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Monday, February 15, 2016

novela: “Nunca más Lili Marleen” de David Alizo (1940-2008)

—por Alberto Hernández—

“Los dioses
enloquecen a aquellos
que quieren destruir”
—Eurípides—

“En los anales de la locura humana hay un hombre que destaca: Adolf Hitler. Hitler quiso exterminar a una raza por el mero hecho de existir y con ello ofreció un nuevo ejemplo de locura: “el hombre se define por aquello que lo hace inhumano”. Su megalomanía terminó en un funeral vikingo. A las 3:30 de la tarde del 30 de abril de 1945, cuando las tropas rusas estaban a punto de entrar en su último reducto, se metió el cañón de una pistola en la boca y disparó el gatillo. Su cuerpo fue regado con gasolina e incinerado junto con el de su flamante esposa, Eva Braun. Nunca se encontraron sus huesos”.
(Erik Durschmied: “En las entrañas de la revolución”).

“En abril en 1947 una dama de origen judío paseaba por el centro de Caracas cuando de pronto sufrió un desmayo, personas que por allí transitaban acudieron presurosas en su ayuda, al recuperar el conocimiento le preguntaron qué había sucedido y ella muy nerviosa mostró una de sus manos a la que le faltaban varios dedos, explicó que acababa de ver pasar a su lado al funcionarios nazi que le había mutilado en un campo de concentración. Lamentablemente, al volver en sí el sujeto había desaparecido entre la multitud y todo el hecho quedó en curiosa anécdota para compartir en el café de la tarde”.
(cronicasdeltanato.wordpress.com/la-invasión-nazi-a-venezuela).

1.—
La sombra del terror se estira sobre una calle de un pueblo trujillano. La silueta de un nazi se hace centro en el silencio de la Mesa de Esnujaque, mientras el silencio de la noche simboliza la tragedia de quien un día llegó desde Alemania a esconderse de sus crímenes.

La portada de la novela “Nunca más Lili Marleen”, del escritor venezolano David Alizo (1940-2008), publicada por Bruguera, Caracas, agosto 2012, empuja al lector a imaginar lo que contiene el libro de 542 páginas. Y, en efecto, la sola proyección de la sombra del militar —con la svástica en uno de sus brazos— rodeada de las humildes casas andinas, es toda una revelación: Myriam Luque, diseñadora de la mencionada portada, logra su cometido: la tapa del libro inicia al lector, lo interroga, lo preocupa, lo confronta: agitado por el deseo de entrar en la historia, tiene en la densidad de la imagen un referente impulsivo, un indicio que se convierte en una metáfora que avisa de dos tiempos, los que construyen el tejido de la tragedia una vez desplazada esa primera impresión.

La sola presencia de esa sombra, iluminada por el mismo cenital que vigilaba los campos de concentración nazis, da cuenta de un misterio, de la develación de tramas y subtramas ubicadas en dos espacios y en dos tiempos, tan distantes como cercanos.

Las dos historias, que son una sola por su raíz, ofrecen —en los epígrafes usados por el autor— pistas en la lectura. Uno de ellos destaca: “Que el hombre moderno pudiese convertirse en nazi: ésta es la esfinge que desafía a todo moralista y psicólogo de nuestro tiempo” (Harold Rosenberg).

Un hombre antes y un hombre después: dos sujetos en uno: Martin Fuchs y Helmut Braune. El nazi de Dresde y la máscara que apareció en Valera en la apariencia de un ciudadano común alemán. Dos sujetos en uno: dos historias en una. La historia del ser humano. La historia de una cobardía. La de un gran crimen. La de una matanza simbolizada en un sujeto que pasaba como una curiosidad en un pequeño pueblo andino venezolano. Una figura abortada por una hipérbole, por la desmesura del odio racial. Un hombre para una lectura, que fue parte de un genocidio.

Un hombre fichado por el silencio de la sospecha.

Un hombre marcado por la culpa desde el ojo de otro que logró ubicarlo, sacarlo del tiempo de su actualidad y regresarlo al de sus crímenes.

