Algunos críticos piensan que su mejor área de producción ha sido y sigue siendo la poesía, quizá porque en su obra  solo cuenta con 5 novelas de las obras 25 publicadas. El Hombre en la Azotea (Alfaguara, 2008) es su penúltima novela y merece  un comentario especial porque  recoge un retazo de la historia peruana contemporánea, el mundo de las ONGS, desmitificándolo a través de la visión de uno sus actores.

foto:elcomercio.pe
Efectivamente, Gustavo Ibáñez, el narrador en la azotea, aunque no lo dice la novela, forma parte de ese grupo de Científicos Sociales de los años 70, cuya opciones de trabajo eran: o trabajar para el Estado, la universidades, las ONGS o ser consultor para una de la grandes agencias de desarrollo europeas o norteamericanas. Gustavo Ibáñez nos contará de sus experiencias e impresiones como funcionario de una ONG en Lima. El mundo de las ONG es, como cualquier otra organización, está plagado de agendas individuales, juegos de poder y alianzas a su interior, y de negociaciones, influencia y control a su exterior. No todo es perfecto en las ONGS que son organizaciones como cualquier otras, sujetas al contexto social más amplio y a las acciones de sus manejadores.

Desde el título, el autor nos  ubica en el lugar desde el cual se va a narrar la historia: en una azotea, o sea, desde la distancia, desde la memoria. El narrador ficticio se ubica física y mentalmente fuera de los hechos para irlos hilvanando  para los lectores. Él está en la azotea –donde en Lima se ponen las cosas en desuso– para presentarnos un “informe” de vida, el reporte final de entre los muchos que tuvo que preparar como líder de una ONG en Lima, pero sin la metodología interesada de los informes profesionales y burocráticos. El informe final de Gustavo Ibáñez es un reacomodo de lo que vivió en el mundo las ONGS: expectativas de hacer algo bueno, un círculo de amigos-colegas, un mundo profesional con sus intrigas y decepciones. Las experiencias vividas, vistas a la luz del tiempo, en un contexto específico (la invasión del Banco Mundial en el terreno de las ONGS) se convierte  el “informe”  personal, a veces desordenado y esconde el deseo de que se conozca su verdad. Ibáñez no trata de hacer un evaluación crítica de las ONGS, sino presentar su versión personal de las relaciones que entabla en este mundo profesional y cómo estos afectaron su vida.

Los personajes que van apareciendo en escena, según la versión del narrador, son arquetípicos: no hay un mayor conocimiento de ellos más allá de su papel en el juego interno o externo de las ONGS. Inclusive, Victoria Herrera, la asertiva esposa de Gustavo Ibáñez aparece ejerciendo sobre él presiones que podían ser tachadas de arribistas (o normales), tomando en cuenta las necesidades materiales de la familia (una casa, un carro). Ella es una fuente más de tensión afectando su trabajo. Lo ve como un sujeto demasiado pasivo y tímido que no se las juega para poder seguir escalando posiciones dentro de la ONG, a pesar de sus veinte años de trabajo estable. Ella arregla y desarregla sus informes (recuerdos), y lo deja de querer más o menos al mismo tiempo que se da cuenta que Gustavo ya no quiere seguir jugando el juego de poder y entra en una crisis emocional. En la narración, no hay sino la versión de Gustavo que siente que su mujer lo mira ya lastimosamente. Él siente que Victoria hubiera querido un esposo que hubiese podido ser un consultor para el Banco Mundial. Trabajar por una buena causa no elimina las contradicciones de la pareja, sino que con el tiempo, las acentúa.

Cuando discutíamos nos acalorábamos de manera extraña y nunca supimos bien la razones de ese inusitado cambio de ánimo. Pienso que no hay razones. Lo que hay detrás de cada riña de pareja es nuestro propio modo de ser, el tono de nuestra voz, nuestras actitudes. No nos soportamos e inventamos excusas para pelearnos.

Desde el principio de la novela nos damos cuenta de un actor fantasmagórico que cambia todas la reglas del juego entre ONGS y sus participantes: El Banco Mundial. Federico Gutti es el amigo que esperando su jubilación le pondrá al tanto de las formas de operar de esta institución.

