M u l t i n a t i o n a l - B l o g - o f - A r t - a n d - L i t e r a t u r e - f r o m - D e n v e r

Sunday, April 30, 2017

GOTAS DE OLVIDO de Felipe Márquez Brandt (Venezuela)


—por Alberto Hernández—

foto:AixaDíaz/elestilete.com
1.-
Hacer un libro desde el olvido. Desde lo que podría ser el olvido. La lucha contra la desmemoria: allí está el olvido, zumbando, alargando el tiempo, borrando una vieja carretera, el espinazo del horizonte, un cocotero, una casa, la mirada de la abuela o la mano que traza sobre una tela.

El olvido es un hueco frente a la mirada. También un agujero que conduce a la angustia, a la desazón. Olvidar es perderse en el mismo paisaje que se olvida. O en el rostro que hace un rato estuvo ante los ojos mientras las palabras recorrían el viento de la costa. O el espeso silencio de un apartamento.

Mientras llueve el olvido se convierte en tema. Gotea igual. Se empoza el agua de la memoria. Aparecen puntos luminosos que se organizan en textos escritos. En la manera de caminar, decir o mirar de la familia. Los olores, los colores, los dolores, la vida y la muerte. Pero olvidar no es un castigo. Es una ilusión. Nada se olvida. Todo ha quedado en reserva. Guardado en el algún lugar, en la memoria de otro.

Olvidar es regresar al mismo sitio todas las veces que la memoria obliga a nombrar un paisaje, el color o el calor de un sitio. Deletrearlo con la boca cerrada, con los ojos abiertos, hasta que el nombre, el apellido, el sonido perdido se conviertan en presente, en el instante de querer regresar al pasado con todos los enseres del recuerdo.

La lucha contra el olvido la hallamos en los libros, en los papeles guardados en gavetas, en tarjetas postales, en servilletas, en un grafiti, en alguna palabra escrita en la pared. En un objeto que nos habla. O en un eco. La tradición de la escritura para recobrar lo perdido la encontramos en algunos autores de nuestro patio. La familia que abunda en las páginas, la que recorre los pasillos de la casa, la que se hace sombra bajo el sol, la que se exilia y no regresa, la que juega con los animales, la que cultiva un jardín, la que toca un piano, la que nombra los lugares habitados y ahora relegados.

Por ese sendero nos encontramos con Teresa de la Parra. En sus “Las memoria de mamá Blanca” está el país de la “evocación de una infancia encantada”, como escribe Mariela Álvarez en el prólogo de la novela editada por la Biblioteca Popular Eldorado de Monte Ávila Editores en 1972. Y así en “Ifigenia”, la narrativa de una ciudad que no se quiere olvidar. La que se niega a no ser.

Para sólo mencionar algunos ejemplos (no me alcanza la memoria) me valgo de “El exilio del tiempo”, de Ana Teresa Torres; de toda la bibliografía de Alfredo Armas Alfonzo, Miguel Otero Silva, Uslar, Meneses, Pocaterra, Bernardo Núñez; de “Mi padre el ausente”, de Alejandro Padrón; de mucha de la obra de Eduardo Casanova; de la poesía de Yolanda Pantin; de “Expediente familiar”, de Miguel Szinetar; de “Amores y castigo”, de Federico Vegas, y así de tantos otros que han tenido en la costra del país el asidero para ser escritos.

La vida familiar, su paso por la tierra. Los designios de los apellidos. La herencia. La biografía del olvido. El poder de los muertos. Esas sombras de la memoria que continúan recogiendo los pasos en los que aún viven y tratan de reconstruir su historia: sus miserias, sus triunfos, sus emprendimientos, sus amores. La vida y la muerte.

2.-
Felipe Márquez Brandt igual se entregó completo en “Gotas de Olvido”, publicado por la Editorial Ex Libris de Javier Aizpúrua, en Caracas 2016.

Felipe Márquez hace un retrato desde su memoria. Desde sus “olvidos”, desde los aromas que su infancia y demás días conservan. Desde el paradisíaco país que contuvo en su vida. Desde los nombres que lo hacen repetirse en y a sí mismo, en fijar en un cuadro el universo familiar del que disfrutó y aún disfruta con los recuerdos.

