M u l t i n a t i o n a l - B l o g - o f - A r t - a n d - L i t e r a t u r e - f r o m - D e n v e r

Monday, April 25, 2022

PANDEMIA, LENGUAJE Y LITERATURA

por (*) Luis Fernández-Zavala, Ph.D.

El artista de genio no cambia la realidad, lo que cambia es nuestra mirada.
La realidad sigue siendo la misma,
pero la vemos a través de su obra,
es decir, de un lente distinto.
Este lente nos permite acceder a grados de complejidad,
de sentido,
de sutileza o de esplendor que estaban allí,
en la realidad,
pero que nosotros no habíamos visto.
-Julio Ramón Ribeyro



En los últimos dos años de crisis sanitaria global, las palabras cuarentena, pandemia, epidemia, confinamiento, peste, y por supuesto, Coronavirus vienen siendo de uso común y las más buscadas en el Diccionario de la lengua española. Hay una necesidad natural de entender lo que nos está pasando y para ellos usamos el lenguaje. El lenguaje es “conciencia práctica” (según Marx) y nos ayuda manejar la cotidianidad.

Hablar de cuarentena en estos tiempos es común, pero poco tiene que ver con su origen medieval. La RAE define cuarentena como: “aislamiento preventivo a que se somete durante un período de tiempo, por razones sanitarias, a personas o animales”. La autoridad sanitaria (doctores, CDC, ministerio de salud) pueden ordenar una cuarentena por 5, 14, 30 días, etc. Durante la peste negra (bubónica) del siglo XIV se mantuvieron aislamientos de 40 días porque ese fue el número de días que Jesús pasó en el desierto (cuarentena = cuarenta días). Otras referencias al número 40 dentro del cristianismo son: 40 días de diluvio, 40 años de la marcha del pueblo judío por el desierto, 40 años de Moisés y Elías en la montaña y 400 años que duró el pueblo judío en Egipto. Tiempo para rezar, tiempo de sacrificio, de arrepentimiento, de limpieza espiritual. La mano de Dios estaría presente para llamarnos la atención sobre nuestra vulnerabilidad y/o nuestra culpabilidad. Hoy en día, los días de cuarentena tienen una base científica:  es el período en que el virus (no una bacteria como en la peste negra) se manifiesta a través de síntomas, es el tiempo de incubación del virus en el organismo humano. Cualquiera que sea la base de la cuarentena el objetivo siempre es el mismo: evitar contagios.

Por otro lado, vemos que pandemia y epidemia se refieren a la extensión de la enfermedad, a su alcance en términos del número de personas afectadas dentro de espacios geográficos.  La voz pandemia procede del griego pandemia, que literalmente significa 'todo el pueblo', de pan- 'totalidad' y demos 'pueblo'; la epidemia en cambio, se refiere a la presencia de una enfermedad en un área (o país) determinada. En la actualidad, una epidemia fácilmente se puede convertir en pandemia dados los altos índices de movilidad y contacto social.

Mirando las estadísticas sobre el desarrollo de la enfermedad a nivel global, a las que ya estamos acostumbrados, y que crean una suerte de incertidumbre frente de la lotería de la muerte, las personas tratan de dar sentido a la crisis personal y social que la enfermedad crea. Aquí es donde entra a tallar la literatura. La ficción literaria puede organizar el caos y darnos ciertas certezas e información desde adentro, de cómo se vive y se muere en tiempos de pandemia y de esta forma sensibilizarnos sobre comportamientos ya esperados. Todavía a todas luces, es muy pronto para que la literatura actual pueda aportar algo significativo, pero ya hay intentos de poner la pandemia como parte de nuestra cotidianidad. Por ejemplo, en novela Existiríamos el mar de la española Belen Gopegui (2021) encontraremos algunas referencias a la pandemia como telón de fondo, como para señalar que la acción de la novela sucede en 2020.

“Hemos vivido tanto tiempo pensando que sabíamos lo que iba a pasar al día siguiente. Y luego vino la pandemia, así que hagamos una vez más como que sabemos, aunque no sea seguro”.

