M u l t i n a t i o n a l - B l o g - o f - A r t - a n d - L i t e r a t u r e - f r o m - D e n v e r

Monday, February 8, 2016

Sharaya (cuento completo) de Álvaro Mutis (1923-2013) Colombia


Sharaya, el Santón de Jandripur, permanecía desde tiempos muy lejanos sentado a la orilla de la carretera, a la salida de la aldea. Allí recibía las escasas limosnas y las cada vez más raras oraciones de los aldeanos. Su cuerpo se había cubierto de una costra gris y su pelo colgaba en grasientas greñas por las que caminaban los insectos. Sus huesos, forrados por la piel, formaban ángulos oscuros e imposibles que daban a la inmóvil figura un aire pétreo y estatuario que en mucho contribuyera al olvido en que lo tenían las gentes del lugar. Sólo los viejos recordaban aún, entre la niebla de sus mocedades, la llegada del esbelto Santón, entonces con cierto aire mundano y dueño de una locuacidad en materias religiosas que fue perdiendo a medida que ganaba mayores y más vastos dominios en su tarea de meditación al pie del camino.

A pesar del poco o ningún caso que le hacían ahora los habitantes de la aldea, y tal vez gracias a ello, Sharaya era un atento observador de la vida circundante y conocía como pocos las intrincadas y mezquinas historias que se tejían y borraban en el pueblo al paso de los años.

Sus ojos adquirieron una dulce fijeza de bestia doméstica que las gentes confundían con la mansedumbre de la imbecilidad y que los prudentes reconocían como reveladora de la luminosa y total percepción de los más hondos secretos del ser.

Tal era Sharaya, el Santón de Jandripur en el Distrito de Lahore.

La noche que antecedió a su último día fue una noche de lluvia y el río bajó de las montañas crecido, bramando como una bestia enferma, pero de inagotable energía.

Gruesas gotas han resbalado toda la noche sobre la piel del parasol que instalaron las mujeres cuando la gran sequía. Golpea la lluvia como un aviso, como una señal preparada en otro mundo. Nunca había sonado así sobre el tenso pellejo de antílope. Algo me dice y algo en mí ha entendido el insistente mensaje. Se ha formado un gran charco, con el agua que escurre por la blanda cúpula que cree protegerme. Muy pronto se secará porque se acerca una jornada de calor. Comienza el vaho a subir de la tierra y las serpientes a esconderse en sus nidos anegados. En lo alto una cometa sube en torpes cabezadas. Amarilla. Un canto de mujer asciende a purificar la mañana como un lienzo de olvido. Uno sostiene el hilo, el otro me mira largamente y con sorpresa. Me descubre, entro en su infancia. Soy un hito y nazco a una nueva vida. En sus ojos miedo, miedo y compasión. No sabe si soy bestia u hombre. Con un pequeño bambú me busca el dolor y no lo encuentra. Corre hacia el otro, que lo aleja sin volver a mirarme. El Santón de Jandripur. Hace mucho tiempo. Ahora otra cosa y muchas cosas: un Santón, entre ellas. La vastedad de mis dominios se ha extendido hasta el curvo horizonte sin principio ni fin. Vuelve. Extiende su mano hasta tocarme, sin el bastoncillo que lo protegía. Lejano como una estrella o tan cerca como algo que sueño. Es igual. Lo llama su compañero. Cae la cometa, lentamente, buscando su muerte, naciendo. Los árboles la ocultan. Cae al río donde la espera un largo viaje hasta cuando se deslía el papel. Entonces, el esqueleto irá hasta el mar y allí bajará a las profundidades. A su alrededor reconstruirán los corales y las ostras la sólida sombra de su antigua forma y en ella dejarán los peces sus huevos y los cangrejos taparán a sus crías con arena. Irán a morir allí las grandes mantas y sobre sus cadáveres los peces fosforescentes cavarán sus madrigueras de blanda materia en transformación. Un pequeño desorden se hará al paso de las corrientes submarinas y muchos siglos después el breve remolino surgirá a la superficie y luego todo volverá a ser como antes. Un tiempo sin cauce como un grito sin voz en el blanco vacío de la nada. Le llaman vida, presos en sus propias fronteras ilusorias. La mañana se anuncia con este camión. Dos más. Anoche pasaron varios.
Soldados de las montañas. Cabecean trasnochados, sostenidos en sus fusiles. No pasa. Se atasca en el lodo de la orilla. El motor gira locamente, ruge con furia, se detienen, vuelve a gemir. Cortan ramas. Vienen otros. Tanques; siete. Lo empujan. Pasa. Gritos. Pobres gritos de rabia contra el agua, contra el barro. Ahora cantan. Cantan el desastre, cantan su sangre, sus mujeres, sus hijos, cantan sus vacas esqueléticas. La gran madre paridora. Mueren de muerte de vida de soldado obediente a la tumba. Campesinos, tejedores, herreros, actores, acólitos del templo, estudiantes, letrados, ladrones, hijos de funcionarios, hombres de las máquinas, hombres del arroz, hombres de los caminos. Se llaman igual, sus rostros son iguales, su muerte es la misma. Desde lejos viene el silencio como una gran red de otro mundo. Los insectos comienzan a despertar. Era una serpiente entre las hojas. La misma, tal vez, que pasó anoche por entre mis piernas. Agua y sangre en frías escamas articuladas. La madre de todos recorre sus dominios, y de sus viejos colmillos mana la leche letal de los milenios. Los deudos venían a menudo para preguntarme la razón de su duelo, mientras el humo de la pira alzaba su sucia tienda en el cielo. Pero ya entonces hacía mucho tiempo que la palabra me fuera inútil y nada hubiera podido decirles. De todas maneras ya lo sabían, pero en otra forma, como sabe la sangre su camino, ciegamente, inútilmente. Temen a la muerte y después descansan en ella y se suman a su fecunda tarea y bajan en cenizas por el río, dejando la tufarada agria de nueva vida, alimento y abono de otros mundos. Huyó tras la maleza. Siente los pasos antes que todos. Hombres de la aldea con sus carretas. Todo se lo llevan.
El gran lecho matrimonial regalo de los misioneros. Falso oro chillón y oxidado de sus copulaciones. Huyen entonces. El alcalde con su mujer hidrópica. Miente cuando viene a orar. Los sacerdotes del pequeño templo. Ruedas irregulares que se bambolean y patinan en la usada caja del eje. Vidas incompletas, trozos apenas de la gran verdad, como la costra gris que ensucia la piscina después de las abluciones. Nata de mugre, corazón de la miseria, escala del desperdicio. Y tan seguros en su afán mismo de huir. Otra destrucción los empuja, más honda, la única y verdadera catástrofe en la oscuridad agobiadora e inquieta de su instinto. Vuelven a mirarme. Los más viejos. No sé leer sus ojos. Tampoco puedo ya decirles cómo es inútil escapar de lo que está en todas partes. Es como los que rezan para tener fe o los que labran la tierra para dar de comer a los bueyes que tiran del arado. Y toda la impedimenta de sus astrosas pertenencias. Me dejan ofrendas. Lo que no quieren llevar, lo que les es ajeno en su huida. La viuda con sus hijos. Ojosa, flacos pechos muertos. Flores del templo. No se atreve a tirarlas ni tampoco a dejarlas frente a los ídolos que mañana serán destruidos con la misma furia que los hizo nacer. No irá muy lejos, está señalada, apartada, escogida entre todos. Andra, la que bailó desnuda toda una noche ante el Santón. Sus hijos recordarán un día: «...cuando huimos de Jandripur ella murió en el camino, la subimos a la copa de un árbol muy alto y allí descansó, visitada por los vientos y lavada por las aguas del mundo. Vigilándonos por varios días hasta cuando la perdimos de vista...». Y, sin embargo, tampoco será como ellos creen. No exactamente. Otras cosas habrá que se les ocultarán para siempre y que, sin embargo, llevan consigo. Con la muerte de su gran madre paridora de la muerte, la de los saltos de sangre, la que truena levemente los huesos, la que lima la linfa en su lomo. Miran hacia atrás al silencio de sus hogares abandonados donde gritarán por mucho tiempo todavía sus deseos y sus miedos, sus miserias y sus exaltaciones, tratando de alcanzarlos en su camino. Soldados. Escolta huyendo con banderas de señales. Lo veo. Me ve. Letras y palabras. Me mira. Ir. No sabe. El último. Solo. Tal vez. No sé de qué estoy solo. Vuelve a mirarme, se va tras los otros. Una espada que inventa la cinta azul de su hoja con la palabra de los dioses de la guerra labrada torpemente.