Este libro, cuya edición contó con su talento de artista gráfico, se lee con la misma actitud con que se sienten los espacios en blanco y los títulos movidos, colocados sobre la piel de la hoja no como tradicionalmente se ha hecho. Palabras sobrepuestas que provocan en el lector una sensación de traslación, de viaje más allá del texto que se lee.

Y, en efecto, este es un libro que viaja por el interior de un país. Que nos viaja en la sangre de una familia que ha dejado una marca importante en la Nación artística. Felipe cuenta, relata y hace poesía con su herencia: cada título, cada nombre, cada línea: todo aliento que aquí se siente es parte de nuestra historia, si se quiere personal, toda vez que hemos compartido la obra y el relato de una heredad que es el país: todo artista, toda obra que se sostenga, es ya patrimonio. Y desde esa perspectiva, Felipe Márquez nos habla de todo ese legado.

3.-
He leído este libro como se lee un libro íntimo, como una carta, como un regalo. Como se lee un país que ya no está entre nosotros, como dejó ver Ricardo Ramírez Requena en el breve prólogo. Un libro en el que hay personajes que el lector conoció, que el lector leyó y que ese mismo lector supo de la obra plástica y literaria de una familia donde abundan aún muchos creadores. Un libro de gente que comenzó a labrar la democracia que hoy casi ha llegado a su fin. Un libro que reconcilia con aquel pasado que aún martilla nuestra quebradiza memoria.

Los títulos de cada “olvido” que consagran el libro así nos convencen:

“Textos posibles para un personaje titulado Felipe Márquez”, “Intento de prosa”, “El comienzo de otro día”, “Espacio posible”, “Escucho el Quinteto Contrapunto”, “Monseñor”, “Los dibujos de Mary Brandt”, “La churuata”, “Camurí Grande”, “Castillos de arena”, “Julia Sofía Brandt”, Turner y Van Gogh”, “Berna”, “Tío Gustavo”, “Celedonio Lira”, “Federico Brandt”, “María Dolores”, “Mariela”, “Federico”, “Dumbo”, “Elisa”, “Ani Villanueva”, “Arturo Uslar Pietri”, “Lupita” (con este relato, Felipe Márquez fue finalista en el Concurso de Cartas de Amor de Montblanc, 2005); “José Gregorio Hernández”, “Yarmina”, “Javier”, “Belle endormie”, “Dymo”, “Cutufí”, “Madame”, “Luis Richter”, “Hernán Chacón” y “Aedos y rapsodas”.

Padres, hermanos primos, parientes, amigos, vecinos, brujos, choferes, conocidos, ciudades, pueblos, viajes. Personajes de la casa y de las afueras. Un retablo de voces que formaban la Venezuela de aquellos días, de la cual fue testigo y protagonista el autor. Una literatura que emerge de lo cotidiano, de los retazos de memoria que flotan como improntas en la existencia de Felipe Márquez.

Personajes que forman parte de la bibliografía de este país, de la biografía de una familia de inventores, de emprendedores, de alucinados y lúcidos. Personajes que jamás serán borrados porque construyeron la memoria, ese “olvido” hecho páginas gracias uno de sus herederos.

4.-
Para estar cerca de estos “olvidos”, unas líneas:

“Textos posibles para un personaje titulado Felipe Márquez:

No creo en el tiempo lineal. Un segundo puede durar una eternidad y la eternidad puede caber en dos o tres segundos.

Toda imagen debe ser un acontecimiento vivo, respirable y en expansión.

Vivir es devorar las formas del tiempo.

Mi vida se resbala con lentitud a mercede de una empinada ladera.

He retirado mis naipes no me atrevo a apostar.

Camino ecléctico y bifurcado. Desesperada pasión. Incólume regazo que apacigua todos mis sentidos.

Tan sólo prevalece la sugerencia como atisbo de una posible creación.

Entiendo que la vida es brisa y sortilegio.

Oriento mis pasos tentativos. Constelación apacible recubierta de flores.

