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Friday, January 3, 2014

El héroe discreto: "No se escriben novelas para contar la vida." MVLL (Perú)

—por Luis Fernández-Zavala (*)—

Mabel nunca se hubiera imaginado que el viejito
estuviera dispuesto a morir antes que darles
el cupo a los chantajistas.
Parecía tan blando, tan comprensivo y, de pronto,
demostró ante todo Piura una voluntad de fierro.
El héroe discreto.

Foto: LaRepublica.pe
Una de la novedades literarias de fin de año es El héroe discreto (Alfaguara, 2013), del escritor peruano y ganador del Premio Nobel de Literatura de 2010, Mario Vargas Llosa. Recién salida del horno de ficción Vargallosiano en septiembre, ya ha causado bastante  revoltijo en el ámbito —siempre alterado— de la crítica literaria. Las 383 páginas de una novela ágil, entretenida, fácil de leer, bien estructurada y con un contenido ciertamente divertido y esperanzador, ha chocado con las expectativas de algunos críticos que demandaban una obra digna de un Premio Nobel. El héroe discreto ha sido catalogada por algunos críticos como una obra de “tono menor”. En otras palabras, no estaría a la altura de un ganador del Premio Nobel: se esperaba una novela voluminosa, complicada, más elaborada en su argumento, quizá menos regionalista —la trama se desarrolla en el Perú contemporáneo: Lima y Piura; utiliza un lenguaje coloquial y peruanismos—, con personajes menos heroicos y arquetípicos y más entrampados en el laberinto de las estructuras sociales y morales. Se demandaba del autor escribir su libro definitivo.

Nos parece que la crítica erudita tiene sus razones dignas de tomarse en cuenta, pero nos preocupa, desde el punto de vista del lector que quiere saber si vale la pena o no leer esta novela, que se la juzgue por lo que no dijo al margen de las intenciones del autor —esto sería como escribir otra novela distinta— y que se espere de él un acrecentamiento intelectual, casi mesiánico, basado en su amplia y muchas veces enciclopédica producción literaria. Ambas expectativas, no se meten dentro de la obra misma, sino que privilegian las externalidades, todo lo que desde afuera, desde el contexto intelectual balbuceante se le demande.

MVLL recibiendo el
Premio Nobel 2010
En El héroe discreto se narra la reacciones paralelas de Felícito Yanaqué e Ismael Carrera frente a las desgracias que aparecen en sus vidas. Felícito es un pequeño empresario de transportes piurano que recibe una carta pidiéndole dinero a cambio de protección para su empresa y su familia; él tendrá como aliada y consejera a su amiga, la santera Adelaida. Ismael es un octogenario, próspero empresario de seguros en Lima, que quiere desheredar a sus disolutos hijos. Éste cuenta con el apoyo incondicional de don Rigoberto, amigo y gerente de su empresa, a punto de jubilarse y de tener "una vejez, larga culta y feliz". Las historias paralelas se entrecruzarán brevemente al final de la novela. La reacción de Felícito es principista y enraizada probablemente en el único capital que su padre analfabeto le dejó: “No te dejes pisotear por nadie”. Su respuesta a la maldad está motivada por el respeto y aprecio a su padre que se sacrificó toda su vida para darle educación y una ética simple. Las circunstancias le demandan coraje y él asume su responsabilidad, convirtiéndose en un héroe de los piuranos, pero, ¿A qué precio? En tanto, la respuesta de Ismael a sus circunstancias están motivadas por la venganza. Sus hijos desean su muerte. Él los quiere desheredar, pero también tiene un precio que pagar.