Al mediodía, Sharaya alargó la mano y tomó la mitad de una naranja medio seca y comenzó a masticar un pedazo de la cáscara tenazmente perfumada. El calor de la siesta expandió el aroma de la fruta entre una danza de insectos enloquecidos y que chocaban contra la vieja piel del privilegiado. El ruido de las aguas se fue debilitando y el río tornaba a su antiguo cauce. Cuando comenzó a caer el sol un leve sopor fue apoderándose de los anquilosados miembros del Santón e infundiéndole la beatitud inefable del que sueña descubriendo las pistas secretas de su destino.

Aguas en desorden, saltando y salpicando la fría espuma de la corriente. Agua de las montañas que baja danzando en remolinos y se remansa en el vientre que gira lento, liso y tibio, protegido por el rotundo cáliz de las caderas. Olor de especies quemadas en la pequeña plaza y el agudo sonar de los instrumentos que narran los incidentes de la danza. Risa en la boca sin dientes de la vieja mendiga, risa de la carne recordando, comparando. Lazo implacable y una gran dulzura en el pecho pesando y doliendo y largas tardes del ir y venir de la sangre en sorpresivas mareas y la vecindad de la dicha, la pequeña dicha del hombre, hermana del terror, la breve dicha de dientes de rata comiendo y mascando. Un vasto palio de ceniza sobre la memoria de la carne. Viaje a la sede de los amos de entonces. Los tímidos pastores dueños de una porción
del mundo, convertidos en puntillosos comerciantes, pacientes, tercos, soñadores, desamparados fuera de su isla. Hélices mordiendo las turbias aguas de la desembocadura. Una mancha interminable y amarillenta anticipa la gran ciudad bulliciosa de los funcionarios, donde la sabiduría asciende por escaleras simétricas maculadas por el húmedo hollín de las máquinas. Tierras de la razón. Por la plaza hombres y mujeres se apresuran entre la grasosa niebla del ocaso. Colores saltando, un vaso se llena de luces que desaparecen para dar lugar al trazo azul y verde, tome, tome, tome, tome. Salta la espuma del bautismo, salta en el tránsito sombrío de los inconformes y laboriosos amos. Aguas que chorrean sobre las espaldas bautizadas en la raída sombra de la selva, entre gritos de aves y chirrido de insectos. La piel del más sabio, del más viejo, arrugada bajo las tetillas colgantes, mojándose con el agua de la verdad, la que lava antiguas y nuevas concupiscencias, la que borra los títulos ganados en vastas construcciones de piedra, madres de sutiles argumentos. Mi padrino y mi maestro, segundo padre midiendo la superficie de la tierra, chacal virgen de verdad, un sapo amargo, padre de la verdad. Y, por fin, la última lucha al lado de ellos, mis hermanos. Las manifestaciones, las prisiones en las montañas, el partido y sus ramificaciones clandestinas trabajando como venas de un cuerpo que despierta. Aquí mismo, cuando todo parecía haber entrado pacíficamente en orden, hubiera podido aún ser el amo, dictar la ley bajo mi parasol, moverlos hacia lo bueno o hacia lo malo, según conviniera a su destino, predicar una doctrina y hacerlos un poco mejores. El comisionado de bigote rojizo y nuca sudorosa, argumentando a la luz de la sucia lámpara del cuartel. Su antiguo y probado camino de razonamiento por el cual transitan tan seguros pero tan lejos de sí mismos, ahogando sus mejores y más ciertos poderes: «Ninguno sabe por qué les hablas. No les interesa, como tampoco saben por qué estoy aquí, como tampoco lo sé yo. El único que tiene ya todas las respuestas eres tú, pero de nada han de servirte. Siempre se llega al mismo sitio. Tú eres el Santón. No todos pueden serlo. Ellos ponen la ira destructora y el fecundo deseo. Tú miras, indiferente hacia el negro sol de tus conquistas interiores y eres tan miserable y tan pobre como ellos, porque el camino que has recorrido es tan pequeño que no cuenta ante la larga jornada que te propones hacer movido por el engañoso orgullo que te amarra. Ponte a su lado y guíalos y ayúdame a imponer autoridad y a entregar las cosas en orden. Después, ya se las arreglarán como puedan; pero tú que has vivido y te has formado entre nosotros, sabes que nuestra razón es la única a la medida de los hombres. Lo demás es locura. Tú lo sabes». Una pálida cobra, piel de la verdad. Sueño mi vuelta al único sueño que está unido por un extremo a la divinidad que no dice su nombre, al padre y a la madre de los dioses, fugaces fantasmas esclavos del hombre. Sueño mi sueño soñando el sueño del que levanta el pie en la posición del elefante, del que te dice “no temas” con el arco de sus dedos, del portador del fuego, del que viaja en el lomo de la tortuga. La hora viene, vino hace muchas horas y no termina de llegar.

Sharaya se quedó dormido, y en la pesada siesta de la abandonada Jandripur comenzaron a entrar las primeras unidades del ejército invasor. Instalaron sus tiendas y ordenaron sus vehículos. Cuando el Santón despertó, la aldea comenzaba a arder y las húmedas maderas de las casas estallaban en el aire tierno del ocaso nublando el cielo con las altas columnas de humo. Eran muchos, y el roncar de los camiones y de los tanques que seguían llegando indicaba que no se trataba ya de una pequeña avanzada sino del grueso del ejército. Un altoparlante comenzó a dar instrucciones en el agudo y destemplado idioma de las montañas, sobre cómo debían conducirse los soldados en la comarca y sobre las precauciones que debían tomar para cuidarse de los que quedaban escondidos para organizar la resistencia. El ajetreo duró hasta muy entrada la noche, cuando un gran silencio se hizo en la aldea y sus alrededores.

