M u l t i n a t i o n a l - B l o g - o f - A r t - a n d - L i t e r a t u r e - f r o m - D e n v e r

Saturday, July 15, 2017

SANTOS MICHELENA, EL ESTADISTA LIBERAL


—por Alberto Hernández—

1.-
Sostuvo la nota con mano firme. Un frío momentáneo lo hizo respirar un poco más agitado y profundo. “Retírese de la Cámara con cualquier pretexto”, decía el papelito que alguien le entregara en una suerte de solidaria y anónima advertencia.

El 24 de enero de 1848, el Congreso Nacional fue asaltado por facciones del presidente Monagas. En medio de la violencia resultó herido de gravedad Santos Michelena, quien venía de una larga jornada aún sentida en el país de hoy. Aquella República desapareció entre las heridas que el diplomático y estadista sufriera en su cuerpo, las cuales no tuvieron tiempo de cicatrizar. Cuarenta y ocho días después, el 12 de marzo, moriría escondido en la misión británica en Caracas.

Esta breve reseña es recogida por Simón Alberto Consalvi en las últimas páginas de su libro “Santos Michelena, el Estadista Liberal”, para cerrar el ciclo de un país que, como dijo Robert Ker Porter, tuvo en Michelena al “único hombre con capacidad, rectitud y conocimientos suficientes para desempeñar las complejas carteras de Hacienda y relaciones exteriores, en los primeros años de la República”.

2.-
En efecto, Michelena lidió con ese tiempo. Cabeza visible del primer intento de liberalismo económico, este venezolano nacido en Maracay el 1º de noviembre de 1797, fue quien le dio forma a la Hacienda Pública de un país rural rodeado de conflictos. Las finanzas encontraron en Michelena al cerebro mejor organizado.

La diplomacia tiene en él al más conspicuo representante, toda vez que fue quien negoció con Colombia un tratado que aún sirve de acicate para intentar explicar los problemas con el vecino país. Pero como siempre, los intereses políticos, las mañas y las torpezas, no permitieron que el Congreso de la época aprobara las ideas de quien fuera asesinado en plena Cámara durante los sucesos de aquel fatídico 24 de enero.
Lúcido, Santos Michelena recorrió el polvo y las páginas de tantos caminos. Ese talento imprevisto fue truncado en pleno apogeo de sus facultades. Nadie movió un dedo para evitar el hecho de sangre en el recinto legislativo. Monaguistas y antimonaguistas lograron borrar a puñaladas los esfuerzos de un hombre poco dado a las lides políticas.

3.-
Con cincuenta años a cuestas, la muerte se posesionó de quien es motivo de estas líneas. Antes, Santos Michelena se había revelado al mundo como un excelente, polémico y astuto negociador. Después de haberse paseado por una adolescencia revolucionaria, al lado de las ideas de Bolívar, nuestro personaje se fue a Filadelfia en una especie de exilio de seis años que dedicaría al estudio. Dejó señas en la batalla de La Victoria. Sus huellas fueron a encontrarse con las luces de la democracia norteña, pespunteadas por Jefferson, Hamilton y Madison, “quienes habían diseñado una sociedad para el futuro, una república de ciudadanos iguales y libres”, como lo afirma Consalvi en su trabajo.

“Cuando la disminución proviene del aumento del contrabando, puede ponerse remedio de dos modos: disminuyendo la tentación del contrabando, y aumentando la dificultad de hacerlo. La tentación se disminuye rebajando los derechos, y la dificultad se aumenta con el sistema de la administración más propia para impedir el fraude”, palabras de Michelena inspiradas en el pensamiento del autor de “La riqueza de las Naciones” y que servirían para darle cuerpo a un nuevo régimen de importaciones y borrar el de los tiempos coloniales. Pozo de reflexiones que serviría para encarar al Congreso de la Gran Colombia, adonde llegó por instancias de José Rafael Revenga, en 1825. Su talento de hombre de estado quedó sellado en esa jornada.

