M u l t i n a t i o n a l - B l o g - o f - A r t - a n d - L i t e r a t u r e - f r o m - D e n v e r

Monday, January 16, 2017

VALLEJO EN LOS INFIERNOS de Eduardo González Viaña


—por Luis Fernández-Zavala, Ph.D. (*)—

Y Dios sobresaltado nos oprime
el pulso, grave, mudo,
y como padre a su pequeña,
apenas,
pero apenas,
entreabre los sangrientos algodones y
entre sus dedos toma a la esperanza.
Cesar Vallejo. Trilce


Hace algunos meses, a propósito de una novela de Carlos Ruiz Zafón decía que los libros se pueden convertir en personajes dentro la ficción. Cuál sería mi sorpresa comprobar que en la realidad de nuestros días cotidianos, los libros también pueden adquirir una personalidad desconocida, ajena al autor y al lector, y pueden esconderse, aparecer y desaparecer, desanimarnos o cambiar la cara de nuestro día por el solo hecho de existir nuestra biblioteca personal, esperando ser leídos . Me parece que este el caso la novela de Eduardo González Viaña, VALLEJO EN LOS INFIERNOS (Universidad Cesar Vallejo de Trujillo, 2007). Cuando por fin ésta “apareció” otra vez  en mi librero no me llamó la atención la edición en sí misma: una carátula ciertamente recatada y sin mucho que mostrar a cerca del libro y su contenido, mereció un abandono intencionado una vez más. Cuando por fin se dio la oportunidad de una lectura rápida durante la antesala de una cita con la burocracia, Vallejo en los Infiernos ya era otro libro. Cinco páginas de lectura dio cuenta de un deslumbrante trabajo literario imposible dejar de leer.

Después de haberme negado a su lectura, todavía incrédulo, pero ahora sí aceptando que tenía entre mis manos una obra muy bien lograda, desafíe al libro (al autor) que me mostrara que todavía podía mantener esa fuerza y filigrana lírica veinte o treinta páginas más adelante. El texto no solo superó el desafío de la incredulidad sino que me condujo hasta el final de sus 445 páginas, manteniendo su energética maestría narrativa y creciendo dentro de mí sus mas preciados ecos líricos. Se siente algo especial y muy hermoso cuando un obra como ésta se vale por sí misma y el lector pecando de ignorancia no conoce al autor. La experiencia de lectura es acompañada entonces, por  el deslumbramiento de un encuentro casual y fortuito con lo maravilloso.

En Vallejo en los Infiernos, el autor empieza a narrar en forma retrospectiva la vida azarosa, íntima, melancólica, ciertamente diferente del poeta peruano César Vallejo antes de su viaje a Paris. El poeta es acusado de muchas cosas y de nada y con el objetivo de destruirlo moralmente, es confinado en la sección más la peligrosa de la cárcel de Trujillo llamada “el infierno”. En la realidad, esto sucedió entre el noviembre de 1920 y febrero de 1921: 120 días de encarcelamiento. El poeta llega a este lúgubre recinto vistiendo su característico terno negro, impecable camisa blanca y una rosa del mismo color en la solapa. Él no es un revolucionario anarquista o un delincuente; él es un poeta inmerso en la vorágine de la sociedad oligárquica de principios del siglo XX en Perú, donde terratenientes agrícolas y mineros eran dueños también de la policía, el ejercito y casi todo el sistema judicial. En la prisión, enfrentará una posible muerte anunciada y sus memorias mas vívidas. Sus amores se filtrarán en su memoria así como su paisaje serrano, su padres y hermanos y el dolor que siente por el sufrimiento de sus coetáneos bajo el yugo de los terratenientes. Su destino es incierto y se siente solo. Esta experiencia carcelaria y sus remembranzas darán un excelente material para adentrarse en las raíces de su poesía.

En el centro de la celda, los cuerpos moribundos daban sus últimos estirones. Un triste vaho amoniacal se levantaba. Grasa, sangre, pellejo, tripas barro e inmundicias aparecían regados por el suelo. Allí, en medio, yacía una rosa blanca. En algún momento, se había desprendido del ojal de Vallejo, y estaba, por milagro intacta. Parecía flotar.

Rápidamente el lector entra a ser un testigo de la cotidianidad del poeta enlazada orgánicamente a su poesía. Aquí el trabajo del autor es de orfebre dedicado y acucioso. El Vallejo profundo se humaniza y el narrador nos introduce a sus memorias como resultado de un grito íntimo y desesperado para no dejarse vencer entre tanta aberración. La voz de su madre le reclama nadie va a matarte. Nadie puede matarte porque tu no eres mortal. Si pierdes la memoria, comenzaras a serlo”.

