M u l t i n a t i o n a l - B l o g - o f - A r t - a n d - L i t e r a t u r e - f r o m - D e n v e r

Sunday, April 15, 2018

Crónicas del Olvido: DE UN CIELO A OTRO CIELO DE CUBA


—por Alberto Hernández—
“Los amorosos juegan a coger el agua,
a tatuar el humo, a no irse.
juegan el largo, el triste juego del amor”.
-Jaime Sabines-

foto:fundacioncaupolicanovalles.com
1.-
No es fácil abordar un texto cuyo tema sea el amor. Yo –en mi caso- no creo en los poemas de amor, me inclino por los poemas amorosos, dedicados a alguien que se ama o se odia. Porque un poema de amor es en sí un material o artefacto que contiene un sentimiento, como todo poema contiene sentimientos. En mi creencia, todo texto poético lleva implícito un canto de (al) amor, así otro tema lo sostenga.

En tal sentido, el yo amoroso es destinado al Otro desde el lenguaje. Una voz que irrumpe y rompe la tradición del poema tiene en el lenguaje el ancla del tema. De modo que es el lenguaje el amoroso, a través del cual se construye el poema que habrá de ser definido como de amor. La forma de decir, la manera de expresar ese contenido.

Podría parecer una necedad, pero un poema de amor transita por muchas interpretaciones. Desde su significado implícito hasta la puesta en práctica de lo que quiere decir o significar mediante la brújula del lector

¿Qué diferencia podría existir entre un poema de “amor” y uno amoroso?

El poema busca en el amor la voz creada. O el amor indaga en el poema para convertirse en poesía. Queda entonces, por esta circunstancia, definido como un poema de amor. El poema amoroso celebra esa manera de descubrir la poesía en el lenguaje, con la lengua que se dice. De modo que todos los constructos poéticos son poemas afectivos o desafectivos dedicados o no a un sujeto, animal u objeto. En el caso de Caupolicán Ovalles, se trata de un poema donde el lenguaje, el brillo del invento, funda el texto amoroso. O lo que suelen llamar poema de amor.

Igual sucede cuando se califica a alguien de surrealista. El surrealismo es un juego preexistente en la poesía. No es el surrealismo un puerto poético. Es la poesía quien crea el surrealismo, esa corriente que, para algunos ha afectado la poesía de nuestro patio verbal, como para otros aún sigue siendo una celebración.

2.-
“De un cielo a otro cielo/ Cielo de Cuba” (Fundación Caupolicán Ovalles, Caracas 2018) transita por estos senderos. Es un poema donde el texto convierte en amoroso lo que siente el autor. El poema de amor es un tatuaje, como podría serlo un poema político. Todos los poemas son políticos, pero esa discusión –puesta en contexto- es parte de otra habitación.

La metafísica del amor se consume en una poética: el poeta se declara ante el sujeto amado y lo transforma en palabras. Lo hace sus palabras. El amor –el sentimiento de quien escribe- continúa su curso en alguna imagen, en un destello metafórico, en un juego de sonidos, en esas hermosas travesuras que Caupolicán Ovalles entrega al lector para celebrar, no sólo lo que él siente, sino lo que el lector podría sentir con sus palabras. Ese es el objetivo de toda creación.

Ovalles, más allá de su desplegada fascinación por el escándalo, la dureza del lenguaje y otras expresiones de su conducta como creador, es un poeta amoroso. Claro, éste que tratamos es el poema dedicado a una mujer –Rosario Anzola-. Era, repito, un poeta amoroso en el buen sentido de la palabra porque cultivaba el amor por la palabra, porque cada subversión de su espíritu convocaba a ese amor que lo convierte en representación. Su relación con Rosario Anzola es la concreción de esa amorosidad espiritual y carnal. En este largo poema la mujer es la revelación de su vocación erótica.