Los seis mil empleados somos tristes amanuenses del gran imperio financiero. Aquí se produce gran cantidad de papel. En el fondo, no somos otra cosa que empleados que visitan países, negocian inversiones, promueven proyectos mano a mano con los gobiernos, les prestan dinero y luego redactan informes que den cuenta a sus jefes de las etapas realizadas. Claro, me decía, el Banco produce todo tipo de papel.

foto:pucp.edu.pe
La manera de dar cuenta de esta relaciones interpersonales e institucionales, es a través la presentación de diversos personajes muchas veces aludidos usando sobrenombres: el Carioca, Mr. Meeting, Amor sin Fronteras, Emma Civil Society, Emma World Bank, The Romantic English Woman. Los estilos de manejo institucional de la ONG y sus manera de crear tensiones sobre la vida de Gustavo Ibáñez, se hace en acápites que llevan los nombres de los directores o personajes claves en el manejo de la de la ONG a la que perteneció. Los eventos suceden en Washington D.C. (el Mall) o en la sede de la ONG (el pasillo) y en el momento clave e ineludible de renovación de cargos (la despedida); la azotea es el lugar de la remembranza.

No hay en la narración de Gustavo Ibáñez un orden rígido y una trama clara que hable de una búsqueda de un derrotero. Se trata más que nada de impresiones y reacciones a los personajes que va encontrando. No queda claro cómo surge su “crisis emocional”, cómo es que “quema cerebro” y se refugia en la azotea para escribir su historia. Gustavo Ibáñez no es un necesariamente un tipo compulsivo, maniático que entra en crisis. Tampoco se deja ver si el mundo laboral lo lleva a esta crisis. Simplemente pasa que se “desconecta” de la realidad y empieza a escribir –ahora sí obsesivamente– el reporte de su vida laboral. Tal como está presentado en la novela, Gustavo Ibáñez, solo quiere hablar de lo que vivió. 



_______________________________
(*) Autor de El guerrero de la espuma y otras tantas despedidas (Editorial Pukiyari, 2014).





Friday, August 22, 2014

La poesía de Milagro Haack: puertas para un resplandor


—por José Napoleón Oropeza—

Milagro Haack
foto:catherine haack
Cuando en el año 1991, Milagro Haack, nacida en Valencia, Venezuela, el 29 de noviembre de 1954, irrumpió en el escenario de la poesía venezolana contemporánea con un libro integrado por veintiséis poemas, reunidos bajo el título de Temple Ajeno, publicado por Editorial Amazonia, en el año 1990, sorprendió a los investigadores y estudiosos del panorama literario venezolano.

Emergía, con una voz propia, perfilando, en su propuesta, la indagación del ser interior, a través de la anunciación de un “viaje” cuyo itinerario estaría marcado por una voz, un susurro que registraba un diálogo permanente consigo misma:

“Todo
proviene de un pozo
con  el miedo y la soledad temible
uno junto a la otra
obligan a que nazca lo oscuro
al voltear hacia su origen

Helada angustia

bella por el reflejo que dejas
en la distancia
como vencida
cuando te acercas a mis pasos”

La anunciación del viaje hacia sí misma, nace de un “pozo” del cual se extraerán palabras e imágenes en el derrotero signado por un juego  fundamentado en el diálogo del yo de la poeta sostenido, a partir de Temple Ajeno, con “otra” misma, sumida en búsqueda de los espacios habitados en la infancia, paisaje y gozo inagotable, como inagotable sería, en otros momentos, la reinvención de temas e imágenes creados por grandes voces femeninas de la poesía como: Safo, Enriqueta Arvelo Larriva, Elizabeth Schön, Emily Dickinson, Anna Ajmátova, Sylvia Plath, Alejandra Pizarnik, Hanni Ossott, Esdras Parra, entre otras figuras. Poéticas que han sido de gran soporte en la creación de nuestra poeta, quien no sólo se ha nutrido de estas voces sino, también, de las propuestas filosóficas de Platón, de Plotino, de Friedrich Nietzsche, en el “buceo” exegético de sistemas e ideas en torno a la problemática del ser y su existencia.

A través de su yo fragmentado, busca  registrar su origen, su partida y retorno a un impulso genésico. Cada verso, cada poema, se constituye en objeto de anunciación, tras una constante búsqueda de sí misma en el reflejo que deja la “otra”: ella misma (oteando en los versos de las voces femeninas dadoras de un pozo, cuyos versos o gotas extraídas del manantial creado por ellas, y que nuestra poeta reinventará en los suyos, o los fundirá ante el espejo) mientras rastrea detalles, puntos y trazos de lo que pudo haber sido el paso de la “otra”, ella misma ante sí, sin otra, sin novedades para registrar.

Sólo un cambio de “traje”, un vestido llevado, indistintamente, por una y otra.

