M u l t i n a t i o n a l - B l o g - o f - A r t - a n d - L i t e r a t u r e - f r o m - D e n v e r

Sunday, June 11, 2017

Franz Kafka: El híbrido


—cuento completo de Franz Kafka—

Tengo un animal curioso mitad gatito, mitad cordero. Es una herencia de mi padre. En mi poder se ha desarrollado del todo; antes era más cordero que gato. Ahora es mitad y mitad. Del gato tiene la cabeza y las uñas, del cordero el tamaño y la forma; de ambos los ojos, que son huraños y chispeantes, la piel suave y ajustada al cuerpo, los movimientos a la par saltarines y furtivos. Echado al sol, en el hueco de la ventana se hace un ovillo y ronronea; en el campo corre como loco y nadie lo alcanza. Dispara de los gatos y quiere atacar a los corderos. En las noches de luna su paseo favorito es la canaleta del tejado. No sabe maullar y abomina a los ratones. Horas y horas pasa al acecho ante el gallinero, pero jamás ha cometido un asesinato.

Lo alimento a leche; es lo que le sienta mejor. A grandes tragos sorbe la leche entre sus dientes de animal de presa. Naturalmente, es un gran espectáculo para los niños. La hora de visita es los domingos por la mañana. Me siento con el animal en las rodillas y me rodean todos los niños de la vecindad.

Se plantean entonces las más extraordinarias preguntas, que no puede contestar ningún ser humano. Por qué hay un solo animal así, por qué soy yo el poseedor y no otro, si antes ha habido un animal semejante y qué sucederá después de su muerte, si no se siente solo, por qué no tiene hijos, como se llama, etcétera.

No me tomo el trabajo de contestar: me limito a exhibir mi propiedad, sin mayores explicaciones. A veces las criaturas traen gatos; una vez llegaron a traer dos corderos. Contra sus esperanzas, no se produjeron escenas de reconocimiento. Los animales se miraron con mansedumbre desde sus ojos animales, y se aceptaron mutuamente como un hecho divino.

En mis rodillas el animal ignora el temor y el impulso de perseguir. Acurrucado contra mí es como se siente mejor. Se apega a la familia que lo ha criado. Esa fidelidad no es extraordinaria: es el recto instinto de un animal, que aunque tiene en la tierra innumerables lazos políticos, no tiene un solo consanguíneo, y para quien es sagrado el apoyo que ha encontrado en nosotros.

A veces tengo que reírme cuando resuella a mi alrededor, se me enreda entre las piernas y no quiere apartarse de mí. Como si no le bastara ser gato y cordero quiere también ser perro. Una vez -eso le acontece a cualquiera- yo no veía modo de salir de dificultades económicas, ya estaba por acabar con todo. Con esa idea me hamacaba en el sillón de mi cuarto, con el animal en las rodillas; se me ocurrió bajar los ojos y vi lágrimas que goteaban en sus grandes bigotes. ¿Eran suyas o mías? ¿Tiene este gato de alma de cordero el orgullo de un hombre? No he heredado mucho de mi padre, pero vale la pena cuidar este legado.

Tiene la inquietud de los dos, la del gato y la del cordero, aunque son muy distintas. Por eso le queda chico el pellejo. A veces salta al sillón, apoya las patas delanteras contra mi hombro y me acerca el hocico al oído. Es como si me hablara, y de hecho vuelve la cabeza y me mira deferente para observar el efecto de su comunicación. Para complacerlo hago como si lo hubiera entendido y muevo la cabeza. Salta entonces al suelo y brinca alrededor.

Tal vez la cuchilla del carnicero fuera la redención para este animal, pero él es una herencia y debo negársela. Por eso deberá esperar hasta que se le acabe el aliento, aunque a veces me mira con razonables ojos humanos, que me instigan al acto razonable.





Saturday, June 3, 2017

“Entretejido”, de Victoria Benarroch


—por Alberto Hernández—

1.-
Las palabras se tejen bajo el sol. El desierto, la arena, la gramática del eco. La voz de quien oye el pasado sigue siendo un presente. Quien teje, quien entreteje, tiene solvencia en el tiempo. Sabe que no perderá su historia, que ésta permanece en las voces que aún retan el dolor hasta vencerlo.