Si bien el autor basa su relato en fuentes fidedignas como el archivo legal de la detención de Vallejo y testimonios de sus contemporáneos, no pretende ser un trabajo biográfico. A través de diálogos de ficción concisos recrea no solo las emociones vallejianas, su carácter, pero también, recrea el contexto socio-político de los años veinte en el Perú oligárquico, la emergencia del grupo intelectual contestario (Grupo Norte) de gran influencia en el poeta, la sinergía de Vallejo con su paisaje serrado-rural y provinciano, su formación católica y familiar. Con un fino lirismo -a veces excesivo en cuanto a imágenes sobre el cielo serrano- el autor, un esmerado y atento observador, nos presenta lo momentos mas importantes de la vida de Vallejo que irán modelando el contenido de su poética reflejada en varios poemas de su obra post modernista Trilce, pero también en los Heraldos Negros. La magia de la ficción nos acerca a la poética de Vallejo sin tiempo, sin necesariamente buscar una relación causa-efecto. Como diría Tomas Eloy Martínez en Santa Evita: lo histórico no siempre es histórico, la verdad es nunca como parece”, entonces la ficción nos ayuda a llenar entrar ese vacío emocional que la ciencia historia nunca puede acceder.

Es imposible, leyendo esta novela, no sumergirse en las palabras de Vallejo sobre los Heraldos negros (“Hay en la vida golpes tan fuertes/ golpes como el odio de dios…..”) o Trilce: (“Ah las paredes de la celda. De ellas me duele entretanto, más/las dos largas que tienen esta noche/algo de madres que ya muertas/llevan por bromurados declives,/a un niño de la mano cada una.”) y no detectar a un hombre profundamente herido por la realidad deshumanizada de sus congéneres y sumamente tierno con su madre, su hermano, hermana y sus amores. No se puede entender Vallejo sin mirar al ambiente cultural en el que creció. En la novela, éste se presenta  sin caer en el melodramatismo, pero con algo de predestinación cristiana, con un precio que pagar por su rebeldía. Ésta misma, no solo se da en la práctica social de Vallejo, sino en su poesía que es una forma más de subvertir la realidad inventando nuevas palabras. Después de leer esta novela el lector latinoamericano entenderá porque se dice que “todos llevamos un Vallejito dentro de cada uno de nosotros”.

Eduardo González Viaña, (1941, Trujillo, Perú) autor de más de treinta novelas y relatos cortos, se ha desempeñado como catedrático en Western Oregon University. Obtuvo el Premio Juan Rulfo en Francia y el premio Internacional Latino de Novela en Estados Unidos.

NOTA NO RELACIONADA PERO IMPORTANTE: Netflix está exhibiendo “Four Seasons in Havana” basado en las novelas del laureado novelista cubano Leonardo Padura. Son cuatro episodios que nos presentan a inspector Conde (personaje creado por Padura) resolviendo crímenes, soñando con ser escritor y viviendo en una Cuba realista con personajes difícil de olvidar. No se la pierdan, esperando que más literatura latinoamericana llegue a la pantalla chica.



(*) Autor de El guerrero de la espuma y otras tantas despedidas (Pukiyari 2014). Disponible en Amazon, Barnes & Noble y Allá en Santa Fe.





Sunday, January 8, 2017

Los cuentos de Rubi Guerra: “EL AVATAR”, “EL MAR INVISIBLE”, “UN SUEÑO COMENTADO”


—por Alberto Hernández—

“Toda habla es mandamiento,
terror, seducción, resentimiento,
elogio, empresa”
Maurice Blanchot:
“El diálogo inconcluso”

el escritor venezolano Rubi Guerra.
Foto:Dagne Cobo Buschbeck/elestimulo.com
1.-
(Tengo una imagen clara de la calle Sucre de Cumaná. De la leve bajada curva donde está la casa del poeta Ramos Sucre, frente a la Iglesia de Santa Inés. Recuerdo haberme recostado de la ventana y mirar hacia el extremo norte del casco histórico de la Primogénita. En esa vieja mansión colonial, a mediados de los año 80 recibí, de manos de Ramón Ordaz, el libro “el avatar”, de un muy joven (también yo lo era) escritor oriental llamado Rubí Guerra. Lo había editado el Centro de Actividades Literarias “J.A. Ramos Sucre”/ Colección El cielo de esmalte N° 1) y el Consejo Nacional de la Cultura (Conac) en septiembre de 1986. Es una edición lograda a pulso, con portada de Marcial Bruzual que destaca una imagen de los procesos del hombre a través de su acontecer biológico. Es decir, de su evolución, lo que acerca el significado de avatar a estos trazos en un círculo. Luego leí “El mar invisible” (Monte Ávila Editores, Caracas 1990) y “Un sueño comentado” (Grupo Editorial Norma/ La otra orilla, Caracas 2004). De “Partir” (1998) y “El fondo de mares silenciosos” (2002), entre otros, no tengo noticias porque no los he leído.

A esta hora, Cumaná, ciudad en la que viví alrededor de cuatro meses, a comienzo de los 70, en el barrio Cascajal mientras trataba de estudiar medicina en la UDO de Cerro Colorado, me queda tan lejos, pero vuelvo la mirada a la calle Sucre, a la casa del poeta y a aquel día cuando recibí el primer libro de Rubi Guerra, uno de los más sobresalientes narradores actuales de mi país.