La poeta se viste; se mira en el espejo; registra en el cuarto por donde anduvo la “otra”; revuelve las pertenencias de la ausente:

“Yo
pensé que era un arco
 íntimo
en dos cuerpos
que se dejaban llevar por el agua…”

con el poeta Eugenio Montejo
Entre sábanas, sueños, ambas entidades se funden en un solo cuerpo, sin importar que, tras el juego, todo quede reducido a cenizas, una de las imágenes recurrentes junto al agua, el cuarto donde ambas se miran y se intercambian sus mismas pertenencias. Un cuarto, un espejo para registrar ese diálogo, el espejeo continuo de una frente a la otra, divididas, buscándose. La que se queda para tratar de asir algún relámpago y la otra, aquélla que lleva un hilo mientras se interroga ante el espejo; una frente a otra reanudan el insondable el viaje hacia la interioridad, hacia la noche que apenas empieza:

“…esta noche
llévate ese hilo
amarrado
en mi boca”

Ese hilo lo entrega uno a la otra, frente al espejo. Quien decide proseguir el viaje anuncia, a su paso, otro hallazgo distinto en la doble interrogación, anuncio y partida, vuelta y retorno al cuarto, al espejo, la puerta antosta, la zona o pozo de relámpagos. El espacio se reduce a un cuarto. Se constituirá en infinito e insondable lugar, mínimo y solo, en la búsqueda de otra figura dibujada en el espejo: la niña, envuelta en su ternura. Prepara un traje para quien ha permanecido ante el espejo recogiendo frases, juntando reflejos, tratando de unir resplandores y relámpagos:

“…encontrando
al doblar las sábanas
su reflejo que no se ha movido
de la angosta puerta”

El hilo que una le entregó a la otra, tras la intención de enhebrar los registros de su “viaje”, sirve, al mismo tiempo, de arma para el escarceo, para el continuo juego de apariciones y desapariciones, como quien juega ante el espejo consigo mismo.

En Temple Ajeno el escarceo de voces y de espacios, en cada poema, constituye  el registro de puntos en el inicio de un tránsito insondable hacia la interioridad de un yo frente al espejo, a lo largo de viajes o indagaciones que surgen, en su poesía, como propuesta genésica, desde este libro, y se mantendría  en todas las indagaciones posteriores de esta gran poeta llamada Milagro Haack, tras la búsqueda de un absoluto nudo formal.

La poeta, inexplicablemente desconocida, o no estudiada con profundidad en los escenarios de la crítica literaria venezolana, a pesar de poseer una obra sólida, de impecable factura formal “al tejer abundantes nudos”, se erige como una de las creadoras más trascendentales en la historia de la poesía venezolana.







Saturday, August 16, 2014

Notas sobre Jaime Bayly (Lima, 1965)


—Valmore Muñoz Arteaga—

foto:prisaediciones.com
En la historia de la literatura ha habido escritores que, por razones diversas, han levantado grandes controversias, llegando muchas veces a ser odiados con una pasión tan turbada que resulta complejo no ver ciertas parcelas de seducción. La lista sería inmensa y notable en algunos casos. En América Latina no sé hasta qué punto esto pueda ser así, las controversias en este lado del mundo suelen estar matizadas por posiciones políticas que se vuelven controversiales, no tanto por consideraciones filosóficas de cierto respeto, sino por los altos niveles de intolerancia que se han vivido por estos ámbitos, en especial los últimos 10 años. Un protagonista constante de ese tipo de controversias es el escritor y periodista peruano Jaime Bayly. Controversias que giran en torno a su posición frente a los regímenes autoritarios y personalistas de América y por su condición sexual. Dualidad que lo único que ha revelado es la insana intolerancia de ciertos sectores políticos y religiosos de este albañal del mundo.

La obra literaria de Bayly se inicia en 1994 con la novela No se lo digas a nadie, escrita en Madrid bajo la égida de quien es su maestro literario, Mario Vargas Llosa. Es la terrible historia de un joven burgués limeño cuya vida familiar lo empuja hacia los más oscuros y retorcidos mundos de la psicología humana. El machismo y la intolerancia religiosa de la familia y la sociedad lo llevan a hundirse en un mundo espeso, tenebroso, en donde comienza a reconocerse como ser humano. En ese momento, Joaquín Camino, protagonista de la historia, logra superar las barreras que lo separaban de lo que él mismo era y es. La novela, absolutamente valiente, describe cómo se baja al infierno para lograr la superación personal y espiritual, un camino que no nos resulta extraño por tantas referencias en la literatura universal. Vargas Llosa la señala como “una excelente novela que describe con desenvoltura y desde dentro la filosofía desencadenada, nihilista y sensual de la nueva generación”.