Duermen agotados después de la carrera. Piensan seriamente en la redención de los pueblos, en la igualdad, en el fin de la injusticia, en la fraternidad entre los hombres. Ellos mismos traen un nuevo caos que también mata y una nueva injusticia que también convoca la miseria. Es como el que se lava las manos en un arroyo de aguas emponzoñadas. Ahí vienen dos. Alumbran el camino con una linterna de mano. Campesinos también, jóvenes, casi niños. Una mujer con ellos. Prisionera tal vez o ramera que los sigue para comer y guardar algún dinero. La están desnudando. El viejo rito repetido sin fe y sin amor. Les tiemblan las manos y las rodillas. Vieja vergüenza sobre el mundo. Ella ríe y su piel responde y sus miembros responden a la ola que crece en el cuerpo que la oprime contra la tierra. Madre necesaria. Renacen unidos en la sede de todos los orígenes. Gimen y ríen al mismo tiempo. Un solo cuerpo de dos cabezas ebrias y acosadas en el vértigo de su propio renacer, de su larga agonía. El otro sonríe con timidez. Sonríe de su propia vergüenza y espera. Sembrar hijos en la tierra liberada. Terminaron. Ella se viste. El otro me alumbra con la linterna.

Los soldados y la mujer se quedaron absortos ante el extraño amasijo de trapos mugrientos, alimentos descompuestos y las carnes momificadas del Santón. Evitaron la mirada ardiente y fija de Sharaya, testigo del breve placer que le robaran a sus oscuras vidas perecederas. Bien poco quedaba al Santón de forma humana. La mujer fue la primera en apartar su vista de la hierática figura y comenzó de nuevo a envolverse en sus ropas. Los dos soldados seguían intrigados y se acercaron un poco más. Por fin, el que había esperado, reaccionó bruscamente. «Parece un Santón -dijo-, pero no podemos dejarlo observando el paso de nuestras fuerzas. Ya nos ha visto y ha contado sin duda nuestros camiones y nuestros tanques. Además, nadie vendrá ya a consultarle y a venerarlo. Ha terminado su dominio». El otro se alzó de hombros y, sin volver a mirar, tomó a la mujer por el brazo y se alejó por la blanquecina huella del camino. Antes de alcanzarlos, el que había hablado alzó su ametralladora y apuntó indiferente hacia la ausente figura apergaminada, hacia los ausentes ojos fijos en el perpetuo desastre del tiempo y soltó el seguro del arma.

En cada hoja que se mueve estaba previsto mi tránsito. La escena misma, de tan familiar, me es ajena por entero. Cuando el mochuelo termine su círculo en el alto cielo nocturno, ya se habrá cumplido el deseo de las pobres potencias que nos unen, a él que me mata y a mí que nazco de nuevo en el dintel del mundo que perece brevemente como la flor que se desprende o la marea salina que se escapa incontenible dejando el sabor ferruginoso de la vida en la boca que muere y corre por el piso indiferente del pobre astro muerto viajero en la nada circular del vacío que arde impasible para siempre, para siempre, para siempre.

FIN





Thursday, February 4, 2016

EL PODER CAMBIA DE MANOS (Czeslaw Milosz) Polonia

—por Alberto Hernández—

1.—
La resistencia polaca disparaba sus últimos tiros. Varsovia estaba en ruinas. Mientras los alemanes remataban a los pocos rebeldes, el Ejército Rojo esperaba como una bestia hambrienta para entrar en el país. Este resumen —sumergido en el polvo de los muertos, en la fetidez de los cadáveres, en las miradas de los sobrevivientes— aborda el contenido de la novela “El poder cambia de manos”, (Ediciones Destino Colección destinolibro 124, Barcelona, España, 1980), de Czeslaw Milosz, con la que ganara el “Prix Littéraire Européen” en 1953. Libro que fue reconocido por un jurado compuesto por Gabriel Marcel, Gottfried Benn, Salvador de Madariaga, Hagmund Hansen, Hans Oprecht, Denis de Rougoment e Ignazio Silone.

Es una novela coral, polifónica. Cada capítulo destaca el episodio de distintos personajes que se desplazan en medio de una guerra contra los nazis y luego contra los soviéticos, quienes al final se adueñan de Polonia y la convierten en parte del dínamo de Moscú. Personajes a veces desconectados unos de otros. Personajes simbólicos, invisibles. Siluetas que hablan.

El autor relata desde la perspectiva de quien es arañado por las ráfagas de las armas, pero también por las garras de la miseria, el paisaje en el que predominan los escombros de la que fuera una hermosa ciudad. Los personajes se pasean como fantasmas, pero no dejan de luchar.

Si los alemanes diezmaron la capital de Polonia y otras ciudades, los soviéticos las sometieron a través de sus patrones ideológicos. De manera que los polacos vivieron entre dos tragedias, entre dos pesadillas, entre dos agonías.

2.—
El mundo judío. El espectro del odio contra esa cultura. Los personajes que representan la diáspora bíblica sazonan la crueldad de los alemanes, quienes mataron, torturaron, persiguieron, ahogaron, robaron y trataron de acabar con una comunidad que emergió de las cenizas para continuar su vida en otros lugares.

Los judíos eran trasladados desde las ciudades a los diferentes crematorios instalados tanto en Polonia como en Alemania. El paso de la narración nos hace saber de sus sufrimientos. Distintas voces recorren las páginas entre diferentes perfiles criminales: los enviados del Führer y los comunistas. Dos monstruos que destruyeron familias, apellidos, afectos, calles, callejones, ciudades, propiedades. Idos los alemanes se instalaron los soviéticos con la misma carga de odio contra los hijos de Israel. Y así, los polacos asolados por quienes arrasaron y desaparecieron patrimonios y vidas.

Dos partes dividen esta historia revelada por el autor nacido en Vilna en 1911, quien formó parte de una distinguida familia lituana. El escritor se marchó de Polonia en 1951 y se exilió en Francia, luego de una pasantía como funcionario de la embajada de su país en Estados Unidos, entre 1946 y 1950. Trabajó como agregado cultural. Posteriormente fue primer secretario de la Embajada de Polonia en París. En 1980 obtuvo el Premio Nobel de Literatura.

La primera de esas partes, titulada “Verano de 1944”, es un paneo por el mundo polaco aún bajo la bota alemana. La segunda, “Hasta el Elba”, narra el establecimiento definitivo de los soviéticos en tierra polaca. Pero es Varsovia el escenario que nos pinta el autor. Una ciudad brumosa por la ceniza y el polvo. Una ciudad dominada por el miedo. Por los peligros, por los disparos, por las emboscadas, por la muerte.

Esta segunda parte concentra el título de la novela, “El poder cambia de manos”. Los alemanes, los nazis, se marchan, derrotados. Los sóviets se apropian de las ruinas y de los seres humanos que dejaron los primeros. Imponen su terror como lo impusieron los germanos. Interrogatorios, ejecuciones, ideologización, consignas, koljoses, asaltos, robos, uniformes militares: Moscú y su garra criminal.

Czeslaw Milosz
3.—
Uno de los personajes, el profesor Gil, reflexiona acerca de la férrea presencia de los rusos:

“¿Acaso Marx (ese barbudo iconoclasta destructor de verdades absolutas y admirador de Esquilo) habría podido suponer que unas generaciones, en su nombre y llamándose marxistas, iban a marchar en cohortes disciplinadas, convencidas por los que se habían apoderado de la fuerza de que el género humano ha logrado ya la eterna sabiduría? Creían poseer una sabiduría absoluta, solamente por el hecho de apoyarse en la fuerza y porque, en un círculo vicioso, este saber considera a la fuerza como la confirmación suprema de toda sabiduría; o sea, el círculo vicioso del genial Hegel”.