La poesía se reza con una música tan interior que a veces extravía, como el hombre que ambula por el desierto, como el que oye las pisadas de quien lo sigue, como quien sabe que la sabiduría está encerrada en un cofre, en un instante de abrir para encontrar el rostro de quien trazó la pronunciación de una cultura.

“Entretejido”, de Victoria Benarroch, (editado con los auspicios de la Fundación Don Juan de Borbón España-Israel, Caracas 2015) es un libro de la familia, de toda la familia, la sanguínea y la del Éxodo, la de la Diáspora. Y digo de la familia porque es una sola la que reza, la que ora y canta, la que no olvida sus tradiciones, sus horas, sus paisajes:

“Es esta tierra// donde habitan los fantasmas”.

El libro fue publicado en primera edición en el año 2007 por Eclepsidra. Regresa para recordarnos que esos fantasmas “nos sobreviven”, continúan hablando, diciendo, mudando de senderos en medio del siempre mencionado desierto. Porque de allí se viene, de una tierra áspera. Aquélla que fue lugar para los “esclavos de Egipto”.

Hilar el silencio. Las palabras dejadas atrás, conservadas para luego retornarlas a la lengua, a la que se habla y a la que se silencia. A la que grita y a la que enmudece.

2.-
A la sombra de la pequeña tienda (talit) el ojo que mira las sombras sabe que la arena forma parte de la iluminación. Quien desanda la peladura de la tierra, arrastra mensajes con sus pasos. Suele tropezarse con lo deshabitado, con el regreso.

Por eso:
“Entretejes tu mirada/ afinando el camino incierto// pies galopando entre aguas/ y las aguas en el fango de la suerte// arrastrando polvo y barro/ abandonas el desierto// sólo dibujas la materia// el alma    se delinea en este verso”.

Todo el tiempo del tiempo para que la voz permanezca intacta, el sabio trazo del pasado. En él hablan las palabras, pero también se borran. Advierten de la intimidad familiar, del regalo de saber que “las calles de mis padres son largas (…) mis padres   cada año en pascuas dicen lo mismo”.

Tejer, tejer el dolor, las heridas convertidas en ceniza. El dolor, la metáfora del alma y de la piel, el recuerdo de una mano que se somete a la intemperie, al calor y al frío.

“Una caricia   detrás de cada pérdida (…) algún beso de sabiduría (…) la voz de la ausencia”, el clamor de los que tejen la memoria.

3.-
El cuerpo apremia.

El cuerpo pierde la piel. La arena escuece. ¿Es ciudad o desierto lo que abunda en la voz de estos ecos? Alguien estira la mano y solicita un trozo de aliento.

“Hay una palabra   de hambre”,
mientras tanto, “la calle entrega de la limosna lo olvidado”.

Del desprendimiento, el del yo que andaba oculto entre una tormenta de arena, el que no se miraba el rostro, el que no aparecía “por largo tiempo/ hasta que me descubrí en el espejo”.

El cuerpo se extraña. El poema/ oración es un regalo de la casa, de sus paredes, de las sílabas que la habitan, de los pequeños detalles, de los tejidos revelados por la luz. El poema teje y desteje, se entreteje. Es una fe. Una oración: el eco de arriba, la voz del libro sagrado bajo el talit, el abrigo, el cielo abierto.

La familia en el padre:
“Mientras melda/ descifra el lamento de tantos siglos// frente al muro/ la sombra acompaña a un rostro desconocido// la pared de mis palabras/ teje la humedad perdida   entre piedras blancas”.

La casa se agosta. O crece, es silencio y camino. ¿Cuántos siglos de andanzas con la fe a cuestas? ¿Cuánto tiempo con la lengua judeo-española en el cielo de la boca (melda)? ¿Cuánto para luego acudir en primera persona y decir “cierro los párpados para la presencia (…) prendo las velas y leo los salmos/ abro con la llave el nacimiento de la herida…”

La fe en la “despedida eterna”, en la oración que emerge y deja atrás el silencio, la noche “oculta en las tinieblas”.

Los hijos de Abraham están aquí, entretejidos, convertidos en palabras, en las voces que jamás se pierden en el desierto. En la memoria compartida, “en las manos sabias de los silenciosos”.