Sin embargo, las relaciones entabladas entre los protagonistas, así como sus metas no se presentan engarzadas a lo que la pandemia devastadora estaba provocando en la sociedad española. Algo de gran magnitud estaba sucediendo en la sociedad española, pero no se muestra sus efectos en la cotidianidad de los protagonistas, al menos consistentemente. En la trama de la novela un sindicalista siente la presión de los despidos causados por el cierre de fábricas o disminución de la producción; esto le causa desaliento, pero la pandemia no afecta sus relaciones interpersonales al compartir la vivienda con otros personajes que es el meollo de la novela. Uno de ellos (Jara) decide dejar el grupo y mudarse a otra ciudad y no tarda en conseguir trabajo en una cafetería: ¿es esto creíble en plena pandemia con estrictas cuarentenas?  Gopegui es una excelente novelista, acuciosa y muchas veces densa, su novela es una joyita que merece leerse, pero en este punto, nos deja deseando algo más.


Yo mismo introduje el tema de la pandemia en mi cuento Muerte en El Encanto (Pukiyari 2021) cuya acción sucede en 1920, en New Mexico. Allí hago referencia a la Gripe Española que había asolado dos años antes al mundo causando alrededor de cincuenta millones de muertes.  Probablemente, no hubiera hecho referencia a este evento, si no estuviera yo escribiendo desde el siglo XXI con una pandemia a cuestas. Mi intención fue darle realismo a mi historia señalando que cuando acaba la pandemia, muchas cosas han pasado y esto marca definidamente a los actores individuales y sociales para siempre. En el caso de mi personaje, un alcalde pueblerino que había perdido su esposa por la pandemia, tiene miedo de visitar uno de los núcleos de infección del pasado. Yo quería llamar la atención sobre dos hechos aplicables a la actual situación de crisis sanitaria: el papel de la memoria y cómo los comportamientos dentro de la pandemia definen la personalidad y la ética de los personajes. Mi intención no era escribir específicamente sobre esa pandemia, sino conectarla a la realidad ficticia de 1920 y de ahí, dejar que el lector saque sus propias conclusiones para entender su realidad objetiva actual. No sé si lo logré.

Cito esto dos ejemplos para hacer notar que en la literatura actual todavía no hay trabajos que nos ayuden entender el comportamiento humano desde el interior de la catástrofe sanitaria, como lo hicieron las obras de Albert Camus (La peste, 1947) y Daniel Dafoe (Diario del año de la peste, 1772; autor de Robison Crusoe) En estas obras sí podemos encontrar una mirada desde adentro de la pandemia.

Recordemos que La RAE define peste como: “Enfermedad epidémica contagiosa que provoca una gran mortandad y, en particular, causada por la bacteria Yersinia pestis y caracterizada por la aparición de fiebre escalofríos, náuseas, cefalea, debilidad y bubones en diferentes partes del cuerpo”. El origen del término se remonta a 1410 y tiene como sinónimo: pestilencia, haciendo a alusión a lo olores desagradables que producían los enfermos. Posteriormente el término peste se usa en sus versiones coloridas para designar diferentes enfermedades: peste negra, peste amarilla, peste azul, peste blanca.

Las obras de ficción mencionadas presentan similitudes a pesar de los siglos que las separa: ambos autores trabajaron como periodistas y quieren que el lector se inmiscuya en la situación con una mirada objetiva, no alarmista o sentimentaloide: ellos solo narran “lo que vieron” basados en, según ellos, en sus observaciones, documentos y testimonios. Dafoe incluso incluye tablas estadísticas para acreditar su versión de los hechos. Ambas obras presentan casi a los mismos actores: la iglesia, la burocracia, los pobres y los ricos, la reacción de los ciudadanos, la evolución de la enfermedad, y finalmente, la derrota de la enfermedad. Ambos narradores están insertos en los eventos, son cronistas. Vargas Llosa nos habla especialmente de la importancia del libro de Dafoe en García Marquez historia de un deicidio (2021): “Montado como una crónica -Dafoe ha sido llamado el padre del periodismo moderno- el libro describe con meticuloso detallismo una calamidad histórica de contornos bíblicos… (que) se abate sobre una comunidad, la corrompe física y moralmente y la destruye”.

En ambas ciudades las autoridades y los mismos ciudadanos no aceptan que la peste estaba ya en sus predios: incredulidad, manejo de las cifras oficiales, búsqueda de culpables fueron las primeras reacciones en ambas ciudades, siempre con la idea de no “crear pánico” en los ciudadanos. (Se viene a la cabeza la declaraciones del presidente Trump al inicio de la pandemia del Coronavirus).