3.-
En el prólogo de la antología “Del dulce mal/Poesía amorosa de Venezuela” (Editorial Aguilera/ Una colección de Leonardo Padrón/ Llámalo amor, si quieres), su compilador, Harry Almela, destaca lo siguiente:

“Es por demás evidente que el amor es una de las cuestiones que más desasosiego ha generado en el transcurso de la desdichada y bulliciosa historia humana, y que sus tramas y maquinaciones se han expresado desde siempre en los discursos de la filosofía, del arte en general y particularmente en el de la literatura. La cultura de Occidente, de profunda raigambre griega y judeocristiana, inicia esta tradición con la pareja original, Adán y Eva, y con la búsqueda del andrógino que esboza Platón en sus diálogos, el Uno mitad hombre y mitad mujer…”

Esta reflexión de Almela nos conduce al lugar de la primera pareja, cuya actuación no juzgaremos como amorosa, porque apenas se estaban descubriendo. Digamos que –como dice en unos de sus versos Armando Rojas Guardia- fue “una costumbre de mi carne”. El Paraíso fue el escenario, como para Caupolicán y Rosario fue La Habana ese espacio que una vez fue bautizado como un paraíso y terminó siendo la más terrible distopía.

El desasosiego destacado por el poeta Harry Almela da cuenta de una larga lista de autores que hicieron del tema amoroso espacio en la poesía. El autor de “El terco amor” recurre  a Rainer María Rilke (“Cartas al joven poeta”), quien “asegura que el amor como asunto literario es el más difícil de todos, pues es allí donde concurre una muy extensa y profunda tradición en todos los idiomas”.

El mismo Almela agrega que “El amor puede salvarnos de lo fútil y vano de la vida de la voracidad del tiempo. Hay quienes aún creen en esa posibilidad. Por suerte, según otros, es una enfermedad que tiene remedio”.

De modo que el amor es una patología que tiene cura, pero cuando está en su pleno apogeo produce cataclismos, pendencias, pero también poemas amorosos, como estos que Caupolicán Ovalles nos ofrece con su magnífico registro emocional.

Por su parte, Padrón habla de “poemas enamorados”, como éste que Ovalles nos regala en su libro, el que hasta hace poco estuvo inédito luego de 30 años de haber sido escrito.

Esos poemas enamorados tienen nombres propios, como ya se ha dicho en líneas anteriores: Caupolicán Ovalles, su autor, y Rosario Anzola, la destinataria: dos polos que como Adán y Eva cultivaron los cielos de una isla y la hicieron parte de su paraíso personal.

foto:ideasdebabel.com
4.-
Una carta de Manuel Ovalles inicia esta aventura del poeta  que era su padre. También un prólogo del escritor español J.J. Armas Marcelo y una introducción del poeta Miguel Marcotrigiano.

Manuel Ovalles recuerda sus días de La Habana con Caupolicán. Amores de quienes hicieron de la capital de Cuba el lugar de memorias compartidas. Armas Marcelo celebra el amor de Caupolicán por la ciudad/ mujer, y habla del poeta antillano Baquero quien también tuvo en esa ciudad un referente amoroso.

Por su parte, Marcotrigiano se pasea por algunos aspectos literarios que tienen que ver con el texto como tal. Los tres autores centran su atención en el poema de amor como primera iniciativa de quien mucho escribió sobre otros asuntos. De quien vivió la vida como un rebelde que inventaba a diario una forma de hacer poesía desde su propia vida disipada. Un poeta que hizo del país y de algunas ciudades fuera de él objetos y sujetos de su quehacer escritural.

5.-
¿Son iguales todos los cielos? ¿Cuántos cielos será capaz de encontrar un hombre o una mujer mientras el mar se mueve y es también cielo? ¿De cuántos besos, orgasmos o amanecidas en un solo cuerpo se construye un cielo? La única respuesta está en la poesía, que es la ciencia más imperfecta y por eso es ciencia, porque experimenta con todo: con el infinito, con la muerte, con la eternidad, con la mortalidad, con ella misma y con el amor, ese asunto que roza, toca o entra en el alma humana y de los animales que no son humanos también.

