M u l t i n a t i o n a l - B l o g - o f - A r t - a n d - L i t e r a t u r e - f r o m - D e n v e r

Sunday, December 4, 2016

LA ARAUCARIA —por Juan Carlos Onetti—


El padre Larsen bajó de la mula cuando esta se negó a trepar por la calle empinada del villorrio. Vestía una sotana que había sido negra y ahora se inclinaba decidida a un verde botella, hijo de los años y de la indiferencia. Continuó a pie, deteniéndose cada media cuadra para respirar con la boca entreabierta y diciéndose que debía dejar de fumar. Con la pequeña maleta negra que contenía lo necesario para salvar las almas que estaban a punto de apartarse del cuerpo y huir del sufrimiento y la inmediata podredumbre. No lo precedía un monaguillo con una campanilla, nadie agitaba una vinagrera, nadie rezaba, salvo él durante cada descanso.

La pequeña casa pintada de un sucio blanco estaba emparedada por otras dos, casi iguales, y las tres se abrían al camino de tierra dura por puertas hostiles y estrechas.

Le abrió un hombre de años indiscernibles, con alpargatas y bombachones blancos. Se persignó y dijo:

—Por aquí, padre.

Larsen sintió la frescura de la pieza encalada y casi olvidó el sol agresivo de las calles mal hechas.

Ahora estaba en una habitación pobre de muebles, en una cama matrimonial una mujer se retorcía y variaba del llanto a la risa desafiante. Después llegaron palabras, frases incomprensibles que atravesaban el silencio, la momentánea quietud del sol, buscando llegar a las sombras que se habían aproximado.
Un silencio, un mal olor persistente, y de pronto la mujer agonizante trató de levantar la cabeza; lloraba y reía. Se aquietó y dijo:

—Quiero saber si usted es cura.

Larsen paseó las manos por la sotana, para mostrarla, para saber él mismo que seguía enfundado en ella, Mostró al aire —porque ella tenía muy abiertos los ojos y solo miraba la pared blanca opuesta a su muerte— mostró estampas de bruscos colores desleídos, medallas pequeñas de plomo, achatadas por los años, serenas algunas, trágicas otras con desnudos corazones asomando exagerados en pechos abiertos.

Y de pronto la mujer gritó el principio de la confesión salvadora. El padre Larsen la recuerda así:

—Con mi hermano desde mis trece años, él era mayor, jodíamos toda la tarde de primavera y verano al lado de la acequia debajo de la araucaria y solo Dios sabe quién empezó o si nos vino la inspiración en conjunto. Y jodíamos y jodíamos porque, aunque tenga cara de santo, termina y vuelve y no se cansa nunca, y dígame qué más quería yo.

El hermano se apartó de la pared, dijo no con la cabeza y adelantó una mano hacia la boca de su hermana, pero el cura lo detuvo y susurró:

—Déjala mentir, deja que se alivie. Dios escucha y juzga.

Aquellas palabras habían agregado muy poco a su colección. Tenía ya varios incestos, inevitables en el poblacho despojado de hombres que se llevó la guerra o la miseria; pero tal vez ninguno tan tenaz y reiterado, casi matrimonial. Quería saber más y murmuró convincente: “es la vida, el mundo, la carne, hija mía”.

Ahora ella volvía a dilatar los ojos perdiéndose en la pausa protectora de la pared encalada. Volvió a reír y a llorar sin lágrimas como si llanto y risa fueran sonidos de palabras y graves confidencias. Larsen supo que no estaba moribunda ni se burlaba. Estaba loca y el hermano, si era el hermano, vigilaba su locura con una rígida cara de madera.

Equivocándose, ordenó padrenuestros y avemarías y, como en el pasado, vaciló con el viejo asco mientras se inclinaba para bendecir la cabeza de pelo húmedo y entreverado; no pudo ni quiso besarle la frente.

Oyó mientras salía guiado por el impasible hermano:

—Cuando otra vez me vaya a morir, lo llamo y le cuento lo del caballo y la sillita de ordeñar. Él me ayudó, pero nada.

En la calle, bajo la blancura empecinada del sol, la mula restregaba el hocico en las piedras buscando, en vano, mordiscar.