2.—
¿Cómo nos lee “Nunca más Lili Marleen”? ¿Cómo somos luego de pasar por sus páginas, de ser parte de cada una las historias que ocurren en ellas? Páginas que recibieron el temblor de un eco transformado en esta excelente novela del fallecido escritor valerano David Alizo, quien desapareció tres meses después de haber sido editada.

La novela se recorre en ocho “Memorias”, acopio de notas que el mismo narrador confiesa llevar a saltos hasta unir las piezas que le dan cuerpo al volumen.

¿Cómo nos lee David Alizo? Una novela es la lectura que se hace de un lector. Y desde ella, desde esta novela, somos lectura de cada una de las instancias, acciones y silencios que por ella ambulan.

En una conversación entre Milan Kundera y Philip Roh, el primero afirmó: “El totalitarismo no es sólo el infierno, sino también el sueño del paraíso”. Desde esta formulación se puede leer la obra de Alizo. A través del peregrinar de su extensión se elabora una lectura en la que quien la hace se extravía en el dolor de los personajes, ecos y gritos desconocidos; silencios y quejidos con nombres, fechas y lugares; traiciones, delaciones y lealtades. Infierno para quienes se quemaron y se convirtieron en ceniza. Paraíso para los que creyeron en la eternidad de un régimen. Pero luego inmortalidad para esos desaparecidos en los crematorios e infierno para los perseguidos por el brazo de la justicia. Infierno y paraíso. Eso fue el nazismo. Ese fue Martin Fuchs en Alemania. Ese fue Helmut Braune en Valera, en la Mesa de Esnujaque, en la narrativa de Luciano: la voz que narra, la voz que desbroza el misterio.

el escritor venezolano David Alizo
3.—
Martin Fuchs fue oficial, primero de la SA y luego de la SS, muy próximo a la Gestapo. Fue un perseguidor de judíos, pero también un acosador de alemanes que no comulgaban con sus locuras, un asesino serial que se afincó en algunos nombres para borrarlos para siempre del mapa controlado por el Führer con el objetivo de cumplir con la “misión de lucha por la victoria del hombre ario”. Fuchs espió, persiguió, fichó e hizo asesinar a mujeres que estuvieron cerca de él o que no estaban de acuerdo con sus ideas raciales o no conciliaban con su manera violenta de ser: Else Graf, Margarita Blume, Kristina Flohr. Y la rica trujillana, su nueva esposa, Berta Victoria, con quien vivió el silencio, el secreto, hasta que fue descubierto y por esa razón asesinó a Cornelia Bachmeier (una criolla quien había heredado el apellido de la dueña del Hotel Europa, Emilia Bachmeier) informante de Luciano y de su amigo Alejandro, encargados de armar el rompecabezas para atrapar a quien en su país de origen se consideraba un intocable.

4.—
Caído el imperio nazi, Martin Fuchs huyó de Alemania ayudado por la organización ODESSA (Organisation der SS-Angehörigen), una agrupación que se encargó de colocar en diversas partes del globo a los miembros de la SS perseguidos por genocidio. A América Latina llegaron muchos de esos criminales, y en Venezuela se regaron por todo el territorio nacional. Pero Fuchs, quien entró con el nombre de Helmut Braune, arribó a Valera, estado Trujillo, en 1947, donde tiempo después casó con Berta Victoria, quien luego de unos años en la capital de Trujillo se estableció con su marido en una finca en la Mesa de Esnujaque, donde Braune desarrollaba sus aficiones: construir un molino para producir electricidad y reunirse a escondidas de su mujer y de otros posibles metiches con otros nazis en un espacio separado de la casa principal de la hacienda.

El curioso niño Luciano conoció al alemán. Su talante lo llevó a encontrarse con una revista donde aparecía un militar muy parecido a Helmut Fuchs. Con esa publicación ocurrieron muchos relatos que forman parte de uno de los núcleos de la obra, porque la novela, un mosaico de situaciones, tiene carácter de narrativa total: historia, geografía, relatos de vida, viajes…un entramado en el que se hilan todos esos tópicos. Dos tiempos, dos hombres, como decía al comienzo.