Por eso la poesía afirma y niega, pero sobre todo descubre. Es la única ciencia que tiene en el amor la esencia para construir emociones felices, poco felices o nada felices, relajos, silencios y gemidos, pero sobre todo refleja los cielos, los duplica y tiene en el cuerpo amado la mejor fórmula para salir adelante, siempre y cuando el poema esté bien organizado en cuerpo y alma. De lo contrario, sería un adefesio. Un poema amoroso es siempre un riesgo, pero en el caso de Caupolicán Ovalles se hizo gracia y belleza, imaginación y locura. Como debe ser para que pueda ser un poema amoroso.

Por eso los cielos en la poesía son muchos. Y los amores también. Aunque en algunas ocasiones hay amores que se quedan en un solo poema (o en un libro) y se convierten en un clásico, porque de alguna manera alguien tiene que escribirlo para que el lector también sea un clásico. Y ese es –de nuevo- el caso de Ovalles: es un clásico porque ha regresado del pasado, del olvido y se ha erigido en una totalidad literaria que tiene muchos seguidores. Y hasta imitadores.

Admitamos que “De un cielo a otro cielo/ Cielo de Cuba” es un poema que provoca imitarlo. Provoca plagiarlo, provoca seguirle los pasos hasta el lecho donde reposa con la amada o hasta la ventana donde ambos amantes se asoman para descubrir los cielos, el mar y la ciudad que los cobija.

El horario de escritura tiene su hora. Ovalles escogió el momento, el tempo preciso para hacerle tiempo al amor. A sus amorosos momentos de amor. Y comenzó a escribir:

“Son las 6 y 35:
Yo abro el papel/ en blanco para verte/ y la tarde/ y este cielo de La Habana/ entra como un danzón/ y bailamos.// Seis y treintaicinco besos de la tarde/ para el cielo de los ojos de Rosario”.

Nombra con sinestesia, con diversos sentidos. Y ella es la mirada del cielo. El mismo cielo que miran o evocan sus ojos. Matemática horaria y erotismo: reloj y carne en un poema que hace del tema amoroso una cuenta y muchos riesgos, porque el amor es lo más peligroso a que pueda ser sometido un verso.

Estos amorosamente alocados, adolescentemente escritos, sirven de juego para convencer y llevar a la cama –o a la ventana- a quien los oiga. Son poemas para enamorar, para despachar un trago y leerlos en voz alta, muy cerca de quien también bebe.

Y como son poemas enamorados, enamoran. Ya está dicho: hacen que otros se enamoren, caigan a los pies del texto y citen el mismo texto como si se tratara de una declaración de amor.

6.-
El erotismo hecho imagen. La imagen configurada: “Tú abres el cielo/ y llegas acostada en el horizonte”, dice con toda su alegría Caupolicán en “Seis y cuarenta y cinco besos”, como dando la hora con la boca, saliva y respiración. Y luego, en “Seis y cincuenta y siete nubes” asciende: el cuerpo de la amada, besada es ahora un orgasmo cósmico, viajero:

“El barco pasa/ y la ciudad queda/ en el barco que pasa”, después de haber sudado el amor y mirar por la ventana el lomo del mar mientras El malecón de La Habana es golpeado insistentemente por las olas, por la carne que la amada ha dejado en su nombre. Y así, en un continuo hacer en el lecho, “Seis y cincuenta y ocho eneros y nardos”, y la ebriedad singulariza tiempo y flor, símbolos inequívocos de un breve reposo, mientras “la brisa y el cielo bajarán/ en los ojos del aire/ de mi amor que pasa”.

Son otras las horas que llegan con los cuerpos uncidos. Pasa un barco, pasa el tiempo, no pasa ella, queda Rosario en su nombre y en el poema, en el amoroso lenguaje que habita tempo y topus (“el lugar más allá de los cielos”): el paisaje de una ciudad que cuenta con dos espacios infinitos en los que dos amantes se hablan y se dicen y se leen y se escriben, y el poeta –por su parte- confiesa:

“Yo que vengo de verbos/ entro en ese mar de voces/ que buscan un hilo de palabras”.
Y:
“De un cielo a otro cielo de Cuba/ yo ando buscando/ yo vengo buscando/ en uno y otro cielo/ el orden secreto de tu cuerpo”.
Y lo encuentra. Lo ama, lo escribe y lo describe:
“Los huesos de mi amada/ son de yerba que canta”.
Y.
“Cuerpo de coral negro/ tú eres (…) Ven cabellera negra/ y cántame”.

