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Friday, December 4, 2015

El retrato de Dora Maar (relato) por Kevork Topalian (Caracas 1969)


a Eliana.

Un motivo, una intención conscientes, ¡cuánto del carácter imprevisible de la existencia traen detrás de sí! Vistos a la distancia, pasado el tiempo –si es que éste pasa, es decir, si hay en el sujeto en cuestión efectivamente un carácter—, ¡cuán poca cosa parecen en proporción con lo que, sin embargo, esos mismos motivos, intenciones personales precipitan –incluyendo lo terrible, la fatalidad.

¿No es una paradoja?

Ojos retorcidos asentando en dos los múltiples planos en síntesis cubista no- figurativa: amarillo, verde, rojo, todo tapizado de estrellas en trazos negros al estilo español, y otra vez esos ojos como emergiendo a través de todo aquello –mirando. El cuadro de Picasso, “Retrato de Dora Maar” (1941), falseando todo el entorno parecía también ejercer su influencia en la mente de aquel que le hablaba en sus pensamientos, el museo de arte contemporáneo Sofía Ímber en todo su tono blanco de pisos y paredes era en ese momento Caracas. En un solo hilo, como si proviniera de algún lugar lejano, oí tu voz y me volví hacia ti, mi mente inundada por el solapamiento óptico del retrato, y te miré, estabas a mi lado, el retrato en ese cuadro superponiéndose con sus bastos trazos a tu rostro que se deshacía, a su vez, en facetas aisladas en sí mismas, el museo diluyéndose a tus espaldas, “¡Qué bella!”, pensé al notar que los distintos planos de tus facciones tendían a unirse otra vez en un todo, hasta que le tocó el turno a tus ojos en mi visión –una punzada de dolor, un “¿y ahora a dónde iremos?, sé que te voy a perder, te diluirás en la ciudad que en este preciso momento, a medida que tu cuerpo y tu rostro cobran concreción y su unidad original, se descompone en múltiples fases y perspectivas, caprichosa, se desintegra allá afuera, tras el museo”.

Mi turbación se tradujo en sonrisa de folletín hacia ti, Bubrig, bajo la mirada de espejo roto del retrato que daba así la prueba de su verdad.

**

En esa ciudad, si aparte de una vivienda no se “tiene” además un abasto o una panadería a una o dos calles de distancia y a los que se vaya casi a diario, entonces no se puede ir a ninguna parte, a ningún lugar –quizás vaya el cuerpo, pero queda el alma atrás–: este eje vivienda-abasto o panadería, que difiere del caso vivienda-trabajo u oficina, determina un perímetro que se puede conocer, transitar en la sosegante y fértil duración. Este hecho es en realidad cierto para todas las ciudades modernas, al menos será muy pronto su destino; es sólo que se vivencia mejor, se ve como a través de un lente de aumento en las ciudades de América. Caracas, sin embargo, es el colmo en este sentido, allí todas las construcciones, sean cuales sean –un edificio, un hospital, una librería, un ministerio u oficina pública (a éstas es mejor incluso no poder llegar)–, quizás tengan, en efecto, una entrada o una puerta, sí, pero no tienen camino alguno que converja en ellas. La pose alcanza alturas hilarantes en esa ciudad en que nada parece crecer propiamente de su suelo en materia urbanística, sino que todo está como puesto allí artificialmente y desde afuera –esto mismo decía aquel portentoso legislador desde las alturas de Sils Maria en la Alta Engadina acerca de las ciudades y localidades alemanas, ya desde la segunda mitad del siglo XIX—, para que tarde o temprano el viento haga una fiesta con ello y se lo lleve. Como nada es afín, la lógica de contigüidad suprimida, cada cosa está en su propio plano, aislada, parcial, tal como ocurría con el cuadro de Picasso, cada construcción o edificio está desconectado del otro de un modo fatal, perturbador, casi doloroso –los sentidos y el entendimiento sufren. Pero lo más curioso es que el efecto de todo ello a distancia conforma su seducción.