4.-
“Entretejido” cuenta con un glosario que aproxima al lector a la cultura hebrea. Pero también es bueno afirmar que estas páginas son un homenaje a quienes de alguna manera son parte de la vida de  Victoria Benarroch: María Antonieta Flores, Margarita Alexandre (Morita) Z´L, María Cristina Ashworth, José Benatar Z´L, Victoria Benatar Z´L, Vera Benarroch Benatar, así como los epígrafes de escritores que destacan la pasión poética de la autora: Carlos Germán Belli, Juan Liscano, Jorge Luis Borges, Enrique Molina, Octavio Paz, Sarita Medina López, Paul Auster y Juan Sánchez Peláez.





Sunday, April 30, 2017

GOTAS DE OLVIDO de Felipe Márquez Brandt (Venezuela)


—por Alberto Hernández—

foto:AixaDíaz/elestilete.com
1.-
Hacer un libro desde el olvido. Desde lo que podría ser el olvido. La lucha contra la desmemoria: allí está el olvido, zumbando, alargando el tiempo, borrando una vieja carretera, el espinazo del horizonte, un cocotero, una casa, la mirada de la abuela o la mano que traza sobre una tela.

El olvido es un hueco frente a la mirada. También un agujero que conduce a la angustia, a la desazón. Olvidar es perderse en el mismo paisaje que se olvida. O en el rostro que hace un rato estuvo ante los ojos mientras las palabras recorrían el viento de la costa. O el espeso silencio de un apartamento.

Mientras llueve el olvido se convierte en tema. Gotea igual. Se empoza el agua de la memoria. Aparecen puntos luminosos que se organizan en textos escritos. En la manera de caminar, decir o mirar de la familia. Los olores, los colores, los dolores, la vida y la muerte. Pero olvidar no es un castigo. Es una ilusión. Nada se olvida. Todo ha quedado en reserva. Guardado en el algún lugar, en la memoria de otro.

Olvidar es regresar al mismo sitio todas las veces que la memoria obliga a nombrar un paisaje, el color o el calor de un sitio. Deletrearlo con la boca cerrada, con los ojos abiertos, hasta que el nombre, el apellido, el sonido perdido se conviertan en presente, en el instante de querer regresar al pasado con todos los enseres del recuerdo.

La lucha contra el olvido la hallamos en los libros, en los papeles guardados en gavetas, en tarjetas postales, en servilletas, en un grafiti, en alguna palabra escrita en la pared. En un objeto que nos habla. O en un eco. La tradición de la escritura para recobrar lo perdido la encontramos en algunos autores de nuestro patio. La familia que abunda en las páginas, la que recorre los pasillos de la casa, la que se hace sombra bajo el sol, la que se exilia y no regresa, la que juega con los animales, la que cultiva un jardín, la que toca un piano, la que nombra los lugares habitados y ahora relegados.

Por ese sendero nos encontramos con Teresa de la Parra. En sus “Las memoria de mamá Blanca” está el país de la “evocación de una infancia encantada”, como escribe Mariela Álvarez en el prólogo de la novela editada por la Biblioteca Popular Eldorado de Monte Ávila Editores en 1972. Y así en “Ifigenia”, la narrativa de una ciudad que no se quiere olvidar. La que se niega a no ser.

Para sólo mencionar algunos ejemplos (no me alcanza la memoria) me valgo de “El exilio del tiempo”, de Ana Teresa Torres; de toda la bibliografía de Alfredo Armas Alfonzo, Miguel Otero Silva, Uslar, Meneses, Pocaterra, Bernardo Núñez; de “Mi padre el ausente”, de Alejandro Padrón; de mucha de la obra de Eduardo Casanova; de la poesía de Yolanda Pantin; de “Expediente familiar”, de Miguel Szinetar; de “Amores y castigo”, de Federico Vegas, y así de tantos otros que han tenido en la costra del país el asidero para ser escritos.

La vida familiar, su paso por la tierra. Los designios de los apellidos. La herencia. La biografía del olvido. El poder de los muertos. Esas sombras de la memoria que continúan recogiendo los pasos en los que aún viven y tratan de reconstruir su historia: sus miserias, sus triunfos, sus emprendimientos, sus amores. La vida y la muerte.

