M u l t i n a t i o n a l - B l o g - o f - A r t - a n d - L i t e r a t u r e - f r o m - D e n v e r

Saturday, January 26, 2019

EL NERVIO POÉTICO: LA PALABRA NÓMADA.



—por José Ygnacio Ochoa—

foto:letralia.com
“El nervio poético” de Alberto Hernández (Premio XVII Concurso Anual Transgenérico 2017 de la Fundación para la Cultura Urbana) es un entramado de sustancia verbal que reúne a dos poetas de la vanguardia venezolana.

“El nervio poético” es un libro que refleja el conocimiento que tiene Alberto Hernández de la poética venezolana en Eugenio Montejo y José Barroeta. Los dibuja como poetas y los des-dibuja como personajes porque las palabras redimensionan los mundos de los hombres-poetas. Es como que importara poco el tiempo-espacio y se universalizan desde la otra escritura, no desde poema, no, porque cada poema tendrá la existencia que le confiera el lector, sino la transfiguración que el escritor Alberto Hernández, como poeta que es también, les revela “Una sonrisa apareció en el rostro de los hombres que guardaban luto por los ausentes”.

Hernández re-escribe a los poetas desde un mundo ficcionado, entonces se configura como el narrador que cuenta, valga la insistencia, el narrador los abre, no los cierra con el análisis académico. Los desacraliza para que el lector los digiera con la otra realidad, desde lo humano, lo frágil y lo comprensible. Los expone, no los guarda en los anaqueles o en las páginas de los libros, no. Los redimensiona desde la crítica-poema-narrativa:

Serán entonces poetas/personajes o personajes/poetas importa poco, en todo caso es la consonancia con la palabra escrutada por otro poeta que respira el gran poema conformado por la dualidad Montejo/Barroeta.

Los poetas no se encuentran con Dios, Dios exalta la eternidad del texto, dice el narrador, que no es Alberto Hernández pero sí el otro, el narrador, insistimos. En tanto los poetas configuraron con sus poemas otro universo creativo. Juan Cristóbal Castro plantea en el “Alfabeto del caos: Crítica y ficción en Paul Valéry y Jorge Luis Borges” que: “La poesía, por el contrario, va a ser el lugar de la posibilidad. En ella caben los juegos y los retos, las diferentes modalidades de enunciación y enunciado. Es en su seno donde la letra se abre a distintas formas y experimentaciones, y así se hace protagonista del texto. No queda de esa manera sujeta a la necesidad de mostrar una verdad; es ella misma, la “verdad”, y en sus nuevas disposiciones va a ir labrando una experiencia inédita de sentido”. Entonces si el poema es una verdad, los poetas le confieren ese rol protagónico a la palabra para que esta, la palabra se convierta en el argumento del poeta. Es la palabra en constante movimiento o mutación. Es la relación íntima entre poema hecho libro con el lector que asume la herencia dada por el poeta y expresada por el escritor Alberto Hernández en El nervio poético en donde: “CADA POEMA ES ÚNICO. En cada obra late, con mayor o menor grado, toda la poesía. Cada lector busca algo en el poema...” Creemos que todo es emoción. En El nervio poético las palabras adquieren independencia desde que el escritor las ubica en el texto. El texto único en constante mutación, cada lectura es un cambio. La palabra por sí sola es cuerpo y significado, la palabra con sus múltiples combinaciones es alma y significante.

En esa composición se centra Alberto Hernández en El nervio poético y el narrador en primera persona es quien materializa el universo de significantes:

“LAS PALABRAS ME BROTAN DE LAS MANOS. Emergen silenciosas por los ojos y se posan sobre la pared que me mira y me dicta con una voz casi inaudible lo que ahora no puedo colocar en el papel.”

el escritor Alberto Hernández.foto:contrapunto.com
Es como el árbol en comunión con el resto de la naturaleza, las raíces llegan al interior, al alma de lo supuestamente invisible a los ojos y las hojas van en el exterior como alcanzando las alturas: “Hojas de árbol alfabético”. Dialéctica permanente entre cuerpo y alma. Es la permanente creación de un algo que sólo el lector desentrañará en su comunión con la lectura. Entonces, quién libera a quién, quién es el espejo del otro redescubierto en el lenguaje. Los textos: diálogos, narraciones, entrevista y crítica van en búsqueda de un mundo propio de reflexiones y concepciones teórica (quizás, lo menos importante).

Las palabras puestas en El nervio poético son una rebelión de las formas establecidas y aunque ya lo habían aplicado Paul Valéry y Jorge Luis Borges, en este caso, Hernández lo redimensiona con los poetas Montejo/Barroeta. Es una apuesta válida. Hernández no separa, en todo caso une con la palabra las diferentes formas discursivas y producto de ese ejercicio obtiene un libro polifónico, pues los sonidos del ensayo, crítica, narrativa y poesía se conjugan en El nervio poético. Es la suma de su experiencia sensible por la escritura que transmite una suerte de ondas continuas dispuestas a llegar a un destino: el lector.