4.-
Negocia y discute con los neogranadinos, por los años 1833 y 1834, los problemas fronterizos con Venezuela. Así, el 14 de diciembre del año 33, Michelena y Pombo suscriben el “Tratado de Amistad, Alianza, Comercio, Navegación y Límites”, pero como dejó escrito José Gil Fortoul, no fueron tan afortunados estos pactos como la ventajosa convención sobre la deuda. Para Santos Michelena, la solución al problema limítrofe fue todo un éxito, pero como siempre, encontró los obstáculos internos que dieron al traste con el contenido de sus ideas.

De esta manera lo advierte Gil Fortoul:

“Una simple mirada al mapa demuestra que los congresos venezolanos, de 1836 a 1840, cometieron un error negándole al Ejecutivo la autorización de reabrir negociaciones diplomáticas, para modificar ventajosamente, o aceptar como estaba, el Tratado Michelena-Pombo, cuyas estipulaciones, en todo caso, resultan más favorables que la frontera del laudo, pues ésta, en el norte, no empieza ahora sobre la costa del mar de las Antillas sino dentro del golfo de Maracaibo, y en el sur penetra hasta la vaguada del Orinoco, haciendo un ángulo entrante desde el Apostadero del Meta”.

Asunto este tan discutido, tan vapuleado, que hoy nos sigue causando dolores de cabeza. No entendieron a Michelena, no quisieron hacerlo. Finalmente, todo fue rechazado. Es decir, el país se rechazó él mismo. De un mordisco perdió un buen pedazo de territorio.

Como coda, el lamento. Este hombre es el pálpito de los errores y mezquindades de otros. La mano anónima que le hizo llegar el recado en el Congreso, seguramente confiaba en la sabiduría de Santos Michelena, aquel estadista liberal que aún sangra acorralado en la residencia del ministro del imperio británico de la capital de un país no muy lejano del siglo pasado, llamado Venezuela.


(Este libro fue publicado por la editorial La liebre libre. Maracay 1999)





Monday, July 3, 2017

Todos los nombres de José Saramago: Soledad, individualismo y burocracia


—por Luis Fernández-Zavala, Ph.D. (*)—

“Dentro de nosotros
existe algo que no tiene nombre
y eso es lo que realmente somos.”
J. Saramago
Premio Nobel de Literatura 1998.

Hace algunos meses, un famoso economista peruano y su pareja quisieron registrar su matrimonio del mismo sexo en el Registro Nacional de Identificación y Estado Civil del Perú (se habían casado fuera del país);  recientemente, una hermosa transgénero necesitaba su nueva identificación como mujer para participar el concurso Miss Perú y la tramitó en el este mismo sistema nacional de registro civil. En ambos casos, el registro fue denegado. El argumento de la oficina de registros fue que no existía una legislación previa que aceptara estas nuevas categorías civiles. El registro civil solo admitía las  categorías preestablecidas hace ciento cincuenta años. Teniendo en cuenta que los registros en su origen estuvieron a cargo de los párrocos, lo que interesaba al principio era saber quién nació para bautizarlo, posteriormente casarlo y por último, mandarlo al cielo con su certificado de defunción. Todo esto porque para ir al reino de dios, había que tener papeles, documentos, una especie de “visa santa”, un certificado de buena conducta.

Posteriormente, cuando los registros se secularizaron, se les añadió las categorías que podrían ser de utilidad para la tarea impositiva,  el servicio militar, el voto y otras relacionadas a la sucesión de bienes. El resto no importaba. Como sabemos el registro civil es donde todos lo nombres de la sociedad deberían estar registrados bajo ciertas predeterminadas categorías. La particularidad del individuo no existe para los registros, pero sí su generalidad como dato. Si no está registrado el nombre bajo las categorías preestablecidas, a pesar de los cambios sociales, el individuo no existe o existe parcialmente.

Mi certificado de nacimiento peruano, por ejemplo, establece con una hermosa caligrafía en tinta negra el nombre de mis padres, sus edades, lugar de nacimiento, el mío, mi nombre, la hora de nacimiento (supongo que para orientar a los astrólogos!) y el nombre de un par de testigos de este hecho tan importante para mí, pero que nunca conocí. La información del certificado de nacimiento norteamericano de mis hijos es más escueta. Lo que me lleva a pensar que cuanto más moderno y desarrollado es el país, menos individualizada es la información recabada para el registro, más genérico el ciudadano.