Al regreso, de retorno al corral, la bestia trotó dócil y apresurada mientras el padre Larsen, sin abrir el quitasol rojo, hacía balance de lo obtenido y aguardaba, esperanzado, a que llegara la segunda agonía de la mujer.

El padre Larsen buscó sin encontrar ninguna araucaria.

FIN


Originalmente publicado en Cuentos completos (Alfaguara), 1994.



Sunday, November 27, 2016

"22/11/63”, DE STEPHEN KING


—por Alberto Hernández—

“…porque el viaje en el tiempo
sólo es una interesante ficción”
S.K (pág. 847)

1.—
“JFK slain in Dallas, LBJ takes oath”, así fríamente tituló el Daily News —en una edición Extra— el día de la muerte de “Jack” Kennedy, y ese anuncio fue usado en la tapa de la novela de Stephen King publicada por el Círculo de Lectores en 2011.

En casi novecientas páginas el lector se ve obligado a viajar a través de un túnel del tiempo con la intención de tratar de salvarle la vida al otrora primer mandatario de la gran nación del Norte, John F. Kennedy. En la contraportada del mismo diario, otro titular: “JFK escapes assassination, First Lady also Ok! Panic strikes during drive through Dallas”, que niega la versión histórica, como un deseo guardado en el ánimo de quien arbitró un atentado y la víctima dejó de serlo gracias a la capacidad ficcional de quien escribe una historia.

La foto de Jackie tratando de huir de los disparos nos impulsa a entrar en este viaje alucinante.

Hace unos años leí esta novela. Hace años la comenté con Antonio López Ortega, creo que —probablemente haya sido en la boca del túnel— en Mérida, Caracas o Valencia, en un instante en que nos topamos en el pasillo de un hotel o en el de una feria literaria. Sergio Dabhar había escrito una nota en El Nacional donde hablaba de los logros de esta monumental novela de ciencia-ficción, en la que el controversial autor norteamericano lucía sus dotes narrativas e inventivas.

Stephen King es co-productor de la miniserie basada en su libro.
foto:BenMarkHolzberg/hulu
2.—
Jake Epping da clases de inglés en Maine. Epping suele recibir relatos de sus alumnos para que éstos –en este caso sus alumnos adultos del turno libre de noche- demuestren lo que han aprendido de sus enseñanzas. Un crimen horrendo es relatado por Harry Dunning. El maestro de idioma lo lee y se sorprende. Paralelo a este episodio, Al, un amigo de Epping que regenta un negocio de hamburguesas, le cuenta de una puerta que hay en su almacén, a través de la cual se puede viajar en el tiempo. Al pasado, para ser más preciso. Pero más preciso aún: al día 9 de septiembre de 1958, fecha clave porque supuestamente el destino dio la orden de darle muerte al presidente Kennedy. Al le pide a Epping que viaje a ese día, medio siglo luego de los terribles sucesos de Dallas, para tratar de evitar que Lee Harvey Oswald dispare contra la cabeza de “Jack”, como familiarmente llamaban al ocupante de la Casa Blanca.

Epping se traslada a la mencionada época con el nombre de George Amberson. Muchas fueron las peripecias del viajero en el tiempo. Muchos los cambios, las aventuras. Una larga historia que fracasa. Amberson no pudo evitar el asesinato del presidente, pero supo de muchos que lo querían muerto y de otros que lo amaban.

Esta historia la comenzó a escribir Stephen King el 2 de enero de 2009 y la terminó el 18 de diciembre de 2010 en Sarasota, Florida, y en Lovell, Maine, respectivamente.

Un epílogo da cuenta de ese fracaso. Un recuento que diseña el fracaso, el porqué de ese fracaso. De esas respuestas que no pudo ofrecerle luego a la memoria de su amigo Al, quien murió en extrañas circunstancias.
Para dejar clara su intención de hacer de esa muerte una historia sin fin, sin solución de continuidad porque el misterio continúa, King afirmó que “…las fuentes más útiles que leí en la preparación para esta novela fueron “Case Closed”, de Gerald Posner; “Legend”, de Edward Jay Epstein (una chifladura a lo Robert Ludlum, pero divertida); “Oswald: un misterio americano”, de Norman Mailer; y “Mrs. Paine´s Garage”, de Thomas Mallon. El último ofrece un brillante análisis de los teóricos de la conspiración y su necesidad de encontrar orden en lo que fue un suceso casi aleatorio”.