2.-
Felipe Márquez Brandt igual se entregó completo en “Gotas de Olvido”, publicado por la Editorial Ex Libris de Javier Aizpúrua, en Caracas 2016.

Felipe Márquez hace un retrato desde su memoria. Desde sus “olvidos”, desde los aromas que su infancia y demás días conservan. Desde el paradisíaco país que contuvo en su vida. Desde los nombres que lo hacen repetirse en y a sí mismo, en fijar en un cuadro el universo familiar del que disfrutó y aún disfruta con los recuerdos.

Este libro, cuya edición contó con su talento de artista gráfico, se lee con la misma actitud con que se sienten los espacios en blanco y los títulos movidos, colocados sobre la piel de la hoja no como tradicionalmente se ha hecho. Palabras sobrepuestas que provocan en el lector una sensación de traslación, de viaje más allá del texto que se lee.

Y, en efecto, este es un libro que viaja por el interior de un país. Que nos viaja en la sangre de una familia que ha dejado una marca importante en la Nación artística. Felipe cuenta, relata y hace poesía con su herencia: cada título, cada nombre, cada línea: todo aliento que aquí se siente es parte de nuestra historia, si se quiere personal, toda vez que hemos compartido la obra y el relato de una heredad que es el país: todo artista, toda obra que se sostenga, es ya patrimonio. Y desde esa perspectiva, Felipe Márquez nos habla de todo ese legado.

3.-
He leído este libro como se lee un libro íntimo, como una carta, como un regalo. Como se lee un país que ya no está entre nosotros, como dejó ver Ricardo Ramírez Requena en el breve prólogo. Un libro en el que hay personajes que el lector conoció, que el lector leyó y que ese mismo lector supo de la obra plástica y literaria de una familia donde abundan aún muchos creadores. Un libro de gente que comenzó a labrar la democracia que hoy casi ha llegado a su fin. Un libro que reconcilia con aquel pasado que aún martilla nuestra quebradiza memoria.

Los títulos de cada “olvido” que consagran el libro así nos convencen:

“Textos posibles para un personaje titulado Felipe Márquez”, “Intento de prosa”, “El comienzo de otro día”, “Espacio posible”, “Escucho el Quinteto Contrapunto”, “Monseñor”, “Los dibujos de Mary Brandt”, “La churuata”, “Camurí Grande”, “Castillos de arena”, “Julia Sofía Brandt”, Turner y Van Gogh”, “Berna”, “Tío Gustavo”, “Celedonio Lira”, “Federico Brandt”, “María Dolores”, “Mariela”, “Federico”, “Dumbo”, “Elisa”, “Ani Villanueva”, “Arturo Uslar Pietri”, “Lupita” (con este relato, Felipe Márquez fue finalista en el Concurso de Cartas de Amor de Montblanc, 2005); “José Gregorio Hernández”, “Yarmina”, “Javier”, “Belle endormie”, “Dymo”, “Cutufí”, “Madame”, “Luis Richter”, “Hernán Chacón” y “Aedos y rapsodas”.

Padres, hermanos primos, parientes, amigos, vecinos, brujos, choferes, conocidos, ciudades, pueblos, viajes. Personajes de la casa y de las afueras. Un retablo de voces que formaban la Venezuela de aquellos días, de la cual fue testigo y protagonista el autor. Una literatura que emerge de lo cotidiano, de los retazos de memoria que flotan como improntas en la existencia de Felipe Márquez.

Personajes que forman parte de la bibliografía de este país, de la biografía de una familia de inventores, de emprendedores, de alucinados y lúcidos. Personajes que jamás serán borrados porque construyeron la memoria, ese “olvido” hecho páginas gracias uno de sus herederos.

4.-
Para estar cerca de estos “olvidos”, unas líneas:

“Textos posibles para un personaje titulado Felipe Márquez:

No creo en el tiempo lineal. Un segundo puede durar una eternidad y la eternidad puede caber en dos o tres segundos.

Toda imagen debe ser un acontecimiento vivo, respirable y en expansión.

Vivir es devorar las formas del tiempo.

Mi vida se resbala con lentitud a mercede de una empinada ladera.

He retirado mis naipes no me atrevo a apostar.

Camino ecléctico y bifurcado. Desesperada pasión. Incólume regazo que apacigua todos mis sentidos.