Plaza de Armas, Piura, Perú
Foto: silencioseviaja.com
El héroe discreto, se podría catalogar como una narrativa del reencuentro, desde el punto de vista del autor, como de los lectores. Primero, algunos personajes de otras novelas de MVLL vuelven a aparecer: Lituma y los Intocables de La casa verde, el capitán Silva de ¿Quién mató a Palomino Molero? y Rigoberto, Lucrecia y Fonchito de Los Cuadernos de don Rigoberto. La acción vuelve a sucederse en Piura y Lima de las mismas novelas y la juventud del autor. El lector vuelve a entrar al mundo ficcional Vargallosiano para encontrar esta vez que las cosas han cambiado. Lituma es ya sargento, Silva es ahora capitán, Rigoberto está apunto de jubilarse. Lima y Piura también han cambiado: más urbanismo, malls, más media alharaquienta, más comercio e industria, más Viagra e internet… En Lima por ejemplo, el centro financiero se ha desplazado del centro histórico a San Isidro y un ejecutivo como Rigoberto sigue de cerca las noticias financieras vía cable o internet y hay interés de capitales transnacionales de entrar en el mercado peruano. Algo más ha cambiado: hay un nuevo tipo de empresario que ya no es el blanquiñoso limeño de rancio estirpe, sino el emprendedor provinciano, cholo o mestizo, cuya acumulación originaria se da a punta de esfuerzo, sacrificio, disciplina y ética del trabajo. En la realidad no ficcional, este fenómeno se da en todo el Perú. Hay renacimiento de las regiones y de los emprendedores, pero este fenómeno también se da en Lima. El autor escoge sin embargo, separar a los actores espacialmente con la finalidad de crear las condiciones del entrecruce posterior y porque conoce más Piura que los nuevos populosos barrios de Lima. El autor bosqueja un contexto de cambio económico pujante y un poco más abierto a la iniciativa personal. Ya no es el ambiente pesimista de Conversación en la catedral  de los años cincuenta, oligárquico-exportador, es la época del neo-liberalismo.

En la novela, MVLL presenta un visión optimista de la sociedad peruana actual, al margen de las tragedias personales manejadas de diferente manera por Felícito e Ismael. Se juega con la idea implícita que personas de buen corazón y las sofisticadas, aún perteneciendo a estratos sociales diferentes, pueden civilizadamente convivir y comunicarse e inclusive amarse. El racismo, el prejuicio social de la sociedad oligárquica pueden superarse en un sociedad abierta. Esta versión de la sociedad peruana contemporánea es alegóricamente presentada en una acción tele novelesca (culebrones) en donde los personajes y sus realidades socio-culturales diferentes se aceptan y tocan mansamente. La lacras de la corrupción y la delincuencia son mencionadas pero no son el eje del drama de los personajes, por lo tanto, no afectan sino tangencialmente la trama de la novela.

“Acéptelo y no trate de enderezar el mundo torcido en que vivimos. La mafia es muy poderosa, está infiltrada en todas partes, empezando por el Gobierno y por los jueces.”

"Felícito Yanaqué escucha esta salsa (Merecumbe)
de los 70 cuando camina por una calle de Piura"
Foto: Flickr/armandolobos
Sin pedirle otra cosa al autor que ser coherente con sus intencionalidades, el lector podría preguntarse si la degradación  moral de la sociedad peruana, la corrupción y la delincuencia,  como efecto colateral de los cambios socio-económicos y la herencia de diez años de dictadura fujimorista, están presentados en sus aristas relevantes (sin pedir al autor un tratado socio-político). Aquí la respuesta es categórica: No. La opción del autor es presentar la  corrupción como un hecho psicológico, relación padre-hijo, no como la dialéctica entre el individuo, las estructuras sociales y la Historia. Por lo tanto, la opción tomada por el escritor peca de ingenua y debilita el presunto carácter realista de su obra. El lector tendría que preguntarse si la alegoría optimista es lo suficientemente creíble en la novela.

Otra pregunta que el lector puede hacerse es si los personajes Vargallosianos en El héroe discreto están lo suficientemente desarrollados como para que puedan ser entendidos sin recurrir a una revisión exhaustiva de las otras obras de las cuales provienen. Es decir, ¿Podemos aceptar a Lituma, Silva y Rigoberto sin haber leído las novelas precedentes? Creemos que aquí el resultado es desigual: se puede entender más a Rigoberto —sensualista, culto, buen amigo, buen padre, buscando siempre el rincón de civilización que le brinda el arte— que a los otros personajes recurrentes. Lituma y Silva podrían ser cualquier otro cachaco en ésta u otra fábula. No se llega a percibir su particularidad.