Para quienes niegan la calidad narrativa y literaria de Stephen King está esta novela, que servirá de gancho para no perderlo de vista como narrador, como contador de historias que nos dejan sin aliento.

En uno de los epígrafes usados por el autor norteamericano, Norman Mailer dice:

“A nuestra razón le es virtualmente imposible asimilar que un hombrecillo solitario derrumbara a un gigante en medio de sus limusinas, de sus legiones, de su muchedumbre, de su seguridad. Si una persona tan insignificante destruyó al líder de la nación más poderosa del planeta, entonces nos hallamos sumidos en un mundo de desproporciones, y el universo en que vivimos es absurdo”.

Y ahora más absurdo es, cuando las naciones son gobernadas (¿?) por intrusos, por mensajeros sombríos, por criminales y traficantes de toda indigestión.





Thursday, November 24, 2016

NO RESIGNACIÓN (Antología del Mundo por la no violencia contra la mujer)


—por Alberto Hernández—

1.—
“No resignación” es un poemario mundial. La No resignación es el rostro macerado de una mujer. El cuerpo mancillado de una mujer de cualquier parte del mundo. Resignarse es dejarse vencer. Vencerse a sí misma. Desde la convicción contraria, la de no dejarse vencer, nació este libro con el apoyo del Ayuntamiento de Salamanca (Talleres de Gráficas Lope, 2016) en el que aparecen los nombres de 136 poetas y sus textos, provenientes de 35 países.

“No resignación” es un poema global contra quienes practican la violencia contra la mujer. Son textos dolorosos, duros unos, otros frágiles como la mirada inocente de una muchacha. Son textos de una calidad indiscutible. Poemas que oyen el quejido de quien ha sido maltratada por mano indolente, por mano criminal.

NO RESIGNACIÓN (Antología del Mundo por la no violencia contra la mujer) es una Antología de Salamanca, congregada en Salamanca, en el espíritu afectivo y cultural de Salamanca, la hermosa ciudad universitaria de donde emergen voces de distintos colores y tonos. Y donde el poeta peruano/ español Alfredo Pérez Alencart se dedicó a recoger y a seleccionar los poemas que en él ahora están, ilustrados por Miguel Elías.

El alcalde de la villa de Salamanca, Alfonso Fernández Mañueco, escribió un pórtico en el que destaca la labor solidaria de la comarca cervantina y el significado de un libro como éste, en el que la mujer es la protagonista.

Hablar de la poesía que aquí se congrega es hacer un viaje inacabable. El tema suma tanta fuerza, tanto dolor, pero también tanta belleza con el propósito de descubrir el sufrimiento y a la vez el apoyo para quienes han sido víctimas de maltrato físico y sicológico.

Voces de hombres y mujeres son aquí voces de mujeres con acento de hombres que se acercan a aquéllas que no tienen voz, que han sido enmudecidas por los golpes y el odio, por los celos y la amargura de un macho enfermo de poder y locura.

Para eso también sirve la poesía. Para dejar una marca, una huella, una señal.

