M u l t i n a t i o n a l - B l o g - o f - A r t - a n d - L i t e r a t u r e - f r o m - D e n v e r

Monday, October 30, 2017

LA FÉRTIL MISERIA DE HARRY ALMELA

foto:eluniversal.com

—por Alberto Hernández—

1.-
Álvaro Mutis se acerca a Harry Almela y le dice:

“Sólo una palabra.
Una palabra y se inicia la danza de una fértil miseria”.

Unos pasos antes, el maestro Cernuda le canta al poeta de Mariara y de Venezuela:

“No es el amor quien muere.
Somos nosotros mismos”.

Anclados en estos textos, Harry Almela crea “Fértil miseria”, libro escrito en 1987 y terminado de hacer en abril de 1992, en una colección editada por Jacqueline Goldberg. De ese trabajo sólo salieron a la calle 200 ejemplares.

Nuestro autor se desplaza con el poema en prosa, corto, sonoro, ilustrativo, vehemente. Son materiales iniciales de un hombre que dedicó toda su existencia a encarar los misterios de la poesía a través de otros misterios, los de la fe, la muerte y el poder como estigma en el otro y contra la poesía. Un poeta que se veía la herida desde el inicio de su vitalidad verbal.

Veamos:

“Yo estuve allí, en la Casa de lo Oscuro,
seducido por la loza y el granito.
Hubo días para lo mejor del Maná. La
celebración de los cuerpos, la transparencia
de los actos.
Luego los soldados apostaron a la estrategia de tierra arrasada.
El invierno que ciega
se encargó del resto. No ha quedado ni un
trozo de quimera.
En esa sangre hay una fracción que me
pertenece. Lo atestigua mi torpeza buscando
reliquias en el campo de batalla”.

Libro que contiene la ligadura del poeta con la sacralidad. Libro donde ya asoma la búsqueda, su preocupación, por la lengua que heredamos, la española y la que hizo la española y la que tocó de cerca el costillar de ese idioma que nos alimenta y se hizo lengua también: el aliento sefardí.

He aquí otra muestra:

“Escribiste en el papiro: come y bebe, este es
mi cuerpo. Yo fui el devorado. Dos, tres veces. El
ardor.
Girando hacia la izquierda, vi lo negro de tu
cuerpo sobre el muro.
Cuántas constelaciones te nombran. Eres el
árbol, la costumbre”.

2.-
La fuerza de la poesía de Almela se sustenta en esa búsqueda por el saber, por la indagación en los temas que luego, años después, lo consagraron. El poeta –de ojos atrofiados- veía para entrar en la conservación de su palabra, de su espíritu inquieto, díscolo, agresivo y tierno a la vez.

“Yo espero que desde lo abajo asome
una querencia. Sólo busco otra luz que me
sostenga. Una zona de aire. Más allá de los
verbos comunes. Más allá”.

La ausencia, la distancia, el amor frustrado, el dolor por todo lo anterior se trenzan en este poema en el que el poeta se desnuda en el afecto, en la casa donde los ruidos, los sonidos diarios también saben de quien se ha ido, de quien no vuelve.

De quien no deja noticias:

“Déjame.
Déjame unas líneas escritas en la pared o
detrás de la puerta del escaparate. Una señal
de tu Visita.
Los barcos enseñan tantas cosas mientras
se alejan. Mas no hay en esta casa un puerto
para calmar nostalgias.
O este llanto. Este dolor doblado en el
centro de ninguna parte”.

foto:letralia.com
Y de este poema, a la muerte, al anuncio que décadas después se hizo imagen en el dolor de quienes estuvimos cerca de su acontecer familiar, poético y político, porque Harry Almela era ciudadano, político, controversial, un demócrata. Pero la muerte, la muerte, que en los poetas se presenta a diario como tema, entra y sale, se asoma, se burla y hasta se sienta a tomar café con los versos:

“Si duermo boca arriba, me rozará la muerte.
Son tantas las formas de sumergirse.
Al final siempre estará el viaje. La Muerte
esperando mi epicardio en el vértice de los
balcones.
Por cada diente que pierdo. Por cada deber
no cumplido. Por cada rey suicida.
Tengo miedo de perder el sentido de lo
irreal”.

Ese miedo, la marca en el ser humano que más se avizora en el tiempo por llegar, en la hora de deshacerse de nosotros, tuvo y tiene en el poeta una condición: la realidad es canjeable. Lo desconocido, ese miedo, ese fluir en medio de la sombra o de la iluminación, se mantiene intacta, lo “irreal”, lo que conduce al viaje sin retorno.