Es en este universo burocrático de los registros civiles, donde prima la deshumanización del individuo y su falta de particularidad, basado en procedimientos y categorías inamovibles y preestablecidas se desarrolla la trama de la novela de José Saramago, Todos los nombres (Punto de Lectura, 2007), originalmente publicada en 1997.

La trama: Don José es un cincuentón que trabaja por muchos años en la Conservaduría General del Registro Civil. Se desempeña como escribiente, el puesto más bajo dentro de una bien estructurada cadena  burocrática.

La distribución de tareas entre la plantilla de funcionarios satisface una regla simple, la de que los elementos de cada categoría tienen el deber de ejecutar todo el trabajo que les sea posible, de modo de que una sola parte mínima pase a la categoría siguiente. Esto significa que los escribientes no tienen más remedio que trabajar sin descanso desde la mañana hasta la noche, mientras los funcionarios lo hacen de vez en cuando, los subdirectores muy de tarde en tarde, el conservador casi nunca.

Soltero, solitario, lleno de fobias, complaciente y temeroso de sus jefes, cumple su tarea con monótona dedicación y vive ajustadamente en una habitación aledaña a la Conservaduría, como si fuera parte de este monstruo de reglas estrictas, categorías y archivos. Sin vida social o familiar, su historia transcurre entre el llenado de fichas, los archivos y la reconstrucción de la vida individualizada de algunos personaje famosos a los cual él sigue basado en la información primaria de la Conservaduría y los recortes de periódicos y revistas que colecciona.

Hasta aquí vemos que don José dedica su tiempo libre a humanizar a los objetos de su tarea de escribiente, dándoles una vida ficcional. Don José no tiene vida propia  y vive la de sus registros, al mismo tiempo que estaría quebrando una de las reglas de oro de la institución: los individuos son categorizados en base a filtros preestablecidos y no interesa sus vidas reales  que siempre son más fluidas.

Sin embargo, todo va a cambiar cuando por casualidad llega a sus manos la ficha de una mujer que él no escogió para la reconstrucción secreta de su vida porque no era famosa. No obstante, una ponderosa curiosidad recae sobre él y lo lleva alterar su rutina.

La ficha es de una mujer de treinta y seis años, nacida en aquella misma ciudad, y en ella constan dos asentamientos, uno de matrimonio, otro de divorcio. Como esta ficha hay con certeza centenas en el fichero, si no millares, por tanto no se comprende por qué estará don José mirándola con una expresión tan extraña, que a primera vista parece atenta, pero que es también vaga e inquieta, posiblemente es éste el modo de mirar de quien , poco a poco, sin deseo ni renuncia, se va soltando de algo y todavía no ve dónde poner la mano para volver a sujetarse.

Su curiosidad lo impulsa  a “cometer los abusos, las irregularidades y falsificaciones que constituyen la materia central de este relato”. Al final, después de quebrar muchas reglas ya no le importará que lo echen de su trabajo en la Conservaduría porque al romper las reglas pudo vivir un poco más, salir de su absurda rutina de  aislamiento y  sentirse solidario con la vida y muerte de la mujer desconocida. La empatía lo humaniza.

Más de un distraído lector (entre ellos, aquel que reseñó la novela en la contraportada de esta edición)  ha visto en esta trama, una novela de amor. Esto no es así, ni argumental ni alegóricamente. A no ser que el lector piense que la curiosidad es sinónimo de amor,  la novela está desarrollada formal y estilísticamente para dar cuenta del ambiente claustrofóbico de aislamiento social en el cual vive don José y ante él cual el se va a rebelar. Tanto don José, como el narrador se preguntarán cuán lejos éste va a llegar en su carrera contra el tiempo para descubrir qué fue de la vida de este particular nombre.