La palabra (no es de él, jamás, es de los lectores) es dignidad espiritual. La palabra no vacila, es transgresora y valiente: El poema respira y funda otra realidad tanto en espacios como en momentos puntuales en la historia de los poetas y en consecuencia en una Venezuela que respira literatura. Facilita el cuadro dialógico entre los poetas en primera instancia y luego une las historias no solo de estos dos poetas referenciales, sino que mueve y escruta a otros poetas.

Hernández une poetas como espacios en su memoria, ríos con sus caudales y puntos geográficos (Mérida o la Cordillera de los Andes, La Culata, Valencia, Patanemo o Puerto Cabello, el Delta del Orinoco, Trujillo, Caracas, Catia, Margarita, Pampanito o un decadente burdel de Maracay, Choroní, Puerto Malo, París, Galicia, Islas Canarias, Barcelona, Salamanca, Madrid, Las Malvinas, México entre otros). Lugares que parecieran disímiles, pero el poder de la palabra acorta tales distancias: “EL MAR DE LISBOA va y viene en los ojos del hombre que advierte la presencia de Güigüe en la mirada perdida.”

Sucede entonces que en la vida acontecen situaciones que marcan a sus protagonistas como la muerte, viajes o separaciones, pues, acontece igual con las palabras, ellas, las palabras contienen una clave y ello está en su aplicación. La palabra se redescubre constantemente con la presencia de la polisemia como rasgo fundamental. La palabra se reinventa en cada lectura. La palabra tendrá un sentido especial en el libro de El nervio poético porque el poeta-escritor se deja conmover por un caudal de nuevas significaciones. El libro se va haciendo y las palabras se van convirtiendo en una figura nómada, recorren distancias, lugares y memorias de las ciudades y de los poetas y sobre todo se fusionan ideas y formas discursivas como el país. Los poetas entonces van por el mundo, como se afirmó antes, pero regresan al país:

“VENEZUELA ES UN PAÍS AGRESIVO, amoroso, duro y blando. Engreído y sumiso. Levantisco y pacífico. Loco y desmemoriado. Venezuela es el poema que nunca ha dejado sobre la mesa. El trópico es absoluto, radical y embustero, breve y largo, eterno y temporal. Venezuela es una planta a punto de secarse, pero también una semilla que brota.”

Estos poetas, insistimos, recorren su país de origen pero igual transitan por el mundo y vuelven para instalarse en otro mapa, un mapa único porque no es una mera enumeración de acontecimientos. Es una mirada sin ambigüedades donde “coexisten los instantes del pasado y del presente.” Es una mirada que se trastoca, se pelea y se reconcilia: “parezco un animal surrealista. Tengo cara picassiana. Cara de rombo. Cara de culo. Cara de infame. Las palabras pelean, se golpean unas a otras. Aparecen dientes, uñas, rasguños, heridas inmortales, sangre cuajada sobre unos ojos marchitos. El poema ronda la alcantarilla de la próxima cuadra.” La palabra, ella misma se critica y se cuestiona, se vomita y luego se lame para buscar su esencialidad:

“Cierro el libro y tomo rumbo a casa. Con esas palabras me calmo. Me reconcilio con lo que veo. Con lo que espanta mi espíritu. Sigo hasta el ruido de otros mundos.”

foto:JuanMartins.@estivalteatro
La unidad del libro no está en el argumento, (aunque este se reescribe) ni en la historia, (aunque estas se reinventan), ni en el final (este “gira alocado”), la unidad del libro está en la propia palabra y el poeta-escritor (Alberto Hernández) propone un diálogo con los lectores y los poetas. Es un acto amoroso entre autor y lector, el escritor recopila e hilvana datos biográficos y los redimensiona con el compás musical de la palabra. Posibilita el vuelo de los poetas. Suerte la nuestra al conseguirnos con los Montejo/Barroeta en este desborde de ecos con la naturalidad de su cadencia.

Nos atrevemos a afirmarlo en este instante El nervio poético es el Ars Poética de Alberto Hernández, el hombre que anda y desanda con sus duendes. Entonces la palabra en Hernández alcanza la transparencia, la emotividad y su independencia y en consecuencia su autonomía de significantes: el sonido vital de la palabra.

Alberto Hernández es como el músico que marca el compás o la clave para que luego: “la poesía recupera el todo y lo hace visible”, entonces en “El nervio poético” la tonalidad emotiva invade los sentidos del lector para hacerlo parte de su juego amoroso.