Tan sólo prevalece la sugerencia como atisbo de una posible creación.

Entiendo que la vida es brisa y sortilegio.

Oriento mis pasos tentativos. Constelación apacible recubierta de flores.

Lleno mi vida como la lluvia reciente al caer sobre una ciudad imaginaria.

Extraño la vertiginosa sapiencia de un coleccionista investigador.

Me observo de soslayo en el espejo y aparece un poderoso dragón. Vivo rodeado por seres imaginarios cubiertos de estrellas fugaces.
(…)
Me duele el pasado como una costilla rota.
(…)
El tiempo es una ilusión y el cuerpo también”.

Un retrato por donde pasa el autor. Por donde registra y es registrado por sus fantasmas. Por los duendes de su memoria. Por ese dolor, símil de la constatación de la existencia.

foto:AixaDíaz/elestilete.com
5.-
El olvido, enmarcado en las paredes de una vieja casa, revela esta oración como si hablara del país todo:
“Añoro la playa de Camurí Grande”.

Y luego el recuerdo de los hermanos muertos, del “infartado” a tan corta edad, la de “Dumbo”, novelista y personaje de una época. Sus hermanas, el mar. La ciudad. Los juegos y la poesía hecha presencia diaria.

En “Espacio posible”, parte de ese “olvido”:

En aquella habitación recubierta de música diversa ocurrían muchos sortilegios. Como a las 7 pm, rodeados de buena intención, mi padre Monse y Clementina Octavio comenzaban a bailar armoniosamente un vals de Evencio castellanos. Luego se levantaba José Andrés y sacaba a bailar a Julia mi mamá pintora. Eran cronopios que habitaban un inmenso espacio posible, todo lucía más sencillo. Era el año de 1965”.

La cantidad de personajes célebres, entre ellos Federico Brandt, aquel pintor díscolo e inteligente que nos dejó muchas obras, hoy relegadas casi al olvido, convierten este libro de Felipe e un recuento de nuestra ansiedad por el recuerdo.

Otro “olvido”, el dedicado a su padre:

“Monseñor:
El presente intento de biografía significa mucho para mí.
(…)
Augusto Márquez Cañizales nació en el poblado de Chejendé, esto Trujillo, el día 25 de septiembre del año 1910…”
Nuestro autor revisa la vida de “Monseñor”, su exilio en Chile, sus distintos viajes como diplomático, su obra como gobernador del estado Aragua en 1959…su bondad como hombre de familia y como emblema de amistad.
(NOTA: Creo que este libro debe convertirse en un “olvido” donde todas las memorias sean parte de él. Un bello texto que nos reconcilia con el país que hemos dejado atrás.
Debo a mi amigo Eduardo Casanova Sucre, pariente del autor, mi conocimiento de Augusto Márquez Cañizales, quien fundó la Casa de la Cultura de Maracay e hizo un trabajo impecable como gobernador en los inicios de la democracia en Aragua).





Friday, March 31, 2017

LA MIRADA PURA DE RAINER MARIA RILKE


—por Alberto Hernández—

1.-
En la edición de “El Libro de las Horas”, de Rainer Maria Rilke, publicada por la Dirección de Cultura de la UCV, Venezuela, en 1988, traducida del alemán por Yolanda Steffens, Rafael Cadenas escribió el siguiente poema titulado “Rilke”:

“Las cosas supieron, más que los hombres,
de su mirada
a la que se abrían
para otra existencia.

Él las acogía transformándolas
en lo que eran, devolviéndolas a su exactitud,
bañándolas en su propio oro,
pues, ¿qué sabe de su regia condición
lo que se entrega?

Piedras, flores, nubes
renacían
en otro silencio
para un distinto transcurrir.

Su reposado mirar
nunca se llegó a ellas con motivo.
Sólo sus ojos querían.

Ahora lo echan de menos,
las gentes pasan de prisa ¿hacia dónde?

Las cosas
quieren ser vividas”.

En efecto, la mirada de Rainer Maria Rilke encaja perfecta en los versos escritos por el poeta venezolano. Que las cosas, que los objetos supieran más de él que los humanos, lo dijo el tiempo de aquella sociedad en la que se movió, en la que vivió y murió. En la que viajó y conoció mundo.