3.-
Su relación con los espíritus errabundos, con sus santos, como él decía, tiene espacio en algunos versos que he alcanzado a leer. Si la muerte, con mayúscula, no define resignación alguna, las almas que lo visitaban hacían de su casa un asombro, un acompañamiento:

“En el patio se mueve la basura. El sepia
invade este boscaje. El polvo se acumula en el
lomo de los libros bajo la tarde del agua.
La Muerta viene a beber agua en el vaso
junto a mi cama.
Un domingo ancestral se asoma en las
cigarras.
Estoy cansado de estas ventanas, de la
niebla en los pasillos, de las ranas al comienzo
del invierno.
Llévate esta casa, yegua de la noche”.

Y por ese mismo sendero, el poema que irrumpe en la fe, en el judaísmo que luego lo iluminó, lo hizo reverenciar la lengua de aquellos expulsados de la antigua España. Por aquí, con temor a equivocarme, está la iniciación del poeta en estos estudios sobre la piedra de Jerusalén.

“Esta será la distancia. El golpe en el ala
derecha, el mercado profano en el Sabbath, el
olor de los libros. La canción en un idioma
desconocido y que tu boca me revela.
El vértigo de la frase. El llanto tuyo en la
Madrugada recordando al juglar del circo, el
Amante de la nuez.
Hay una fotografía tuya para la distancia.
Cierto rigor en el túnel que dejaste”.

El amor y una cultura. Ambos apegados a la sonoridad de una voz que se construyó a través de la coherencia del estudio y la indagación: la palabra y lo sagrado, dos dioses del fundamento humano.

Copio completo este texto que avalaría todo lo expresado en líneas anteriores, pero que le agregan otros símbolos a la vida poética de Harry Almela:

“Escucha la profecía. El Escorpión y la
Serpiente, el Dragón y el Gato, se alejarán de
tus comarcas. Luego de la batalla, el sol
continuará su marcha. No cayeron las murallas de
la ciudad.
Vendrán los tiempos de arrancar la cadena
de mi tobillo. No te buscaré en las barajas.
Llegarán las carabelas al meridiano preciso.
Gracias por el infierno que convocaste.
Por esta fértil miseria.
Escucha la profecía. Llegará la noche del
domingo en que abriré la puerta y no estará tu
Ausencia”.

4.-
El poeta siempre se está despidiendo. Su sintaxis es el viaje, el antiguo viaje épico convertido en silencio, en amagos irreales, en vértigos y sueños. El decir del poeta instala un aliento corto que se alarga en la medida en que el viaje no ha comenzado.

La vida es el preámbulo de ese viaje. Perogrullada que afina el olfato de quien sabe que las palabras serán para siempre mientras el viaje también lo sea.

Harry Almela siempre habló de su muerte. Siempre habló de su vida. Siempre sintió el exilio en los ojos y en el alma. La poesía también cansa. La muerte no. Ese viaje no agota.

foto:elpolitico.com
En este texto lo deja como herencia:

“Mañana me voy. Cansado de la flor que
sale de mi boca, quiero encerrarme bajo el
agua.
No es cierto lo que demanda mi signo.
Utilidad del orden. Persistencia en los detalles.
El apego a la tierra.
No quiero mirar hacia mis años, sus
párpados azules, su balanza.
Quizás se trata de pulir la esfera con un
buril más fino, de asuntos más terrestres.
Quiero la transparencia cuando arribe al
Océano.
Allí no será un pecado sumergirme”.
Y más tarde, en el poema que casi cierra el libro:
“Me voy. No juego más. Adiós”.

5.-
Un Post scriptum devela la despedida de la voz de aquellos años, que pareciera la de hoy, la de hora ausente, la de este día en silencio, la de sus cenizas en el aire:

“Mientras pase esta noche, cultivo el arte
de convertirme en vasija. ¿De qué sirve el
infinito sin un cuenco que lo justifique?
La página en blanco también habla”.

Harry Almela sigue hablando, sigue cantando mientras viaja, mientras sigue su curso al infinito.




Monday, October 16, 2017

El huevo de la Iguana de Carlos Calderón Fajardo

—por Luis Fernández-Zavala  Ph.D. (*)—

"Yo había querido cambiar de piel como las iguanas, es lo que hace un novelista: no es otra cosa que un cuentero de los eventos visibles y no visibles. Un captador de sortilegios y un inventor de metamorfosis”. C.C.F.