Saturday, October 20, 2018

PAPIROS AMOROSOS de Eugenio Montejo


Crónicas del Olvido por Alberto Hernández—

foto:EdVanDerElsken
I
Vocación secreta llama Antonio López Ortega el afán heterónimo de Eugenio Montejo. Tal afirmación continúa su paso sereno por varios libros que el autor de Adiós al siglo XX ha dejado en, por ejemplo, El cuaderno de Blas Coll, pero más allá del carácter múltiple de esta personalidad poética, Montejo es el poeta de la densidad, el escritor que ha fijado, con ojo profundamente interior, los trazos de una pasión que no necesita de adornos para imponerse. A este ritmo, rostros y nombres bajo la duda si se trata del Otro que lo empuja a decir para ser el que tantas veces se repite en tonos disímiles, Eugenio Montejo escribe Papiros amorosos, su primer libro dedicado a tan espinoso tema, en el que quien entra no sale ileso, por muchas las marcas que ha dejado en la escritura y en el alma.

Publicado en España por la editorial Pre-textos, los lectores venezolanos sentíamos su ausencia. Finalmente, Bigotteca, hermosa aventura de la Fundación Bigott, nos lo entrega para beneplácito de quienes sólo lo conocíamos de oído ajeno.

Y si esa vocación secreta forma parte de una misión, como deja escrito López Ortega, ciertamente nuestro poeta ha hecho un recorrido en el que cada libro es un incendio, la perfección de ese adentro medido con la sensibilidad de quien sabe que el mundo no es sólo saberlo allí sino descubrirlo, ocultarlo y entregarlo con el sonido de su precisa expresividad.

II
Papiros amorosos es el libro del cuerpo amado, del cuerpo tocado, presentido. Es el libro del cuerpo de mujer, el que anda en el otro, el que entra y sale del cuerpo de quien lo nombra y lo acerca. De los cuerpos que se buscan y se encuentran, pero también de los que se alejan en el desencuentro. “Cuerpo que pasas con el tiempo dentro,/ henchido de horas en las venas,/ de incontables minutos llenándote la manos/ para asir tu deseo”. Tiempo y deseo, ambos en la propiedad de quien lo dice y lo define.

En este poemario, Montejo se desnuda frente al otro cuerpo, el cuerpo que, ajeno, pasa a ser de quien lo desea y ubica en el tiempo. Libro intemporal, Papiros amorosos verbaliza el amor en el papel, es el tomo de un viejo tema que en nuestro autor resulta novísimo, ajustado a la permanente aventura del deseo hecho voz.

El cuerpo es una constante. En todos los poemas está o al menos su referencia. En Montejo no hay amor si no hay cuerpo: de la materia carnal emerge el espíritu, el tocado, el capaz de sudar y habitar bajo la bóveda celeste y perderse en su efímera esencia. “Sólo quise estar vivo para amarte/ en la tierra veloz. Aquí, a tu lado,/ siguiendo el vuelo de esta esfera que gira/ detrás de un sol demasiado remoto./ Sea lo que alcance el tiempo que nos dieron/ los dioses o el azar, sea lo que quede/ de lumbre en nuestra lámpara indecisa,/ mi deseo está aquí, no en otro mundo,/ junto a tus manos, tus ojos y tu risa,/ junto a los árboles y el viento/ que acompañan tu paso por el mundo./ Sea quienquiera que apure las estrellas/ y nos haga nacer o desnacer,/ sea quienquiera que junte nuestros cuerpos,/ aunque no dure nada este relámpago/ y la tierra veloz nos borre el sueño”.

III
El lector de Papiros amorosos siente que el sujeto amado se desplaza ante los ojos. Es un nombre que no se dice y recorre las páginas como calles bajo la lluvia. Es un cuerpo en un paisaje interior, abrigado por los elementos. “En otro cuerpo va mi amor por esta calle,/ siento sus pasos debajo de la lluvia,/ caminando, soñando, como en mí hace ya tiempo.../ Hay ecos de mi voz en sus susurros,/ puedo reconocerlos...”

Quien habla, el que escribe, es sujeto del cuerpo del sujeto amoroso. Y es, también, imagen del mundo, dentro y fuera de él. “Cuerpo lleno de barcos”, de viajes, de miradas. Cuerpo que se aleja a lugares extraños, desconocidos.

Preocupa al amante el cuerpo ajado, la vejez, la pérdida de la belleza que sólo es eterna un instante. “La vejez de la carne es la peor máscara/ que los dioses nos tejen./ Con invisible estambre y rueda fría,/ con su nocturna aguja irrefutable,/ sin percatarnos, casi de puntillas,/ voz y cuerpo nos cambian...”.

Papiros amorosos se nos antoja un solo poema, un solo cuerpo a través del papel. Cuerpo que desemboca en un “solo amor”, anillado a la necesidad de no dejarlo ir. “Un solo amor para salvarlo todo,/ lo que se fue, lo que ha partido y ya no vuelve,/ los naufragios que emergen del olvido/ y nos persiguen al fondo de algún sueño...”.

Y si es cuerpo, “polvo enamorado”, como dijo el otro del amor hispano universal, también un solo poema para decirlo, colmarlo de tiempos y lugares, pese a su ubicuidad, en un sueño, en la derrota, el polvo, la angustia, los sollozos, “lo que nació para no ser y fue un instante”. Así, con todo el cuerpo y todos los adentros.