En una de sus improntas escribió:

“Nada estaba acabado antes de que yo lo viera,
todo devenir estaba detenido.
Mis ojos maduraron, y, como una novia,
le llega a cada uno aquello que quiere”.

2.-
En una fotografía del año 1900 aparece un joven Rilke de bigotes casi invisibles y de mirada lánguida, como perdida en algún remoto lugar. La imagen la resguarda el libro “Mirada retrospectiva” de Lou Andreas Salomé, tomo editado por Alianza Tres en Madrid en 1980. En el capítulo dedicado al poeta, Salomé escribe:

“En las llamadas “Casas de los Príncipes” de la calle Schelling de Munich, donde a comienzos de 1897 me había alojado con Frieda von Bülow, había recibido, durante un tiempo, poesías enviadas por un anónimo. Reconocía a su autor por la letra de la primera carta después de la presentación que nos hiciera Jakob Wassermann, en una noche de teatro en primavera”.

Un poco más adelante, la autora y muy cercana amiga de Rilke confiesa:

“No hizo falta mucho tiempo para que René Maria Rilke se convirtiera en Rainer. Él y yo nos pusimos a buscar una casa en las afueras, cerca de la montaña; y una vez allí, en Wolfranhausen, volvimos a cambiar de refugio…”

¿Cómo emparentar el poema de Cadenas con esta primera experiencia de Rilke con esta mujer que lo enseñó a estar cerca de un cuerpo, cerca de una inteligencia febril.

La mirada, esos ojos, era la de un ser excesivamente sensible, la de un ser enfermo del cuerpo, sano del alma, perturbado por las ganas de entregarse totalmente a la creación poética. La misma Lou Andreas Salomé lo advierte:

“Rainer, jovencísimo, había escrito y publicado ya con sorprendente profusión –poemas, relatos, y editado también la revista “Wegwarten”-, pero su presencia no hacía preponderantemente el efecto del gran poeta que llegaría a ser, sino que impresionaba por su peculiaridad humana”.

Ella, la autora, subraya la palabra “humana”. Lo que quiere decir que Rilke ya presentía desde niño su capacidad para convertir esa mirada en poesía.

En “Historias del buen Dios”, obra editada por Plaza & Janés, colección Rotativa, Barcelona, España, 1973, Rilke entrega todo su talento al escribir textos en prosa acerca de experiencias muy personales, no íntimas, corales, en el sentido de colegirlas con quienes protagonizan su contenido. Recibe cartas que convierte en ensayos, en comentarios, pero sobre todo relata eventos sociales, dolorosos, callejeros, citadinos, viajes y muertes de personajes que se le atraviesan en el camino. Y así como “El Libro de las Horas” es un poema dedicado a Dios, a su estudio, a la muerte, a su presencia verbal, así pasa con estos relatos o ensayos en los que se muestra la mirada pura y humana del poeta nacido en Praga.

Ese “reposado mirar” del que habla Rafael Cadenas se encuentra en los textos del autor de “Elegías de Duino”, hombre que desde 1923 hasta su muerte vivió en un sanatorio, en el Domicilio Muzot en Val-Mont sur Territe, donde escribió “Sonetos a Orfeo” y las “Elegías…”. En el mismo hospicio, en 1926, murió el 29 de diciembre, convertido ya en un nombre respetado, pero solitario.

3.-
Esa soledad, ese ámbito reposado, lo hizo escribir:
“Amo las horas oscuras de mi ser/ en las que mis sentidos se profundizan; / en ellas he hallado, como en viejas cartas,/ mi vida diaria ya vivida,/ y como una leyenda remota, superada”.

Largo fue el viaje de este poeta, a quien leen a veces para quitarse de encima el polvo de olvidos y desdenes. Y sobre ese acontecer, sobre sus palabras dichas, sobre el Dios a quien le cantaba, señaló:

“Lo leo en tu palabra,
en la historia de los gestos
con que tus manos se redondeaban
en torno al devenir, limitándolo, cálidas y sabias”.

Su poética se centra en el espíritu, pero también en las formas que lo hacen, que lo abruman, que lo someten y lo esfuman:
“No soy. Algo me ha hecho el hermano/ que mis ojos no vieron (…)

A ti, oscuridad de que provengo, / te amo más que la llama/ que limita al mundo (…)
Creo en todo lo nunca antes dicho”.