Llamará la atención del lector que la novela haya sido escrita usando extensos párrafos en los que se superponen tanto los pensamientos de don José, sus acciones presentadas por la voz del narrador omnipresente y hasta un diálogo directo de éste con el lector (“como ya sabemos…). Más aún, los diálogos entre don José y sus interlocutores se continúan sin ninguna puntuación. Esto hace que la lectura no sea tan sencilla, pero contribuye al crear un efecto envolvente y claustrofóbico sobre el mundo solitario de don José. Si a esto le añadimos que la referencia a otros personajes “sin nombres” (el conservador, el subdirector, el farmacéutico, el director del colegio, el enfermero, el pastor de ovejas, el médico, la mujer desconocida, la mujer del segundo piso, la madre y el padre de la mujer desconocida) y que el personaje principal solo se le conoce como don José, sin apellido, el autor logra sumergirnos desde el inicio y a lo largo de la novela en el universo casi fantasmagórico, aumentando la tensión de la soledad y aislamiento.

Al final, nos daremos cuenta, aún las escapadas del don José estaban también controladas y predeterminadas, y que la mujer desconocida, ya no podrá catalogarse como muerta, porque sabemos algo más de su vida. La muerte en la Conservaduría es solo una clasificación y un lugar específico en los archivos que se puede alterar, cambiar por azar, error, por buena o mala intención.



(*) Autor de El guerrero de la espuma y otras tantas despedidas (Pukiyari editores, 2014) disponible en Amazon, Barnes & Noble, PeruEbooks, Allá en Santa Fe.





Sunday, June 11, 2017

Franz Kafka: El híbrido


—cuento completo de Franz Kafka—

Tengo un animal curioso mitad gatito, mitad cordero. Es una herencia de mi padre. En mi poder se ha desarrollado del todo; antes era más cordero que gato. Ahora es mitad y mitad. Del gato tiene la cabeza y las uñas, del cordero el tamaño y la forma; de ambos los ojos, que son huraños y chispeantes, la piel suave y ajustada al cuerpo, los movimientos a la par saltarines y furtivos. Echado al sol, en el hueco de la ventana se hace un ovillo y ronronea; en el campo corre como loco y nadie lo alcanza. Dispara de los gatos y quiere atacar a los corderos. En las noches de luna su paseo favorito es la canaleta del tejado. No sabe maullar y abomina a los ratones. Horas y horas pasa al acecho ante el gallinero, pero jamás ha cometido un asesinato.

Lo alimento a leche; es lo que le sienta mejor. A grandes tragos sorbe la leche entre sus dientes de animal de presa. Naturalmente, es un gran espectáculo para los niños. La hora de visita es los domingos por la mañana. Me siento con el animal en las rodillas y me rodean todos los niños de la vecindad.

Se plantean entonces las más extraordinarias preguntas, que no puede contestar ningún ser humano. Por qué hay un solo animal así, por qué soy yo el poseedor y no otro, si antes ha habido un animal semejante y qué sucederá después de su muerte, si no se siente solo, por qué no tiene hijos, como se llama, etcétera.

No me tomo el trabajo de contestar: me limito a exhibir mi propiedad, sin mayores explicaciones. A veces las criaturas traen gatos; una vez llegaron a traer dos corderos. Contra sus esperanzas, no se produjeron escenas de reconocimiento. Los animales se miraron con mansedumbre desde sus ojos animales, y se aceptaron mutuamente como un hecho divino.

En mis rodillas el animal ignora el temor y el impulso de perseguir. Acurrucado contra mí es como se siente mejor. Se apega a la familia que lo ha criado. Esa fidelidad no es extraordinaria: es el recto instinto de un animal, que aunque tiene en la tierra innumerables lazos políticos, no tiene un solo consanguíneo, y para quien es sagrado el apoyo que ha encontrado en nosotros.

A veces tengo que reírme cuando resuella a mi alrededor, se me enreda entre las piernas y no quiere apartarse de mí. Como si no le bastara ser gato y cordero quiere también ser perro. Una vez -eso le acontece a cualquiera- yo no veía modo de salir de dificultades económicas, ya estaba por acabar con todo. Con esa idea me hamacaba en el sillón de mi cuarto, con el animal en las rodillas; se me ocurrió bajar los ojos y vi lágrimas que goteaban en sus grandes bigotes. ¿Eran suyas o mías? ¿Tiene este gato de alma de cordero el orgullo de un hombre? No he heredado mucho de mi padre, pero vale la pena cuidar este legado.