2.—
Poetas de España, como Enrique Gracia Trinidad, Alfredo Pérez Alencart, Carlos Aganzo y Jorge de Arco. De Nicaragua, como Isolda Hurtado y Gioconda Belli; de India, como Mainak Adak; de Inglaterra, como Leya Tierney; de Irak, como Abdul Hadi Sadoun; de Chile, como José Antonio Massone; de Colombia, como Luz Mary Giraldo; de Italia, como Beppe Costa, Igor Costanzo y Stefania Battistella; de Ecuador, como Ana Cecilia Blum; de Israel, como Margalit Mattiahu; de Kosovo, como Xhevdet Bajraj; de Croacia, como Tomislav Marijan Bilosnic; deArgentina, como José Luis Najenson y Marga Mangione; de Ghana, como Kwame Dawes; de México, como Miguel Aguilar Carrillo; de Bulgaria, como Kerana Angelova; de Turquía, como Müesser Yeniay; de Indonesia, como Yohanes Manhitu; de Panamá, como Javier Alvarado; de Estonia, como Jüri Talvet; de Cuba, como Nancy Morejón; de Brasil, como María Barroca; de Bolivia, como Pablo Carbone; de Perú, como Miguel Idelfonso; de Estados Unidos, como Rita Dove; de Costa Rica, como Nidia Marina González; de Portugal, como Albano Martins y Antonio Salvado; de Puerto Rico, como Jonatán Reyes; de Japón, como Hiroshi Tomita; de Australia, como John Horner; de Rumanía, como Carmen Bulzan; de Guatemala, como Ana María Rodas; de Grecia, como Dyionisia Karpouzis, de Paraguay, como Jacobo Rauskin, y de Venezuela, como Ernesto Román, Alberto Hernández, Laura Cracco, Carmen Cristina Wolf, Enrique Viloria Vera y Catalina Martínez Estévez.

Son sólo algunos de los nombres que respiran en estas páginas dedicadas a la mujer víctima, a la mujer humillada.

Incluye el libro poemas en bengalí, estonio, árabe, indonesio, catalán, italiano, croata, griego, rumano e inglés.

Universidad de Salamanca
3.—
El trabajo realizado por Pérez Alencart merece todo el reconocimiento de quienes tendrán en sus manos esta aventura solidaria, estética y artística.

Salamanca es hoy día uno de los centros culturales más importantes del mundo. Siempre lo ha sido. Desde sus autoridades, pasando por las de la Universidad de Unamuno, sus calles y Plaza Mayor, sus viejos edificios y profunda fe en la creación, la ciudad no se despega de su humanidad, de su afecto por quienes le agregan a la existencia afecto y calidad creativa.





Saturday, November 12, 2016

EL AUTOBÚS DE LEONARD COHEN


—por Alberto Hernández—

1.-
Ayer salió de casa Leonard Cohen. Ayer se detuvo bajo un árbol. Cohen, el de “Aleluya”, el del sombrero, el de la nariz picuda, el de rodillas mientras susurraba su alma sobre el público.

Ayer salió con su paraguas y se detuvo bajo una sombra mientras esperaba el autobús.

No se enteró si alguna lluvia sería el próximo poema.
O la próxima canción hecha poema. O el poema que siempre fue canción.

Y lo oí cantar por última vez en la voz de un sacerdote, en las voces de Elvis, Il Divo. En las de unos ángeles que dormían en ese árbol desde donde Leonard sentía que su muerte estaba cerca.

Y así dijo para no olvidarse:

“Fui el último pasajero del día.
Estaba solo en el autobús.
Me sentía contento de que se estuvieran gastando tanto dinero
sólo para llevarme por la Octava Avenida arriba”.

Y se hizo a un lado cuando pasó la sombra de otro bus a toda velocidad y pujando su peso.

2.-
Alguien lo saludó desde la calle. Creo haberlo adivinado una vez en Montreal, ciudad a la que nunca he ido, pero digo que estuve en el sollozo de una mujer que amé y nunca me amó. En una calle sin nieve, en una calle de sol frío con el señor Cohen a la vista, mientras del cielo caía un relámpago helado.

Y él sacó la mano y sonrió, porque no le costaba mucho hacerlo. Reía y sonreía. Cantaba mientras hablaba. Mostraba su perfil con gran desempeño. Y en el descuido de un acorde, en un salto de llantas en esa rúa solitaria, se dirigió a un sujeto que llevaba el volante del armatoste metropolitano:

“¡Conductor! Grité, estamos usted y yo esta noche.
huyamos de esta gran ciudad
a una ciudad más pequeña más propia para el corazón,
conduzcamos más allá de las piscinas de Miami Beach,
usted en el asiento del conductor, yo varios asientos más atrás,
pero en las ciudades racistas cambiaremos de lugar
para mostrar lo bien que le ha ido arriba en el norte”,

Hizo una pausa para respirar el aire monótono de la ciudad. Y retomó el aliento con estos versos:

“y busquemos para nosotros alguna diminuta villa pesquera americana
en la Florida desconocida
y aparquemos justamente al borde de la arena,
un enorme autobús como una señal,
metálico, pintado, solitario,
con matrícula de Nueva York”.