Y digo que retorno a esa experiencia porque cuento, no sólo con los libros de relatos de Rubi, sino con dos de sus novelas, a las que trataré en lecturas posteriores: “La tarea del testigo” y “El discreto enemigo”, dos hermosos regalos que mi amigo Rubi me envió desde su ciudad.

Entonces, me recuesto y leo de nuevo estos cuentos, esta pasión literaria de este trozo de tierra creadora y entusiasta en sus palabras, en su ficción).

2.-
EL AVATAR
Dos partes hacen el cuerpo en este libro. Nueve relatos se reparten en el par de secciones en las que el autor dividió estas historias.

Los títulos: “La estación”, “La noche”, “El bosque y el campo que ve”, “El sol detrás”, “La espera”, “Una muerte”, “Persona”, “La arena en los dientes” y “Viento del sol” conforman el territorio del libro que ya advertía de un excelente narrador. Relatos laberínticos donde el sueño es el tema medular, así como los espejos, artífices del doble.

Nuestro autor indagaba en una búsqueda donde el fracaso se asienta como fondo de una capa de eventos que sugieren un mundo oscuro. Redacción densa, concisa y clara hacen que el lector se sienta modelado por el narrador. Mientras los sueños avanzan en cada página la historia abunda en imágenes recurrentes. El mar como escenografía, la ciudad y sus calles y algunos ambientes sombríos.

En cada uno de los relatos el lector se tropezará con imágenes como éstas:

“Quince minutos más tarde lo conduce a la parte trasera, hay una puerta que da a unas habitaciones oscuras y malolientes, con bultos por dondequiera –varias veces tropieza, goleándose las rodillas-, el saxofonista no deja de hablar, moviendo mucho las manos, pero él no lo escucha” (…) “Imposible recordar los sueños: se disolvían en emociones primarias –miedo, dolor, angustia-, desaparecían las imágenes, y al final, también las emociones” (La estación).
(**)
“Luego de recorrer las calles sin luces, entramos a locales donde el sueño se empoza, se momifica, lo hallamos y lo dejamos cristalizado como un pedazo de roca, como un fósil. El fácil reír cuando el sueño está muerto (…) Los sueños están dormidos, muertos, cristalizados: podemos saltar de uno a otro, arrojarnos, envolvernos en ellos, usarlos como escudos, como lanzas, como refugio (…) Una nueva Escalera me condujo a las Torres, donde los innumerables espejos reflejaban cada uno  una imagen distinta del que se atreve a mirar en ellos; me vi niño, anciano, animal  de cuatro patas, ser de ojos facetados sobre una roca negra en una playa…” (La noche).
(**)
“Oigo una noche con sus esperas, sus inquietudes, su tranquilo pasar el tiempo como los ojos de los gatos” (El bosque que oye…).
(**)
“El centro era negro, es decir: yo solamente veía la silueta negra con un halo rojo y anaranjado y sol detrás (…) Salí otra vez a las calles nocturnas”. (El sol detrás).
(**)
“recordó un sueño, o mejor dicho, no lo recordó, las imágenes del sueño vinieron hasta él, encontrándolo en ese banco (…) Antes de salir a la calle le fue entregado un revólver (…) El pasillo está mal iluminado (…) la función terminó, despierte”. (La espera).

La primera parte sume al lector en las sombras: pasillos, habitaciones, la noche como ambientación, el misterio: el mundo onírico.

La segunda sigue la misma ruta. La muerte personifica más el escenario donde un ectoplasma de Kafka felizmente se habría movido. Rubi Guerra tantea en las sombras y le saca brillo en estos temas. Así lo tenemos en estos otros ejemplos:

“Caminar por el pasillo blanco con puertas a derecha e izquierda (…) Grupos de personas habían llenado las tiendas. Rostros desconocidos, indiferenciados, como las caras de un sueño (…) un sueño o un nombre” (Una muerte).
(…)
“-este espejo se había convertido en una obsesión, su feroz y vengativa duplicación (…) El espejo no se ofende (…) recordando sueños (…) El espejo abría su enorme boca rectangular dispuesto a engullirme” (Persona).
(…)
“…luego lo separó de las otras figuras de su sueño, “mi padre”, dijo y se rio. La escena se repite varias veces” (La arena en los dientes).
(…)
“cuando la sombra crezca alrededor de nuestros ojos (…) comiéndonos el rostro (…) soñarás (…) cuando los espejos hayan perdido su capacidad de duplicarnos y no sean más que abismo abiertos (…) un sueño que se desvanece (…) Sibilia, los espejos me han comido los ojos” (Viento del sol).

Es decir, nuestro autor trabajó estos cuentos como una unidad orgánica: la recurrencia temática y el perfil de los personajes nos dicen que Rubi Guerra estaba destinado también a escribir novelas. Y así ha ocurrido. Pero aún no hemos llegado. Todavía faltan otros laberintos, otras sombras, otros mares, ríos y selvas para que el futuro narrador de largo aliento suelte sus velas.