Tiene la inquietud de los dos, la del gato y la del cordero, aunque son muy distintas. Por eso le queda chico el pellejo. A veces salta al sillón, apoya las patas delanteras contra mi hombro y me acerca el hocico al oído. Es como si me hablara, y de hecho vuelve la cabeza y me mira deferente para observar el efecto de su comunicación. Para complacerlo hago como si lo hubiera entendido y muevo la cabeza. Salta entonces al suelo y brinca alrededor.

Tal vez la cuchilla del carnicero fuera la redención para este animal, pero él es una herencia y debo negársela. Por eso deberá esperar hasta que se le acabe el aliento, aunque a veces me mira con razonables ojos humanos, que me instigan al acto razonable.





Saturday, June 3, 2017

“Entretejido”, de Victoria Benarroch


—por Alberto Hernández—

1.-
Las palabras se tejen bajo el sol. El desierto, la arena, la gramática del eco. La voz de quien oye el pasado sigue siendo un presente. Quien teje, quien entreteje, tiene solvencia en el tiempo. Sabe que no perderá su historia, que ésta permanece en las voces que aún retan el dolor hasta vencerlo.

La poesía se reza con una música tan interior que a veces extravía, como el hombre que ambula por el desierto, como el que oye las pisadas de quien lo sigue, como quien sabe que la sabiduría está encerrada en un cofre, en un instante de abrir para encontrar el rostro de quien trazó la pronunciación de una cultura.

“Entretejido”, de Victoria Benarroch, (editado con los auspicios de la Fundación Don Juan de Borbón España-Israel, Caracas 2015) es un libro de la familia, de toda la familia, la sanguínea y la del Éxodo, la de la Diáspora. Y digo de la familia porque es una sola la que reza, la que ora y canta, la que no olvida sus tradiciones, sus horas, sus paisajes:

“Es esta tierra// donde habitan los fantasmas”.

El libro fue publicado en primera edición en el año 2007 por Eclepsidra. Regresa para recordarnos que esos fantasmas “nos sobreviven”, continúan hablando, diciendo, mudando de senderos en medio del siempre mencionado desierto. Porque de allí se viene, de una tierra áspera. Aquélla que fue lugar para los “esclavos de Egipto”.

Hilar el silencio. Las palabras dejadas atrás, conservadas para luego retornarlas a la lengua, a la que se habla y a la que se silencia. A la que grita y a la que enmudece.

2.-
A la sombra de la pequeña tienda (talit) el ojo que mira las sombras sabe que la arena forma parte de la iluminación. Quien desanda la peladura de la tierra, arrastra mensajes con sus pasos. Suele tropezarse con lo deshabitado, con el regreso.

Por eso:
“Entretejes tu mirada/ afinando el camino incierto// pies galopando entre aguas/ y las aguas en el fango de la suerte// arrastrando polvo y barro/ abandonas el desierto// sólo dibujas la materia// el alma    se delinea en este verso”.

Todo el tiempo del tiempo para que la voz permanezca intacta, el sabio trazo del pasado. En él hablan las palabras, pero también se borran. Advierten de la intimidad familiar, del regalo de saber que “las calles de mis padres son largas (…) mis padres   cada año en pascuas dicen lo mismo”.

Tejer, tejer el dolor, las heridas convertidas en ceniza. El dolor, la metáfora del alma y de la piel, el recuerdo de una mano que se somete a la intemperie, al calor y al frío.

“Una caricia   detrás de cada pérdida (…) algún beso de sabiduría (…) la voz de la ausencia”, el clamor de los que tejen la memoria.

3.-
El cuerpo apremia.

El cuerpo pierde la piel. La arena escuece. ¿Es ciudad o desierto lo que abunda en la voz de estos ecos? Alguien estira la mano y solicita un trozo de aliento.

“Hay una palabra   de hambre”,
mientras tanto, “la calle entrega de la limosna lo olvidado”.

Del desprendimiento, el del yo que andaba oculto entre una tormenta de arena, el que no se miraba el rostro, el que no aparecía “por largo tiempo/ hasta que me descubrí en el espejo”.

El cuerpo se extraña. El poema/ oración es un regalo de la casa, de sus paredes, de las sílabas que la habitan, de los pequeños detalles, de los tejidos revelados por la luz. El poema teje y desteje, se entreteje. Es una fe. Una oración: el eco de arriba, la voz del libro sagrado bajo el talit, el abrigo, el cielo abierto.