La tensión de estas voces revela la tragedia del pueblo polaco, pisoteado por alemanes y rusos. Cada uno hizo su trabajo forense. Cada uno creó su morgue para ensamblar los cadáveres y construir dos regímenes que en muchas ocasiones lograron acuerdos: eran parecidos en sus procedimientos y contenidos ideológicos. Es decir, los dos poderes se vanagloriaron de haber elaborado una “decoración de escombros”, pero no sólo materiales sino también espirituales.

Otra de esas voces, la de Piotr Kwinto, usa una expresión descriptiva que conmueve al lector: “Aunque vivan, parecen esqueletos humanos. Es la calma de la devastación”, para referirse al paisaje humano y a las ruinas donde sobreviven los fantasmas de Varsovia.
En dos oportunidades el narrador menciona a Venezuela. El mayor Baruga, un comunista, había pensado una vez dejarlo todo y marcharse en búsqueda de otra realidad:

“¡Y decir que antes de la guerra, en un momento de duda, le había parecido que el fascismo podía vencer, y que había estado a punto de emigrar a Venezuela”.
“Está claro que este muchacho padece, como todo el mundo, de occidentalismo. Y lo más curioso: carece de importancia que tenga o no intención de fugarse. Él mismo ignora lo difícil que es decidirse por una Venezuela cualquiera”.

4.—
Como vivimos tiempos en los que el discurso político es un reflejo del que formó parte de la gran tragedia de más de media Europa, no quiero obviar algunos pasajes en los que esa Venezuela, la que menciona el narrador y el mismo Baruga, es hoy un episodio de esas voces que pasaron por tantos sobresaltos y dolores.

La madre de Kwinto: “—Piotr, hijo mío, dime en qué va a terminar todo esto. El pueblo los odia a muerte. Hemos rezado mucho por la Liberación y por fin la conseguimos. Pero resulta que la Liberación no es más que una nueva ocupación. Van a convertirnos en otra de sus repúblicas”.

“—Créeme, hijo mío —le decía a Piotr su madre—, lo presiento: todo esto no puede acabar bien. Ahora ponen por todas partes banderas nacionales. Pero es un engaño para que nos callemos mientras se apoderan de todo lo nuestro. El abismo será cada día mayor (…) Huye, porque después será demasiado tarde”.

El casi susurro del escritor judío Bruno se deja oír pasmosamente. El narrador deja que deslice su pensamiento hasta convertirlo en parte de un diálogo con Kwinto:

“—Mi pueblo ya no existe: me refiero al pueblo de los judíos polacos. Tres millones. Todo lo que era promesa incumplida, la cadena de las generaciones que habían de nacer, los grandes sabios, artistas, escritores, todos los que hubieran podido ser y jamás serán. Todos los mejores. ¿Y quiénes se han salvo? Algunos de los que tenían dinero; otros que, como yo, se habían asimilado y éramos ya casi arios. Como te decía lo que se ha salvado ha sido a costa de nuestra solidaridad (…)
—Sí, como Flavio Josefo después de la destrucción de Jerusalén. Muy bien, pero, ¿quién se atrevería a abordar esta tragedia partiendo de aquí? Comprenderás que estoy demasiado cerca; aquí me sería imposible pensar. No me dejarán salir. Además, no quiero exilarme. La lengua polaca es mi patria. Nunca podría escribir en otro idioma”.

5.—
La presencia absorbente del comunismo desnudaba y maltrataba toda sensibilidad. Los soviéticos llegaron para apropiarse de todo. Se adueñaron del alma y del cuerpo de Polonia. Por eso “Se ordenaba a los campesinos que repartieran entre ellos, a toda prisa, las tierras de los grandes dominios. Fue un reparto realizado sin orden ni ley (…) Las viejas se persignaban horrorizadas ante aquellos diablos peores que la Gestapo (…) Los que se sometieron como corderos a los rusos fueron recibidos con todos los honores, pero inmediatamente los encerraron en campos de concentración para enviarlos poco después hacia el Este. Así trataron los rusos a sus aliados en la lucha contra Hitler”.

La teoría de la neolengua. La acumulación de vocablos, el amontonamiento y la definición de nuevas inclinaciones lingüísticas encuentran imagen en ésta que el narrador expone ante el lector: “Por debajo de cada discurso se ocultaba otro discurso”.

El saqueo por parte de los militares, por las fuerzas de la NKVD, que “se lleva los pollos y se harta de vino. Son unos bandidos, unos antisemitas y malhechores”, en la voz del tío Isaak.

Los enchufados de la época, palabra que también aparece en la novela, forman parte de una ironía que sale de la boca de Friedman: “Entonces le pregunté qué tal le iba con la nueva vida socialista. Me respondió: “No está mal. El dos por ciento vive bien (…) Sólo permanecerán aquí los enchufados, los que se pongan al servicio de la NKVD y se coloquen en buenos puestos del Partido”.

6.—
La diversidad de asuntos tratados en esta pieza narrativa, nos conduce a ser cuerpo de ella misma. El país que hoy habitamos, el gobernado por una élite que sofistica la crueldad a través de la tortura psicológica o corporal, se dibuja en este espejo:

“El interrogatorio se hacía, pues, mediante un intérprete. Miguel había decidido jugárselo todo. Se fiaba de su sentido de la situación y éste le inspiraba la idea de que su única posibilidad de salvación estaba en sorprender. ¿Qué si era un fascista? Sí, un fascista. ¿Qué si publicaba un semanario? Sí, lo publicaba. Prefería exagerar su papel, pintando a brochazos un cuadro lo más demoníaco posible”.

El “sapeo”, el espionaje, la creación de batallones de chismosos y esbirros se traducen en esta clara perversión que a diario observamos en Venezuela, no sólo en las amenazas de los colectivos sino en las de diputados y funcionaros, sin dejar de mencionar las del Presidente de la República:

“Sabemos todo lo referente a usted”.

Consolidada la invasión, fabricada toda la parafernalia verbal, una voz: “El poder está ya en manos de estos hombres”. Y es tanto ese poder que la “inteligencia” del país, los artistas, fascinados, también se aliaron con los invasores comunistas: “Los cazadores de quimeras, que antes eran inofensivos, los poetas malditos, tenían ahora la mano en un guante de hierro. La Polonia del porvenir se extendía ante ellos el sol. Por encima de los verdugos, en las claras estancias de los aéreos castillos, un grupito de intelectuales emprendía la tarea de realizar el sueño de Fausto”.

Y así como vendieron su alma al diablo, abrieron sus brazos a la lisonja para colocarse, enchufarse y ser parte de la tragedia: “—Estas con nosotros, y el que está con nosotros tendrá cuanto quiera: dinero…que, como sabes, no puede interesarnos a gente como nosotros…, libros, viajes…Ya lo estás viendo, puedes viajar; nadie te lo impide…”

Como el tiempo es redondo, la novela de Milosz termina con el profesor Gil, quien no deja de reflexionar, de pensar y decir acerca de todo lo que sus ojos han visto, acerca de sus miedos, pero también acerca de la seguridad de que ha sido testigo de un proceso que se decía interminable.