Carlos  Calderón Fajardo dejó de existir físicamente en el 2015; fue un prolijo escritor peruano que obtuvo un reconocimiento más internacional que local. Ganador de varios premios literarios entre los que destacan: Concurso Nacional Jose María Aruguedas (1974), Premio Unanue de Literatura (1981), Premio Gaviota Roja (1982); Premio Hispamerica de cuentos (1985), fue  finalista del Premio Tusquets de Novela (2006). Durante los últimos años de su vida, después de jubilarse como profesor universitario, llegó a escribir hasta dos novelas por año.  Sin embargo, aun con una producción amplia  y reconocida en algunos círculos literarios europeos, no llegó a tener la popularidad nacional de la que han gozado otros escritores peruanos contemporáneos.

La edición que comentamos en su versión final de 425 páginas, una carátula sugerente e impresa en papel de color rosado tenue: El huevo de la iguana (Editorial San Marcos 2007), ha tenido su propia historia. En su primera versión fue ganadora del Premio Gaviota Roja en 1982, bajo el título La conquista de Maravilla publicada una primera parte en 1983 como Así es la pena en el paraíso. Luego, en 2007, veinticuatro años después, se publica una versión con 200 páginas menos. Este proceso de condensación –demandada por la editorial– hizo que el autor le asignará el título actual porque concluyó que después de la drástica reducción y casi treinta años más tarde, ya era otra novela.

Talara, la ciudad petrolera en la costa norte del Perú, es el paisaje que el autor escoge para presentarnos, según sus propias palabras, “la lucha épica entre la modernidad y la tradición, entre el mito y la historia, entre la razón y lo sobrenatural. Entre lo material depredador y el espíritu vital de un pueblo”.  No es pues la “historia de Talara”, sino cómo sus habitantes viven y explican los acontecimientos que van modelando sus vidas.

De la voz de Claudio desde cuando era estudiante de secundaria (1956) hasta cuando es ya mayor (1983), se van a ir desprendiendo los acontecimientos que marcaron tanto su vida como la de sus amigos del colegio donde “todo el mundo creía en aparecidos, y eso era más real que aquello que la gente suele llamar realidad”.   

La azarosa vida de Talara dominada por la extracción petrolera de la International Petroleum Company y después de nacionalizada, por Petro-Perú origina desbalances que  podrían ser curados recurriendo a las fuerzas espirituales que están inmersas en su paisaje: el mar, el desierto, su fauna, y dentro de esta, la iguana.

        El mar, un espíritu muy poderoso, igual que el desierto. Son esos espíritus   tan fuertes porque allí viven la mayoría de los espíritus.

Los encargados de reinstaurar el balance manejando estas fuerzas son los chamanes de las huaringas (lagunas incas), aquellos personajes que pueden comunicarse con los espíritus y que nunca mueren sino que se transforman en animales y siguen su tarea de equilibrar el desbalance de los acontecimientos. Uno de estos chamanes es Anacleto Ancajíma que para cumplir su misión se trasformará de maestro chamán en un brujo cuando decide robar el alma de un perverso comerciante.

En este mundo de existencia paralela, la suerte de los chamanes o maestros curanderos se ve amenazada  por los "pumas rojos hijos de la razón” que no son otros que los alucinados Senderistas; así mismo, por los “pumas negros hijos de la violencia, la ley” que justifica el asesinato por la razón”, es decir las fuerzas represivas del Estado. Ambas fuerzas negativas pretenden aniquilar la influencia de los chamanes en la vida de los talareños.

Claudio narrará la tragedia de Toño Farías, líder de la banda de estudiantes, y Encarnación Zapata (Maravilla) como continuación de una tragedia anterior: el asesinato de sus padres sindicalistas. Fruto del amor de esta joven pareja (que no es casual que se amen siendo los dos hijos de sindicalistas asesinados) nace su hijo, Antonio Farías Zapata, con la piel de una iguana negra.

Es que Toño y Encarnación habían tenido un hijo cuya alma era una iguana negra. Un niño que un día se enteraría cómo fue la muerte de sus ancestros a través de lo que le contaría un búho. Y desde que ese niño con cuerpo humano y alma de iguana negra se enteró de la verdad de su linaje empezó a tramar su venganza.
La pregunta que se suspendía del cielo era ¿cómo así el huevo de una iguana había ido a parar  a la barriga de Encarnación Zapata? La respuesta a esa interrogante solo era atribuible a la brujería.