3.-
EL MAR INVISIBLE
En éste la geografía comienza a tener nombre. Ya no se trata de un libro dotado de una temática sombría. O de sitios cuya desolación ampara a personajes innominados. Los laberintos se abren y aparecen los paisajes del mar y de la meseta de Guanipa. Y sujetos más “reales”, más cercanos a la biografía topográfica del autor.

Si “el avatar” sugería, éste apunta. Si antes los laberintos conducían a sombras, casas oscuras, habitaciones extrañas e imágenes donde los espejos también eran personajes, en esta oportunidad hay una región visible, un mar se inventa en la costa, recorrida por quienes no terminan de alejarse de ciertos misterios, aunque hay momentos en que los personajes se mueven a tientas.

La escritura ha madurado. Guerra no se ampara tanto en las “realidades psíquicas”. Nuestro narrador se hace más cercano a los sentimientos cotidianos. En el cuento que le da nombre al libro, Santiago Riera es devorado por la soledad, por la abulia luego de regresar a su tierra natal. Sólo le queda el mar, tan invisible como su interior devastado por el fracaso. Una vida que encontraba otro lugar, el que le había dado la infancia. El regreso también tenía sus aristas: la pérdida de la heredad y hasta las ganas de vivir: “Santiago Riera se despierta en la madrugada y abandona la cama donde duerme la muchacha”. Ya el amor, el deseo, no le bastan.

El personaje se sienta frente a la playa a esperar. No sabe qué espera, pero espera. Un mar invisible “lo mira, lo huele, lo cerca”.

“Sombra de luna” es el cuento de un crimen. El autor se lo dedica a Lovecraft. Igual sentimos un pueblo del oriente venezolano, sus calles, un barbero italiano amable y la esposa en total abandono físico.

Finalmente, la muerte aparece en unas gotas de sangre que caen desde el techo sobre la tela que cubre las piernas de quien está siendo afeitado en ese momento.
Mientras tanto, la navaja del barbero está cerca de la yugular del cliente.

La muerte de una época. El intenso período de la guerrilla. La mirada de un niño. La ingenuidad ante la tragedia. Y el mismo espacio, el mismo lugar donde el autor, Rubi Guerra, estableció su mundo. Tanto el real como el ficticio. La competencia entre infantes, entre los escolares que se creen dueños del destino, en “Primer movimiento”. La memoria del autor se recrea en su propio entorno. Podría ser él o el observado el sujeto de sus diligencias intuitivas.

La historia anterior empalma con “Una disputa”. ¿Son los mismos niños? ¿Es un recado para un cuento más extenso, para una novela corta en la que la muerte ha sido hermanada con la del relato que precede a éste?

Podría ser:
“La muerte, con su exagerado afán de protagonismo, hacía aparición en nuestra domesticada comunidad. Pero, ¿por qué tanto escándalo? ¿Acaso no eran nuestros los peces del río, la fruta de los árboles, el beisbol de los domingos? ¿Estas cosas, no eran más importantes que la muerte? ¿Estábamos preparados para el clamor de la sangre, las lágrimas y el dolor?”.

Y de nuevo el retorno a la tierra natal, al lugar donde por vez primera se estuvo. He aquí el eco de un texto / reflejo de uno anterior: “En la playa”.  Si en aquél el fracaso estaba sembrado en la pérdida de la heredad y del apego amoroso, en la tristeza, aquí la nostalgia (la tristeza por un lugar) adquiere otros matices:

“David reflexiona: podemos vivir para una imagen, para la mentira aceptada y cultivada de una imagen elevada a razón última y definitiva de todo. Puede convertirse en lo más importante, en la clave de una vida, en la llave de los sueños y de la felicidad (…) En la larga sucesión de los días, una imagen puede serla salvación”.

Luego de haber pasado una temporada en la cárcel, “ocho años de su vida”, David arribó al “sitio de una cita olvidada; la hora, la fecha y el lugar volviendo a un pasado que se creía fenecido…”

Los recuerdos, las pérdidas, el vacío, el silencio, la soledad y retornar al reflejo que lo calcaría en un personaje retomado:

“Caminé hasta el espejo del tocador. No pude ver mi rostro: estaba comido de sombras, como el de un fantasma”.

4.-
UN SUEÑO COMENTADO
En esta nueva aventura narrativa Rubi Guerra se arrima a lo que podríamos definir como relatos mundanos: la nocturnidad rural y provinciana del oriente venezolano hacen de “Un sueño comentado” parte de la historia de un país atrasado, con poca memoria de su pasado, enclavado en la retórica del mundanal ruido. El autor lleva en la voz con que narra parte del recuerdo: la pasantía de una dictadura. Personajes perseguidos por el fracaso: el mundo de las putas, el fraseo cuestionable de una festividad permanente ocultan el abismo de un país que se cuestiona desde “un secreta melancolía”, como expresa el narrador en el primer cuento, “Un caso perdido”, en el que Erasmito, un ñato, sucumbe ante los negocios fáciles y se convierte en carne de prisión en los días duros de la Seguridad Nacional. Erasmito robaba motores y toda suerte de accesorios de la Compañía petrolera, razón por la cual fue denunciado. La referencia geográfica: entre El Tigre y Cumaná.