El periódico del gobierno recoge un titular, nada alejado de lo que acontece en este lado del mundo. Uno de los importantes funcionarios del régimen logró escabullirse de Polonia mientras otros eran juzgados:

“La primera página estaba ocupada por un gran proceso de “traidores a la Patria e innobles lacayos del imperialismo”. Gil admiraba siempre la minucia con que eran preparados estos procesos. Creía que las fechas, los incidentes, los encuentros de unas personas con otras, eran por lo general exactos. El arte soviético consistía en elaborar de tal forma estos datos, que, una vez relacionados, los hechos más inocentes y casuales acabaran formando la imagen de un crimen”.

Coda:
Una novela escrita en la década de los 50 del siglo pasado nos hace viajar por la Venezuela en la que algunos creen todavía que el socialismo es la panacea para acabar con la injusticia, cuando en verdad la injusticia reposa en el fondo cenizoso de esa fe fracasada.





Friday, January 15, 2016

“El desperfecto” de Friedrich Dürrenmatt (1921-1990) Suiza


-por Alberto Hernández-

"La avería" dirigida por Blanca Portillo (RevistaTeatros.es)
1.-
¿Metáfora de la justica? ¿Paradoja?

“El desperfecto” es una novela corta, que nació como un guión para la radio, escrita por el dramaturgo Suizo Friedrich Dürrenmatt (1921-1990). Obra poco conocida en nuestro ambiente.

La pieza que me desveló, publicada por la editorial Los Libros del Mirasol, Buenos Aires, 1969, era una lectura pendiente que reposaba en los archivos del grupo teatral “La Misére” (Maracay, Venezuela), de donde emergió gracias a la bondad del actor y director Roger Rodríguez. Esta historia fue puesta en escena por el grupo teatral La Rueca, en 1990, en Argentina, dirigida por Fernando Medina, con las actuaciones de Alejandro Borgatello, Guillermo Lemos, Marcelo Luchetti, Ariel Osiris, Hilda Rivas y Daniel Silveira.

Dürrenmatt es más seguidor que heredero de Brecht, de los planteamientos de uno de los dramaturgos más emblemáticos de la escena occidental contemporánea. Su poética se enmarca en la temática del poder, la justicia y las contradicciones del ser humano. La obra de este autor es muy extensa. Publicó drama, novela, ensayos, guiones para el cine y la radio, entre otras aventuras literarias.

Dürrenmatt
2.-
Cuatro ancianos jubilados, un ex juez, un ex fiscal, un ex abogado y un ex verdugo, se reúnen en la casa del primero para beber y comer frugalmente. Pero esta escena no es más que parte de un juego en el que intervendrá un acusado, porque los personajes –forzados por el retiro- no han querido abandonar sus costumbres profesionales, razón por la cual la casa del ex juez ha sido convertida en una especie de fonda, de refugio para gente que no tiene donde pasar la noche.

Una posada en la que se escenifica un juego para aplicar “justicia”. El invitado, el que por accidente o casualidad entra a la casa, se convierte en acusado: inocente o culpable.

Generalmente es culpable, porque el tribunal escudriña en los secretos del acusado hasta hacerlo reo producto de sus argucias y peripecias “profesionales”.

El viejo juez, porque ya ejerce de nuevo el oficio, así como el fiscal Zorn, el abogado defensor Kimmer y el verdugo Pilet sientan ante la mesa a Alfredo Traps.

Mesa abarrotada de bebidas y apetitosos platos, servidos por Simone, personaje que hace de ama de llaves, pero que participa desde lejos como público.
Pero ¿cómo llegó Traps a la casa del anciano ex juez, quien vive solo porque su hijo se marchó a Norteamérica? El vehículo del personaje (futuro acusado), un Studebaker, sufrió un percance mecánico, un desperfecto, que lo obligó a dejar el carro en un taller mecánico. Y por el gusto de quedarse en el sitio, un pueblo “amable, desperdigado en dirección a colinas pobladas de bosques, con una pequeña elevación…”, comenzó a buscar una habitación para pasar la noche, pero antes había pensado en un bar con la muy deseada intención de encontrarse con alguna chica fácil, pero nada…mientras conocía el poblado se encontró con un viejo parado frente a una casa con jardín. Aquí comenzó la historia, aquí los personajes se revelan como tales e inician el diálogo que llevará a Alfredo Traps a una aventura que terminó muy mal.

3.-
¿Qué contiene esta historia del dramaturgo suizo, qué quiere decirle a los espectadores o a los lectores? La conclusión: el poder hace marionetas de los ciudadanos, el poder envilece, provoca situaciones a veces inesperadas. El poder, el mismo que criticaba su antecesor Brecht, anula, ciega y convierte la mentira en una verdad. O la verdad en una mentira. Hace de la burla una tragedia.

“El desperfecto” es una oportunidad para decirle a quien recurre a ella, que somos manejados por quienes saben usar argumentos –en este caso orales- que pueden conducir a un sujeto o a un país a la desaparición, a la muerte. El poder es un juego de tentaciones. El poder es un intercambio de sospechas, de venganzas. Pero también es un artilugio para aplicar justicia al gusto de quien la maneja.

El desperfecto es una metáfora de la aplicación de la ley. El percance con el vehículo define lo que viene: un incidente sin importancia se convierte en toda una trama que termina en drama, que abre una puerta para descubrir una tragedia inducida.

El poder ejercido por los cuatro ancianos, quienes juegan a enjuiciar a Alfredo Traps mientras beben y comen hasta reventar, no es más que la escenografía de la realidad: desde las trapisondas de un régimen, sea político, judicial, parlamentario o económico, se juega con quien cree puede derrotar la complicidad. Cuatro conciencias solitarias, enfermizas, construyen un ambiente para enjuiciar a un hombre que creyó que el juego era sólo un juego, cuando en realidad lo era. No obstante, el juego lo llevó a descubrir una verdad que no debió revelar a nadie: había provocado la muerte de su jefe de la empresa textil donde trabajaba para poder ascender en el cargo que lo ayudó a comprar el carro que ahora está accidentado, un Studebaker de último modelo, que sustituyó a la chatarra que antes conducía a empellones.

En la medida en que el juicio avanza se evidencia la embriaguez de los personajes. La gula como símbolo de ese poder. Toda la noche, todas las horas al frente de un hombre que no dejó de decir lo que había guardado como un secreto. El acusado es celebrado, adobado, colmado de elogios. El fiscal Zorn lo maneja como en el juego del gato con el ratón. Traps festeja el juego y habla, se confiesa. El abogado le advierte que no debe hacerlo, pero más pudo la arrogancia del acusado y destapó toda una historia que él mismo había convertido en épica. Provocó la muerte de un hombre al hacerle saber que se acostaba con su mujer: “dolo malo”, calificó el juez. Homicidio premeditado a sabiendas de que el jefe era cardiópata.

El veredicto: la pena capital. Las risas, la celebración por el final redondo del juego. El acusado Alfredo Traps, en medio de una terrible borrachera que lo hizo rodar por las escaleras, fue conducido “por el calvo taciturno” a la habitación para que durmiera, mientras los demás redactaban la sentencia.

Traps entró y cerró la puerta.

Un poco más tarde, todo el tribunal la abrió y halló ahorcado a Traps.