La familia en el padre:
“Mientras melda/ descifra el lamento de tantos siglos// frente al muro/ la sombra acompaña a un rostro desconocido// la pared de mis palabras/ teje la humedad perdida   entre piedras blancas”.

La casa se agosta. O crece, es silencio y camino. ¿Cuántos siglos de andanzas con la fe a cuestas? ¿Cuánto tiempo con la lengua judeo-española en el cielo de la boca (melda)? ¿Cuánto para luego acudir en primera persona y decir “cierro los párpados para la presencia (…) prendo las velas y leo los salmos/ abro con la llave el nacimiento de la herida…”

La fe en la “despedida eterna”, en la oración que emerge y deja atrás el silencio, la noche “oculta en las tinieblas”.

Los hijos de Abraham están aquí, entretejidos, convertidos en palabras, en las voces que jamás se pierden en el desierto. En la memoria compartida, “en las manos sabias de los silenciosos”.

4.-
“Entretejido” cuenta con un glosario que aproxima al lector a la cultura hebrea. Pero también es bueno afirmar que estas páginas son un homenaje a quienes de alguna manera son parte de la vida de  Victoria Benarroch: María Antonieta Flores, Margarita Alexandre (Morita) Z´L, María Cristina Ashworth, José Benatar Z´L, Victoria Benatar Z´L, Vera Benarroch Benatar, así como los epígrafes de escritores que destacan la pasión poética de la autora: Carlos Germán Belli, Juan Liscano, Jorge Luis Borges, Enrique Molina, Octavio Paz, Sarita Medina López, Paul Auster y Juan Sánchez Peláez.





Sunday, April 30, 2017

GOTAS DE OLVIDO de Felipe Márquez Brandt (Venezuela)


—por Alberto Hernández—

foto:AixaDíaz/elestilete.com
1.-
Hacer un libro desde el olvido. Desde lo que podría ser el olvido. La lucha contra la desmemoria: allí está el olvido, zumbando, alargando el tiempo, borrando una vieja carretera, el espinazo del horizonte, un cocotero, una casa, la mirada de la abuela o la mano que traza sobre una tela.

El olvido es un hueco frente a la mirada. También un agujero que conduce a la angustia, a la desazón. Olvidar es perderse en el mismo paisaje que se olvida. O en el rostro que hace un rato estuvo ante los ojos mientras las palabras recorrían el viento de la costa. O el espeso silencio de un apartamento.

Mientras llueve el olvido se convierte en tema. Gotea igual. Se empoza el agua de la memoria. Aparecen puntos luminosos que se organizan en textos escritos. En la manera de caminar, decir o mirar de la familia. Los olores, los colores, los dolores, la vida y la muerte. Pero olvidar no es un castigo. Es una ilusión. Nada se olvida. Todo ha quedado en reserva. Guardado en el algún lugar, en la memoria de otro.

Olvidar es regresar al mismo sitio todas las veces que la memoria obliga a nombrar un paisaje, el color o el calor de un sitio. Deletrearlo con la boca cerrada, con los ojos abiertos, hasta que el nombre, el apellido, el sonido perdido se conviertan en presente, en el instante de querer regresar al pasado con todos los enseres del recuerdo.

La lucha contra el olvido la hallamos en los libros, en los papeles guardados en gavetas, en tarjetas postales, en servilletas, en un grafiti, en alguna palabra escrita en la pared. En un objeto que nos habla. O en un eco. La tradición de la escritura para recobrar lo perdido la encontramos en algunos autores de nuestro patio. La familia que abunda en las páginas, la que recorre los pasillos de la casa, la que se hace sombra bajo el sol, la que se exilia y no regresa, la que juega con los animales, la que cultiva un jardín, la que toca un piano, la que nombra los lugares habitados y ahora relegados.

Por ese sendero nos encontramos con Teresa de la Parra. En sus “Las memoria de mamá Blanca” está el país de la “evocación de una infancia encantada”, como escribe Mariela Álvarez en el prólogo de la novela editada por la Biblioteca Popular Eldorado de Monte Ávila Editores en 1972. Y así en “Ifigenia”, la narrativa de una ciudad que no se quiere olvidar. La que se niega a no ser.