Guerra ha dejado atrás parte de los temas que lo asediaban. Ahora se encuentra inmerso en una temática donde el factor político está presente: “De los placeres del mundo” relata la historia de un amor en el que uno de los amantes es un torturador de la SN. Es el relato del fracaso de una mujer que se entregó a un esbirro, a quien solicitó ayuda –ya eran novios- para tratar de salvarle el pellejo a un primo que se había metido en problemas.  Como todo esbirro que se precie, traicionó a la mujer y encerraron y torturaron al pariente comprometido contra el gobierno.

“Debes comprender que no tenía otra opción. No habría podido hacer otra cosa, así lo hubiera deseado. Tu primo es un enemigo del estado, un subversivo. Y yo…bueno, mi trabajo es acabar con ellos. No te diré que lo siento por él. Tendrá lo que se merece. Pero sí lo siento por ti, porque, a pesar de que ahora no lo creas, yo te quiero”.

Hasta ahí duró el amor de ella.
Un día cayó el gobierno y Jesús, que así se llamaba el esbirro, se presentó en casa de la mujer, quien con un escupitajo lo despidió. De allí en adelante, la soledad de quien por años se encerró en una habitación.

La muerte de un Guardia Nacional en un asalto guerrillero da cuenta de “Otros mares”. La muerte se encuentra con la de otro cuento: el niño que recuerda esa tragedia se muda a otra ciudad. Un toque autobiográfico nos invita a ver a Rubi Guerra subido en un camión mientras tomaba como destino a Cumaná. Salía del campo petrolero donde se crio y, una día, desde el puerto de la capital de Sucre, imaginó otra historia que desmiente al final de esta travesura bien contada. “Otros mares” es la imaginación pura, es una metaficción que engrana con el deseo de conocer el mundo.

“Una aventura en la selva” es el otro rostro de un país como campamento. La explotación aurífera en el profundo sur venezolano. Pero también las costras de ese negocio que siempre esconde algo ilegal, así como las más bajas pasiones.

Emilio Arrioja llega a Ciudad Bolívar, “antigua Angostura”, y abandona a sus compañeros de labores en el acarreo de mercancías por el río Orinoco. No tarda tiempo en ser contratado para comprar oro en la selva. Pero también se le atraviesa una mujer. Viaja a los campos de explotación del oro y allí comienza su labor, pero se le atraviesa otra mujer. Los celos de un amante frustrado dan al traste con esos amores. Termina mal herido y con la marca del homicidio. Retorna a Ciudad Bolívar, lo visita el padre de la primera mujer, Vilna, y éste, Arrioja, es informado del compromiso de la muchacha con otro hombre en Trinidad, de donde eran originarios. Luego de una corta travesía por Puerto España y Carúpano, vuelve a Cumaná. Regresa a la nocturnidad, a los burdeles, a la caña, hasta que consigue a una muchacha de quien se enamora y luego casa: ella es la madre del narrador. Mientras tanto, la otra mujer, la de la selva violenta, Verónica, decide dejar el bar que regentaba en el campamento y se pierde de todo aquello. El final, como algunos de Rubi Guerra: “Puedo dar fe de que ni una cosa no otra eran ciertas”, en cuanto a seguirle los pasos a Emilio para matarlo o para pedir perdón. El mismo relator nos deja con la duda.

“La Biblioteca” es otro de los cuentos laberínticos de Rubi Guerra. Un relato de ciencia/ ficción, de suspense. Una historia en la que se vislumbra la biblioteca infinita de Borges y los pasillos no visitados por Kafka en su novela “El castillo”. Referencia que también tiene en Dante a un guía hacia las profundidades de la tierra.  Un depósito de libros bajo tierra. El pergamino donde un anciano irrumpe con otro relato, en el que se sumerge su misteriosa vida. Luego, una segunda parte en la que el personaje heredero por accidente de la biblioteca vive un tiempo, hasta que logra salir a la superficie y se encuentra con el mar. Una narración extraña que escapa de la matriz del autor cumanés.

Y para seguir con los misterios, “Miércoles de ceniza”, un cuento construido con capas de sueños: un relato tectónico, donde la metaficción se reconstruye sobre la base de otras metaficciones: un juego onírico en el que Mendizábal, “el librero de la calle Comercio”, es otra víctima de este invencionero llamado Rubi Guerra. El personaje también ambula en medio de aventuras nocturnas. Laberintos en pleno centro de Cumaná, el submundo, la delincuencia y el vicio. Entra a un barco fantasma donde se regodea con actantes que luego desaparecen, hasta que termina en un muelle, y desde él advierte “una cabeza de cabellos blancos y ojos oscuros”. Una vez más, Guerra nos deja con la curiosidad, la misma que él sostiene como excelente creador de historias.