Esta constitución urbana que aplica en general para toda la república es perfecta para publicistas, políticos, agentes de viaje y para cualquier índole de tenderos (el político y el hombre de Estado actual son tan solo un tipo particular de aquellos), a quienes podemos señalar cabalmente de “kafkianos” por su falta de escrúpulos en guiar y dar direcciones hacia la nada, y que tengan su intención puesta en explotar para su lucro el territorio, la naturaleza o las curiosidades culturales que haya en él, a través de fotografías para afiches publicitarios o revistas, películas, videos para cine o TV, o mediante la sola palabra: los lugares son extraídos y puestos ante el espectador bajo los supuestos de contigüidad, realidad y existencia, tan variados, disímiles, imposibles, tal que juntos conforman de entrada un mosaico para el exotismo y lo extremadamente pintoresco –pero esto no es todo: la síntesis cubista se produce finalmente en la mente del espectador: se puede decir sin reparos que esos lugares no existen; existe en cambio Comala.

Si usted decide ir a un banco para ejecutar alguna transacción acabará en una librería, por ejemplo, si es que llega a alguna parte; el motivo inicial lo habrá llevado a través de caminos torcidos y un sinnúmero de vueltas a un destino insospechado y aleatorio, en este caso prácticamente absurdo, dada la intención inicial. A usted le agradan los libros –aunque cada vez menos, eso sí–, y si llegaran a permitírselo su frustración y el poco dinero que le quedara a causa del inesperado periplo incluso comprará uno, para bien o para mal; el problema radicaría en que, en lugar de una librería, llegase a parar en una tienda de tornillos. “¿Y qué era eso tan indispensable que iba yo a hacer al banco?”, pensará, este último apareciendo como una entelequia lejana en el pensamiento. Al arribar a casa releerá el título del libro que compró: El castillo de Franz Kafka.

Cierta persona me contaba que hay períodos largos, asimismo, de 3 a 4 meses, en que una extraña fusión toma lugar –el hospital, la librería, el banco, la variedad de destinos arbitrarios, daimónicos, antagónicos en relación con la plana y útil intención consciente, troca por una insidiosa recurrencia: sin importar el destino previamente escogido, en ese período se llega sólo a iglesias. Lo siguiente fue lo que le sucedió la última vez que, por no dejar, penetró en una de esas imposiciones.

“Bajo la inconcebible bóveda, la nave de la estructura alargándose a mi izquierda en inquietante paridad de medida que a mi derecha; doble, una voz en ambas direcciones se prolongaba:

“—Y tú, ¿quién eres?

“Lateral, de la nada aparecía el confesionario cuya puerta se abría en ese instante y expulsaba a un sacerdote; a la distancia, yo lograba leer sus labios en el lento, claro y silente esbozo –Y tú, ¿…? Del otro lado del sombrío cubículo escapaba el confeso en un estado de conciencia que el sentimiento traducía a la imagen de una bandada de murciélagos en vuelo.”

**

Años después de aquella escena ante el “Retrato de Dora Maar”, volví al museo de arte contemporáneo –no recuerdo qué camino seguí para llegar a él—, y frente a la puerta me encontré conque estaba cerrado. Aquel cartelito colgado en la puerta –“Cerrado”–, oblicuo, cambiaba de manera insidiosa en mi mente su inscripción: “Imposibilidad”. El lugar lucía asolado, mucha gente, en cambio, yendo y viniendo en los alrededores; al darme la vuelta tropecé levemente. Noté hacia el lado derecho otra puerta, pintada de negro; quizás depósito de las obras pictóricas y de las esculturas en tránsito. Una viga de madera atravesada dos metros por encima de mí, diagonal, posaba su extremo inferior entre el suelo y la puerta de negro. Todo ello tenía el aspecto de la trastienda de un teatro, un teatro de máscaras. Más tarde supe que un Matisse, “Odalisca con pantalón rojo” –cuadro en que el artista capta el momento justo en que la mujer retratada parece llevar veladamente a cabo el movimiento propio de quitarse un pantalón, sentada con las piernas recogidas, el pecho ya desnudo y la mirada fija en el espectador–, había sido robado. Aquella vez la habíamos visto antes de ver el cuadro de Picasso. Pero la cosa no paraba allí, la mistificación se prolongaba más al fondo como una reacción química que, una vez disparada, tenía que terminar: me enteré de que muchas de las obras pertenecientes a la colección del museo, probablemente también el Picasso que constituía el motivo por el que yo había querido volver a visitarlo, habían estado hacía tiempo en “restauración”, fuera de exposición. Pero tampoco paraba allí el asunto –la reacción progresaba invariablemente. Supe también que parte de la colección había sido mudada arbitrariamente a otro museo; no podía saber, por tanto, qué parte permanecía en él. Yo había visto ese otro museo una vez desde la calle, sin que hubiera despertado en mí ningún deseo de acercarme ni de conocerlo en su interior: era un coloso de edificio, una mezcla de estilos arquitectónicos que, junto con el contexto, es decir, el lugar donde estaba emplazado –un enorme terraplén que remataba en un abismo que se extendía por uno de sus flancos y doblaba por la parte trasera; en la otra orilla de esta hondonada de tierra baldía se extendía nada menos que un mercado de las pulgas–. Aunado a todo ello, una fachada demasiado pequeña en relación con las proporciones de la edificación en su conjunto daba por resultado que fuera prácticamente inaccesible por invisible.