Lleno mi vida como la lluvia reciente al caer sobre una ciudad imaginaria.

Extraño la vertiginosa sapiencia de un coleccionista investigador.

Me observo de soslayo en el espejo y aparece un poderoso dragón. Vivo rodeado por seres imaginarios cubiertos de estrellas fugaces.
(…)
Me duele el pasado como una costilla rota.
(…)
El tiempo es una ilusión y el cuerpo también”.

Un retrato por donde pasa el autor. Por donde registra y es registrado por sus fantasmas. Por los duendes de su memoria. Por ese dolor, símil de la constatación de la existencia.

foto:AixaDíaz/elestilete.com
5.-
El olvido, enmarcado en las paredes de una vieja casa, revela esta oración como si hablara del país todo:
“Añoro la playa de Camurí Grande”.

Y luego el recuerdo de los hermanos muertos, del “infartado” a tan corta edad, la de “Dumbo”, novelista y personaje de una época. Sus hermanas, el mar. La ciudad. Los juegos y la poesía hecha presencia diaria.

En “Espacio posible”, parte de ese “olvido”:

En aquella habitación recubierta de música diversa ocurrían muchos sortilegios. Como a las 7 pm, rodeados de buena intención, mi padre Monse y Clementina Octavio comenzaban a bailar armoniosamente un vals de Evencio castellanos. Luego se levantaba José Andrés y sacaba a bailar a Julia mi mamá pintora. Eran cronopios que habitaban un inmenso espacio posible, todo lucía más sencillo. Era el año de 1965”.

La cantidad de personajes célebres, entre ellos Federico Brandt, aquel pintor díscolo e inteligente que nos dejó muchas obras, hoy relegadas casi al olvido, convierten este libro de Felipe e un recuento de nuestra ansiedad por el recuerdo.

Otro “olvido”, el dedicado a su padre:

“Monseñor:
El presente intento de biografía significa mucho para mí.
(…)
Augusto Márquez Cañizales nació en el poblado de Chejendé, esto Trujillo, el día 25 de septiembre del año 1910…”
Nuestro autor revisa la vida de “Monseñor”, su exilio en Chile, sus distintos viajes como diplomático, su obra como gobernador del estado Aragua en 1959…su bondad como hombre de familia y como emblema de amistad.
(NOTA: Creo que este libro debe convertirse en un “olvido” donde todas las memorias sean parte de él. Un bello texto que nos reconcilia con el país que hemos dejado atrás.
Debo a mi amigo Eduardo Casanova Sucre, pariente del autor, mi conocimiento de Augusto Márquez Cañizales, quien fundó la Casa de la Cultura de Maracay e hizo un trabajo impecable como gobernador en los inicios de la democracia en Aragua).





Friday, March 31, 2017

LA MIRADA PURA DE RAINER MARIA RILKE


—por Alberto Hernández—

1.-
En la edición de “El Libro de las Horas”, de Rainer Maria Rilke, publicada por la Dirección de Cultura de la UCV, Venezuela, en 1988, traducida del alemán por Yolanda Steffens, Rafael Cadenas escribió el siguiente poema titulado “Rilke”:

“Las cosas supieron, más que los hombres,
de su mirada
a la que se abrían
para otra existencia.

Él las acogía transformándolas
en lo que eran, devolviéndolas a su exactitud,
bañándolas en su propio oro,
pues, ¿qué sabe de su regia condición
lo que se entrega?

Piedras, flores, nubes
renacían
en otro silencio
para un distinto transcurrir.

Su reposado mirar
nunca se llegó a ellas con motivo.
Sólo sus ojos querían.

Ahora lo echan de menos,
las gentes pasan de prisa ¿hacia dónde?

Las cosas
quieren ser vividas”.

En efecto, la mirada de Rainer Maria Rilke encaja perfecta en los versos escritos por el poeta venezolano. Que las cosas, que los objetos supieran más de él que los humanos, lo dijo el tiempo de aquella sociedad en la que se movió, en la que vivió y murió. En la que viajó y conoció mundo.