El poder, un poder ortopédico, cumplió con la paradoja de su función. En este caso, iluminó la conciencia de un hombre que creyó cruzar la vida sin tropiezos luego de cometer el crimen perfecto.

El final:
“El juez abrió la puerta, y el solemne grupo se quedó pasmado en el umbral, el fiscal con la servilleta anudada todavía. En el marco de la ventana estaba colgado Traps, inmóvil. Una silueta oscura sobre el fondo de plata apagado del cielo, envuelta en el aroma pesado de las rosas, tan definitiva y tan absoluta, que el fiscal, en cuyo monóculo se reflejaba la mañana, cada vez más poderosa, perplejo y apenado por su amigo perdido, exclamó con verdadero dolor:
-Alfredo, mi buen Alfredo, ¿cómo se te ha podido ocurrir, por el amor de Dios? ¿Nos has estropeado la más hermosa de todas las veladas.”

El humor negro también tiene su lado tierno.

El juego de la verdad contra la mentira. La mentira transformada en ahogo.

El juego, traducción de una verdad que ahora es la representación de un hombre que no pudo regresar a buscar su anhelado vehículo.





Saturday, December 26, 2015

5 gatos ficticios en los cómics


Desde la antigüedad la fascinación con los felinos ha sido parte integral de la cosmología, la creatividad y el entretenimiento del ser humano. No es casualidad que los gatos, en particular, han sido venerados por muchos artistas, autores, reyes y faraones.

Los hemos domesticado, pero ojo, es fácil dejarse seducir por sus atributos: cuerpo esbelto, oído agudo, excelente vista, cazadores sigilosos, independientes, imponentes y, debido a injustas quejas de algunos dueños descontentos, hasta egoístas y perezosos.

Los gatos han sido fuente inagotable en la pintura, la música, la literatura, el cine y los dibujos animados; los cómics no podía ser la excepción. A continuación, y sin seguir ningún orden establecido, cinco de los gatos ficticios en los cómics más emblemáticos:

El gato Fritz: Tira cómica Fritz The Cat del conocido caricaturista y músico estadounidense Robert Dennis Crumb que apareció en los sesenta. Ralph Bakshi escribió y dirigió la película animada para adultos, Fritz The Cat, la cual debutó en el cine en 1972. Fue la primera película animada en ser clasificada X en los Estados Unidos. Se centra en Fritz —voz de Skip Hinnant—, un felino antropomorfo a mediados de 1960 en la ciudad de Nueva York que explora los ideales del hedonismo y la conciencia sociopolítica. La película es una sátira centrada en la vida universitaria estadounidense de la época, las relaciones raciales, el movimiento del amor libre, y la política de izquierda y de derecha.

A pesar del éxito —película de animación independiente más exitosa de todos los tiempos, recaudó más de noventa millones de dólares en el mundo—, Fritz the Cat estuvo plagada de problemas de producción y controversias, incluyendo desacuerdos con Crumb por su contenido político y su clasificación. Muchos espectadores del momento la calificaron de ofensiva.

Garfield: es una tira cómica estadounidense creada por Jim Davis y publicada desde 1978. Narra la vida del personaje del título, el gato Garfield, Jon —su dueño—, y Odie, el perro de Jon. A partir de 2013 fue sindicado en aproximadamente 2.580 periódicos y revistas, y mantuvo el récord mundial Guinness por ser la tira cómica más ampliamente sindicada en el mundo.

Aunque esto rara vez se menciona en la impresión, Garfield está basada en el pueblo de Muncie, Indiana, donde queda la casa de Jim Davis; esto de acuerdo con el especial de televisión Feliz cumpleaños Garfield.

Los temas comunes en el cómic incluyen la pereza de Garfield, su comer obsesivo, y el desprecio de los lunes y las dietas. El enfoque de la tira es principalmente las interacciones entre Garfield, Jon y Odie, pero personajes secundarios recurrentes aparecen también.

La gata loca: Krazy Kat es una tira cómica estadounidense del dibujante George Herriman (1880-1944), que se desarrolló entre 1913 y 1944. Apareció por primera vez en el periódico New York Evening Journal, cuyo dueño, William Randolph Hearst, fue un apoyo importante para que la tira durara en impresión a pesar de la poca aceptación del público.

Los personajes se habían introducido previamente en una tira llamada The Dingbat Family, creación por Herriman en sus comienzos. La frase "Krazy Kat" se originó allí, dijeron que por el ratón, a modo de describir al gato.

Situado en una imagen onírica de la casa de vacaciones de Herriman en condado Coconino, en Arizona. Krazy Kat mezcla el surrealismo poco convencional, la alegría inocente y el lenguaje poético idiosincrásico que se ha convertido en el favorito de las revistas aficionadas y críticos de arte por más de ochenta años.

La tira se centra en la curiosa relación entre un gato sin preocupaciones, ingenuo e inocente, llamado Krazy, de género indeterminado —referido tanto como a “él” y “ella”— y un ratón gruñón llamado Ignatz —Ignacio—. Krazy está enferma de un amor no correspondido por el ratón. Sin embargo, Ignatz desprecia a Krazy y constantemente está haciendo planes de lanzar ladrillos a la cabeza de Krazy, los cuales Krazy interpreta como un signo de afecto, pronunciando respuestas agradecidas como: “dollink Li'l, allus f'etful”, o “ainjil Li'l”. Un tercer personaje principal, Offisa Bull Pupp, a menudo aparece y trata de proteger a Krazy para frustrar los intentos Ignatz y encarcelarlo. Más tarde, Offisa Pupp se enamora de Krazy.

Bucky Katt: es el gato siamés egoísta y cínico de Rob que apareció en la tira cómica norteamericana Get Fuzzy, escrita y dibujada por Darby Conley en 1999.

Sus orejas están casi siempre dibujadas en un plano relajado de la cabeza, un signo felino de desafío y agresividad. La Sociedad Protectora de Animales encontró a Bucky acurrucada en un bote de basura, cuando apenas tenía pocas semanas de edad, en Hackensack, Nueva Jersey, que más tarde sería adoptado por Rob. Mientras que el padre de Bucky nunca ha sido mencionado, Bucky dio el apellido de soltera de su madre en una solicitud de tarjeta de crédito, como "Tricky Woo"; haciendo referencia al ridículamente mimado —pero de buen carácter— perro, cuyo nombre proviene de las historias de James Herriot y sus experiencias como veterinario.

El gato Salem: Salem Saberhagen es un personaje del cómic Sabrina, la bruja adolescente, perteneciente a la famosa serie norteamericana Archie.

Salem es un gato de pelo corto que vive con Sabrina Spellman, Hilda y Zelda Spellman en la ciudad ficticia de Greendale, situado cerca de Riverdale. Una ex bruja de Salem fue condenada por el Consejo de las Brujas a pasar un período indefinido de tiempo con un gato como castigo por tratar de conquistar al mundo. Salem apareció por primera vez junto a Sabrina en Archie Mad House #22 en 1962, y fue creado por George Gladir y Dan DeCarlo.



Por John Montañez Cortez para Cervantes@MileHighCity 2015©.