Para sólo mencionar algunos ejemplos (no me alcanza la memoria) me valgo de “El exilio del tiempo”, de Ana Teresa Torres; de toda la bibliografía de Alfredo Armas Alfonzo, Miguel Otero Silva, Uslar, Meneses, Pocaterra, Bernardo Núñez; de “Mi padre el ausente”, de Alejandro Padrón; de mucha de la obra de Eduardo Casanova; de la poesía de Yolanda Pantin; de “Expediente familiar”, de Miguel Szinetar; de “Amores y castigo”, de Federico Vegas, y así de tantos otros que han tenido en la costra del país el asidero para ser escritos.

La vida familiar, su paso por la tierra. Los designios de los apellidos. La herencia. La biografía del olvido. El poder de los muertos. Esas sombras de la memoria que continúan recogiendo los pasos en los que aún viven y tratan de reconstruir su historia: sus miserias, sus triunfos, sus emprendimientos, sus amores. La vida y la muerte.

2.-
Felipe Márquez Brandt igual se entregó completo en “Gotas de Olvido”, publicado por la Editorial Ex Libris de Javier Aizpúrua, en Caracas 2016.

Felipe Márquez hace un retrato desde su memoria. Desde sus “olvidos”, desde los aromas que su infancia y demás días conservan. Desde el paradisíaco país que contuvo en su vida. Desde los nombres que lo hacen repetirse en y a sí mismo, en fijar en un cuadro el universo familiar del que disfrutó y aún disfruta con los recuerdos.

Este libro, cuya edición contó con su talento de artista gráfico, se lee con la misma actitud con que se sienten los espacios en blanco y los títulos movidos, colocados sobre la piel de la hoja no como tradicionalmente se ha hecho. Palabras sobrepuestas que provocan en el lector una sensación de traslación, de viaje más allá del texto que se lee.

Y, en efecto, este es un libro que viaja por el interior de un país. Que nos viaja en la sangre de una familia que ha dejado una marca importante en la Nación artística. Felipe cuenta, relata y hace poesía con su herencia: cada título, cada nombre, cada línea: todo aliento que aquí se siente es parte de nuestra historia, si se quiere personal, toda vez que hemos compartido la obra y el relato de una heredad que es el país: todo artista, toda obra que se sostenga, es ya patrimonio. Y desde esa perspectiva, Felipe Márquez nos habla de todo ese legado.

3.-
He leído este libro como se lee un libro íntimo, como una carta, como un regalo. Como se lee un país que ya no está entre nosotros, como dejó ver Ricardo Ramírez Requena en el breve prólogo. Un libro en el que hay personajes que el lector conoció, que el lector leyó y que ese mismo lector supo de la obra plástica y literaria de una familia donde abundan aún muchos creadores. Un libro de gente que comenzó a labrar la democracia que hoy casi ha llegado a su fin. Un libro que reconcilia con aquel pasado que aún martilla nuestra quebradiza memoria.

Los títulos de cada “olvido” que consagran el libro así nos convencen:

“Textos posibles para un personaje titulado Felipe Márquez”, “Intento de prosa”, “El comienzo de otro día”, “Espacio posible”, “Escucho el Quinteto Contrapunto”, “Monseñor”, “Los dibujos de Mary Brandt”, “La churuata”, “Camurí Grande”, “Castillos de arena”, “Julia Sofía Brandt”, Turner y Van Gogh”, “Berna”, “Tío Gustavo”, “Celedonio Lira”, “Federico Brandt”, “María Dolores”, “Mariela”, “Federico”, “Dumbo”, “Elisa”, “Ani Villanueva”, “Arturo Uslar Pietri”, “Lupita” (con este relato, Felipe Márquez fue finalista en el Concurso de Cartas de Amor de Montblanc, 2005); “José Gregorio Hernández”, “Yarmina”, “Javier”, “Belle endormie”, “Dymo”, “Cutufí”, “Madame”, “Luis Richter”, “Hernán Chacón” y “Aedos y rapsodas”.