En una de sus improntas escribió:

“Nada estaba acabado antes de que yo lo viera,
todo devenir estaba detenido.
Mis ojos maduraron, y, como una novia,
le llega a cada uno aquello que quiere”.

2.-
En una fotografía del año 1900 aparece un joven Rilke de bigotes casi invisibles y de mirada lánguida, como perdida en algún remoto lugar. La imagen la resguarda el libro “Mirada retrospectiva” de Lou Andreas Salomé, tomo editado por Alianza Tres en Madrid en 1980. En el capítulo dedicado al poeta, Salomé escribe:

“En las llamadas “Casas de los Príncipes” de la calle Schelling de Munich, donde a comienzos de 1897 me había alojado con Frieda von Bülow, había recibido, durante un tiempo, poesías enviadas por un anónimo. Reconocía a su autor por la letra de la primera carta después de la presentación que nos hiciera Jakob Wassermann, en una noche de teatro en primavera”.

Un poco más adelante, la autora y muy cercana amiga de Rilke confiesa:

“No hizo falta mucho tiempo para que René Maria Rilke se convirtiera en Rainer. Él y yo nos pusimos a buscar una casa en las afueras, cerca de la montaña; y una vez allí, en Wolfranhausen, volvimos a cambiar de refugio…”

¿Cómo emparentar el poema de Cadenas con esta primera experiencia de Rilke con esta mujer que lo enseñó a estar cerca de un cuerpo, cerca de una inteligencia febril.

La mirada, esos ojos, era la de un ser excesivamente sensible, la de un ser enfermo del cuerpo, sano del alma, perturbado por las ganas de entregarse totalmente a la creación poética. La misma Lou Andreas Salomé lo advierte:

“Rainer, jovencísimo, había escrito y publicado ya con sorprendente profusión –poemas, relatos, y editado también la revista “Wegwarten”-, pero su presencia no hacía preponderantemente el efecto del gran poeta que llegaría a ser, sino que impresionaba por su peculiaridad humana”.

Ella, la autora, subraya la palabra “humana”. Lo que quiere decir que Rilke ya presentía desde niño su capacidad para convertir esa mirada en poesía.

En “Historias del buen Dios”, obra editada por Plaza & Janés, colección Rotativa, Barcelona, España, 1973, Rilke entrega todo su talento al escribir textos en prosa acerca de experiencias muy personales, no íntimas, corales, en el sentido de colegirlas con quienes protagonizan su contenido. Recibe cartas que convierte en ensayos, en comentarios, pero sobre todo relata eventos sociales, dolorosos, callejeros, citadinos, viajes y muertes de personajes que se le atraviesan en el camino. Y así como “El Libro de las Horas” es un poema dedicado a Dios, a su estudio, a la muerte, a su presencia verbal, así pasa con estos relatos o ensayos en los que se muestra la mirada pura y humana del poeta nacido en Praga.

Ese “reposado mirar” del que habla Rafael Cadenas se encuentra en los textos del autor de “Elegías de Duino”, hombre que desde 1923 hasta su muerte vivió en un sanatorio, en el Domicilio Muzot en Val-Mont sur Territe, donde escribió “Sonetos a Orfeo” y las “Elegías…”. En el mismo hospicio, en 1926, murió el 29 de diciembre, convertido ya en un nombre respetado, pero solitario.

3.-
Esa soledad, ese ámbito reposado, lo hizo escribir:
“Amo las horas oscuras de mi ser/ en las que mis sentidos se profundizan; / en ellas he hallado, como en viejas cartas,/ mi vida diaria ya vivida,/ y como una leyenda remota, superada”.

Largo fue el viaje de este poeta, a quien leen a veces para quitarse de encima el polvo de olvidos y desdenes. Y sobre ese acontecer, sobre sus palabras dichas, sobre el Dios a quien le cantaba, señaló:

“Lo leo en tu palabra,
en la historia de los gestos
con que tus manos se redondeaban
en torno al devenir, limitándolo, cálidas y sabias”.