Sunday, December 13, 2015

reseña: MANERAS DE IRSE de Ricardo Ramírez Requena


-por Alberto Hernández-

“Maneras de irse” es un libro de experiencias
inmediatas y de experiencias literarias.
Cuesta un poco diferenciarlas tajantemente.
Una habita en la otra y ambas son
expresiones de vida en particular:
la de un poeta que no teme mostrar sus
antecedentes y gustos; es más,
allí radica la poética de este libro.
-Néstor Mendoza-


1.-
Si la muerte es una manera de irse, viajar siempre ha sido una manera de regresar. Pero irse también significa quedarse, instalar en un lugar las voces que se alejaron o las que aún no se oyen. O las que se imaginan. Irse, entonces, es una manera de estar, de ser. Y hasta de amistarse con la muerte para conjurarla.

El poema que le da nombre al libro de Ricardo Ramírez Requena, “Maneras de irse” (Editorial Ígneo / Colección Ciudades Insomnes, Caracas, 2014), es el más íntimo de todos. Es el del más doloroso destierro. Porque es la ida definitiva, la más cercana al dolor: es la marcha de unos seres que retornan como fantasmas. O como susurros mientras la rutina o la cotidianidad despliegan sus oficios.

El poema:
“Las amigas de mi madre se han ido muriendo. // Primero fue Yolanda, de carne firme y silencio. / Luego vinieron la abuela Arreaza, quien le vio/ el culo a todo El Cafetal de tantos años poniendo inyecciones: Elvira, su alegría y su cigarrillo perpetuo; / Beatriz, a quien no le tocaba realmente pero decidió / irse, y al final Elena, impuntual…”

El poema se decanta, asciende y desciende: quien lo escribe lo anima a ser, lo piensa y lo premia con nombres cercanos, tanto de personajes como del lugar donde habitaban esos espíritus que siempre regresan para convidar a quien se quedó en este mundo entre los afanes del recuerdo. Es una elegía en la que la voz que cierra el texto se familiariza más con sus duendes interiores. 

“Todas se han ido muriendo. Quién les habrá dicho/ que podían morirse así, como pidiendo permiso.// Hay maneras de irse y cada una ha respetado el pacto/ que las une. // Hay un orden de las cosas y mi madre / lo ha entendido en su silencio.// Se le ve en el rostro, cada vez que aparece Elvira / durmiendo o fumando en la casa, o el ascensor/ decide detenerse en el segundo piso, el de la abuela.// Tanto apuro y nadie quiere irse de verdad, dice. // Tanto apuro y no pueden vivir sin contarme sus/ asuntos en los sueños, comenta.// Me dejaron sola, cuidándoles la calle y a su gente. / Yo cuento ahora los chismes, yo doy las clases, / yo pongo las inyecciones ahora. / Aún no puedo irme, me cuenta. Ni que quisiera. / Cada día me encomiendan cosas nuevas/ las pendejas esas”.

Morir es el sino más próximo al exilio. Pero siempre se regresa en la voz del otro. Este exilio, tan casero, tan de la comarca familiar, estremece en la lectura porque así habla quien vive, quien no ha desistido de la vida, quien no se ha ido, pero sabe que también le tocará irse algún día.

Una manera de irse: la muerte, la sombra de quien viaja y retorna en la imaginación, en las voces de los muertos.

el escritor venezolano Ricardo Ramírez Requena
foto:queleer.com.ve
2.-
El poemario de Ramírez Requena está dividido en cuatro estaciones: Movimientos, Diásporas, Postales y Adendas. Todos los títulos interiores son correlatos del viaje, de la ausencia. La voz del poeta comienza con un yo neural, un yo que reclama a la altura el azar, la suerte de andarse atrincherado, mofado por el dolor. Y desde ese momento, el libro se mueve –mediante un discurso preciso, limpio, despojado de brillos innecesarios- a través de un tempo en el que la voz adquiere otros matices: “Hay una serenidad que otorga la amargura (…) Sabemos que el que suelte su amargura pierde. / Solo el silencio la resguarda”. Ya no es la nostalgia invocada por la muerte del otro. Ahora, un sentimiento vivo toma lugar y se hace a la calle para decir de otros protagonistas, los que seguramente formaron parte de la experiencia juvenil del poeta.

“Los muchachos van al frente. Uno teme por ellos, / por su bien o por la idealización malsana que se/ tiene de ellos. La juventud es fiel a su sangre, / a ese vigor que desmorona conceptos. Uno solo debe/ guardar aquello que ofrecen, sus pasos consecuentes/ en un tiempo inconsecuente, su risa. Y caminar alerta/ de que un viento no nos los vaya a llevar”.
El movimiento, el tránsito hacia muchos puntos del tiempo, forma parte de los signos de este hoy amalgamado por miedos y por angustias.

La voz se traslada de un sitio a otro. Caracas es el depósito de quienes han activado –desde muchos destinos obligados- la pérdida, porque irse conforma una obligación.

3.-
También está la imagen de una mujer. Describirla es desearla, pero también mantenerla detenida o dibujada en la memoria: “Hago imperio en tu mirada mientras oteo cada / espacio entre los pliegues de tu falda: luz oscura/ que me envuelve sin motivos, sombra empapada/ de humedad, lugar de mi sosiego, senda clara”. El amor y el deseo, el texto que crece dentro de quien lo lee, proteico. Y el tiempo, los pasos del tiempo sobre la realidad, esa cosa que aturde, que desestima los sueños: “No somos la historia de nadie”.

Y la foto continúa en otro texto. Pero esta vez es la imagen genética de alguien que forma parte de una búsqueda, de una historia de exilios, de una fecha anclada en un siglo ya muerto, y que “fue el insomnio del tiempo”. No deja por fuera la vivencia plural de un país ardido: “Susúrrale al siglo que se duerma, que deje nacer/ otra belleza.// Préstale tu pierna mala para que al andar salga/ prudente.// Llévate a sus muertos olvidados y cansados.// Déjanos la música y el trago. Déjanos la llama”.

El tiempo también se larga: tiene su manera de irse. El tiempo se exilia.

foto:el-nacional.com
4.-
Las ciudades también sufren destierros. Suelen irse de uno, de quien las alquila para habitarlas. La polis es la consagración de todas las huidas. Quien habita una calle es ciudad, cañería o patio trasero. Quien habita esos espacios se hace esos espacios. Se hace ciudad. Abandonarlas, dejarlas ante cualquier eventualidad implica llevarse la ciudad en un morral, en los ojos, en la piel o en el interior de nuestras sombras. Pero quien viaja ciudades también es muchas ciudades, pero no se desprende de la original. Es su ciudad. Sus malos olores, sus personajes anónimos, las mujeres que desnuda y ama, sus muertos, sus miserias, sus tragedias.
La diáspora, las semillas esparcidas en otros suelos, la siembra en otro idioma, en otra calle que no reconoce al recién llegado. El poeta habla de esas ciudades, las examina, las ama o las detesta. Se hace ellas, parte de sus misterios, de sus luces y oscuridades. A veces quien respira una ciudad no sabe si la habita o la muere. O si ha nacido en ella. Se es extranjero la mayoría de las veces: un país se abandona si el país deja de serlo. La ciudad se despoja.

“En ésta, en donde vivo ahora, me siento apenas/ testigo de sus andares y mutaciones. De las otras, / alguien que las busca siempre en sueños”.