Para el autor la iguana con su poder de transformación, adquiere varios significados reales y metafóricos. Por una aparte nos señala en una entrevista  que un escritor como él quiere ser como la iguana: cambiar de piel, mimetizarse, para poder escribir sobre la realidad de una manera diferente. Tanto el autor, como Claudio, refieren que encontraron su razón de ser como escritores cuando la iguana los poseyó: “Entonces recuerdo que salió una (iguana) y se me quedó mirando fijamente. Solo a mí. En ese momento, como si fuera un animal totémico, sentí que algo se introdujo dentro de mí. Allí fue cuando nací como escritor.

En términos de la metáfora la iguana representa un espíritu siempre alerta susceptible de tomar muchas formas y es indestructible, solo cambia de color, de forma. Su devenir es circular. La vida también tiene estas características y es como  el huevo de la iguana, ovoide.  Sin embargo, cuando existe un desbalance y las contradicciones humanas se van acumulando, el poder la iguana de transformarse también tiene una carga negativa (la iguana negra), ya no cambia y evidencia lo desbalanceado que está el mundo anunciando que algo va pasar.

En la novela hay dos tonos en la voz de Claudio manejado con mucho esmero. Cuando Claudio narra los acontecimientos personales sucedidos en Lima manifiesta un vacío y una desavenencia con el mundo más racional de la capital (¿carente de mitos de interpretación?) y  sus problemas sentimentales son presentados más unívocamente con una narrativa más precisa y puntillosa. Cuando Claudio narra los acontecimientos en Talara su vocabulario y  sus expresiones se tornan ciertamente engorrosas y esotéricas. Claudio vive y se expresa como parte de dos mundos irreconciliables y para hallar su centro regresa a Talara a ver el desenlace de las tragedias originadas años atrás. Aquí, en Talara, sí puede entender la vida. Todo ha cambiado en la ciudad que el ya no reconoce físicamente, pero los mismos espíritus pululan y la última palabra la tienen los chamanes, el desierto, el mar, la iguana.



(*) Autor de El guerrero de la espuma y otras tantas despedidas” (Pukiyari 2104) disponible en Amazon, Barnes & Nobel, Peru Ebooks, Allá en Santa Fe.




Tuesday, August 15, 2017

Sam Shepard: LUNA HALCÓN

—por Alberto Hernández—

1.-
En la lápida de Sam Shepard estará un halcón. Quizás sobren las palabras, bastará la mirada penetrante del alado para que sepamos que allí reposa el cuerpo, los huesos, de quien fuera actor, director, escritor y alocado personaje norteamericano de aquellos y estos tiempos.

En su obituario, el sonido metálico del ave con sus alas extendidas sobre el asfalto de alguna carretera de su país.

En 1981, la editorial Anagrama publicó “Luna halcón” (Relatos, poemas y monólogos), un libro donde, siento y pienso, se recoge el espíritu errabundo de este creador que acaba de morir. Quien con los ojos puestos en algún horizonte borroso tenía a Ginsburg, Kerouac, Burroughs o Corso como modelos, como compañeros de viaje, aunque él se haya quedado solo con estos apellidos, mientras los muertos de su paciencia ambulan por las sombras.

Personajes, fenotipos de la imaginación o de esa realidad que escogía para sus películas, para sus andanzas por campos, pueblos y grandes ciudades. Personajes astillados, gordos, vaqueros, pistoleros, tractoristas, carpinteros, los del baile de Diligent River, los cadáveres en una zanja del Valle de la Muerte en sus líneas de “El remolque fantasma”. Aquel viejo John Deere de “Nube con garras”. Los “Ladrones de caballos” bajo relámpagos azules. Y allá, en “Dakota”, en Rapid City, los búfalos salvajes.

Hay tanto de Sam Shepard en todas las lecturas, las que se recogen en este libro y las que faltan en otras. O están a punto de revelarse.

2.-
En este poema, “Extraño”, del mismo libro, San Shepard nos dice:

“Siempre me despierto
En el cuerpo del último
Con quien he estado
Quién es éste
De los brazos de vikingo
Fuertes músculos de toro
Melena hasta aquí abajo
Ya soy bastante extraño
Tal como están las cosas”.

Y el hippie que era y no era. El caminante de botas vaqueras y mirada zahorí. El campesino y el cosmopolita. El fumador y “espíritu moroso”. El absuelto por “la prueba del demonio”. El recogido “en línea recta y no regresar jamás, o dar media vuelta ahora mismo”.