Su poética se centra en el espíritu, pero también en las formas que lo hacen, que lo abruman, que lo someten y lo esfuman:
“No soy. Algo me ha hecho el hermano/ que mis ojos no vieron (…)

A ti, oscuridad de que provengo, / te amo más que la llama/ que limita al mundo (…)
Creo en todo lo nunca antes dicho”.

4.-
Hans Egon Holthusen, uno de sus biógrafos, escribió en “Rainer Maria Rilke/ El poeta a través de sus propios textos” (Alianza Editorial, Madrid, 1968), que René Karl Wilhelm Johann Josef Maria, habiendo sido estudiante en una academia militar, sufrió los rigores de la guerra cuando ésta estalló en Alemania. “Permaneció ocho días en Leipzig como huésped en casa de Kippenberg, y el primero de agosto fue a Munich para consultarse con el neurólogo doctor Freiherr von Stauffenberg. El inaudito entusiasmos patriótico de la movilización, más que arrebatarle le atemorizó, y, sin embargo –cosa curiosa-, se sintió autorizado de pronto para una respuesta poética”.

Escribe entonces Los “Cinco Cantos”, documento lírico único de esa época, según el biógrafo.

En este texto, Rilke reza:

“Por vez primera veo que te yergues, / conocido de oídas, / lejanísimo, / oh tú, Dios increíble de la guerra/ Cual acto terrible que fuese sembrado muy junto/ entre el fruto pacífico, y de pronto crecido”.

El texto, bastante extenso, hace alusión a los niños, a los ancianos, a una tragedia que devoró a varios países de Europa. Por eso:

“Lanza el incendio: y sobre el corazón lleno de patria/ recorre su cielo enrojecido, el cielo que atronando habita”.

Mientras sus amigos celebraban la “fiesta de la guerra”, el poeta Rilke se sacude con versos la presencia de la muerte, la del dolor. Se opuso con fuerza contra esa bestia que arrasaba con todo.

“¡Ea, y espantad al espantable Dios! Confundidle. / Le ha mirado desde tiempo remoto el placer del combate. / Que a vosotros/ ahora os inste un dolor, el nuevo y estupefacto dolor de la lucha…”

5.-
Pasada la guerra, va a París y es celebrado. André Gide, entre otros, quien le había guardado en la Librairie Gallimard, “la editorial de la ´Nouvelle Revue Francaise´, parte de los libros y objetos que había dejado en esa ciudad.

Abandona Francia. Viaja, recorre un pedazo de mundo europeo.

Pero, “El 15 de diciembre informa a Rudof Kassner: ´He caído enfermo de una manera miserable e infinitamente dolorosa, una alteración de las células poco conocida, en la sangre, es la causa de los más crueles procesos, diseminados por todo el cuerpo. Y yo, que nunca fui capaz de mirarlo cara a cara, aprendo a habérmelas con un dolor inconmensurable, anónimo. Lo aprendo con dificultad, bajo innumerables rebeliones y turbiamente asombrado. Quería que usted supiera de esta mi situación, que no será de las más pasajeras´”.

En el momento de su partida sólo lo acompañaba Nanny

Wunderly Volkart, a quien le pidió:

“-¡Ayúdeme en mi muerte!”
Holthusen narra que “a las 3 y media de la mañana del 30 de diciembre llegó por fin la liberación, un tranquilo apagamiento después de un letargo de doce horas. Sólo una vez, con los ojos muy abiertos, levantó la cabeza, se incorporó y se hundió de nuevo en el cojín. El hombre que había encarnado más que ningún otro la idea del “poeta puro” estaba muerto”.

El epitafio, redactado por el mismo Rilke destaca:

“Rosa, contradicción pura. Placer
de no ser sueño de nadie debajo
de tantos párpados”.

La rosa, símbolo de unión mística, queda como alegoría de la pureza sobre el túmulo del poeta. Apagada la mirada de Rainer Maria Rilke, aquella que nombrara Rafael Cadenas en sus versos, volvía al origen.
Ahora todos lo echamos de menos.

(***)

Leamos otros versos de este Rilke de mirada pura:

“Mi vida no es esta hora escarpada
en que me ves apresurarme tanto.
Soy un árbol delante de mi fondo,
soy sólo una de mis múltiples bocas
y la primera en cerrarse.