Por eso se entra y se sale del vientre materno. Se hurga en las vísceras de los callejones, en las costumbres y distracciones. Una ciudad siempre nos retorna a sus ambigüedades. Y en ella hay tantos desperdicios, tantas pérdidas. Pero también tanta memoria:

“Hay un televisor pasando Sábado Sensacional, mudo, / con Amador Bendayán entero; una radio en donde/ suena Toña La Negra. Nadie baila ni se mira. Reina/ el silencio y los murmullos de los cuatro del fondo. / De repente, una risa tuya. Una extraña presencia/ en este final del día. Entran dos niñas ofreciéndote flores para una mujer que no está aquí. Entra la/ policía y te requisa, para luego ofrecerte marihuana. / Para todo giras la cabeza, negando. Te detestan. / Terminas la cerveza y te levantas, dejas el dinero/ y haces que vas al baño. “No hay agua”, dice/ el letrero. Bajas la cabeza y al salir, sabes que nadie / te mira. Como si no pertenecieras ahí, y no hubieras/ bebido y pagado tu cerveza. Es que tu cansancio/ no es el de ellos. ¿No recuerdas el extraño olor a/ cementerio, a huesos viejos, a negra herrumbre”.

Entonces el país, el pequeño país del sabor a cerveza, el incapaz de ocasionar resaca, ha perdido el sentido de ser. Y es Puerto Malo, el milagro geográfico de Eugenio Montejo, el que aparece para designar el otro destino.

Y es la misma ausencia, sin huesos, sin palabras. El poema se instala de nuevo en la muerte. 

Son las ciudades del escape. Son tantas ancladas en el poema. Tantas que se han quedado desterradas, solas, lejanas. La experiencia sofoca: se ha viajado. Pero nunca se abandona la tierra bajo las uñas. Una manera de irse es no irse nunca. O quedarse para irse de otra manera.

foto:culturaurbana.org
5.-
Desde La Guaira, desde la tierra que una vez fue la prometida, se escribe una postal. Orlando se dirige a Angélica. Referencias culturales, nombres de la vieja Europa. Italia. Los saludos a amigos y familiares. Y también una especie de Aquiles engendrado por Afrodita. La cólera. El viaje. La Odisea o la Ilíada. Y el hombre que escribe traza su propio carácter, sus cambios, sus trastornos. El poema, la prosa en la que viaja el personaje se aleja con el nombre: “Toma mis palabras, Angélica, no creo que escriba más. // Menos tuyo y cómo lo agradezco”. Otra forma de irse.
Ahora es Orfeo quien le escribe a Eurídice. El hijo de Apolo y Calíope, desposa a la ninfa de los valles de Tracia. En un evento donde participa Aristeo, la mujer es mordida por una serpiente. Muere y Orfeo se dedica al llanto y a musicalizar su pena. Los dioses le permiten bajar al infierno del que intenta sacar a su amada. El retorno es extenuante. Como en el caso de la mujer de Lot, Orfeo pierde a Eurípides al no obedecer a los dioses: volteó y la mujer desapareció en las sombras. Desde este mito, Ramírez Requena escribe “Postal desde la autopista”.

Un segmento nos permite sentir la presencia de ambos personajes en la actualidad. Dos sujetos que forman parte del destierro, de la pérdida, pero también del rencor. El poeta recrea el mito y lo transforma.

“Esa casa, ese rostro mediterráneo llega al alba hecho/ certeza y es el mejor de los insomnios: te despides/ de mí desde otra orilla; estás de espaldas ofreciendo/ tu cabellos a mis dedos y sin verme nunca, / estallando en luz por la ceguera de cualquier otro sol/ en tus almendras, alejándote me besas desde el más/ nuevo y último de sus exilios”.
La ciudad, la Caracas de quien la vive y la desvive, aparece en escena en otra postal. Esta vez desde un espacio específico: el café Rajatabla del Ateneo de Caracas. Y he allí que la ciudad se angosta y se descubre. Se manifiesta extraña “en una mesa, / sentado uno al frente de otro, a un punketo y un/ Guardia Nacional”.

La “Carmen” de Merimée, la cigarrera de la Real Fábrica de Tabacos de Sevilla, donde también trabaja el sargento vasco José Lizarrabengoa, se hacen presencia en Chacao. Esta traslación, esta suerte de manera de irse de un lugar a otro, de ser traídos por la imaginación del poeta, comporta un exilio recreado donde el Nuevo Circo de Caracas, las manifestaciones religiosas de la urbe capitalina habilitan las imágenes que hacen de este libro una manera de leerlo, de irse con él en exilio obligado hacia las páginas del novelista y hacia los sonidos de Bizet.

foto:RubénDaríoCarrero/rubencarrero.blogspot.com
La historia es harto conocida. La anécdota de la novela corta de Merimée es un retrato de época. Una retrospectiva amorosa que empujó a Ramírez Requena a decir:

“No tengo nada porque darte las gracias, solo/ desearte la mayor de las felicidades en tus labores/ de puta. // En este lado del Atlántico, en donde me he asumido uno más de los de aquí, bregamos la primavera arde/ en los ojos y lo que no otorgue vida lo despedazamos”.

Y desde Las Palmas, Isolda y Tristán. La postal sale de la ciudad. Lleva el mensaje de las horas y deshoras de la polis. De los ajetreos urbanos. Habla el poema de la presencia del personaje en Puerto Malo, y su no regreso a Cornualles por instrucciones de Mark. Exilio. Destierro. Finalmente es Manoa la tierra que lo acoge. La tierra que le advierte de la distancia de su origen.

6.-
El largo aliento del poema “Cuerpo de mujer” descifra a un personaje. El texto narra, toca y recorre la topografía de un cuerpo. Se hace de sus ojos, de su frente, de todas sus formas. Lo convierte en un país, en un lugar habitable. Lo desposa.

Es un poema de amor donde cada parte del cuerpo es un muelle de sorpresas, de sabores. Texto del deseo que no se agota:

“Te desgranas, mujer mía, ahora, en la mañana. / Intento descifrarte y no me dejas ya. Más que un/ sabio, soy ahora tu esposo. Es un círculo en donde/ lanzo la atarraya en cada calle y espero.// Del averno a tu olor, y de tu olor al averno”.
Ella también es un destino. Ella forma parte de esas maneras de irse, de ir y venir.

foto:ArnaldoUtrera/digopalabratxt.com
Cierra el libro con un cuadro de ambientes. Es un poema cuya intimidad se abre al mundo. Los retos de la casa, la nimiedad de las labores del hogar hasta el viaje verbal por Chile, Colombia, Praga, Barcelona, Turín…pero también está la mirada al paisaje local. Esa forma de establecer un espacio para explayar una manera de desplazarse en el futuro, los hijos que vendrán, los idiomas aprendidos. Y así, desde una ventana la contemplación del Jardín Botánico, la Universidad, el Ávila: vistos desde Berlín, México o Liverpool.

Con este libro, ópera prima de Ricardo Ramírez Requena, se confirma la calidad de una voz que seguirá aportando títulos para gusto de quienes tienen en la poesía una manera de irse y de recurrir al exilio y auxilio de sus imágenes.


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Ricardo Ramírez Requena (Ciudad Bolívar, Venezuela, 1976). Licenciado en Letras por la Universidad Central de Venezuela. Es, además de escritor, gran lector, librero y profesor universitario.

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