4.-
Hans Egon Holthusen, uno de sus biógrafos, escribió en “Rainer Maria Rilke/ El poeta a través de sus propios textos” (Alianza Editorial, Madrid, 1968), que René Karl Wilhelm Johann Josef Maria, habiendo sido estudiante en una academia militar, sufrió los rigores de la guerra cuando ésta estalló en Alemania. “Permaneció ocho días en Leipzig como huésped en casa de Kippenberg, y el primero de agosto fue a Munich para consultarse con el neurólogo doctor Freiherr von Stauffenberg. El inaudito entusiasmos patriótico de la movilización, más que arrebatarle le atemorizó, y, sin embargo –cosa curiosa-, se sintió autorizado de pronto para una respuesta poética”.

Escribe entonces Los “Cinco Cantos”, documento lírico único de esa época, según el biógrafo.

En este texto, Rilke reza:

“Por vez primera veo que te yergues, / conocido de oídas, / lejanísimo, / oh tú, Dios increíble de la guerra/ Cual acto terrible que fuese sembrado muy junto/ entre el fruto pacífico, y de pronto crecido”.

El texto, bastante extenso, hace alusión a los niños, a los ancianos, a una tragedia que devoró a varios países de Europa. Por eso:

“Lanza el incendio: y sobre el corazón lleno de patria/ recorre su cielo enrojecido, el cielo que atronando habita”.

Mientras sus amigos celebraban la “fiesta de la guerra”, el poeta Rilke se sacude con versos la presencia de la muerte, la del dolor. Se opuso con fuerza contra esa bestia que arrasaba con todo.

“¡Ea, y espantad al espantable Dios! Confundidle. / Le ha mirado desde tiempo remoto el placer del combate. / Que a vosotros/ ahora os inste un dolor, el nuevo y estupefacto dolor de la lucha…”

5.-
Pasada la guerra, va a París y es celebrado. André Gide, entre otros, quien le había guardado en la Librairie Gallimard, “la editorial de la ´Nouvelle Revue Francaise´, parte de los libros y objetos que había dejado en esa ciudad.

Abandona Francia. Viaja, recorre un pedazo de mundo europeo.

Pero, “El 15 de diciembre informa a Rudof Kassner: ´He caído enfermo de una manera miserable e infinitamente dolorosa, una alteración de las células poco conocida, en la sangre, es la causa de los más crueles procesos, diseminados por todo el cuerpo. Y yo, que nunca fui capaz de mirarlo cara a cara, aprendo a habérmelas con un dolor inconmensurable, anónimo. Lo aprendo con dificultad, bajo innumerables rebeliones y turbiamente asombrado. Quería que usted supiera de esta mi situación, que no será de las más pasajeras´”.

En el momento de su partida sólo lo acompañaba Nanny

Wunderly Volkart, a quien le pidió:

“-¡Ayúdeme en mi muerte!”
Holthusen narra que “a las 3 y media de la mañana del 30 de diciembre llegó por fin la liberación, un tranquilo apagamiento después de un letargo de doce horas. Sólo una vez, con los ojos muy abiertos, levantó la cabeza, se incorporó y se hundió de nuevo en el cojín. El hombre que había encarnado más que ningún otro la idea del “poeta puro” estaba muerto”.

El epitafio, redactado por el mismo Rilke destaca:

“Rosa, contradicción pura. Placer
de no ser sueño de nadie debajo
de tantos párpados”.

La rosa, símbolo de unión mística, queda como alegoría de la pureza sobre el túmulo del poeta. Apagada la mirada de Rainer Maria Rilke, aquella que nombrara Rafael Cadenas en sus versos, volvía al origen.
Ahora todos lo echamos de menos.

(***)

Leamos otros versos de este Rilke de mirada pura:

“Mi vida no es esta hora escarpada
en que me ves apresurarme tanto.
Soy un árbol delante de mi fondo,
soy sólo una de mis múltiples bocas
y la primera en cerrarse.

Soy el silencio entre dos notas
que se adaptan mal una a la otra:
pues la nota Muerte quiere elevarse…

Pero en el oscuro intervalo
ambas se reconcilian vibrando
y la canción permanece hermosa”.