La diferencia de contexto asoma también muy claramente. Mientras Dafoe describe la evolución de la peste, su mirada está puesta en la ciudad de Londres y no tanto en las personas. Camus en cambio, relata su crónica de la peste bubónica en Orán en Argelia, a través de cinco personajes, y secundariamente, acerca de la ciudad de Orán. Otra diferencia: El narrador de Dafoe es un ciudadano burgués (un comerciante) privilegiado que decide quedarse en Londres porque las circunstancias no le permiten escapar y no quiere durante la epidemia ser más que un observador. El narrador de Camus se queda en la ciudad porque es su deber como médico. Las apreciaciones del narrador de Camus son de carácter introspectivo y relacionados a “un antes” y a la evolución de la peste y de sus implicados; en el caso de Dafoe el narrador se sitúa a distancia de los hechos; por ejemplo, él no aprueba los confinamientos en las casas de los infectados porque a pesar de los intentos burocráticos de imponerlo, esto llevó a excesos y a muchas maneras bizarras de evadirlo; él mismo cuando es asignado a ser uno de los veladores de casas aisladas, trata de zafarse de esa responsabilidad ciudadana.

El regidor de Portsoken Ward me nombró inspector de las casas del barrio en que vivía… yo intenté excusarme por todos los medios y no aceptar el cargo… sobre todo alegué que yo era contrario a que se clausuraran las casas”.


El Londres de Dafoe antes de la crisis sanitaria era precisamente el ambiente que Camus describía y rechazaba en Orán. Hay en Dafoe una devoción puritana la cual ofrece a través del trabajo (el comercio) un camino de salvación. Mientras que, durante la epidemia, los rieles del comercio no se vieran totalmente afectados, para el observador londinense, había esperanza de un desenlace no tan cruel. Para Camus, Orán era una ciudad de comerciantes, aburrida y fea, según sus palabras, donde la gente vive o sobrevive trabajando, y no sospechan que existe otra cosa para ellos.

“Los hombres y mujeres o bien se devoran rápidamente en eso que se llama acto del amor, o bien se crean el compromiso de una costumbre a dúo… por falta de tiempo y de reflexión, se ve uno obligado a amar sin darse cuenta”.

Adicionalmente, existía, cierta frivolidad en la ciudad que hacía que el enfermarse sea visto como una inconveniencia: todos prevén tener buena salud para poder hacer negocios. Es una ciudad de hábitos y por lo tanto ordenada y aburrida, hasta que los sorprende la peste. Para el narrador de Dafoe Londres es una emanación de los individuos; los ciudadanos individuales no están caracterizados, son átomos que componen un cuerpo colectivo. La crónica de Camus cuenta a historia a partir de la interrelación del doctor Rieux (narrador), Jean Tarrou (Rieux usa sus notas escritas), el cura Paneloux (¿Es la epidemia la voluntad de Dios?), Joseph Grand (burócrata y escritor en ciernes), Cottard (personaje de oscuro pasado), M. Othon (official de policía).

El fin de la peste es tratado también diferente. El narrador del siglo XVIII, es ciertamente optimista: Londres a pesar de sus defectos, de lo mal que se comportaron unos ciudadanos con otros, hizo las cosas mejor de lo que se esperaba; hay una visión de futuro deseable con la reconstrucción de lo nexos sociales. El narrador del siglo XX, es menos determinista y reconecta esos elementos que en “el antes” no significaban mucho para los habitantes de Orán. Sin embargo, pequeños símbolos se convierten en grandes expresiones de júbilo: ir a ver el mar, esperar a la persona amada a la estación del tren… Pero si bien la ciudad se liberaba de las restricciones de la peste, todavía había gente muriendo, la peste disminuida continuaba existiendo para algunos, en tanto que, para otros, la peste se extendía con la memoria de sus seres queridos fallecidos. Al final de la peste surge la necesidad de recuperar la memoria y balancear el tremendo desgaste espiritual que causa la muerte masiva, el aislamiento  y la renovada vida del sobreviviente: la vida continua, pero, ¿será igual que antes?



(*) Autor de El guerrero de la espuma y otras tantas despedidas (Pukiyari 2014), El hotel que la habitaba (Pukiyari 2019), Cuentos Nuevomexicanos (Pukiyari 2021). Premio International Latino Book Award (2020). Disponibles en Amazon.com.