Leo este libro desde hace décadas. Lo guardo como un amigo. En la pantalla he visto a Shepard ponerse el sombrero de lado, hundirse en la niebla, hablar lentamente con cara de baterista del grupo “The Holy Modal Rounders”, con mueca de matón y faz de ángel. Galán despeinado y violento. Poeta y narrador. Inventor de “Crónicas de motel” y de la pieza teatral “Locos de amor, llevada a la pantalla grande por Robert Altman.

Pero me anima más, en este instante, su palabra escrita, aquella que resuena en las paredes, donde se traza consagración del tiempo:

“Setenta y cinco brazas
De profundidad
Cada braza cerca de un metro
Seis millas
Mar adentro
Borracho hasta el vórtice
Cazado por la cuerda de una roca
Arrastrado hasta el azul
Profundo
Huesos invisibles
Sólo la verde y limpia superficie de la mesa
Esperando a que el siguiente tiburón de billar
Se coma al próximo pez”.

3.-
En la tumba de Sam Shepard estará un ciprés. Un pequeño desierto también. Un halcón con un ojo cerrado. El golpe de una batería. La voz de quien nunca callará desde la angustia de saberse atrapado por el signo del tiempo que vivió.





Thursday, July 20, 2017

DUERMEVELA DE CARLOS VITALE


—por Alberto Hernández—

1.-
El poema se comprime. Habla desde su densidad. Dice desde su silencio. Desde la semilla que es. Desde el sombra que lleva a cuestas cuando es un sueño. Cuando sueña con el soñador. Cuando es el sueño el que aparece y redobla sus imágenes a través de dos o tres versos.

El poema comprime.

El poema comprime al lector y lo desaparece. La tensión sintáctica del texto lo silencia.

Una vez más Carlos Vitale nos oculta, nos lleva por sus sueños a través de una voz que habla desde la oquedad. Una vez más, ahora con “Duermevela”, Editorial Candaya, Barcelona, España 2017, se resiste a extenderse sobre el mundo. Sus poemas ocupan un trozo del alma que a diario no vemos. Son poemas de una expresividad precisa: nos dice y se va, pero quedan -entre el sueño y la realidad exterior- flotando los sueños que lo contienen.

El poema del insomne viaja de un sueño a otro. Marca la ruta de la vigilia. Tiene un acento inmanente: no deja de ser pese a que es parte de una ilusión. Y un poema, un trozo de espíritu sobre el papel, es sólo una ilusión, el decantamiento de quien de noche sueña poemas, los guarda y luego los vacía ante nuestros ojos.

La “ignorante vigilia” acomete al lector. El que escribe estos versos nos lee desde un instante, desde la placidez de quien está a punto de hundirse en la niebla del sueño. Duerme y vela a la vez. Vela y no se duerme: escribe y deja el papel al lado del cuerpo que viaja en una nebulosa marcada por voces y silencios.

“Cuando
la poesía me visitaba
en sueños
siempre
dejaba
alguna huella
muda”.

El silencio. La voz del silencio. El poema oculto bajo los párpados, a punto de emerger y quedar plasmados en la memoria de quien abre su libro.

2.-
“Duermevela” es una retrospectiva. Son textos que se desplazan desde 1987 hasta el 2016. Textos condensados, guardados para ser agrupados y vaciados con la angustia, el dolor, la espera, los reflejos (todo sueño es un reflejo), la sensación de caer en la oquedad.

En “la respuesta adecuada” confiesa:

“Responder al hielo.
no con sonrisa, sino con misterio”.
Y este misterio se condensa, se presta en el otro:
“De todos modos mis sueños están
en vosotros”.

La poesía compartida. Los sueños dirigidos a una “cabeza ajena” que podría ser parte, o se hace parte de ellos, de los sueños, de las pesadillas que no se dicen pero que ambulan entre la inconsciencia y una ventana.

Y mientras eso ocurre, el poema vierte su fuerza en esta imagen:

“Tú, de pie, desnuda en la penumbra.
Tu espalda en el arco del conocimiento.
Desde la cama, observo y espero.
Cuando te vuelves me dirás quién soy.
Sin otra luz que mi deseo”.