El poema amoroso termina enamorado de quien baila y canta, de la mulata que sueña y se estira en el lecho, que hace de las horas poemas y de la ciudad un homenaje.

El poema amoroso es el mismo poeta. El poeta amoroso.

Los cielos no han cambiado, siguen allí. La ciudad se derrumba.

Quedan los versos, queda el silencio: los cuerpos en uno solo.





Sunday, February 25, 2018

Crónicas del Olvido: LITORAL CENTRAL por Alberto Hernández


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—por Alberto Hernández—

“Pongo las llaves sobre tu libro
porque la poesía es la que tiene las llaves”
(Reverón a Gerbasi en 1952,
al recibir “Los espacios cálidos”
en el jardín del Castillete)

1.-
Para el ojo que mira desde la orilla, el mar es sólo un reflejo del mismo mar. Para el ave que ocupa parte de las nubes, el mar tiende a fijarse en la imagen de un hombre que pinta, que se hace luz en el lienzo. La poesía, en este caso, no se revela en “El mundo de los pájaros” de Toussenel, sino en el que inventa, escribe o perfecciona el relámpago del artista de la costa central de Venezuela.

Poética del vuelo, el ave es siempre ascensión o caída, partícula de luz que emana del sol.

En la novela “Huayra: la transparencia”, de Freddy Hernández Álvarez, el hombre que vive en Macuto se reúne en el patio/ jardín con los amigos, mientras el sol se cuela a través de un uvero. Su mirada, también trazo de su iluminación, recrea el vuelo. Y el hombre, Reverón, sobre quien recae la intención simbólica, recoge los cuerpos incandescentes  convertidos en rayos.

Sobre la blancura flota un pájaro y deja su sombra inscrita gracias a la intensidad de la luz. El símbolo descubre sus bordes, no sólo los del pájaro sino los de su vuelo. Y desde la tela, los que traza el pintor. Pero el pájaro es sólo un indicio y el vuelo la justificación para que la poesía diga, se manifieste más allá de la biografía del barbado y semidesnudo amante de Juanita.

Es la luz la que exige una biografía. ¿Podría ser el pájaro quien la relate?

“Litoral central” (Sudaquia Editores/ Colección El Gato Cimarrón, New York, Estados Unidos, 2015), de Juan Luis Landaeta, es un poemario donde reaparece la marca del personaje, el siempre celebrado artista loco que hizo de su casa un Castillete, tan visitado por quienes lo tuvieron como referente de esa transparencia que Hernández Álvarez convirtió en una poética narrativa.

En “Una lectura de Reverón en la Poesía Venezolana o los vericuetos de un poema” (Inti: Revista de Literatura Hispánica, 2013) Arturo Gutiérrez Plaza estudia la presencia del personaje. Se ha convertido en un mito que hace fondo en el poema: a veces es su díscola vida, otras su pintura, la entrada de la plástica nacional en esta modernidad que se asume poesía desde un poema plural, pero igual en el espíritu de actantes de carne y hueso que se mueven en una crónica vívida y viva, entre quienes estuvo Eugenio Montejo.

El libro que hoy nos ocupa va por este rumbo: no es el personaje, es lo que irradia. Es el vuelo de un pájaro sometido a la luz, dueño de su sombra.

2.-
Y si la luz exige una biografía, el vuelo del pájaro la sustenta. Entonces, el libro de Juan Luis Landaeta lo logra. La tan juiciosa luz del pintor, más allá de él, destaca en este núcleo donde nacen los poemas del libro:

“Un sol alza lo que revela, ante nosotros crece su figura (…) A ese sol/ debemos volver como el giro diario que/ traza (…) Somos en la luz su paisaje blanco”.