Cornelia es la cómplice en este episodio de la revista. Llevada adelante la indagación, tanto Luciano como Alejandro se ponen en contacto con un personaje, un judío que vive en Caracas, y a través de él con el Mossad y con el arquitecto Simon Wiesenthal, también víctima de los campos de concentración, y quien una vez libre creó una fundación con su nombre para dar con el paradero de los genocidas alemanes y de otras nacionalidades que colaboraron con Hitler.

Pero no sólo la revista, las fotografías que se recopilaron para identificarlo. También estaban los testimonios de un personaje bastante singular, Raúl Gilmas, habitante de Valera y amigo de Braune. Aficionado al cine, hizo varias tomas del sujeto y las puso a la orden de quienes estuvieron tras la pista del asesino.

En su huida, luego de asesinar a Cornelia, quien lo espió y supo de su secreto, Braune se dirigió a Caracas. Se hospedó en el Hotel Libertad, pero “(unos delincuentes que habían burlado la seguridad del hotel, le dieron muerte en su propia habitación, después de someterlo a terribles torturas con propósitos que la policía todavía no ha logrado desentrañar)”.

Aquí termina la historia. Un relato con muchas aristas. Una novela que también es parte de la historia de Venezuela.

5.—
Un rato antes: ¿Cómo nos lee “Nunca más Lili Marleen?”. La novela se desencadena en el lector. El lector pasa a ser un engranaje, es engranado. El lector es un eslabón, porque “El relato a partir de entonces se dirige al cuerpo del lector que es puesto en escena por las cosas” (Derrida). En este caso, por los hechos y por los personajes. Es decir, el lector forma parte de una conspiración. Quien cuenta —el narrador, que se niega y luego se afirma parte del relato— se cuenta. Luciano es la voz del autor, toda vez que el narrador da testimonio de que se trata de una autobiografía. Podemos decir, entonces, que esta novela se lee para ella en lugar de desde ella. Es una novela cuya totalidad envuelve a un lector apegado a los asuntos que se debaten en su narrativa. 

“El deseo de compartir la historia de Helmut Braune con unos posibles lectores futuros, es —insisto— el motivo de estas Memorias, en las que de paso se cuentan también ciertos aspectos inevitables de mi vida personal. No se trata de una crónica, aunque se narran acontecimientos exteriores, y tampoco es una autobiografía, a pesar de los sucesos íntimos a los que he hecho y haré referencia en los sucesivos comentarios” (p. 275).

Un poco más adelante, destaca “las referencias sobre sucesos que son hitos históricos del país” (p. 275), y así, de nuevo:

“Crónica y autobiografía al mismo tiempo, la madeja de hilo delgado se va devanando poco a poco…” (276). Es decir, este narrador se mueve con el lector, teoriza con él, camina a su lado, lo lleva, destaca que puede salirse de la historia y relatarse él mismo. Ser él mismo.

Se trata de varias “superficies”. Ésta es una de ellas, el carácter “histórico” personal y nacional de la novela.

Leída desde ella “es” varias novelas porque está elaborada con un relato que se multiplica. Se disemina. Pese a ser una narración cuya densidad no perturbaría a un lector poco avezado, contiene varias lecturas.

6.—
Uno de los tópicos que va más allá del caso Helmut Braune y de los nazis en Venezuela, se refiere a la presencia de los judíos en el territorio nacional.

En la Sexta Memoria, el narrador da a conocer parte de un artículo publicado en La Esfera, el 23 de febrero de 1939, por el escritor Rufino Blanco Fombona:

“Días atrás contemplé en el Palacio de Miraflores un espectáculo a primera vista trivial: comisión de varias personas, hombres, mujeres y niños a quienes daba audiencia y despachaba con frases de cajón uno de los altos empleados de la Secretaría presidencial. Pregunté quiénes eran. Cuando lo supe empezó el cuadro a parecerme interesante hasta cobrar poco a poco, el máximo patetismo. Eran judíos de los echados de Alemania por Hitler. Andaban errantes por el mundo. Venezuela sólo concedía a algunos de ellos hospitalidad breve por treinta días…Venezuela es un pueblo liberal sin prejuicios de raza ni religión; y los judíos, entre nosotros se conducen tan venezolanamente como los mejores venezolanos…¿Por qué vamos a tener nosotros aquí los mismos prejuicios y los mismos odios que las viejas naciones de Europa?”. (p.362)