"A Felícito le gustaba este vals peruano
 (Alma, corazón y vida) interpretado por
Cecilia Barraza". Foto: AP
A pesar de que las voces de los actores principales, pertenecientes a diferentes estratos sociales, están clara y nítidamente diferenciadas en modos y signos culturales, se percibe algunos vacíos. Por ejemplo, desde el principio el lector sospecha que la carta que recibe Felícito no proviene de los registros culturales de criminales comunes y corrientes, con una consabida paupérrima educación, ya que el estilo de la carta es demasiado pulido: depredación y vandalismo no son sustantivos popularmente usados. Así mismo, el capitán Silva usa el término sofero lio para referirse al anuncio periodístico dirigido a los delincuentes y publicado por Felícito. Éste es un término coloquial hondureño sinónimo de tonto, falto de entendimiento o razón. Viniendo del capitán Silva, un cachaco, la expresión más feliz podría haber sido: “un lio del carajo”. Esto suena más contundente, más peruano y más cachaco (soldadesco).

El héroe discreto es ciertamente un novela bien construida, con recursos literarios —vidas paralelas, saltos temporales en los diálogos, voz omnipresente del narrador mezclada con los pensamientos de los personajes— manejados con comodidad para crear los efectos esperados de intriga, fluidez y detallismo. Es también una novela elegante, culta a tramos, con algunos misterios que no se resuelven, con un final optimista ambientada en un Perú Nuevo, que va a captar la atención del lector casual y que probablemente va a decepcionar a la crítica erudita. Su lectura entretiene y permite ver personajes con una humanidad particular, desde el sensualista sofisticado hasta el hombre de principios con un amante más joven, tratando de ser felices en un mundo cambiante y donde la moralidad es relativa. Buena lectura de fin de año y comienzo de 2014, que el lector juzgará por lo que dice y cuenta y no por lo que no dijo o dejó de contar.

"Don Rigoberto escuchaba este concierto
(Brahms Piano Concerto No.2) en su
departamento frente al mar"
Adenda: Esta reseña fue comentada oportunamente y me veo en la obligación de contextualizar mis comentarios. Lo único que se puede esperar de MVLL es que sea fiel a su artesanía (contar bien una fábula) y esto sí se encuentra en El héroe discreto. Segundo, se espera que sea coherente con sus principios de novelista expresados nítidamente en La verdad de las mentiras (Alfaguara, 2002). Según MVLL, la ficción, aunque se basa en la realidad, no pretende replicarla. En este caso, el autor con todo el derecho que le da el ser ficcional, escoge aspectos de la realidad que le parecen válidos para contar su historia. Enfatiza unos, deshecha otros. Esta libertad del escritor no es, sin embargo, necesariamente una opción estética, sino que es consustancial a su manera de ver el mundo, su ideología. Para MVLL el Perú de hoy es un Mejor Perú porque es más capitalista y todo depende del individuo. Cierto o no, real o no, nos guste o no, es su manera de ver al Perú y fantasear. Vale la pena terminar con sus propias palabras teniendo en cuenta que cuando un autor nos entrega su producto, al otro extremo está el lector que acepta, rechaza, discierne y cierra el círculo de la comunicación literaria.

“…Cuando abrimos un libro de ficción, acomodamos nuestro ánimo para asistir a una representación en la que sabemos muy bien que nuestra lágrimas o nuestros bostezos dependerán exclusivamente de la buena o mala brujería del narrador para hacernos vivir como verdades sus mentiras y no de su capacidad para reproducir fidedignamente lo vivido”.


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(*) Luis Fernández-Zavala, Ph.D. Autor de El guerrero de la espuma y otras tantas despedidas.





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