“Un cuento comentado” se resume en imágenes oníricas que el narrador comenta como si se tratara de un sujeto dedicado a revelar los senderos de esos sueños. Se dirige al lector en una suerte de digresiones. Cuenta sin descanso –entre sueños- hasta que finalmente, luego de viajes, una aventura en Guanoco, en el lago de asfalto, “minas que están cerca de Puerto La Cruz”. El narrador se pasea por la historia regional, por la de la explotación petrolera. Intertualiza y de pronto se asoma a Mijail Bajtín, una experiencia cinematográfica, un pintor. Un sueño tras otro, parecido al relato anterior: capas de sueños que hacen posible una vida, hasta que volvió a la “realidad”:

“Y luego, de repente, despierto”.
La primera persona cierra este libro. El dueño de estas peripecias narrativas se libra de ellas: abre las páginas para hacernos cómplices de todos estos sueños comentados.





Mi  patria deambula (poesía)


A Alisandro

Por mis venas
En las pequeñas grandes historias
De los que me antecedieron.

Son surco abierto,
Camino empedrado,
Playa solitaria.

Son A veces voces tiernas
De sirenas encorvadas
A veces míticas leyendas
En la voz de la abuela.
O en el vivo urgente eco
De las noches de mi niñez afortunada.

No me persiguen, solo sobreviven
Conmigo
llevándome de la mano.

Coro griego,
columnas romanas,
guitarreo flamenco,
Tamboreo de manos oscuras.
Una memora diminuta en un desierto arabesco
Unos Andes imperturbables de rostros cobrizos.

Sabores de mil glándulas salivales
Transcurriendo dentro de mí
con la fuerza de los cantos de aves políglotas
navegando sobre corrientes marinas
acariciables.

Riesgos cotidianos y amores entreverados y desordenados,
Caminos y mas caminos de diferentes órbitas.
Acicalan mi propio estrecho sendero
ahora en Santa Fe
y más allá.

Este soy yo
un paria universal
de ríos revueltos
los de abajo, los de arriba,
fluyendo dentro de mí.


LFZ Diciembre 2015


Luis Fernandez-Zavala, Ph.D.


El guerrero de la espuma y otras tantas despedidas
Amazon.com - Barnes & Noble - Peruebooks.com - ALLA en Santa Fe.


Saturday, December 31, 2016

Juan José Arreola: Un pacto con el diablo


—cuento por Juan José Arreola—

Juan José Arreola.Foto:Juan Rulfo
Aunque me di prisa y llegué al cine corriendo, la película había comenzado. En el salón oscuro traté de encontrar un sitio. Quedé junto a un hombre de aspecto distinguido.

—Perdone usted —le dije—, ¿no podría contarme brevemente lo que ha ocurrido en la pantalla?
—Sí. Daniel Brown, a quien ve usted allí, ha hecho un pacto con el diablo.
—Gracias. Ahora quiero saber las condiciones del pacto: ¿podría explicármelas?
—Con mucho gusto. El diablo se compromete a proporcionar la riqueza a Daniel Brown durante siete años. Naturalmente, a cambio de su alma.
—¿Siete nomás?
—El contrato puede renovarse. No hace mucho, Daniel Brown lo firmó con un poco de sangre.

Yo podía completar con estos datos el argumento de la película. Eran suficientes, pero quise saber algo más. El complaciente desconocido parecía ser hombre de criterio. En tanto que Daniel Brown se embolsaba una buena cantidad de monedas de oro, pregunté:
—En su concepto, ¿quién de los dos se ha comprometido más?
—El diablo.
—¿Cómo es eso? —repliqué sorprendido.
—El alma de Daniel Brown, créame usted, no valía gran cosa en el momento en que la cedió.
—Entonces el diablo…
—Va a salir muy perjudicado en el negocio, porque Daniel se manifiesta muy deseoso de dinero, mírelo usted.

Efectivamente, Brown gastaba el dinero a puñados. Su alma de campesino se desquiciaba. Con ojos de reproche, mi vecino añadió:
—Ya llegarás al séptimo año, ya.

Tuve un estremecimiento. Daniel Brown me inspiraba simpatía. No pude menos de preguntar:
—Usted, perdóneme, ¿no se ha encontrado pobre alguna vez?

El perfil de mi vecino, esfumado en la oscuridad, sonrió débilmente. Apartó los ojos de la pantalla donde ya Daniel Brown comenzaba a sentir remordimientos y dijo sin mirarme:
—Ignoro en qué consiste la pobreza, ¿sabe usted?
—Siendo así…
—En cambio, sé muy bien lo que puede hacerse en siete años de riqueza.