Sunday, January 16, 2022

DAWN OF THE SENSES de ALBERTO BLANCO

—por Alberto Hernández—


1.-
El 3 de abril de 1997 conocí, mejor, oí leer, al poeta mexicano Alberto Blanco. Fue en la Universidad de San Diego, California, donde asistimos invitados por esa institución a formar parte de un congreso sobre literatura de fronteras. Allí estuvo mucha gente, muchos poetas de diferentes países y lenguas. Y entre ellos, como ya he dicho, el azteca Alberto Blanco. Leyó su poesía, nos leyó en una voz baja que, gracias al amplificador de sonido, nos llegó íntegra. Una poeta también mexicana me regaló ese mismo día el libro “El ojo del jaguar”, de Efraín Bartolomé, quien desde que se nos atravesó el idioma de aquí para allá y de allá para acá, somos amigos.

Ese día de abril compré en la “Casa del Libro”, propiedad de Marta-Luisa Sclar y Joy Andrea, “Dawn of the senses”, una selección de poemas editada por Juvenal Acosta a través de Pocket Poets Series N° 52 de City Lights Books de San Francisco, CA, USA, 1995.
Es una versión bilingüe en la que los poemas en su mayoría cuentan con un traductor distinto. Es decir, el libro revela la participación de mucha gente, porque cada poema es trabajado por otro poeta o traductor para vaciarlo al idioma inglés. Las tonalidades, los “estilos” de los textos ampliarían las posibilidades de lecturas si lográramos leer estos mismos textos traducidos por otros especialistas de habla inglesa que tengan una relación diferente con el español de México. De modo que estamos ante un libro que nos obliga a ser testigos de este “amanecer de los sentidos”, en el que también somos traductores. Un acierto editorial.

2.-
Poesía compartida que adquiere otros matices. Las distintas voces que aparecen aquí como “delatores” de los poemas originales, le ofrecen al mismo poema otra perspectiva. Son poemas de poetas escritos por un poeta. O poemas de un poeta escritos por varios traductores. En esto Alberto Blanco tiene mucho que decir porque él, aparte de “antólogo y traductor de la poesía norteamericana o de animador de un taller de poesía de la Universidad de Texas en El Paso”, es, también, “dueño de una voz y una mirada. Una voz que nos habla del mundo compartido de una manera en que nadie lo había contemplado”.

Y, en efecto, este libro de Blanco es una extraordinaria aventura, considerada por los especialistas en poesía mexicana como una de las más relevantes voces de ese país. Y así se siente cuando se leen sus textos, cuando se saborean y profundizan.

Ese día de la lectura, el acento mexicano recorrió esos poemas y nos convirtió en embajadores de la tierra de Rulfo y Paz en nuestros afectos verbales. Hablamos el mismo idioma. Nos recorremos con otros tonos, con otro silabeo, con una música cercana al pronunciar, con un acento que nos une en lugar de diferenciarnos, y en eso la poesía juega un papel muy especial.

3.-
José Emilio Pacheco, en la introducción del libro, apunta: 

“Ahora todos somos enemigos de todos y al mismo tiempo que levanto tu cadalso socavo sin darme cuenta la tierra que me sostiene”. Esta hermosa afirmación se basa en el hecho de que México y Estados Unidos o muchos países entre otros, se mancillan por ser vecinos, por tener las costillas adosadas, pegadas al mismo cuerpo. El problema fronterizo crea tanto roce como el de las mismas tierras que se tocan sin querer. Una frontera es una simple línea divisoria, pero tiene tanta carga emocional que ha provocado cataclismos, muchas muertes y odios ancestrales. Por esa razón, Alberto Blanco habla de mapas, de paisajes parecidos, aunque los distancie el idioma, razón por la cual este libro se “escribe” a varias manos, para tratar de hermanar a través de la poesía. Más adelante, Pacheco dice: “en poesía sólo puede hablarse de intercambios”, cuando en algún lugar aparece la palabra “influencia”. 
No deja de razonar el poeta mexicano sobre este mismo asunto:

“…la poesía no tiene fronteras o, mejor dicho, que su misión es abolir las fronteras y hablar en todas las lenguas”.

Por esa misma razón, insisto en el tema, el primer poema que asoma este poemario de Alberto Blanco, titulado “Mi tribu” (My Tribe), sigue de cerca este razonamiento:

“La tierra es la misma/ el cielo es otro. / El cielo es el mismo/ la tierra es otra”. Es como un espejismo. Las palabras unifican la imagen: la hacen verdadera. La humanidad es un solo hombre. Una sola mujer. Una sola mirada. Y la tierra es una sola, como muchos los cielos.