El pájaro, tema recurrente en estos textos, contiene el movimiento de la luz, la que descubre todo, pero también la que oculta todo: la transparencia es también ceguera, oscuridad, locura, inmensidad: los giros del ave sintonizan con las vueltas que daba el mecate en el vientre del creador: el símbolo podría multiplicarse en la revelación: no se trata de alguien, se trata de algo: el poema augura la posibilidad de ir más allá del motivo que lo empujó a recordar a Armando Reverón. La luz de Macuto. Luces y sombras del Litoral central, dela costa venezolana donde hace décadas alguien insufló un espíritu distinto a la región.

La elevación, las poéticas del cielo: nubes, vuelos, caídas, aves, alas, cantos, blancura absoluta. La distancia entre la tierra y la mirada que mide el infinito. Alguien lo dice, el poeta o el eco que lo impulsa a pronunciarlo:

“me rodean desde el aire/ sombras (…) son aves en el rayo// a la situada claridad/ responden con su vuelo”.
Planear, apartar la luz para que aparezca la sombra, la silueta del pájaro en el lienzo abierto sobre el mar. ¿Está Reverón en estos textos o es su proyección? ¿El poema lo borra o lo traza?

El pájaro es la representación del sujeto que esboza sobre el lienzo, sobre la tela blanca. El poema se encarga de sugerir su presencia. Se hace luz en la medida en que no aparece, en que no es nombrado.

Insiste la voz:
“el pájaro da vueltas/ en la sombra/ que lo despide”.
¿Quién ilumina en sustitución de la luz? ¿Quién crea luz desde la imaginación? La poesía es la herramienta propicia para quitar las capas de esa sombra: el pájaro se repite en todos los cielos, en los diversos lienzos que a cierta hora caen sobre el mar. La luz es un instrumento verbal, suena en los oídos del que crea. Luz sonora, poética, proteica: el equilibrio entre la luz que crea y la luz creada es tan evidente que el personaje es sólo una alusión. Alguna palabra, una referencia, un jardín, un patio, el sonido del mar, el litoral central.

Mientras la costa habla su idioma, el pintor, el personaje que habita en la luz, en el vuelo del pájaro, es vocalizado por Landaeta desde el ojo que mira mientras el vientre piloso del loco está forrado por la fuerza de una obligación:
“Su mirada fugaz/ invita al cuadro/ que el dibujo alcanza”.

Nada concita mayor curiosidad que un pájaro sobre el mar. Las gaviotas, los alcatraces, las aves, las alas bajo el sol. Y sus sombras, los bordes de sus sombras, y la costa, “lo que un trazo/ concluye en nosotros”, en orilla, en simulación de ascensión de la mirada hacia la bestia alada.

El pintor existe porque el pájaro es parte de su luz. Sin esa indagación traída en la memoria, en las ganas de hacer luego de su pasantía por Europa, el hombre de barba y de mirada seca por la sal, descubre a diario el sol que levanta su barriga desde el mar, en el horizonte de su soledad, donde navega el dibujo de un vuelo, que él no pinta en el lienzo: el lienzo lo pinta en sus ojos:

“El amanecer es un arco
donde se pliega el pájaro
en la tierra que existe
y asoma
para conseguir distancia”.

Y desde el poema, desde la voz soterrada, oculta de los que al Castillete iban, se “hunde su transparencia”, tan celebrada y añadida al decir que “un litoral/ en la costa renueva su contraste”.

3.-
En todos los poemas de este libro está el pájaro. ¿Será el mismo? ¿Será el ave que siempre acuña el poema apara que el pintor, el sujeto que no nombra, lo vea y finalmente lo trace sobre las aguas del litoral central, en el Macuto de sus ensoñaciones?

(Una poética ilusoria, como Arturo Gutiérrez Plaza lo afinca en su ensayo, y como lo deja escrito en un poema: “el blanco de tus lienzos”.