Hice un esfuerzo para comprender lo que serían esos años, y vi la imagen de Paulina, sonriente, con un traje nuevo y rodeada de cosas hermosas. Esta imagen dio origen a otros pensamientos:
—Usted acaba de decirme que el alma de Daniel Brown no valía nada: ¿cómo, pues, el diablo le ha dado tanto?
—El alma de ese pobre muchacho puede mejorar, los remordimientos pueden hacerla crecer —contestó filosóficamente mi vecino, agregando luego con malicia—: entonces el diablo no habrá perdido su tiempo.
—¿Y si Daniel se arrepiente?…

Mi interlocutor pareció disgustado por la piedad que yo manifestaba. Hizo un movimiento como para hablar, pero solamente salió de su boca un pequeño sonido gutural. Yo insistí:
—Porque Daniel Brown podría arrepentirse, y entonces…
—No sería la primera vez que al diablo le salieran mal estas cosas. Algunos se le han ido ya de las manos a pesar del contrato.
—Realmente es muy poco honrado -dije, sin darme cuenta.
—¿Qué dice usted?
—Si el diablo cumple, con mayor razón debe el hombre cumplir —añadí como para explicarme.
—Por ejemplo… —y mi vecino hizo una pausa llena de interés.
—Aquí está Daniel Brown —contesté—. Adora a su mujer. Mire usted la casa que le compró. Por amor ha dado su alma y debe cumplir.

A mi compañero le desconcertaron mucho estas razones.
—Perdóneme —dijo—, hace un instante usted estaba de parte de Daniel.
—Y sigo de su parte. Pero debe cumplir.
—Usted, ¿cumpliría?

No pude responder. En la pantalla, Daniel Brown se hallaba sombrío. La opulencia no bastaba para hacerle olvidar su vida sencilla de campesino. Su casa era grande y lujosa, pero extrañamente triste. A su mujer le sentaban mal las galas y las alhajas. ¡Parecía tan cambiada!

Los años transcurrían veloces y las monedas saltaban rápidas de las manos de Daniel, como antaño la semilla. Pero tras él, en lugar de plantas, crecían tristezas, remordimientos.

Hice un esfuerzo y dije:
—Daniel debe cumplir. Yo también cumpliría. Nada existe peor que la pobreza. Se ha sacrificado por su mujer, lo demás no importa.
—Dice usted bien. Usted comprende porque también tiene mujer, ¿no es cierto?
—Daría cualquier cosa porque nada le faltase a Paulina.
—¿Su alma?

Hablábamos en voz baja. Sin embargo, las personas que nos rodeaban parecían molestas. Varias veces nos habían pedido que calláramos. Mi amigo, que parecía vivamente interesado en la conversación, me dijo:
—¿No quiere usted que salgamos a uno de los pasillos? Podremos ver más tarde la película.

No pude rehusar y salimos. Miré por última vez a la pantalla: Daniel Brown confesaba llorando a su mujer el pacto que había hecho con el diablo.

Yo seguía pensando en Paulina, en la desesperante estrechez en que vivíamos, en la pobreza que ella soportaba dulcemente y que me hacía sufrir mucho más. Decididamente, no comprendía yo a Daniel Brown, que lloraba con los bolsillos repletos.
—Usted, ¿es pobre?

Habíamos atravesado el salón y entrábamos en un angosto pasillo, oscuro y con un leve olor de humedad. Al trasponer la cortina gastada, mi acompañante volvió a preguntarme:
—Usted, ¿es muy pobre?
—En este día —le contesté—, las entradas al cine cuestan más baratas que de ordinario y, sin embargo, si supiera usted qué lucha para decidirme a gastar ese dinero. Paulina se ha empeñado en que viniera; precisamente por discutir con ella llegué tarde al cine.
—Entonces, un hombre que resuelve sus problemas tal como lo hizo Daniel, ¿qué concepto le merece?
—Es cosa de pensarlo. Mis asuntos marchan muy mal. Las personas ya no se cuidan de vestirse. Van de cualquier modo. Reparan sus trajes, los limpian, los arreglan una y otra vez. Paulina misma sabe entenderse muy bien. Hace combinaciones y añadidos, se improvisa trajes; lo cierto es que desde hace mucho tiempo no tiene un vestido nuevo.
—Le prometo hacerme su cliente —dijo mi interlocutor, compadecido—; en esta semana le encargaré un par de trajes.
—Gracias. Tenía razón Paulina al pedirme que viniera al cine; cuando sepa esto va a ponerse contenta.
—Podría hacer algo más por usted —añadió el nuevo cliente—; por ejemplo, me gustaría proponerle un negocio, hacerle una compra…
—Perdón —contesté con rapidez—, no tenemos ya nada para vender: lo último, unos aretes de Paulina…
—Piense usted bien, hay algo que quizás olvida…

Hice como que meditaba un poco. Hubo una pausa que mi benefactor interrumpió con voz extraña:
—Reflexione usted. Mire, allí tiene usted a Daniel Brown. Poco antes de que usted llegara, no tenía nada para vender, y, sin embargo…

Noté, de pronto, que el rostro de aquel hombre se hacía más agudo. La luz roja de un letrero puesto en la pared daba a sus ojos un fulgor extraño, como fuego. Él advirtió mi turbación y dijo con voz clara y distinta:
—A estas alturas, señor mío, resulta por demás una presentación. Estoy completamente a sus órdenes.