Soy el silencio entre dos notas
que se adaptan mal una a la otra:
pues la nota Muerte quiere elevarse…

Pero en el oscuro intervalo
ambas se reconcilian vibrando
y la canción permanece hermosa”.





Monday, March 20, 2017

Crónicas del Olvido: WALCOTT SOBRE LAS OLAS


—por Alberto Hernández—

1.-
En medio del Caribe, como pidiendo atención, una isla navega. La turbulencia de su interior, entre palmeras, arena y algunos ojos preparados para la tormenta, remueve los huesos de los muertos. Las tumbas se levantan y aparecen los exiliados del tiempo.

Los que agitan las manos y las camisas rotas desde cuevas y ventanas saben que el mundo regresa con toda la fuerza. Que ya el mar no será protector de la costa ni de los hemisferios de la pequeña ciudad.

No hay tal tormenta. No hay ensueño capaz de desatar tanto ruido. Un muchacho negro, de ojos verdes o azules mira desde la orilla el resto del mundo. Se le agita un poema en la lengua. Lo saborea y lo deja caer sobre la concha de un cangrejo. Así lo imagina. Así lo dice:

The fishermen rowing homeward in the dusk
Do not consider the stillness through which they move,
So, I since feeling drown, should no more ask
For the safe twilight which your calm hand gave

Entonces oye la voz áspera de la madre y deja de organizar desde el borde de su pequeña Santa Lucía lo que habría sido después su destino. Recorre la distancia entre la playa y la casa. O el borde del horizonte y la raspadura de lo que podría decirse es su espacio para continuar imaginando el salitroso espectro de un mar que lo separa del resto de la humanidad.

Camina arrastrando los pies. Siente la arena tibia en sus talones. De pronto, anochece.

Ya no será el sol ni los hombres sobre la arena, sobre el polvo marino quienes se mueven o sienten la calma o la desesperanza. En todo caso, el mar sigue allí, nunca duerme. Con su gran ojo abierto, dispuesto a tragarse cualquier impertinencia, barco, goleta o astro que caiga desde el misterio.

2.-
Era 1930. El año de su nacimiento en aquella isla que casi nadie nombra. Era un año difícil, duro en este lado del continente. Tranquilo, sin sobresaltos, mientras Europa se enfrentaba a Europa. Los ojos claros del muchacho caribeño se sometían a las mareas. Desde ellas imaginaba el sopor de la lejanía. Imaginaba, pensaba. En St. Mary´s College y luego en University of the West Indies reveló su carácter, el filo de sus palabras, el arrastre que traía desde su adentro más claro, enfrentado a las cadenas de su pasado, a los gritos de aquellos negros arrastrados por la codicia de los mercaderes. Y así llegó sobre las olas de su pequeño mar a Columbia, Yale y Harvard, donde pulió su intelecto. Y le dio más sentido a su método para insertarse en el mundo de las letras, en el mundo de una sensibilidad rocosa pero posible de romper con las voces más portentosas de la memoria.

Su idioma, el adquirido, le sirvió para enseñarlo en Boston, mientras la poesía se le enredaba en las venas. Y el mar seguía allí, pendiente, orillándose a diario en la puerta de su casa. Pero también habló de mucha poesía, de teatro, de drama. De lo que poca gente enseñaba en las aulas mientras bajo el sol de su isla era diario devenir.

Por eso escribió, para no morirse, como muchos: Dream on Monkey Island, Pantomime, The Last Carnival. Luego, en 1987 dejó The Arkansas Testament y cerró su ciclo en 1990 con Omeros.

Su vida estuvo entre Boston y el amado Caribe, donde entregó su espíritu hace algunas horas, aunque su cuerpo anduviera viajando por indeterminados puntos del orbe.