Y terminó el poema de un tirón. De nada valió mirarlo de frente. Yo estaba a su lado, en silencio. Él hablaba, recitaba, cantaba el poema. Lo dejaba en la portezuela del bus estacionado en una playa de Los Ángeles, un poco antes de enrumbar a otro mundo, donde era menos pesado respirar como humano.

Y ese mismo día, un domingo, murió Allen Ginsberg.

Yo andaba por esos lados, sumido en un sueño interminable, con un periódico bajo el brazo.

Al abrigo de su mirada detenida en un nido de ruiseñores, el señor Cohen sacó de un bolsillo un lápiz y un trozo de papel.

Describió la calle, describió el universo. Y sonrió.

Me extendió la mano. Y yo exagerado la sacudí como una rama. Sin embargo, no se molestó. Volvió a sonreír. Se alejó lo más que pudo, hasta que sólo vi su gabardina azotada por un viento inmediato.

Unos tipos grandes y forzudos empujaron el bus hacia un recodo de la avenida.

Leonard Cohen silbó una canción y se fue. Se alejó y se detuvo bajo otra sombra.

Yo me quedé con la felicidad de su Aleluya bajo el mismo árbol de su poesía.





Saturday, October 22, 2016

RAFAEL CADENAS “FRENTE AL TIEMPO” 50 años de “Falsas maniobras”


—por Alberto Hernández—

1.-
Me deshago de cualquier tropiezo. Vuelvo a mirarme bastante joven en Sabana Grande. Soy un estorbo en los pasos que dirijo a la librería Suma por mi torpeza para hacerme sentir cuando estiro el brazo y estrecho la mano de alguien. Aún llueve sobre mí y me aletargo. Protagonizo un instante. Me miro en la vidriera y allí están Raúl Bethencourt y Rafael Cadenas, a quien he leído muy poco en los periódicos, en el “Papel Literario”, para ser exacto.

Entonces entro y me deshago de mi timidez extrema, aunque mi delgadez física diga lo contrario. Hiperquinético, con cara de beduino, arribo al pequeño mostrador. Cadenas está de espaldas. Lee algo. El dueño del establecimiento me sonríe con la amarga seriedad de siempre.

Me arrimo a los libros de poesía y entonces me encuentro con el autor en la edición de Fundarte de 1979, donde habitan “Los cuadernos del destierro”, “Falsas maniobras” y Derrota”.

Tomo el libro en mis manos y lo hojeo.

Me aproximo a Cadenas y lo saludo. Levanta los ojos en cámara lenta y me mira: su rostro no expresa nada. Si acaso un leve gesto en la comisura de los labios. Deja de leer. Le muestro la edición caraqueña y ahora sí, sonríe. Pero con mucha seriedad. Se la extiendo y él la revisa. Abre el tomo y va directo a la página 31. Saca un bolígrafo azul y corrige. Hasta ahora no he visto lo que rasguña sobre el papel.

Masculla algo y me enseña la corrección:

—Aquí pasó algo. Me di cuenta después. Hay un error: “hinca es con h”. Escribieron la palabra sin la h”. Y me devolvió el libro. Nuevamente me lo quitó y colocó su firma al comienzo de la obra, exactamente debajo de “Falsas maniobras”.

Había mucho silencio en la librería. Raúl seguía en su faena, entre facturas y chasquidos de su boca.

Era el 10 de octubre de 1979. La fecha la anoté como he hecho en algunos libros. 15 días después cumpliría yo 28 años y “Falsas maniobras” arribaba a sus 37.