—¡Cómo!

Sí, a pesar de su tamaño; daba la impresión de estar escondido, resultaba absurdo, extraviado –de hecho surgía la pregunta, susurrada en el pensamiento: ¿en verdad existe? o ¿existe en la realidad? Todo ello producía un “no-efecto” inicial de dispersión nihilista que la persona ante quien se erguía experimentaba casi físicamente a nivel motriz; una especie de síncope respiratorio me prohibió seguir el curso de mis pensamientos que amenazaban con representar el intrincado desvarío de galerías en su interior, probablemente distribuidas en cuántos pisos, aéreos o subterráneos, sótanos como catacumbas, corredores, puntos y estancias muertos… Es apenas ahora, mientras escribo, que puedo hacerlo. Luego el vértigo, una sensación de desorientación inquietante. El efecto, no obstante, apareció finalmente: vi emerger ante mis ojos, justo detrás de aquella edificación la síntesis “cubista”, la imagen totalizadora de toda aquella dispersividad que se erguía aún más grande y fantasmal: era el castillo.

Aquella vez, media hora antes de la experiencia con el cuadro de Picasso, había hecho notar, bajo la mirada de la “Odalisca con pantalón rojo”, su gesto de despojarse de la prenda, muy sutilmente sugerido en el retrato; y al descubrirlo, gracias a mí, mi amiga había quedado fascinada. Esa noche reprodujo la citada secuencia del cuadro en la alcoba –la odalisca cobró vida para mí. Ahora puedo revelar que mi segunda intención, inconsciente sólo por inconfesable e ilógica, al querer volver años después al museo de arte contemporáneo había sido el “encontrarla” a ella. Pero tal como profetizara el “Retrato de Dora Maar” a su manera de retorcidos signos y gestos, mi amiga, al igual que la “Odalisca con pantalón rojo”, habría sido robada. ¡Era la ciudad que la tenía!, a ella, hecha pedazos, cuyos rasgos diseminados en sus propios planos, ángulos y perspectivas aislados solían aparecérseme desperdigados, de pronto, al doblar una esquina, en una tienda de sombreros, aquí y allá, en un café, en un banco de piedra en la plaza o a bordo de un auto en movimiento, desintegrada para jamás unirse de nuevo en la síntesis que ella era y que yo había podido ver en símbolo esa vez ante el cuadro de Picasso.

“¡Qué bella!”

el escritor venezolano Kevork Topalian
Pero más allá de primeras o segundas intenciones, más o menos conscientes, ¿qué era lo que yo había ido a buscar propiamente al volver al museo? Todo lo expuesto, lo acontecido, ¿acaso queda determinado en fórmulas como esas –motivo, intención consciente o no, utilidad? Independientemente, también podría decir: yo no fui a ver el cuadro de Picasso, yo no fui a ver a la odalisca…

—¿No?

Bien, aunque en este último caso resulte un poco más problemático el asunto –yo sabía que era imposible encontrarla a ella. ¿Y cómo iba a ser suficiente el querer ir por el solo hecho de recordarla, cosa que resultaría pobre, opresiva? Así pues, tomando en cuenta lo relatado, la experiencia global, todo lo constatado, aquello que yo había ido a buscar en mi retorno, ¿no era acaso –la vida?


Fin.





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