Padres, hermanos primos, parientes, amigos, vecinos, brujos, choferes, conocidos, ciudades, pueblos, viajes. Personajes de la casa y de las afueras. Un retablo de voces que formaban la Venezuela de aquellos días, de la cual fue testigo y protagonista el autor. Una literatura que emerge de lo cotidiano, de los retazos de memoria que flotan como improntas en la existencia de Felipe Márquez.

Personajes que forman parte de la bibliografía de este país, de la biografía de una familia de inventores, de emprendedores, de alucinados y lúcidos. Personajes que jamás serán borrados porque construyeron la memoria, ese “olvido” hecho páginas gracias uno de sus herederos.

4.-
Para estar cerca de estos “olvidos”, unas líneas:

“Textos posibles para un personaje titulado Felipe Márquez:

No creo en el tiempo lineal. Un segundo puede durar una eternidad y la eternidad puede caber en dos o tres segundos.

Toda imagen debe ser un acontecimiento vivo, respirable y en expansión.

Vivir es devorar las formas del tiempo.

Mi vida se resbala con lentitud a mercede de una empinada ladera.

He retirado mis naipes no me atrevo a apostar.

Camino ecléctico y bifurcado. Desesperada pasión. Incólume regazo que apacigua todos mis sentidos.

Tan sólo prevalece la sugerencia como atisbo de una posible creación.

Entiendo que la vida es brisa y sortilegio.

Oriento mis pasos tentativos. Constelación apacible recubierta de flores.

Lleno mi vida como la lluvia reciente al caer sobre una ciudad imaginaria.

Extraño la vertiginosa sapiencia de un coleccionista investigador.

Me observo de soslayo en el espejo y aparece un poderoso dragón. Vivo rodeado por seres imaginarios cubiertos de estrellas fugaces.
(…)
Me duele el pasado como una costilla rota.
(…)
El tiempo es una ilusión y el cuerpo también”.

Un retrato por donde pasa el autor. Por donde registra y es registrado por sus fantasmas. Por los duendes de su memoria. Por ese dolor, símil de la constatación de la existencia.

foto:AixaDíaz/elestilete.com
5.-
El olvido, enmarcado en las paredes de una vieja casa, revela esta oración como si hablara del país todo:
“Añoro la playa de Camurí Grande”.

Y luego el recuerdo de los hermanos muertos, del “infartado” a tan corta edad, la de “Dumbo”, novelista y personaje de una época. Sus hermanas, el mar. La ciudad. Los juegos y la poesía hecha presencia diaria.

En “Espacio posible”, parte de ese “olvido”:

En aquella habitación recubierta de música diversa ocurrían muchos sortilegios. Como a las 7 pm, rodeados de buena intención, mi padre Monse y Clementina Octavio comenzaban a bailar armoniosamente un vals de Evencio castellanos. Luego se levantaba José Andrés y sacaba a bailar a Julia mi mamá pintora. Eran cronopios que habitaban un inmenso espacio posible, todo lucía más sencillo. Era el año de 1965”.

La cantidad de personajes célebres, entre ellos Federico Brandt, aquel pintor díscolo e inteligente que nos dejó muchas obras, hoy relegadas casi al olvido, convierten este libro de Felipe e un recuento de nuestra ansiedad por el recuerdo.

Otro “olvido”, el dedicado a su padre:

“Monseñor:
El presente intento de biografía significa mucho para mí.
(…)
Augusto Márquez Cañizales nació en el poblado de Chejendé, esto Trujillo, el día 25 de septiembre del año 1910…”
Nuestro autor revisa la vida de “Monseñor”, su exilio en Chile, sus distintos viajes como diplomático, su obra como gobernador del estado Aragua en 1959…su bondad como hombre de familia y como emblema de amistad.
(NOTA: Creo que este libro debe convertirse en un “olvido” donde todas las memorias sean parte de él. Un bello texto que nos reconcilia con el país que hemos dejado atrás.
Debo a mi amigo Eduardo Casanova Sucre, pariente del autor, mi conocimiento de Augusto Márquez Cañizales, quien fundó la Casa de la Cultura de Maracay e hizo un trabajo impecable como gobernador en los inicios de la democracia en Aragua).