El desconcierto, la pérdida de la identidad momentánea. El poema borroso un instante, hasta que el despertar se aguza con el cuerpo deseado, amado. Un momento extraviado entre las sombras del sueño. La duermevela.

foto:ieturolenses.org
3.-
En un salto de esos sueños enmarcados en estas páginas, aparece un homenaje. Aparece la imagen andina del poeta venezolano Pepe Barroeta, quien “dice que no dice” a través de este responso de Carlos Vitale, quien compartió con Pepe tanto en Barcelona:

“El don
de la palabra
no es
un don,
es apenas
arder
en el propio
fuego,
abrasarse
hasta que la mano
dibuje
el vasto
signo de la desolación”.

Y entonces miramos caminar a Pepe con la mirada puesta en sus zapatos. Con la frente ardida mientras el frío andino se arrima a su poesía y la hace establecer contacto con el universo.

He aquí que Pepe se ha convertido en un sueño.

4.-
El rigor del instante, de ese trozo de tiempo que se derrite al despertar:

“La palabra es miedo/ metal, adiós, / cuerpo sin cuerpo, / y derrota”.

Los sueños no tienen cuerpo. Los cuerpos que sueñan no son un lugar. Son sonidos y paisajes, rostros, un miedo que se traduce en sobresalto. En una caída.

En un “Réquiem”:

“Al final
sólo queda
una dirección
que borro”.

Todo desaparece. Los sueños reducen el tiempo. Se reducen a tiempo desplazado. En la duermevela –en ese retazo de opacidades- está el poema a punto de estallar.
La poética de ese momento se vierte en la inmensidad de quien se ahoga con su propio aliento, con las palabras que luego se hacen poema:

“El mar, pintado, / y la isla/ que desaparece, / no del recuerdo / sino del instante”.

La voz comprimida, acosada por el silencio. De allí la necesidad de decir lo necesario. ¿Qué es lo necesario? Lo que se deja de decir.

“Atinar con la palabra exacta, y callártela
Atrapado en ti mismo
(…)
“Cállate, insomnio”.

El poema no duerme. La poesía es un personaje atado a quien la crea. El poeta se anima a vivir, a desandar las voces que lo han angustiado. Su ánima acosada. Su espíritu doblado en una esquina del texto, de la vida.

“Desmoronarse con elegancia.
despertar del insomnio”,
dormir en el despertar. Volverse y descubrir que las palabras no imposibilitan el instante tantas veces recobrado.

La poesía se descompone como un cuerpo dejado a un lado. El poema, sin embargo, prevalece en la memoria, ordenado, medido. La poesía, no obstante, se borra y regresa. Es un sueño recurrente. Un permanente insomnio, porque soñar también es una manera de estar despierto.

Y así la poesía, como una bestia preparada para la mordedura.
El poema espera, es un objeto visible.
“El orden es otro caos”.

foto:txtcarmina.blogspot.com
El ser se precipita a ser poesía. Mientras el poema es la mirada que la elabora, que le da forma visible.
Frases, oraciones, silencios, pausas. Pero el contenido del espíritu se abre:

“Palabras rectas, oídos curvos”.

¿Quién no oye la eternidad, la nata de los sueños, el ser y esa nada vibrante sobre el poema, sobre la poesía que retoza y aparece en la brevedad de una inflexión:

“Toda la poesía cabe en una palabra. ¿Cuál?”

La poesía aturde a quien la agota, a quien la hace suma de vocablos innecesarios. Muele los sentidos. Su conocida ensoñación hace que el despertar instale una realidad tan comprensible como absurda. Entonces, el insomnio, esa vaguedad entre sombras, con la lámpara encendida. O con la vela de Octavio Paz. Con los ruidos de la calle: los perros desatados del deseo de hundirse en el caos de un sueño. A veces el poema estropea ese deseo. Pero la poesía, la que flota, la pequeña bestia volátil, aparece y despierta al sujeto que luego escribe, ironiza, sonríe desde su desolación: se coloca nueva cara, nueva mirada, nueva vida, aunque sea la misma:

“Ya es la hora. Ponte la máscara y sal a escena”.

El despertar. Atrás los sueños atajados por el sobresalto de los párpados. La poesía arriba y se instala mientras el cuerpo intenta ser las imágenes y respirar sus sonidos.

La poesía se contiene en el instante de la duermevela. Entre el sueño y la realidad.

Carlos Vitale se asoma a este libro y mira por la ventana de su piso en Barcelona. Respira corto. Desliza una palabra y la hace un poema, tan breve que el sueño se descorre y la poesía –esa soledad- lo conjuga en todos los tiempos.