Hice instintivamente la señal de la cruz con mi mano derecha, pero sin sacarla del bolsillo. Esto pareció quitar al signo su virtud, porque el diablo, componiendo el nudo de su corbata, dijo con toda calma:
—Aquí, en la cartera, llevo un documento que…

Yo estaba perplejo. Volvía a ver a Paulina de pie en el umbral de la casa, con su traje gracioso y desteñido, en la actitud en que se hallaba cuando salí: el rostro inclinado y sonriente, las manos ocultas en los pequeños bolsillos de su delantal. Pensé que nuestra fortuna estaba en mis manos. Esta noche apenas si teníamos algo para comer. Mañana habría manjares sobre la mesa. Y también vestidos y joyas, y una casa grande y hermosa. ¿El alma?

Mientras me hallaba sumido en tales pensamientos, el diablo había sacado un pliego crujiente y en una de sus manos brillaba una aguja.

“Daría cualquier cosa porque nada te faltara.” Esto lo había dicho yo muchas veces a mi mujer. Cualquier cosa. ¿El alma? Ahora estaba frente a mí el que podía hacer efectivas mis palabras. Pero yo seguía meditando. Dudaba. Sentía una especie de vértigo. Bruscamente, me decidí:
—Trato hecho. Sólo pongo una condición.

El diablo, que ya trataba de pinchar mi brazo con su aguja, pareció desconcertado:
—¿Qué condición?
—Me gustaría ver el final de la película —contesté.
—¡Pero qué le importa a usted lo que ocurra a ese imbécil de Daniel Brown! Además, eso es un cuento. Déjelo usted y firme, el documento está en regla, sólo hace falta su firma, aquí sobre esta raya.

La voz del diablo era insinuante, ladina, como un sonido de monedas de oro. Añadió:
—Si usted gusta, puedo hacerle ahora mismo un anticipo.

Parecía un comerciante astuto. Yo repuse con energía:
—Necesito ver el final de la película. Después firmaré.
—¿Me da usted su palabra?
—Sí.

Entramos de nuevo en el salón. Yo no veía en absoluto, pero mi guía supo hallar fácilmente dos asientos.

En la pantalla, es decir, en la vida de Daniel Brown, se había operado un cambio sorprendente, debido a no sé qué misteriosas circunstancias.

Una casa campesina, destartalada y pobre. La mujer de Brown estaba junto al fuego, preparando la comida. Era el crepúsculo y Daniel volvía del campo con la azada al hombro. Sudoroso, fatigado, con su burdo traje lleno de polvo, parecía, sin embargo, dichoso.

Apoyado en la azada, permaneció junto a la puerta. Su mujer se le acercó, sonriendo. Los dos contemplaron el día que se acababa dulcemente, prometiendo la paz y el descanso de la noche.

Daniel miró con ternura a su esposa, y recorriendo luego con los ojos la limpia pobreza de la casa, preguntó:
—Pero, ¿no echas tú de menos nuestra pasada riqueza? ¿Es que no te hacen falta todas las cosas que teníamos?

La mujer respondió lentamente:
—Tu alma vale más que todo eso, Daniel…

El rostro del campesino se fue iluminando, su sonrisa parecía extenderse, llenar toda la casa, salir del paisaje. Una música surgió de esa sonrisa y parecía disolver poco a poco las imágenes. Entonces, de la casa dichosa y pobre de Daniel Brown brotaron tres letras blancas que fueron creciendo, creciendo, hasta llenar toda la pantalla.

Sin saber cómo, me hallé de pronto en medio del tumulto que salía de la sala, empujando, atropellando, abriéndome paso con violencia. Alguien me cogió de un brazo y trató de sujetarme. Con gran energía me solté, y pronto salí a la calle.

Era de noche. Me puse a caminar de prisa, cada vez más de prisa, hasta que acabé por echar a correr. No volví la cabeza ni me detuve hasta que llegué a mi casa. Entré lo más tranquilamente que pude y cerré la puerta con cuidado.

Paulina me esperaba.

Echándome los brazos al cuello, me dijo:
—Pareces agitado.
—No, nada, es que…
—¿No te ha gustado la película?
—Sí, pero…

Yo me hallaba turbado. Me llevé las manos a los ojos. Paulina se quedó mirándome, y luego, sin poderse contener, comenzó a reír, a reír alegremente de mí, que deslumbrado y confuso me había quedado sin saber qué decir. En medio de su risa, exclamó con festivo reproche:
—¿Es posible que te hayas dormido?

Estas palabras me tranquilizaron. Me señalaron un rumbo. Como avergonzado, contesté:
—Es verdad, me he dormido.

Y luego, en son de disculpa, añadí:
—Tuve un sueño, y voy a contártelo.

Cuando acabé mi relato, Paulina me dijo que era la mejor película que yo podía haberle contado. Parecía contenta y se rió mucho.

Sin embargo, cuando yo me acostaba, pude ver cómo ella, sigilosamente, trazaba con un poco de ceniza la señal de la cruz sobre el umbral de nuestra casa.

FIN