2.-
Relato esto porque hace 50 años fue publicado “Falsas maniobras”, una de las escrituras renovadoras de la poesía venezolana. Y comienzo con estos personajes porque esa experiencia revitalizó mi creencia de que estaba frente a un poeta que había cambiado algo en mi manera de leer poesía, de entenderla, aunque no la entendiera. Dos años antes me había graduado en el Pedagógico de Maracay. Sabíamos de Cadenas, pero no era el Cadenas del que no supondríamos sería después. No obstante, era ese Cadenas que siempre ha sido. Distinto en su decir y andar. Y distinto yo en mi escribir en este instante, toda vez que sigo siendo aquél que viajaba a Caracas cada mes a buscar libros en la librería Suma de Sabana Grande. Entonces Venezuela era un país, pese a que Maracay no gozaba –ni goza- de espacios para adquirir los más recientes títulos.

Ese día conocí a Rafael Cadenas. Digo yo conocer. Pasó lo que arriba conté. Después vino la lectura y otras veces hemos coincidido y hablado. Poco, pero hemos hablado y algunas cosas he escrito acerca de su obra, más para sentirme cerca de su voz que para enriquecer la crítica –que no soy afiliado a ningún sindicato de críticos-, la que tanto hace guantes con sus sombras en side steps.

3.-
El yo lírico de Cadenas viajó desde “Los cuadernos de destierro” (1960) hasta este discurso que Ana Nuño califica de “…agonístico, que pone de manifiesto la lucha del poeta por hallar el espacio más propicio a su voz” (prólogo de la Antología de la Colección Visor de Poesía, Madrid 1999). Y en efecto, Cadenas continúa la escritura en prosa, pero devela la “unicidad” de su yo en el otro, en el tú que “maniobra” en este su segundo volumen (1966). La “seductora diversidad” amplía las posibilidades expresivas de nuestro autor, quien navega, cruza laberintos y estrechos y arriba al país amado, al país que lo advierte sin piel, envuelto por un yo en el que

“Ni siquiera el lenguaje mitigador, que desarma,
que embota, que oculta, quitando poder a las cosas,
le sirve para nada porque vive en significados”.

Quien viene del destierro y ha logrado cruzar las mareas del Caribe y se ve “frente a este paisaje al que protejo”, es otra voz, un ser que se decía multiplicado, pero también un “hombre incompleto”. A la vuelta del exilio, el hombre que es se califica de complicado, enredado, problemático. Es otro hombre a quien

“Comienzan a llamar poeta, aunque está lejos de eso, pues es sólo un hombre desabrigado”.

Es decir, un hombre a la intemperie, en el exilio de su yo. Del yo del otro que retorna siempre a un “adversario”, a la angustia de saberse envuelto por los retrasos a que lo obliga la ciudad. Es un hombre que al sentirse amenazado por cualquier gesto, por algún rostro, “lo desdibujo pacientemente”.

En este libro está el viaje. La recurrencia del exilio. De Trinidad a las costas venezolanas a través de Boca de Serpiente. Desde el “antiguo reino” hasta el “país amado”, pasando por un paisaje conocido antes de la huida. Voz desolada, cargada de silencio por las trampas que respira a la llegada de un alguien que exige explicaciones.

Una poética que se despoja de todo, que se agita “Frente al tiempo” de sus verbos, porque Cadenas cuenta y ajusta cuentas a los adjetivos precisos para deshacerse del otro, el que retornó y se vio en otro espacio, en otros sonidos. De allí que

“No soy el mismo”.

Ese otro, esa otra voz se menciona en y desde el silencio, desde la soledad sonora que contiene estos textos. El hombre que es otro dice:

“Abandono mi caminar intrincado. Me dilato en vastedades blancas. Sirvo en silencio a un solo rey.
(…)
Me hago a la lentitud, al gesto consciente, al rumor del desierto”.

4.-
En “Realidad y Literatura” (Equinoccio / Editorial de la Universidad Simón Bolívar, Caracas 1979), Cadenas afirma:

“El poeta está siempre ocupando algún otro cuerpo (is continually in for, and filling, some other body), dice Keats; pero si se observa bien el sentido del texto, parecería más apropiado pensar que el ocupado por las “criaturas de impulso” es el poeta, pues si éste no tiene identidad ¿cómo va a ocupar otro cuerpo? Siendo este poeta un viviente anodadado por todo, un ser como la vida misma, no podría ser eso que Keats expresa. Para ocupar otro cuerpo hay que ser “alguien”…”

Esta cita revelaría el posible origen del comienzo de “Falsas maniobras”:

“Hace algún tiempo solía dividirme en innúmera-/ bles personas. Fui sucesivamente, y sin que una/ cosa estorbara a la otra, santo, viajero, equili-/ brista.
Para complacer a los otros y a mí, he conservado/ una imagen doble. He estado aquí y en otros luga-/ res. He criado espectros enfermizos”.