Me permito la digresión: Gutiérrez Plaza –en un recorrido casi familiar con amigos poetas por Macuto y El Castillete- estudia la relación de Fernando Paz Castillo, Enrique Planchart, Juan Liscano, Vicente Gerbasi, Rafael Arráiz Lucca, Carlos Contramaestre, Juan Calzadilla, Gabriel Jiménez Emán, Rafael Pérez Oramas y el ya mencionado Eugenio Montejo, pero en ninguno de ellos se devela el personaje de más allá de su figura humana. En este trabajo de Landaeta están los riesgos del artista: la naturaleza en ese pájaro simbólico, rodeado de luz y sombra. Ese movimiento ascensional que sacraliza aún más “el blanco fundamental” y “la omnímoda y devoradora presencia de la luz tropical”.

De allí entonces que lo ontológico, el ser del personaje, esté en su entorno, en lo que su ojo mira, en lo que el ojo ajeno del poeta boceta en palabras, en lo que la poesía convierte).

4.-
“en la fauna del horizonte”, hermosa imagen que Landaeta usa para descifrar el vuelo del pájaro envuelto por la intensa luz de la cosa central, se agitan también el sueño, “el resplandor del lienzo” y el instante en que “Este pájaro/ que llega/ anida en mi mano/ este pájaro blanco” y “ante la mirada/ confunde/ la huella del trazo…”

La naturaleza segmenta el tiempo: oscurece, amanece. La costa ya no es durante la noche, sólo su sonido constante. Durante el día, sol y agua, los vuelos, la locura atada al vientre gira con la rostro hacia el cielo. Los colores se agitan en el texto, aparecen/ desaparecen: la iluminación: “en sus alas/ revienta el día (…) y en ello existe”.

Que este poema lo diga:
“RAUDO
cae por su sombra

vuela
en la pared

el día avanza
en el jardín

como un pájaro”,

el símil doblega la realidad. El pájaro no está, parece estar en el ojo que mira sus alas, y por eso existe. Desde la imaginación se “inventa el cielo/ es cuerpo de algún rayo/ lo que parece tu nombre”. La segunda persona aproxima al personaje, lo ubica en la región más transparente del texto, del litoral donde “la fauna del día/ puebla mi sueño”.

Pájaro, pájaro, son poemas con pájaro. El cielo se reinventa con él, con la sombra que dimite en el instante en que cae en picada contra el mar y se convierte en ave, en sombra  hundida, perdida en  el horizonte.

“Los pájaros están por todas partes/ todo mi cuerpo/ mi puño en un ave que abro (…) El pájaro// curva en su vuelo/ al sol”.

5.-
La experiencia del vuelo, anclada en la permanencia de una luz demencial, alude al personaje:

“El PINTOR
llama sol/ al instante/ que él perfila// sordo/ el horizonte/ se entrega (…bajo el lienzo desnudo/ su transparencia”,
y porfía con los fantasmas que lo acosan, las aves interiores, las que se han vaciado del cielo, del vuelo. Han sucumbido y ahora se desata el cordón de la cintura para decirse:

“sácate los pájaros del cuerpo/ no hay nada que aprender/ ese el de las alas/ no es tu nombre”.

6.-
(Aparto los ojos del libro de Landaeta. Miro al personaje detenido en la rústica puerta del Castillete. Más allá, las muñecas, el patio, el mono, Juanita. Recuerdo la película, los videos, los amigos que lo visitaban. Los que después fueron —años después— a buscar algún indicio para escribir y abundar en anécdotas y estudios)

Retomo el libro, el final:
“…el pájaro

a la reja
al contorno necio

defínete en el dibujo en fuga
de la tarde
que por la chispa el destello
la ráfaga del río seco

disuelve”.

El pájaro queda suspendido. La geografía del litoral central ha sido arrasada. El río ya no tiene curso. Desaparecen el pájaro, su sombra, Macuto, el Castillete.

La poesía es la madre de todas las invenciones: ella tiene las llaves.