Eran los días del gobierno de López Contreras, quien se puso difícil ante la petición de asilo de estos seres humanos provenientes de Alemania en el barco Caribia. Los personajes, en su afán por investigarlo todo, dieron con el recorte de prensa e indagaron todo lo relacionado con los judíos castigados terriblemente por el nazismo. Si no conseguían asilo, los devolverían al infierno alemán donde serían incinerados. Finalmente, luego de varios intentos, fueron recibidos y celebrados por los nativos del país. Eran 165 personas que se asentaron en Venezuela y dejaron descendientes. Muchos son los apellidos que aún suenan en los oídos de esta tierra:

“—El Presidente nos concedió la audiencia y en Miraflores nos recibió el secretario. Él entró a hablar con López y cuando salió nos dijo con una gran sonrisa que ya se había dado la orden de asilo”, dijo Moisés Kronh, un judío que ya vivía en estas tierras.

Otro tema que aparece en la novela es la de los nazis en el país como organización: según el relato, en el año 1962 se fundó “un partido llamado Movimiento Social Nacionalista, dirigido por el médico Alejandro Azpurua. Eran unos jóvenes identificados con Mussolini, llevaban camisas negras y hacían el saludo romano. Decían que tenían vínculos ideológicos con el fascismo, el falangismo de José Antonio, el nazismo y el justicialismo argentino”. (p. 484).

La relación de la Alemania de Hitler con la URSS también forma parte de la preocupación de nuestro autor.

“Al parecer, en Berlín y Moscú se estaban dando pasos para un acercamiento entre la Alemania nazi y la Unión Soviética comunista, para limar la suspicacia que las dos partes se tenían, pero en el fondo era una desconfianza sometida al mismo tiempo a un enorme poder de atracción”.

Narrador y personajes concluyen que tanto Alemania como la URSS eran muy parecidas en sus procederes ideológicos: vigilaban, acosaban, apresaban, fusilaban, desterraban, marcaban racialmente, etc.

7.—
La abundancia de materiales admite curiosidades. La referencia que hace un personaje del poeta venezolano Ramos Sucre, así como de lugares donde se reunían los jóvenes escritores, artistas e intelectuales en la década de los sesenta en sabana Grande:

“—¡Venezuela! —exclamó la señora Conceta.

El nombre de Venezuela le removió un recuerdo (…) Ella tenía entonces treinta y cinco años, trabajaba como enfermera del Sanatorio Stephanie en la sección de psicosis, donde llegó el poeta aquejado de insomnio, melancolía y con ideas suicidas…” (p. 526-527).

Un guiño del autor relacionado con su conocimiento y participación en los grupos literarios de la época como el de la República del Este: un espacio donde se construyó parte de una utopía, la de una “épica” que rozó la locura creativa, pero también una emoción que se convirtió en literatura y arte.

“En alguna parte debo tener una fotografía desteñida, tomada por Garrido en los primeros años de los sesenta. Es la foto elocuente de aquel café-bar, El Viñedo, en la cual se ve, además de nuestro grupo, los poetas del Techo de la Ballena en otra mesa, y de pie, sonriente, el mesonero canario que nos atendía con preferencia. Mirando la fotografía le parece a uno escuchar las voces y el tráfico urbano. Revivo a los amigos por el eco de sus palabras y renacen las conversaciones de entonces: política, literatura, cine, etc.” (p. 205)

Menciona a Rodolfo (¿Izaguirre?), los bares y cafés Tic-Tac, El Gato Pescador, City, BQ y Paprika. El conocido Triángulo de las Bermudas. Igual se pasea por las librerías Suma, Ulises, Cruz del Sur, Politécnica.

“Las invité a cenar y las llevé al restaurante italiano Vecchio Mulino, donde conversamos hasta tarde. Kristina, impaciente, abrió su cartera y me mostró una fotografía de Martin Fuchs”. (p. 478) 

8.—
El riguroso trabajo acometido por David Alizo desemboca también en un estudio de la neo-lengua, tema estudiado en tesis sobre ideología y desarrollados por ensayistas y novelistas como Hannah Arendt, George Orwell, Milosz, Eco, entre otros tantos.