Luego del éxito alcanzado por No se lo digas a nadie, incluso llevada al cine por Francisco Lombardi en 1998, Bayly publica su segunda novela, Fue ayer y no me acuerdo (1995). Mucho más vertiginosa y dura que la anterior. Nuevamente rasgos autobiográficos salen a relucir a través de la vida de Gabriel Barrios, joven comentarista de televisión. La historia se hace más lacerante que su novela anterior. La ciudad envenenada, la coca barata, la violencia inaudita y la homosexualidad se vuelven los grandes protagonistas, no sólo en la vida del joven Gabriel, sino de una sociedad entera. Novela que denuncia los demonios que persiguen a una juventud que no es escuchada, una juventud que debe vivir simulando para no transgredir las normas de convivencia, incluso dejándose muchas veces subyugar por conductas injustas y nocivas. Jaime Bayly describe en esta novela la lucha de un hombre contra sus fantasmas. Una lucha que lo lleva hasta el límite entre la vida y la muerte y en donde, una vez más, la aceptación de su identidad termina por salvarlo. A esta novela le siguió Los últimos días de La Prensa (1996), una exquisita obra en donde se deja ver la influencia de Vargas Llosa. Ahora será Diego Balbi quien lleve las riendas de la historia personal de Bayly. Esta historia marca un desvío de los temas que venía trabajando en sus novelas anteriores, aunque de igual manera es una historia de autodefinición. La novela apunta irónicamente hacia la vida dentro de una época en el periodismo peruano, vista a través de los ojos de un joven que va al diario La Prensa a hacer una especie de pasantía mientras está de vacaciones en casa de sus abuelos.

En 1997 aparece La noche es virgen. La novela ganó el prestigioso premio Herralde de Novela. Otra vez Gabriel Barrios aparece como alter ego de Bayly. La novela es quizá la más amoral de toda la narrativa de Bayly, la más amoral o la más honesta, todo depende de cómo quiera verse. Una novela en la cual se experimenta con el lenguaje de forma interesante y cuya historia se resuelve dentro del laberinto de una ciudad (Lima y Miami) en donde reinan las drogas, el sexo, la vida superficial de una clase social confundida y el rock. Claro está, el tema de la sexualidad vuelve a aparecer. Vuelve a aparecer, ya no como una búsqueda de la identidad, sino como la aceptación de una realidad, una realidad que sale a enfrentarse con la frágil realidad del mundo que le rodea. Bayly vuelve a su infierno personal buscando superarlo, sólo que no es fácil: “No puedo seguir siendo gay y coquero en lima. Me estoy matando. Lima me está matando”. Pero ¿qué es Lima? Lima es toda una confabulación social, es una mácula que pretende reafirmarse sobre la base de la subyugación de sus hijos más preclaros. Lima es Caracas, La Paz, Bogotá; Lima es América Latina; Lima es el reino de la ignorancia y la intolerancia, de la deshumanización y la insensibilidad; Lima somos nosotros que creemos ser otros, por supuesto, mejores, impolutos, píos, ejemplos de la moralidad absoluta, jueces de la vida ajena, dictadores de conductas falsas y endebles.

Dos años después aparece Yo amo a mi mami. La novela cuenta la historia del pequeño Jimmy, cuyo amor a su madre es incuestionable. Un niño que sueña con ser estrella del Barcelona F. C. y de conocer Miami. Una novela que, al igual que Los últimos días de La Prensa, rompe con los temas habituales de su narrativa. Yo amo a mi mami es una historia tierna y conmovedora en donde Jaime Bayly busca reencontrarse con su infancia, quizás para continuar ese camino de reafirmación ante el mundo. Quizás para hallar en esos episodios la posibilidad de recobrar un tiempo que se asume perdido, la inocencia perdida. Quizás para edificar una vía de escape momentánea a ese infierno personal. Quizás para reinventar una infancia que le ayude a justificar al hombre de hoy. Le sigue Los amigos que perdí (2000), cuyo protagonista, Manuel, hombre solitario que reside en una casa desahogada en Miami, redacta cinco cartas a cinco amigos, amigos que perdió, tratando de explicar las razones de sus actos que le llevaron a perderlos. Cargada de una enorme ironía, pero también de una poderosa honestidad. Las páginas transitan en un océano de recuerdos a veces cómicos, a veces vergonzosos, a veces dolorosos, pero que en el fondo apuntan hacia la búsqueda de una reconciliación que no necesariamente es con esos amigos perdidos. Un libro poderoso en el cual queda nuevamente evidenciado un manejo envidiable del idioma, algo que caracteriza la escritura de Bayly.