4.-
El largo poema “Mapas” (Maps), muy celebrado y leído en voz alta en muchas partes del mundo, consuela a quienes creen que vivimos aislados, que un trazado no prohíbe ser dueños del mundo. Se trata de un texto donde el autor combina conocimiento humanístico con improntas técnicas, expresiones que podrían parecer banales, pero ayudan a darle cuerpo a la metáfora, al mismo cuerpo del espacio que quiere ocupar el poema. No es minimalista: es totalizante, va más allá, multiplica los atributos de la imagen. Recojo para los lectores versos sueltos para confirmar lo dicho:

“Un mapa es un modo de hablar.
Un mapa es un conjunto de recuerdos.
Un mapa es una representación proporcional.
(…)
Todo mapa es una imagen, un cuadro, una metáfora,
una descripción…pero no toda descripción , metáfora , 
imagen o, para el caso, todo cuadro es –por 
necesidad- un mapa. Pero puede llegar a serlo”.
El poema continúa su fragua por mucho espacio. Se hace mapa de sí mismo. Se regodea en las imágenes, en sorpresas que promueven una lectura más eficaz:
“No crecen árboles en un mapa”.
Y sigue: “Todo mapa comienza con una viaje”,
Y hace historia:
“Los mapas primeramente fueron relatos de viajes;
después fueron paisajes al ras del horizonte:
narraciones visuales, finalmente vistas a vuelo de pájaro:
poemas geográficos”.
(…)
“Los mapas nos miran de frente cuando dan cuenta de
las superficies.
Cuando quieren dar cuenta de las profundidades
nos miran de lado”.

Para dejar sobre la mesa o la imaginación la idea de un territorio, de una tierra asoleada, nevada, boscosa, de ríos recelosos, Alberto Blanco concluye:

“Todo mapa es una isla.
(…)
Toda escritura es fragmentaria.
Todo mapa es fragmentario.
En mapas no se ha andado nada.
En poesía no hay nada escrito”.

Queda dicho. Queda la idea. Fronteras, líneas, simples líneas.

5.-
Decir de mapas es decir también de lo doméstico, de la nación o país de la casa donde los objetos gobiernan, deciden los pasos de los humanos. Un sitio respetable, un lugar donde se asientan los alimentos y donde brazos y manos orquestan la música de la comida y las bebidas. El poeta deslumbra con sus palabras, con la alegría de haber sido traducido a la lengua que habla y a la lengua que calle. A la lengua que multiplica las lenguas y los sabores.

En “La mesa puesta” (The set table), Blanco habla:

“Reunidos al calor del buen café, / los panes resplandecen con la clama/ de las paredes blancas, encendidas,/ rebosantes de luz por la ventana. // Ya la paja se extiende entre los pinos,/ crece la claridad y forma el cielo,/ forma una habitación, forma una jarra/ profunda como el ojo del espejo.// Es este mismo mar, el mar de siempre,/ llano rectangular de cada cosa,/ donde flotan los montes y las nubes/ como islas de quietud entre las horas”.


Y “En el fin de las etiquetas” (No more names) vuelve al tema:

“La mosca se levanta de la mesa/ y domina los cuartos desde el techo,/ atraviesa puntualmente el pasillo/ que comunica al mar con el espejo.// Penetrante en la luz es su zumbido/ una burbuja más dentro del agua…/ navegando descubre entre los botes/ el borde iluminado del mantel.// El fondo es sucio, lo que mira claro: /esta vida que flota vacilante/ con aire de papel, blanco de luz,/ nada recuerda ya de las palabras”.

Y como todo hacedor de imágenes, Alberto Blanco se despoja de muchos asaltos interiores para escribir unos aforismos que también nos despojan de nuestro interior.

Traza y pinta:
“1.- El dibujo es la razón y el color es la locura.
2.- Se dice que el dibujo requiere de músculos tensos y que el color necesita libertad de acción.
3.- El dibujo puede tener la gravedad de un argumento. El color puede tener la ingravidez que distingue a las intuiciones verdaderas. Aquél limite y éste otro expanda…”

Los poemas que se recogen en esta suerte de antología provienen de los títulos editados en México “Giros de faros” (1979), “Tras el rayo” (1985), “Cromos” (1987), “canto a la sombra de los animales” (1988), “El libro de los pájaros” (1992), “Materia prima” (1992), “Amanecer de los sentidos” (1993) y “Mapas de Oaxaca” (1993).

Entre algunos de los traductores están: James Nolan, Mark Schafer, John Oliver Simon, Joanne Saltz, Julian Palley, Edith Grossman, Reginald Gibbons, Robet I. Jones.