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Friday, February 3, 2017

BORRAR EL PAISAJE de Cristina Falcón Maldonado


—por Alberto Hernández—

Cristina Falcón Maldonado.Foto:poemad.com
1.-
Si “la soledad no tiene historia” como afirma Gaston Bachelard en “La llama de una vela”, también es posible afirmar que el paisaje no se puede borrar, pero se puede poner en duda, sobre todo si quien emplaza la realidad titula su creación con un si condicionado. Se puede advertir que en “Borrar el paisaje” (Editorial Candaya / Poesía 15, Barcelona, España 2014), de la venezolana Cristina Falcón Maldonado, el lector está en presencia de algo que podría suceder o es la muerte quien se borra frente al paisaje que termina en el fondo de la más abismal de las soledades.

La memoria, tan insistente, destila esta jornada verbal donde 85 poemas breves ocupan el lugar de un libro orgánico, ajustada cada pieza a la fisiología de una lectura lenta, honda y elevada en seis partes que estructuran el libro: “Si despides la vida”, “Si la muerte”, “Si morir”, “Si lo que queda”, “Si la nada” y “Si”.

¿Qué se hace paisaje frente a los ojos? ¿Desde dónde viene esa imagen que conforma el algo que miramos y organizamos para definirlo como tal? El paisaje reposa en el alma, allá, muy adentro, donde no hay borradura posible. El paisaje habita siempre el interior de quien sabe que forma parte de él. Se es paisaje y se es memoria, de allí las tachaduras, la opacidad o la ceguera. O la desmemoria, que jamás ha dejado muestras de su existencia. No existe la desmemoria: existe el olvido que es una parte de todo lo que recordamos.

El olvido tiene memoria, por tanto se sostiene sobre la experiencia de desechar lo que los sentidos determinan como presencias.

Dudamos del paisaje porque lo llevamos permanentemente en nuestra memoria, en un depósito en el que se confunden coincidencias, sentimientos, vacíos y hasta accidentes geográficos. Todo es paisaje. Somos el país que no se borra, ni con la muerte.  Lo que existe nos hace dudar. Lo inexistente existe porque no dudamos de su condición de ausencia. No existe lo que vacila en estar, aunque nos sometamos a lo contrario.

Somos –por tanto- orillas de la inexistencia. Por eso somos también borraduras, tachaduras, yerros, marcas.

2.-
Desde la lectura de “Borrar el paisaje” nos hacemos parte de esa condición: la autora abreva en la presencia de la duda, pero se afirma en la fe, en Dios, y deja que la muerte accione como oquedad donde el miedo es una mordedura en la muerte del otro. O en la eternidad como destino ineludible.

Alejandra Pizarnik acciona la primera parte de este poemario: “ella tiene miedo de no saber nombrar/ lo que no existe”. Y el miedo se sostiene sobre la duda, sobre el Si condicionado.

Cristina Falcón Maldonado lo dice al comienzo de esta jornada poética:

“Ese gesto tuyo/ de amarrar con una cinta/ lo inasible”,
lo que no se puede tomar, asir, lo que no se puede dejar de poner en duda, porque es una afirmación más que un condicionamiento.

Cada brevedad es hondura. Cada verso un reto. La misma poesía pone en evidencia la duda del lector. Y como sospecha: el lector también es borradura, paisaje que se oculta pero no se olvida. La muerte es un paisaje asible, resumido en el cuerpo pequeño e inmediato de un latido:

“Apenas se ve
junto a la torre
el cartel de advertencia
¡Alta tensión!

Frágil cuerpo en equilibrio
pájaro que canta

sobre la muerte”.

Y luego, aforísticamente, una defección:

“…peor que la muerte / la ausencia”.

foto:candaya.com
Todas las muertes conducen a la presencia de la duda. Del “si” que condiciona la ausencia, porque la ausencia es tan real que se sujeta a la memoria. La muerte del pájaro, su electrocución, es tan pavorosa como la de quien sabe que lo matará un cáncer. Pero el pájaro no la esperaba: no tiene ausencia porque no la sabe. Nunca la tendrá por carecer, igualmente, de duda.
La voz de Falcón:

“Vengo con pavor de pronunciar”.

Y se aloja en la soledad, en la que auspicia el dolor, porque este libro es un inventario de dolores:

“Te voy perdiendo
como si fueras de agua

tocar el dolor no puedo

no puedo socorrer lo inasible”.

Una vez más: “lo inasible”, lo que no se puede asir, lo no asible. No obstante trastoca el significado de ausencia.

3.-
“Las estaciones del dolor/ no se suceden, / se reservan”.

Están allí, son. Y más cuando el espacio donde se duda o se intenta borrar, la voz afirma con sus restos corporales:

“Una mosca
me recuerda que estoy sola.

mi carne es un despojo
sobre el que frota sus patas

no me muevo.

No la siento.

Lo sabe”.

Escrito así, dicho así, la muerte es tanta presencia como ausencia la posibilidad de que el sustrato mosca sea sólo una variación de lo inasible.

El olvido, la muerte, el vacío, la ausencia, la duda o la ironía, esta última en esta confesión:

“Con la muerte / a nadie le salen las cuentas”,

O en esta la continuación del despojamiento corporal:

“Si nos tocan / nos desmembramos”, tanto así que “Soy una herida que picotean los pájaros”.

¿Desde qué instancia se puede borrar el paisaje, lo que se es? ¿O lo que no se es?
Este es un libro lleno de muchas interrogantes que llevan a múltiples respuestas, tantas que son capaces de rescatar la memoria, como en este poema:

“La casa cuenta
todas las noches
uno a uno
a sus ausentes

Extranjera en mi casa
hasta la sombra me esquiva”.

Una idea del exilio, del destierro, del país borrado desde la intimidad silenciosa de la casa. Pero la memoria recurre siempre en ayuda: los ausentes activan los recuerdos, la vida de la casa. Los ausentes existen, respiran. Mas no las sombras, trozos del olvido. Máscaras. Rasgos de una pena intemporal:

“Este dolor que no envejece”.

foto:ReyesMartínez.LaTribunaDeCuenca.es
Pero es capaz el cuerpo sufrido de levantarse y deshacerse de la nada, afirmada por la voz que borra el trazado del mundo: “Recorro el paisaje al revés”,

de tal figura emerge la presencia de otro sentimiento, el valor, no temerle a lo sorpresivo, a ese “paisaje” desolado en el que
“Ya ni el espanto/ me reconoce”
(…)
“Nadie nos necesita para sobrevivir”, tal expresión ubica al hablante en la subestimación o en la sublimación de un yo vigoroso, capaz de enfrentarse a la depresión:

“Si la tristeza asomase/ le sacarían los ojos”, y asentar firmemente:

“No estoy para cuervos”, como un reclamo a quien es sujeto de pérdida, de muerte, pero también de enfrentamiento.
Muchos son los poemas que tienen en la muerte parte de ese paisaje por borrar. O por recrear. Esta tendencia o afirmativa conjugación sonora queda en estos versos finales:

“Los muertos tardan en morirse
hasta que no nos dejamos
hasta que no los dejamos”
(…)
“Escribo para salvarme
a sabiendas de lo inútil

Ojalá me vuelva olvido”.  

Borroso queda el paisaje, iluminado el pensamiento de quien se aleja y desaparece, como la palabra que termina esta inflexión poética.

Sigue la duda envuelta por la mirada de Cristina Falcón Maldonado, poeta de este viaje cuyo paisaje sigue en el sonido hondo de su palabra creadora.





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