El poeta y su doble. El otro en el yo fragmentado. El que se despoja en él y en el otro. El espejo y el reflejo. Voz y silencio. Poema.
Acerca de este mismo aspecto, Ana Nuño escribe:

“El yo poético ensaya, desde este punto de vista, un diálogo consigo mismo, que es la única vía para entablar una comunicación con el otro”.

Cadenas se habla a él y se hace el otro en el lector. Una vez que el lector se ha apropiado del “corpus” poético, el autor desaparece en el otro, en el lector. Diálogo simultáneo que puede hallarse en “Los dos inútiles”, en el que quien usa la primera persona “enfrenta” al otro: “Mi perturbador puntual, siempre frente a mí/ con su enjambre de reticencias, huyéndome en su-/ surros”.

Esta “inutilidad”, este fraseo frente al espejo, es decir frente al que se supone el otro, lo lleva al desvío del sendero que lo conduce al fracaso.
Cito completo el poema “Mirar”:

“Veo otra ruta, la ruta del instante, la ruta de la atención, despierta, incisiva, ¡sagitaria! Pico de víscera, diamante extremo, halcón, ruta relámpago, ruta de mil ojos, ruta de magnificencia, ruta de línea que va al sol, reflejo del rayo vigilancia, del rayo ahora, del rayo esto, ruta real con su legión de frutos vivos cuyo remate es ese lugar en todas partes y ninguna”.

El autor ha destacado tipográficamente las palabras “vigilancia”, “ahora” y “esto”, calificadas por el “rayo”. ¿Qué quiso decir Cadenas con este juego?: el sustantivo que indica husmear, al adverbio de tiempo que apunta hacia el tiempo presente y el adjetivo demostrativo que identifica. Tres instancias que entrañan un significado: el poeta colocado en un trípode desde el “mirar”, desde el espionaje de algún ojo que lo marca. Las “falsas maniobras” del otro, las trampas de la realidad.

Destierro, regreso, vigilancia, el paisaje revisado. El “Fracaso”:

Con este poema, Rafael Cadenas anunció, in pectore, la llegada triunfal de “Derrota”, uno de sus más conocidos textos. “Fracaso” es un canto de agradecimiento. Una elegía al éxito, aspiración que muchos han cultivado con el fin de llegar a la fama, ese personaje que tiene sus raíces en la mitología y que se puede convertir en asidero personal en la medida en que el fracaso asoma su hocico. Fama, éxito, fracaso y derrota son palabras que forman parte del clima de artistas y buscadores de tesoros y reveladores de secretos.El poeta no desperdicia para decir: “Cuanto he tomado por victoria es sólo humo”.

Y frente al tiempo tutea al fracaso:

“Me has conducido de la mano a la única agua que me refleja.

Por ti yo no conozco la angustia de representar un/ papel, mantenerme a la fuerza en un escalón, / trepar con esfuerzos propios, reñir por jerar-/ quías, inflarme hasta reventar.

Me has hecho humilde, silencioso y rebelde.
Yo no te canto por lo que eres, sino por lo que no/ me has dejado ser. Por no darme otra vida. Por / haberme ceñido.

Me has brindado sólo desnudez…”
Y de allí a la “rutina”, al vivir y llegar a decir: “Planto mi casa en medio de la locuacidad. / Me reconstruyo con un plano inefable. / Calma. Ya está. Entro en la horma”.

El libro respira al final con “Una canción que me acoja después de lavado, / sin tinieblas”.

En medio del sosiego que da la “Encantación”: “Aplacado como un reflejo, llegaré a este filo”.

Rafael Cadenas frente a su tiempo, a todo el tiempo para completar una obra que no ha terminado. Una poesía que inventa y se reinventa.

A 50 años de “Falsas maniobras”, el poeta es uno, pero también el otro, el lector.






.ah/