Una voz casi infantil se deja oír en este momento. Un poema, un aliento casi dilatado por el olvido:

Anna, my daughter,
you have a black dog
that noses your heel,
selfless as a shadow;
here is a fable
about a black dog:
On the last sunrise the shadow dreesed with Him…”

Y entonces la sombra lo arropó, lo condujo sobre las olas del mar hasta la última costa, hasta los tobillos de su inmenso mundo marino, hasta el caribe donde abundan las afables brisas que vienen de otros lares.
Un golfo, una ensenada, un muelle, una isleta soñada, el reino de una manzana celestial, la mitad del verano, la noche verde, los epitafios de su pasado…todas las imágenes, todos los instantes sagrados, todas las quejas y protestas. Dereck Walcott acaba de morir.

Y allí sigue, delirando con la poesía. Cantando a la orilla del mar mientras oye la voz de la hermana que corre tras su perro.





Sunday, March 5, 2017

11 OBRAS DE LA LITERATURA FRANCESA QUE FUERON PUBLICADAS EN EL SIGLO XIX


“The amateur is very rare
in French literature –
as rare as he is common
in our own.”
Lytton Strachey
(escritor y crítico británico)


Los cantos de Maldoror (Les Chants de Maldoror), escritos y publicados entre 1868 y 1869, son un conjunto de seis cantos poéticos obra del escritor Isidore Ducasse, más conocido por su seudónimo de Conde de Lautréamont, considerado el gran renovador de la poesía francesa del siglo XIX. Los cantos de Maldoror está entre las más atípicas y sorprendentes obras de la literatura. “Mi poesía consistirá, sólo, en atacar por todos los medios al hombre, esa bestia salvaje, y al Creador, que no hubiera debido engendrar semejante basura.” (Canto II).



Madame Bovary, novela escrita por Gustave Flaubert. Se publicó por entregas en La Revue de Paris desde el 1 de octubre hasta el 15 de diciembre de 1856.



La piel de zapa (en el original en francés: La peau de chagrin), novela del escritor y dramaturgo Honoré de Balzac publicada en 1831.



Los miserables (título original en francés: Les misérables) es una novela histórica escrita por el político, poeta y escritor Victor Hugo que fue publicada por primera vez en 1862 y es considerada como una de las grandes novelas del siglo diecinueve. Comenzando en 1815 y culminando en la Rebelión de 1832 en París, la novela sigue las vidas y las interacciones de varios personajes, particularmente las luchas del ex convicto Jean Valjean y su experiencia con la redención.



Una temporada en el infierno (Une saison en enfer, en francés) es un largo poema en prosa escrito alrededor de 1873 por el poeta Arthur Rimbaud.



 El conde de Montecristo (Le comte de Monte-Cristo), publicada en 1844, es una novela de aventuras clásica de Alexandre Dumas padre y Auguste Maquet. Este último no figuró en los títulos de la obra ya que Alexandre Dumas pagó una elevada suma de dinero para que así fuera.



Rojo y Negro (Le Rouge et le Noir) es una novela de Stendhal, publicada a mediados de noviembre de 1830. La trama se desarrolla en la Francia del siglo XIX durante la década de los treinta, y se articula en torno a las ambiciones de un joven para elevarse sobre la pobreza de su nacimiento.



Veinte mil leguas de viaje submarino (Vingt mille lieues sous les mers) es una de las obras literarias más conocidas del escritor francés Julio Verne. Se dio a conocer en la Magasin d'Éducation et de Récréation («Magazín de ilustración y recreo») desde el 20 de marzo de 1869 hasta el 20 de junio de 1870.



Viaje al centro de la Tierra (Voyage au centre de la Terre), novela también de Julio Verne, fue publicada el 25 de noviembre de 1864. Trata de la expedición de un profesor de mineralogía, su sobrino y un guía al interior de nuestro planeta.



Thérèse Raquin es una obra de Émile Zola escrita en el año 1867. Trata de una joven llamada Thérèse, la cual se casa con su primo, con el que vive, junto a su tía, condenada a una existencia monótona.



La Siesta del Fauno (L'après-midi d'un faune), es un poema del autor francés Stéphane Mallarmé. Es su trabajo más conocido y un hito en la historia de simbolismo en literatura francesa. Paul Valéry lo consideró el poema más grande en literatura del país galo.





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