“—La idea es el lenguaje como instrumento de dominación- dijo el profesor Klemperer (…) El lenguaje está lleno de referencias valorativas. Al principio fue un lenguaje del Partido, pero ahora se está convirtiendo en la lengua de todos (…) El nazismo entra hasta la médula de las masas a través de palabras aisladas, de expresiones, de formas sintácticas que se imponen repitiéndolas millones de veces y que son adoptadas de forma mecánica e inconsciente (…) Hay una frase de Talleyrand según la cual el lenguaje sirve para ocultar los pensamientos del diplomático. El lenguaje muestra lo que una persona quiere esconder, incluso lo que lleva inconscientemente. Por el estilo del lenguaje se vislumbra la verdad o la mentira”. (p. 314-315)

Otro tópico que permite visualizar el propósito de la novela de Alizo está relacionada con el arte, tanto el que se hacía en Alemania como el que se hacía en la URSS.

Así:
“Después la conversación se encauzó en tono discreto alrededor de las manifestaciones artísticas en el Tercer Reich.

—Se trata de atacar la creación particular y colectivizar el arte —dijo el profesor Hafmann, un hombre pálido, de con textura maciza, que hablaba con gravedad profesoral (…)

—El arte debe adoptar el gusto medio, el realismo estereotipado, que entiende la masa —dijo el estudiante de filosofía Gustav Kleiss (…)

—¡Cualquier forma liberal es peligrosa! —dijo con énfasis Hafmann. Como todo, el arte también debe tener una utilidad inmediata. No se les olvide que para Hitler, cubistas, futuristas, dadaístas, etc., son los pervertidores del arte, los que, en el plano cultural, completan la destrucción política”. (p. 343).

9.—
Mucho se puede extraer de estas lecturas. Dos aspectos, uno relevante y otro curioso, colocan al lector frente a la palabra “ario” y su definición y al nombre femenino que forma parte del título de la novela: Lili Marleen.

Sobre el primero de estos dos tópicos, la voz interior de Martin Fuchs:

“Tomó un trago y se hizo otra pregunta: ¿Quiénes son los arios? Según lo que ya sabía, la raza aria se originaba en los nobles de un antiguo pueblo de superhombres de Alemania y Escandinavia, que habitaron una isla desaparecida llamada Thule. Sus descendientes eran los grupos germánicos. Los antropólogos alemanes decían que el idioma primitivo indoeuropeo se llamaba “ario”, y los que lo hablaban eran los “arios”. Pero según el Reichführer SS Heinrich Himmler, el origen de la raza aria se podía encontrar en las regiones nórdicas asiáticas, donde habían estado unos seres superiores. Para él, la raza aria tenía un origen y un carácter divino…” (p. 392-393).

***

La lectura de esta novela de David Alizo constituye uno de los registros literarios más importantes de los últimos años en Venezuela. Su lectura nos obliga a revisar y a revisarnos. A vernos en el pasado y en este presente que nos agobia. Hay matices, detalles, grises que pasan frente a nuestros ojos fijados en la Venezuela de hoy, semejantes a algunos eventos que ocurrieron en aquel pasado europeo.

El desarrollo de la realidad tiene también acomodo en la ficción. O la ficción es un registro donde la realidad es tan terrible que quien entra en ella termina siendo un fantasma que escucha la voz de aquella canción: Lili Marleen, interpretada por Lale Andersen (cuyo nombre real era Lieselotte Bunnenberg), escrita por Hans Leip y compuesta por Norbert Schultze, mencionada nueve veces en las páginas de esta monumental novela. Canción que era obligada colocarla en las radios alemanas por órdenes del doctor Goebbels.

***

Ojalá más lectores puedan acercarse a ella y leerla, hacerla suya. Allí estamos, los que nos leemos y los que nos borramos aupados por la temeridad o por la cobardía. Una novela humana, tan humana que perturba.

Lili Marleen sigue sonando en muchos recintos donde la sombra de la muerte construye su propia historia.







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