La mujer de mi hermano (2002), también llevada al cine por Ricardo de Montreuil y Stan Jakubowicz en 2004. La novela cuenta la historia de un triángulo amoroso entre Ignacio, Zoe y Gonzalo, con la particularidad de que Ignacio y Gonzalo son hermanos. Qué se esconde detrás de la perfección matrimonial, detrás del marido perfecto, detrás de la esposa abnegada, según Bayly, la monotonía y el aburrimiento más espantoso. Detrás de la muerte del amor se esconde agazapada la rutina que imponen los que una vez fueron amantes. Una historia terrible que devela y contrapone el pensamiento y las acciones de los personajes. Desnuda descarnadamente la hipocresía que sustenta muchas veces las relaciones familiares. Le seguirá El huracán lleva tu nombre (2004). Nuevamente Bayly recurre a la autobiografía y a Gabriel Barrios, quien se enamora de Sofía, una muchacha que, al igual que él, forma parte de la “gente bonita y confundida” de Lima. Se edifica entre ellos una relación por medio de la cual Gabriel, alter ego de Bayly, vivirá nuevamente ese infierno que ha significado la identidad sexual. Una identidad plenamente asumida y que ahora le corresponde hacer que el mundo que le rodea le acepte, o por lo menos, le respete. La novela cuenta sobre los deseos que ha tenido Gabriel de huir de Lima y de dedicarse a la escritura, y que, gracias a Sofía, logra alcanzar. Jaime Bayly vuelve a trazar su historia sobre la base de un antihéroe, de un amoral, de un bellaco que seduce por la honestidad de su actuación, independientemente de nuestras posiciones o convenciones sociales.

La novela Y de repente un ángel (2005), finalista del Premio Planeta de ese año, nos muestra a un escritor solitario, Julián Beltrán, que no limpia su casa, que la mantiene llena de polvo y de telas de araña. Un escritor que tiene una novia, Andrea, que vive increpándolo para que la limpie o que, por lo menos, contrate a alguien para hacerlo. Luego de que, por fin, logra convencerlo, Julián contrata a Mercedes, una criada envejecida y fiel, llena de una inusitada ternura e inocencia que va despertando en él sentimientos que consideraba inexistentes. Comienza a tejerse un hermoso paralelismo entre la casa y el alma del escritor. Mientras la casa va mostrándose reluciente, el alma de Julián transita por una limpieza similar. Esta novela muestra como en ninguna otra la tan presumiblemente conocida relación entre Jaime Bayly y su padre. Es una novela inusual, en donde la violencia y rudeza de sus anteriores historias quedan atrás para darle paso a una especie de paz interior. Una novela sumamente personal, a mi juicio, la más personal de todas. En ninguna de sus obras queda tan al descubierto algo que permanecía escondido, muy dentro del escritor. Y de repente un ángel es la historia de una amistad imposible que desborda el reencuentro con los aspectos más nobles del hombre.

Como apuntaba al inicio, Jaime Bayly se ha vuelto un escritor controversial, más por la ignorancia y la intolerancia que por otra cosa. Un escritor insólitamente repudiado por muchos, quienes le acusan de una infinidad de cosas. Quizás tengan razón en la mayoría de sus argumentos. Es probable que Jaime Bayly no sea un gran escritor, ni siquiera uno relativamente bueno. Yo no sé definir algo como eso, salvo por lo que experimento cuando leo una novela, un cuento o un poema. Mi experiencia con sus libros ha sido estupenda y reveladora. Con el perdón de los que sí saben de literatura, los autorizados por una instancia divina, he sentido mayor placer con sus libros que con Dostoievsky o Thomas Mann. No sé cómo diferenciar a un buen escritor de un mal escritor y en el fondo no tengo mucho interés en saberlo. Supongo que a Jaime Bayly tampoco le importa mucho ser un buen escritor o un mal escritor. Supongo que le importa otra cosa. Le importa crear una sensación de complicidad entre quienes le leemos y los que van a leerle. Haber leído sus libros me ha llevado a hacerme muchas preguntas, no sólo como lector, sino como ser humano; como padre, como esposo, como amigo, como todo, y eso, debo sospechar, debería ser importante. Probablemente el señor Bayly nunca gane el premio Nóbel, pero en el fondo, él y sus lectores sabemos que no hace falta.